Capítulo 6
Landon
—No me puedo creer que ese bombón de mujer sea un hombre —me comentó Carter cuando aquellas dos mujeres se alejaron de nosotros—. Te juro que jamás en mi vida me habían dejado sin palabras.
—Sinceramente, no creo que sea un hombre. Más bien pienso que ha querido quedarse contigo —le contesté.
No dejé de observarla desde antes de que se tropezara o, como dijo ella, se le doblara el tobillo.
Eso fue lo primero que no me creí de ella. Lo segundo, que fuera un hombre.
A mí no me la daba. Esa mujer no era un hombre, de eso estaba completamente seguro.
Lo que había querido hacer con esa mentira era darle una lección a Carter por ir de lanzado.
—Yo, por si acaso, voy a mantener las distancias con ella. Con quien no me importaría acortarlas es con su amiga.
Me giré, dejando la barra a mi espalda, y centré la mirada en la parte de la terraza que se veía desde allí.
No estaba interesado en aquella mujer y, sin embargo, no podía dejar de buscarla con la mirada. Y no era desde que había hablado con Carter; como ya he dicho, me había fijado en ella antes.
La vi entrar en el local. Iba hablando con su amiga sin dejar de sonreír y me descubrí levantando ligeramente el labio en un amago de sonrisa. Lo hice sin darme cuenta, porque lo que aquella mujer transmitía era alegría.
De la de verdad, no fingida.
Tal vez por eso me llamó la atención. Porque su sonrisa era sincera y no una de tantas falsas.
Estaba tan cansado de sonrisas fingidas… Eran esas las que más veía dentro del círculo en el que me movía.
—Es muy guapa su amiga. Si te ha gustado, no pierdas la oportunidad y ve a por ella.
—¿Y tú qué vas a hacer? Porque, si por lo menos hubieras sido amable y te hubieras presentado, podrías hablar con el tal Dani.
Para no sonreír mucho, a no ser que fuera con mi familia o con Carter, me di cuenta de que estaba sonriendo otra vez.
Y el motivo era que mi amigo seguía creyéndose que era un hombre.
En cuanto a ser amable, no lo fui. Yo no había ido a aquel local buscando conocer a nadie, y mucho menos hablar.
No lo necesitaba.
Puede que no presentarme hubiera sido una falta de respeto por mi parte, y en ese momento me dio igual. Ahora, pensándolo mejor, admitía que quizá sí debería haberlo hecho.
—No veo qué tiene que ver una cosa con la otra —le contesté, en referencia a lo que había dicho.
—Es que no quiero dejarte solo y tampoco voy a llegar hasta donde están ellas. No quiero que me tomen por un acosador ni mucho menos.
—Tengo treinta y nueve años. ¿De verdad piensas que lo voy a pasar mal porque me quede solo tomándome una copa? No seas tonto y ve, si te ha gustado esa mujer.
De todos modos, no creía que me quedara mucho más tiempo por allí.
Un rato después, Carter cogió su copa y, con ella en la mano, se fue hacia donde se veía que estaban aquellas amigas bailando.
Me moví hacia un lado de la barra porque, justo delante de donde estaba y desde donde podía verla, se me puso un grupo de hombres. Por eso me desplacé a la derecha, pero cuando volví a tener visión de donde se suponía que estaba, ya no la vi.
A quien sí vi fue a Carter hablando con la rubia. Y decirle rubia no era una forma de descalificarla, simplemente no me acordaba de su nombre.
Jamás llamaría a una mujer rubia de forma despectiva, no cuando tenía una hermana rubia como ella.
Busqué con la mirada por todo el local. Estaba intentando localizarla y, de pronto, me di cuenta de una cosa: ¿por qué cojones la estaba buscando?
Sobre todo porque a mí no me interesaba lo más mínimo ni ella ni ninguna otra.
Me di la vuelta para pedir una nueva copa y, al hacerlo, aquella mujer estaba justo a mi lado.
¿Cómo cojones había llegado hasta mí y no me había dado cuenta?
No lo sé. Lo que sí sabía era que estaba allí, a mi lado, pero con la mirada puesta en nuestros amigos.
Cuanto más la miraba, más claro tenía que era una mujer. Se notaba. A ella se le notaba que no tenía nada masculino.
Su forma de humedecerse los labios, su manera de caminar, de mirar, de hablar… Todo eso era lo que me hacía pensar que no me equivocaba.
Todo eso y mi instinto.
Me puse de lado, con el antebrazo apoyado en la barra y la copa en la mano, sin dejar de observarla.
Puede que no estuviera bien mirarla con el descaro con el que lo estaba haciendo.
Sinceramente, no me importó, porque aquella mujer estaba fingiendo que yo no estaba a su lado y, aunque no me miraba, sabía que era plenamente consciente de mi presencia.
No le hablé. Esperé a que lo hiciera ella. Sabía que, de un momento a otro, no iba a poder contenerse.
Estaba claro, o por lo menos eso fue lo que me transmitió durante el tiempo que la observé, que era una mujer con carácter, impulsiva y con cero paciencia.
Ese último punto lo dejó bastante claro cuando ni siquiera esperó a que quedara hueco libre en la barra y se abrió paso a empujones y codazos.
—Parece que nos han dejado solos.
Ahí estaba.
Sabía que no iba a tardar mucho en hacerlo.
—Yo no necesito la compañía de mi amigo para tomarme una copa —le contesté, y con esa respuesta volví a ser yo mismo.
—¿Y entonces por qué has venido con él si no lo necesitas?
—Que no lo necesite pegado a mí en estos momentos no quiere decir que no me guste su compañía. Solo digo que, si a él le ha gustado una mujer y se aleja de mí para intentar acercarse a ella, me alegro mucho por él.
—Pues si ese amigo tuyo, que ha querido tener un acercamiento con mi amiga, hace algo que la incomode, le voy a dar tal patada en el culo que del impulso va a escupir los huevos por la boca.
Se me escapó una carcajada. Me pilló tan por sorpresa lo que dijo, que no pude controlarla.
Hacía años que alguien no me hacía reír así.
Y cuando digo años, es porque era así. Puede que me riera de vez en cuando con mi familia o con las personas más cercanas, o más que reír, quizá lo que hacía era sonreír.
Pero desde luego soltar una carcajada como aquella, no.
—No te rías, te lo digo muy en serio.
La creí. Sabía que estaba hablando muy en serio.
—Algo me dice que eres capaz de eso y de mucho más.
—¿Tú no harías eso por tu amigo? —Sabía perfectamente a qué se refería.
—Si es algo que se ha buscado él, no haría eso que dices. —La miré con la intención de estudiar la expresión que pondría con lo siguiente que iba a decir—. Igual que no me he metido cuando le has soltado esa mentira.
Quería ver qué me decía, si sería capaz de reconocerme que era cierto o no.
Me fijé en el brillo de sus ojos, uno que hasta entonces no le había visto, y entre ese destello y la forma en la que se mordió el labio inferior, no hizo falta que me confirmara con palabras que había mentido.
—¿Quién te dice que te he mentido? Además, no te conozco de nada como para admitir o desmentir eso, no cuando ni siquiera sé tu nombre.
—¿Tan importante es para ti saber mi nombre?
Joder, Landon, ¿qué coño estás haciendo con esta mujer?, me pregunté a mí mismo con rabia.
Si lo pensaba con claridad, no me interesaba nada aquella mujer. Pero en cuanto dejaba de centrarme y me dejaba llevar, me descubría hablando con ella.
Y lo que era peor, me encontraba con deseos de saber mucho más. Y no solo con ganas de descubrir cosas de ella; también me sorprendí deseando sentir el tacto de su piel bajo mis dedos.
Pasé de no querer tener nada con una mujer a desear besar aquellos labios y comprobar si eran tan suaves como parecían.
—¿Tan importante es para ti descubrir si le mentí a tu amigo? —me devolvió la pregunta.