Mi locura de CEO inglés Capítulo 9
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Capítulo 9

Daniela

Me cago en mi puta mala suerte.

Joder, ¿no podías castigarme por lo que hice el viernes de otra manera?, pregunté mirando al techo de mi despacho.

Que no tenía ni idea de por qué lo hacía si yo no creía. Supongo que lo hice porque en momentos de desesperación necesitamos culpar a alguien de nuestra mala suerte.

Pues, si se trataba de culpar a alguien, también me iba a cagar en Juanjo, en la madre que parió a Juanjo y en sus putas ganas de buscarse a una vieja con dinero.

Que sí, coño, listo, ya lo había dicho: Juanjo iba buscando mujeres que fueran treinta o cuarenta años mayores que él.

Y buscaba a esas mujeres porque sabía que las podía encandilar mucho más que a una joven.

Pues eso, que me cagaba en Juanjo, en Alma y en mí misma por tener la lengua demasiado larga y ser lanzada por una puta vez en la vida.

Y ahora que había nombrado a mi amiga, me di cuenta de que no la había llamado para decirle que el tío con el que pasó todo el fin de semana resultaba ser su nuevo jefe.

Todo hay que decirlo.

Porque si yo fui lanzada, ella fue un puto rayo. Ojo, que no la culpo. Si a mí el imbécil ese no me hubiera dicho lo que me dijo, estoy segura de que también habría terminado acostándome con él, por lo menos la noche del sábado.

La llamé desde mi móvil. Siempre habíamos hablado por el teléfono fijo de la oficina, pero ahora no me fiaba ni un pelo, así que mejor por allí.

—¿Por qué me llamas por aquí?

—Alerta roja. Yo creo que es incluso un poco más fuerte que la roja —fue lo que le contesté.

—Vale, en diez minutos en los baños de la cuarta planta —me respondió.

Entre nosotras no hacía falta nada más.

Acababa de guardar el teléfono en el bolso cuando la puerta se abrió de pronto. Ni se molestó en llamar. Entró como si tuviera todo el derecho del mundo a hacerlo.

—Se llama antes de entrar —le dije cuando cerró la puerta a su espalda—. Aunque vengas desde la sede principal, eso no te da ningún derecho a irrumpir en mi despacho sin respetar mi privacidad.

Intenté coger el bolso del cajón de la mesa. Lo quería para sacar el teléfono.

Si lo ponía en modo grabadora, como antes, por lo menos sabía que me iba a dejar tranquila y no iba a hablar de lo que no debía.

Creo que se dio cuenta de mi intención, porque en dos zancadas llegó hasta mi mesa e impidió que sacara el móvil del bolso.

—No. Ahora vamos a hablar y no vas a grabar la conversación.

Iba a hablar su prima con él.

Lo que le tenía que decir, ya se lo había dicho aquella misma noche.

Jesús, qué guapo era, pensé. Espabila, tonta, que eres muy tonta, me dije.

—No tengo nada que hablar contigo y creo que tú conmigo tampoco —le dije sin dejar de mirarlo.

Quería que se diera cuenta de que no me iba a venir abajo, que no me iba a achantar ante él ni ante nadie.

Dani era mucha Dani y jamás en la vida iba a volver a bajar la cabeza, ni ante la misma muerte.

—Nos guste o no, vamos a trabajar juntos, así que creo que lo mejor que podemos hacer es aclarar lo que pasó el viernes.

Lo llevas tú claro, guapo, pensé con ironía.

—No creas que nos vamos a ver mucho. A mi anterior jefe lo veía un par de veces al mes y ya era mucho.

A ti, que ni siquiera eres mi jefe, no tengo ni por qué verte.

—Crucé las manos sobre la mesa, queriendo que me viera segura—.

Y ahora, si no te importa, me gustaría que me dejaras trabajar tranquila.

A ver si se iba, que Alma debía de estar esperándome ya.

—Dani…

—No. Dani es para los amigos —lo corté.

—El viernes no era tu amigo, era un desconocido.

Sonreí. No me iba a alterar. Por lo menos, no delante de él.

—Pues eso. Dani, para los amigos y los desconocidos. Tú has pasado a ser un conocido, y no me ha gustado lo que he conocido de ti.

—Pues bien que te gustó que te metiera los dedos.

—No creo que un hombre pueda caer más bajo que tú —le dije aguantando las formas, y me estaba costando la vida hacerlo.

Si hubiera sido por mí, me habría levantado de la silla y le habría cruzado la cara encantada, pero no lo hice, porque, aunque me costara la misma vida, le iba a demostrar que tenía mucha más clase que él.

—Lo siento, no quería decir eso.

Para mí su disculpa no tenía ningún valor. Era una disculpa para quedar bien. Landon no lo sentía.

—¿Igual que tampoco quisiste decirlo el viernes? —no me contestó.

No podía decir otra cosa. O sí, y se la estaba pensando antes de soltarla.

—El viernes tampoco quise decirlo.

Palabras vacías.

—Mira, te lo voy a decir solo una vez, y solo espero que después de hoy no vuelvas a acercarte a mí si lo que vas a decirme no es estrictamente laboral.

Me levanté del sillón despacio y continué.

—Puedo entender que te llevaras esa impresión de mí. Fue mi culpa por empezar ese juego, que claramente terminé pagando yo, pero eso no te da ningún derecho a insultarme ni mucho menos a intentar denigrarme.

—Lo siento. De verdad que no estoy intentando justificarme. Lo siento de verdad.

Negué con la cabeza.

—No lo sientes, pero, sinceramente, me da igual que lo sientas o no. Lo que quiero es que mantengas las distancias conmigo. —Me humedecí los labios, y no por seducción; lo hice porque los sentía secos.

»Después de todo, te agradezco mucho que lo hicieras, porque de ese modo he podido ver cómo eres realmente.

—No me puedes acusar de ser así. No me conoces y por dos frases mal dichas no puedes hacerlo.

Sonreí y lo hice con descaro.

—Es curioso que me digas que no puedo juzgarte cuando es precisamente lo que tú hiciste.

Aunque por fuera parecía estar muy tranquila, por dentro estaba hirviendo de rabia.

—Tienes razón…

Llamaron a la puerta, cortando lo que estaba diciendo.

—Adelante. —Di paso.

De esa manera me lo podía quitar de en medio.

La que abrió la puerta fue Alma.

—Te estaba esperan… —se cortó al ver quién estaba en mi despacho—. ¿Qué hace este hombre aquí?

Alma podía ser más tímida que yo y mucho más discreta, pero cuando se trataba de alguien a quien quería de verdad, ya se podía esconder quien fuera.

—Pues resulta que es la mano derecha del nuevo jefe. ¿Y adivina quién es ese jefe? —le pregunté subiendo y bajando varias veces las cejas.

—No. —Negó con la cabeza—. No puede ser cierto. Te estás quedando conmigo.

—Buenos días para ti también, Alma —le dijo el imbécil.

—A ti no te hablo.

No solté una carcajada de milagro.

—Pues trabajamos juntos —le dijo él, cruzándose de brazos.

Eso, cruza los brazos y marca músculo, capullo, pensé entre cabreada y cautivada. Me daba una rabia enorme sentirme atraída por ese hombre, pero es que no lo podía evitar.

El capullo era el hombre más guapo que había visto en mi vida.

—No, tu trabajo no tiene nada que ver conmigo, así que ni me tienes que hablar.

Mi amiga lo imitó cruzándose de brazos.

—Jamás pensé que el comienzo en esta sede iba a ser tan fantástico —dijo con ironía—. Mejor os dejo, que bastante vais a ponernos verdes.

Menos mal que se había ido, pensé cuando salió.

—Será capullo —dijo Alma, y eso que no le había contado todavía el comentario que me hizo.

—Capullo es poco.

Me dejé caer de golpe en el sillón.

—Pero ese capullo te ha gustado mucho. De hecho, desde que te conozco, es el hombre que más he visto que te ha llamado la atención.

Normal, si desde que me conocía no me había visto con nadie. Algún tonteo suelto una noche, pero nada que mereciera la pena mencionar: un baile, unas sonrisas, unas miradas… cosa de niños.

Más allá de eso, no había visto nada, porque desde mi ex no había estado con ningún hombre y Alma ni siquiera llegó a conocerlo.

Ya os podéis imaginar el tiempo que hacía que no me tocaba nadie. Hasta que el viernes pasado fui una gilipollas y quise hacerme la valiente, para que luego me dieran la pedrada en toda la frente.