Mi locura de CEO inglés Capítulo 7
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Capítulo 7

Daniela

Se quedó callado unos segundos. Supongo que estaba pensando qué me iba a contestar.

Cuanto más miraba a ese hombre que tenía delante y del que no tenía ni idea de cómo se llamaba, más atractivo me iba pareciendo.

Era alto, y mucho. No es que fuese un gigante, pero a mí me sacaba la cabeza por completo.

Teniendo en cuenta que llevaba unas sandalias con un tacón de diez centímetros y que, si me ponía junto a él, mi frente le llegaría como mucho a la barbilla, sin ese tacón me quedaría bastante por debajo del cuello.

El cuerpo, al igual que el de su amigo, se notaba que se lo cuidaba. Estaba completamente segura de que debajo de esa camisa había unos abdominales bien marcados, y mejor no imaginar cómo tendría la V.

Uf, solo pensarlo me entraba calor.

Después estaba el color de su pelo, que, a decir verdad, no tenía ni puta idea de por qué cojones me había llamado tanto la atención ni por qué me moría por saber cómo se sentiría entre mis dedos.

Era de un castaño claro, y eso me intrigó todavía más, porque no entendía por qué ese hombre me estaba llamando tanto la atención, sobre todo cuando a mí siempre me habían gustado los morenos.

Supongo que era el conjunto de todo. El celeste de sus ojos, los hoyitos que se le marcaban en las mejillas cuando sonreía… Porque, aunque intentara disimularlo, no podía hacerlo.

No sabía qué coño había hecho ese hombre conmigo, pero me tenía ardiendo por completo. Creo que en mi vida había sentido ese calor recorriéndome el cuerpo.

Y no solo era el calor en general, era que se me había concentrado entre las piernas. Madre mía, estaba por ir al baño, meterme la mano por dentro de la ropa interior y aliviarme yo sola.

Desde luego, un deseo tan intenso y explosivo no lo había sentido nunca. Y no es que lo creyera, es que estaba segura. De haberlo sentido antes, digo yo que me acordaría.

—Landon.

Estiró la mano para estrechar la mía.

—Por lo que parece, sí que te interesa saberlo —me costó contenerme y no sonreír—. Dani —no pensaba decirle mi nombre completo—. Encantada.

Su mano era cálida y suave. Estaba claro que Landon no hacía trabajos duros con ellas.

—Pero ¿ese Dani es de Daniel o de Daniela?

Me mordí el labio por dentro para no reírme. Él me miró ese gesto y fue justo ahí cuando decidí que me iba a lanzar.

Total, lo peor que podía pasar era que me estrellara de cabeza y terminara pasando la vergüenza de mi vida.

Y es que no quería quedarme con las ganas de sentir cómo me tocaba e intentaba aplacar el deseo que me estaba devorando.

—¿De verdad te interesa saberlo tanto? —le pregunté sin apartar la mirada de la suya.

—Supongo que es curiosidad por saber si tenía o no razón.

La razón la iba a perder yo como siguiera mirándome así.

Finalmente, me atreví a dar el paso y que fuera lo que tuviera que ser. No creo que quedara ni un centímetro de separación entre nuestros cuerpos.

—Supongo que, si quieres saberlo, tendrás que descubrirlo por ti mismo.

Lo miré una vez más antes de darme la vuelta y apoyar la espalda en su pecho. Le cogí la mano que no tenía sobre la barra e hice que colocara la palma abierta en el centro de mi vientre.

—¿Quieres descubrirlo o prefieres seguir con la intriga? —le pregunté, mirándolo por encima del hombro.

—Ahora mismo es lo que más deseo.

Bajó los labios a mi cuello, justo en el pliegue que hacía con la unión del hombro.

Al sentir su aliento en esa zona, un cosquilleo demasiado placentero me recorrió el vientre y fue bajando hasta alojarse en el centro de mi sexo.

Giró un poco nuestros cuerpos, lo suficiente para que la barra quedara justo delante, y supe que lo hacía para protegerme de miradas indiscretas. Aquello demostró que había entendido perfectamente cuál era mi intención.

Con mi mano sobre la suya, empecé a guiarla lentamente hacia abajo. Me incliné un poco hacia delante, solo hasta alcanzar el filo del vestido.

Landon se pegó mucho más a mí y movió la pelvis, haciendo que pudiera sentir su erección contra mi trasero. Por lo que parecía, él se encontraba exactamente en el mismo punto que yo.

—Joder —dijo con ese acento tan marcado que tenía—. Espero tener razón, porque cómo me has puesto… Hacía mucho que no me ponía nadie así.

Mejor no le decía cómo me había puesto a mí. De todos modos, estaba a punto de descubrirlo por sí mismo.

Ya no hizo falta que le indicara el camino. Lo hizo él solo.

Metió la mano entre mis muslos y fue subiéndola despacio, de manera disimulada, para que nadie notara nada. No se detuvo hasta llegar a la unión de mis piernas.

Estaba segura de que, solo con rozarme ahí, podía notar el calor que desprendía mi sexo.

Dejó la mano quieta. No la movió ni hacia arriba ni hacia abajo.

Volví a mirarlo por encima del hombro.

—¿Por qué no sigues? —le pregunté con la voz ronca.

—Me da un poco de miedo descubrir la verdad.

Sonreí antes de volver a poner mi mano sobre la suya.

Saqué un poco más el trasero para sentir mejor su erección, esa que tenía dura y pegada a mí.

Tiré de su mano hacia arriba y, por fin, me tocó. Me tocó justo donde más lo necesitaba, donde estaba empapada y deseando que lo hiciera.

—Joder, estás mojada —dijo con la voz tomada por el deseo.

—¿Has saciado ya tu curiosidad?

—No. Todavía tengo mucho que explorar para descubrir la verdad.

Apartó las braguitas a un lado para pasar algunos dedos entre los pliegues de mi sexo.

—No deberíamos estar aquí. No te puedo hacer todas las cosas que me gustaría hacerte.

Dios, y yo me moría porque me las hiciera.

—Me da igual que desearas que estuviéramos en otro sitio, pero, por lo que más quieras, no dejes de tocarme ahora.

Apoyé la cabeza en su pecho y cerré los ojos. Era tanto el placer que me estaba haciendo sentir que me costaba hasta respirar con normalidad.

La manera en la que me rodeó el clítoris y comenzó a estimularlo hizo que alcanzara el orgasmo en menos de dos minutos. Era imposible que hubiera pasado más tiempo, y aun así a mí se me hizo demasiado corto.

Sacó la mano de entre mis piernas y, con todo el descaro del mundo, se llevó los dedos a la boca y los chupó.

No hizo aquello para impresionarme. Lo hizo porque de verdad le apetecía hacerlo.

Puse las manos sobre su pecho y alcé la mirada hasta encontrar la suya. Me moría de ganas de que me besara.

Tenía tantas ganas que, como tardara un segundo más de la cuenta, me iba a lanzar otra vez, igual que había hecho antes.

Total, de perdidos al río.

Aquella vez no hizo falta que fuera yo la que diera el paso. Lo hizo él.

Me cogió por las mejillas, me levantó el rostro y me besó.

Allí, delante de todo el mundo y sin importarme lo más mínimo lo que pudieran pensar las personas que estaban a nuestro alrededor.

Me mordió el labio inferior, lo chupó y lo delineó con la punta de la lengua, esa que segundos después se encontró con la mía.

Fue un beso largo, profundo, como si ninguno de los dos quisiera que terminara nunca.

Al final nos separamos despacio, sin ninguna prisa.

Y fue entonces, cuando terminó el beso y ya nos habíamos apartado un poco, cuando noté que en su mirada y en la forma en la que tensó el cuerpo algo había cambiado.

—¿Sueles hacer esto mucho? —no me esperaba aquella pregunta.

Me quedé callada los primeros segundos, sin palabras. No daba crédito a que me hubiera preguntado eso, no cuando hacía apenas un momento tenía su lengua en mi boca.

No me esperaba esa pregunta cuando, menos de cinco minutos antes, había tenido los dedos dentro de mí y no los había sacado hasta hacer que me corriera alrededor de ellos.

Acababa de dejar bastante claro lo que pensaba de mí.

No lo culpaba por pensarlo. Podía creer lo que quisiera; Landon no tenía por qué saber si aquello lo había hecho más veces o no.

Lo que me molestó fue que tuviera el descaro de decírmelo así.

Joder, que pensara lo que quisiera, pero que no pretendiera hacerme sentir mal por ello.

No sé, digo yo que por un mínimo de respeto.

Desde luego, no se lo iba a dejar pasar. No, ya no era la tonta que fui en su día. Esa que no se quiso, esa que creía que no era nada.

Ahora me quería a mí misma por encima de todo.

Después de todo, agradecí por dentro que me lo preguntara en ese momento y no después de haberme acostado con él.

Porque me había gustado tanto que sabía perfectamente que habría terminado en la cama con ese desgraciado.

No te preocupes, Dani, de los errores se aprende. Eso que te llevas: una lección y un orgasmo.

—Si lo hago o no, no es asunto tuyo. Soy libre, no le debo nada a nadie y con mi cuerpo hago lo que me da la puta gana con quien me da la puta gana. —Lo miré con desprecio—. Gracias por el orgasmo, aunque con ese dedo todavía te falta práctica.

Le saqué el dedo corazón, le sonreí y me fui de allí sin esperar respuesta.