Mi locura de CEO inglés Capítulo 8
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Capítulo 8

Landon

Había pasado todo el fin de semana sin poder sacarme de la cabeza a aquella mujer y, sobre todo, sin dejar de pensar en cómo había metido la pata.

Me di cuenta del daño que le habían hecho mis palabras. Lo disimuló rápido, pero a mí me dio tiempo a verlo.

Fui un hijo de puta. No tenía ningún derecho a decirle eso, lo primero porque no lo pensaba y lo segundo porque, como dijo Dani, con su cuerpo podía hacer lo que le diera la gana.

Sabía muy bien por qué lo hice. Yo, mejor que nadie, conocía mis fantasmas, y aquella mujer me había gustado mucho, más de la cuenta, y no estaba preparado para que otra mujer me atrajera.

Por eso mismo preferí que se alejara de mí antes de dar el siguiente paso, porque una vez que hubiéramos ido a su casa o a la mía, a la mañana siguiente todo habría sido mucho peor.

—¿Para qué hora está programada la reunión con todos los jefes de departamento? —me preguntó Carter.

Estábamos a punto de llegar a la empresa.

—A las nueve —contesté de forma escueta.

—¿Estás seguro de que quieres que me haga pasar por el jefe?

—Sí, es lo que habíamos hablado y no voy a cambiar de opinión.

Estaba siendo cortante, pero es que tenía la mente en otro sitio.

—Yo creo que es un error. Cuando salga a la luz y tus empleados sepan quién eres en realidad, van a dejar de confiar en ti.

—No me van a descubrir, porque antes de que lo hagan nos habremos marchado.

No pensaba quedarme mucho tiempo.

No cuando mi vida estaba en Londres y no allí.

—Tío, que las mentiras nunca salen bien y tú lo sabes mejor que nadie.

—En esta ocasión me importa una mierda esta mentira. De todos modos, si me descubren, me da igual. No tienen que hacer otra cosa que obedecer lo que se les ordene, sin importar nada más.

Las cosas no eran así y, desde luego, mi padre no me había educado para ser de esa manera, ni mi madre jamás me habría permitido comportarme de forma tan déspota.

—Joder, tío, no sé qué coño te pasa hoy, pero estás irreconocible.

Tenía razón. Ni yo mismo lo hacía.

Llegamos a la empresa y, después de presentarse ante la que se suponía que era su secretaria, me presentó como su mano derecha.

Tras esa breve presentación, fuimos directos a la sala de juntas, ya que era allí donde se iba a celebrar la reunión.

Al entrar, todos los jefes de departamento estaban sentados alrededor de una gran mesa rectangular y, en cuanto nos vieron, se pusieron en pie. Era una muestra de respeto.

Carter se sentó en la cabecera y, tal y como había pedido, la silla de su derecha estaba libre. Ahí era donde iba a sentarme yo.

Me puse delante de la silla, esperando a que mi amigo se sentara primero para que el resto de los presentes también lo hiciera.

Lo miré para ver si entendía por qué cojones estaba tardando tanto en sentarse.

Y al fijarme en él, me di cuenta de que tenía la mirada clavada en alguien que estaba sentada varias sillas más allá.

Cuando miré hacia allí, pensé que había perdido la cabeza de tanto pensar en ella durante todo el fin de semana.

Porque la que estaba allí de pie, con cara de no saber dónde meterse, era Dani. O, mejor dicho, Daniela.

Era ella, con una ropa mucho más formal, el pelo recogido y unas gafas de pasta amarillas.

Sí, porque esa mujer no podía ponerse un color de gafas discreto. No. Ella tenía que llamar la atención.

No le parecía suficiente hacerlo con su físico y con su manera de ser; no, para asegurarse de que todo el mundo la mirara, se plantaba aquellas gafas.

Alargué el pie para darle una patada a mi amigo, por mucha sorpresa que se hubiera llevado.

Nosotros no podíamos mostrar sorpresa ni ninguna otra emoción delante de nuestros directivos.

—Buenos días, me presento… —Comenzó a hablar, soltando todo el discurso que había ensayado previamente.

Igual que había hecho con su secretaria, lo hizo con todos los directivos. Me presentó como su ayudante y, cuando Carter terminó de hablar, ellos fueron presentándose uno a uno.

Así que ella era la directora del equipo de marketing .

El destino era un hijo de puta. Eso me había quedado bastante claro.

Es que, joder…

¿Qué posibilidades había de que la mujer que conocí el viernes y con la que no terminé precisamente bien fuera mi directora de marketing ?

No sabía el número exacto, pero digamos que una entre un millón.

Si Harper se enterara de esto, estoy seguro de que me diría que me lo había buscado por hijo de puta, y no me quedaría otra que darle la razón.

—Cuando termine la reunión y se vayan todos, pídele a Daniela que se quede —le dije a Carter en voz baja.

—¿Y qué cojones se supone que le voy a decir? ¿No crees que es mejor que hables tú con ella fuera de aquí?

Como si fuera de allí fuera a tener una oportunidad de hablar con ella. Aunque, pensándolo bien, tampoco es que tuviera mucho que decirle.

¿Qué iba a hacer? ¿Pedirle disculpas?

¿Para que me volviera a sacar el dedo corazón y me dijera que aprendiera a moverlo?

Tengo que reconocer que aquello le había hecho daño a mi ego masculino, aunque sabía que me lo había dicho por joder. Buena prueba de que le gustó y de que llegó al orgasmo fue, entre otras muchas cosas, lo mojados que me había dejado los dedos.

Joder, me estaba volviendo a poner duro otra vez solo con pensar en su sabor.

Que esa mujer trabajara allí iba a ser como estar en el infierno. Uno hecho a mi medida. Estaba seguro de que iba a intentar hacerme la vida imposible.

Y estaba tan seguro porque se lo podía ver en la mirada incluso en ese momento.

—No sé, solo dile que tiene que quedarse. Después ya veré qué hago.

—Muchas gracias, podéis marcharos. Daniela, necesito que te quedes un segundo.

Por la mirada que le echó, supe que tenía clarísimo que aquello no tenía nada que ver con el trabajo. Se quedó porque no le quedó más cojones que hacerlo.

Era quedarse o desobedecer una orden del jefe delante del equipo, y eso era motivo de despido.

—Como usted diga, señor.

Esa mujer debía de estar maldiciéndonos en todos los idiomas posibles. Y si alguno no existía, estaba seguro de que se lo iba a inventar.

En cuanto nos quedamos a solas los tres, hizo algo que nunca me habría esperado de nadie.

Desde luego, a mí no me había pasado nunca y, por la cara de tonto que se le quedó a Carter, a él tampoco.

Dani era, como diría mi madre, una mujer de armas tomar.

—Os aviso de que esta conversación está siendo grabada —dijo cuando dejó el móvil encima de la mesa con la grabadora encendida.

Incluso dijo el nombre de las tres personas que estábamos allí presentes—.

Desde ya os digo que penséis muy bien lo que queréis hablar conmigo porque, como no sea de trabajo, os voy a denunciar por acoso.

—Dani, ¿no crees que estás actuando de manera exagerada? —me atreví a preguntarle.

—No, solo cuido mis espaldas, porque está claro que, si tiene que perder alguien, esa voy a ser yo. ¿Y ahora tenéis algún problema con mi trabajo?

Joder, qué dura era.

—No, Daniela, estamos muy contentos con tu trabajo. Todos los informes que nos han llegado hasta ahora han sido muy buenos. —Miré a Carter preguntándome qué cojones estaba haciendo—. Puedes irte cuando quieras, solo te había pedido que te quedaras para felicitarte.

—Gracias, se agradece mucho que reconozcan tu trabajo. Por cierto, jefe, Alma trabaja en el departamento de contabilidad. —Fue lo último que le dijo a Carter.

Si ya era poco lo que teníamos encima, todavía nos acababa de echar un poco más.

Cogió el móvil, pero no detuvo la grabadora. Por lo menos no lo hizo antes de salir de allí. Desde luego, de tonta no tenía ni un pelo.

—Hostia, ¿ves? Esto era lo que nos faltaba para terminar de liarla del todo.

No le contesté. Aunque sonara egoísta, ahora mismo creo que mi situación era mucho peor.

—¿Por qué le has dicho eso? —le pregunté cuando nos quedamos a solas.

—Porque uno de los dos tenía que ser consciente de todo lo que podíamos perder si se te iba la boca.

Tenía razón. Si no le hubiera dicho que se fuera, lo más seguro es que hubiera hablado más de la cuenta.