Capítulo 5
Daniela
—Esto tiene mucha mejor pinta de lo que me había imaginado —me dijo Alma nada más entrar.
Eso sí, la casi hora que tuvimos que hacer cola no nos la quitó nadie. Si no llega a ser por Alma, en más de una ocasión me habría dado media vuelta y me habría marchado de allí.
Bendita paciencia tenía toda esa gente que se pasaba todos los fines de semana haciendo horas de espera para entrar en lugares como aquel.
Que sí, que puede que Alma tuviera razón y el local fuera espectacular, pero tampoco me iba a morir si no entraba.
Y vuelvo a repetir que el sitio estaba de lujo, y no solo por la estética, que estaba claro que habían cuidado hasta el más mínimo detalle, sino también por el buen ambiente que se respiraba.
—Ahora entiendo por qué Juanjo se mueve por estos locales —comenté. Iba más para mí misma que para mi amiga, pero como lo dije en voz alta, me escuchó.
—Yo creía que sabías desde hace mucho por qué se mueve por estos lugares.
Como ya he dicho, Juanjo no se cortaba ni un pelo en decir que él tenía que enamorar a una mujer con dinero que lo quitara de trabajar. Aunque, claro, cada vez que decía algo del trabajo, a mí me daba por reírme.
Y es que Juanjo no había dado un palo al agua en su vida. Vamos, que él a lo que se dedicaba era a estar con unas y con otras hasta que llegara la incauta que le diera el nivel de vida que tanto estaba buscando.
A lo que iba antes de ponerme a soltar toda esa charla: al entrar y ver la clase de clientes que había, entendía perfectamente que se moviera por allí, porque se notaba que la gente estaba bien económicamente.
Eso era algo que se veía en la forma de vestir, en la manera de comportarse, en cómo hablaban.
—Vamos a pedir algo, que me muero por una copa y por ir entrando en calor.
Tiré de la mano de Alma hacia la barra.
—Dani, no corras tanto, que me voy a matar —protestó.
—Que no estoy corriendo, lo que pasa es que tú eres demasiado lenta.
Le guiñé un ojo.
Llegamos a la barra y, como doña Paciencia no era precisamente mi amiga, me abrí paso a codazos limpios.
No me detuve hasta que conseguí plantarme delante. Justo a mi lado había un hombre y, si digo la verdad, ni idea de cómo era, porque ni me fijé. Le di la espalda y, de manera disimulada, empecé a dar de vez en cuando un paso hacia atrás.
Lo que estaba intentando era hacer un poco más de hueco para que Alma y yo tuviéramos algo de espacio.
—Dani, no seas tan descarada empujando a ese hombre —protestó.
—Es muy grande y ocupa mucho sitio.
Una excusa tonta, pero fue la primera que se me vino a la cabeza.
—Él estaba antes. Él y su amigo, ese que nos está matando con la mirada.
Agachó la vista y eso quería decir que se había sentido intimidada, y por ahí sí que no iba a pasar.
Hice como que se me doblaba un tobillo y que estaba a punto de caer, apoyando de paso la espalda en aquel hombre y dándole un pequeño empujón.
Lo hice tan bien, que hasta Alma se lo creyó. Estiró la mano como si fuera a cogerme para evitar la caída.
Me reí por dentro.
—Si todas las mujeres que empujan son tan bonitas como tú, desde luego que yo estaría encantado.
Me giré para mirarlo de frente. Ya que me había hablado, era lo mínimo que podía hacer.
No se podía decir que no fuera guapo, porque lo era, y mucho, pero no terminaba de tener eso que debía tener para gustarme de verdad.
Tenía una sonrisa bonita. A decir verdad, más que bonita, era atractiva. Era un hombre alto y, a través de la camisa, se podía intuir que tenía buen cuerpo.
Estaba claro que le iba la marcha o, al menos, las bromas. Me lo dijeron su sonrisa traviesa y el brillo de la mirada.
Miré hacia su izquierda porque hubo un movimiento que llamó mi atención y ojalá no lo hubiera hecho, pues el hombre serio que vi… ese hombre sí que era guapo. Pero de esos guapos capaces de hacer que una monja perdiera las bragas por él.
Eso sí, todo lo que tenía de guapo lo tenía de serio. Aun así, no sé qué fue lo que me llevó a mirarlo directamente a los ojos. Solo sé que sentí que todo mi cuerpo quedaba anclado a aquella mirada celeste.
No fui capaz de apartar mis ojos de los suyos hasta que mi amiga me habló. Y no creáis que él tampoco apartó los suyos de los míos.
—Perdona, ¿qué me has dicho? No te he oído bien.
No me había enterado de nada.
—Te he preguntado que si estabas bien.
Bien y mojada, era lo que tenía que contestarle si quería ser sincera, pero como no pensaba hacerlo, me guardé la respuesta para mí.
—Claro, es que se me ha doblado el tobillo —le contesté.
—Si no te haces daño, por mí te puedes tropezar todas las veces que quieras conmigo.
Uy, este era de esos tíos zalameros.
—Gracias. Si no llega a ser por tu espalda, me hubiera caído de culo.
Vamos a divertirnos un rato, me dije a mí misma.
—No hay de qué. —Estiró la mano para presentarse—. Carter, un placer.
—Dani, y ella Alma. —Le dimos la mano las dos.
El amigo no abrió la boca para presentarse.
—Unos nombres preciosos. —Lo que yo decía, este era de los que le tiraba a todo lo que se le pusiera por delante—. Supongo que Dani es el diminutivo de Daniela.
Miré de reojo a Alma. Me devolvió la mirada y negó con la cabeza muy sutilmente, para que nadie se diera cuenta. Sabía lo que iba a hacer, porque ya lo había hecho un par de veces.
—No, Dani es el diminutivo de Daniel.
No se me escapó la carcajada de mi amiga.
Carter, o por lo menos así había dicho que se llamaba, abrió tanto los ojos que parecía que se le iban a salir. Lo más gracioso fue la manera en la que intentó disimularlo.
Este iba de listo con las tías, pero si yo tenía que demostrarle que no siempre iba a salirse con la suya, se lo demostraría, y con gusto.
—Supongo que no te importa, ¿verdad? Quiero decir que, aunque no esté operada y tenga el mismo sexo que tú, te seguiré pareciendo guapa.
Alma me dio un pellizco cerca de la cadera. La hija de su madre me lo dio más fuerte de la cuenta.
—Ay, joder, como me salga un morado, te vas a enterar.
—Pues calla de una vez. —La pobre no sabía dónde meterse de la vergüenza que estaba pasando.
—Sabes que me gusta ser sincera, que después no quiero que se lleven la sorpresa.
Di por hecho que no necesitaba aclararle mucho dónde se suponía que se llevaban la sorpresa.
Era supergracioso.
Aquel hombre no sabía dónde meterse. Lo que estaba claro era que ya no me miraba igual.
Y el que no me quitaba la vista de encima era el serio de su amigo. Ese hombre que ni había sonreído mínimamente ni había tenido la educación de presentarse.
—Claro que me sigues pareciendo guapa. —Estaba claro que este, por lo menos, era mucho más educado que el otro—. ¿Y tu verdadero nombre cuál es? —le preguntó a mi amiga.
—Alma, siempre me he llamado así, por lo menos que yo sepa.
Me gustó que le contestara demostrando seguridad.
Seguía sintiendo la mirada de ese hombre sobre mí. Me estaba poniendo demasiado nerviosa y no me gustaba sentirme así en absoluto.
Me sentí como si estuviera leyéndome por completo y, la verdad, no era una sensación agradable. Por lo menos para mí.
—Vamos a pedir esa copa por la que vinimos —le dije a Alma—. Me apetece ir a la zona de la terraza; es muy agobiante estar aquí.
No fue una de las mejores excusas que se me ocurrieron, sin embargo, me dio igual. Lo único que quería era salir de allí cuanto antes.
Alma se despidió de Carter con una sonrisa, y fue ahí donde me di cuenta de que le había gustado.
Desde luego que mi amiga tonta no era. Ni tampoco tenía mal gusto, porque, como dije antes, fuera o no de mi tipo, tenía que reconocer que guapo era.