Capítulo 4
Daniela
—Joder, tía, y eso que decías que no te apetecía salir hoy —me dijo Alma cuando le abrí la puerta de casa.
Y ese era uno de los motivos por los que iba a tardar más tiempo en reunir el dinero.
A ver, para aclararlo un poco, cuando dije que era uno de los motivos, quería decir el hecho de ser independiente y tener que pagar por esa independencia, porque aunque el piso no era mío, el alquiler sí había que pagarlo.
Vamos, digo yo que el dueño de la casa no me iba a dejar vivir en su piso por su cara bonita.
Pues eso, que si no quería vivir bajo el techo de mis padres, sabía que iba a tardar más tiempo en conseguir mi sueño, pero la independencia bien merecía esa espera.
Y no es que en casa de mis padres no estuviera bien, que lo estaba, pero ya tenía una edad y, viviendo sola, no tenía que darle explicaciones a nadie.
—Una cosa es que no tuviera muchas ganas de salir y otra muy distinta es que, ya que lo voy a hacer, no me arregle bien —le contesté, repasándola con la mirada—. ¿Y tú te atreves a decirme cómo voy?
Alma era como yo solo en estatura, porque físicamente no teníamos mucho que ver la una con la otra.
Mientras que ella era rubia, pero no rubia de esas que dicen «yo soy rubia», no, es que Alma era rubia platino; yo era castaña oscura. Y mientras ella tenía los ojos celestes, yo los tenía entre verdes y marrones; creo que a ese color se le llama hazel.
Joder, y nuestros cuerpos tampoco es que tuvieran mucho que ver. Alma tenía poco pecho y yo no es que lo tuviera exagerado, pero sí más que ella. En fin, mejor no sigo con las comparaciones, que son odiosas.
Lo que estaba claro era que, por ser distintas, una no era más guapa que la otra, porque mi amiga era un bombón de mujer, pero es que yo era otro.
Y me daba igual que la gente pensara que tenía el ego por las nubes. Yo digo que, para querer de forma sana, bonita y bien a los demás, antes tienes que quererte así a ti misma, y yo me quería por encima de todo.
—Es distinto, porque yo tenía ganas de salir. —Me puso el dedo índice en el centro del pecho—. Tú no tenías, así que no se vale que te hayas puesto más guapa que yo.
Puse los ojos en blanco.
—Alma, te tengo dicho que no se trata de que una vaya más guapa que la otra, se trata de que las dos vamos guapas, porque es que lo somos.
Muchas veces era para matarla. Bueno, muchas, no; la mayoría.
Joder, con lo bonita que era y el cuerpazo que tenía, qué poco se quería ella misma. Mira que me dolía la boca de tanto decirle que tenía que quererse mucho más, sobre todo si miraba de dónde había llegado.
Si alguien había tenido una vida difícil, esa había sido ella.
Alma había llegado a mi vida cuando empecé a trabajar en la empresa. Nuestra amistad no era de esas de toda la vida, pero hoy en día podía decir, a ciencia cierta, que la mía con ella sí iba a ser para toda la vida.
Coincidimos en la puerta de la empresa mi primer día. Hubo conexión entre nosotras desde el primer momento y, desde entonces, nos hicimos inseparables.
Alma era para mí mucho más importante que cualquier persona a la que conociera desde hacía años.
Y ahí estaba la tía, la que más había luchado para llegar donde había llegado, y no lo decía por decir, lo decía porque era la verdad.
Mi amiga creció en un orfanato, donde la que se suponía que debía ser su madre, esa mujer que tendría que haberla cuidado y protegido, la había dejado sin ni siquiera mirar dónde la dejaba.
Está claro que quizá no habría sido tal y como yo lo estaba diciendo. Si tenía que ser justa, nadie sabía por qué esa mujer la dejó allí; podían haber pasado mil cosas.
No sé, la vida es muy hija de puta cuando quiere.
Lo que estaba claro era que mi amiga creció allí porque nunca la adoptaron.
Que les dieran por culo a todos esos matrimonios que no quisieron darle la oportunidad de conocerla.
Ellos eran los que habían perdido.
Como iba diciendo, salió de allí al cumplir la mayoría de edad y la suerte que tuvo fue que una de las monjas, la que más apego le había cogido, habló con una hermana suya que vivía sola para que dejara que Alma se quedara con ella hasta que pudiera independizarse.
Trabajó y estudió como una mula, y ahí la podéis ver ahora, viviendo sola en un piso de un solo dormitorio. ¿Era pequeño? Sí, lo era, pero era de ella, de su propiedad.
Bueno, suyo del todo no, por lo menos durante unos años más, porque el dueño seguía siendo el banco.
Mira que había luchado y trabajado, pero en lo que yo llevaba tiempo intentando que cambiara, no había manera.
—Ya sé que siempre me dices lo mismo, y hoy te voy a dar la razón: estamos las dos perfectas.
—Ole, ay, que me has emocionado y todo.
Hice como si me limpiara las lágrimas.
—Más payasa no puedes ser —me contestó sonriendo.
—Joder, que te lo digo de verdad. Puede que haga la tonta, pero si lo hago es porque no quiero llorar de verdad —le dije con sinceridad—. No quiero que nunca más vuelvas a pensar que no eres la mejor.
—Hija, no sé cómo puedes vestir tan mal, aprende de mí.
Solté tal carcajada que fue increíble.
Una de esas que nacen desde dentro y con ganas. No era para menos; no me esperaba por nada del mundo esa respuesta.
—Qué bonita eres, coño. —Me fui hacia ella sin que se lo esperara, la cogí por las mejillas y le di un pico rápido en los labios—. Es que te como toda la boca.
—«Me comes», no, que me la acabas de comer. Tía, que te quiero mucho y todo eso, pero a mí me gusta un hombre más que a un tonto un lápiz.
Desde luego que esa noche estaba sembrada.
—No te preocupes, que a mí me pasa lo mismo.
—Uf, menos mal, ya pensaba que te habías enamorado de mí en secreto.
—¿Quién eres tú y qué has hecho con mi amiga? Te lo digo por si la has encerrado bajo llave: no la liberes nunca —le dije mientras iba hacia mi habitación.
Tenía que terminar de arreglarme o íbamos a llegar a ese local a la hora a la que todo el mundo empezaba a marcharse.
Estaba claro que a esa hora no íbamos a llegar, pero ya se sabe que esa era mi manera de hablar muchas veces.
Me puse lápiz de ojos marrón y rímel del mismo color. Al pintármelos así, el tono verde de mis ojos resaltaba mucho más.
Supongo que cada una resalta lo que más le gusta de sí misma y, como comenté antes, a mí me gustaba todo de mí, pero los ojos eran una de las cosas que más.
Al marcar más los ojos, los labios me los pinté con un poco de brillo marroncito, aunque el color casi ni se distinguía.
Me miré en el espejo y, como siempre, me gustó lo que vi. Porque me daba igual lo que muchas personas pudieran pensar o decir. Eso de «Es imposible que te gustes siempre o que todo de ti te parezca perfecto».
Pues no, no era imposible, porque si algún día había algo de mí que no me gustaba, me plantaba delante del espejo y me repetía una y otra vez lo perfecta que era.
No dejaba de repetírmelo hasta que volvía a creérmelo.
Dicho esto, creo que a buen entendedor pocas palabras bastan y, por si no lo habéis entendido todavía, lo único que voy a decir es que todo en la vida tiene un porqué.
Las sandalias de tacón eran amarillas. Sí, amarillas. Era mi color favorito para ropa, zapatos y complementos.
Y como me había puesto un vestido blanco, pues las sandalias en ese color quedaban perfectas.
El vestido, la verdad, es que era una pasada. De esos que dicen mucho o, mejor dicho, sugieren, pero de manera elegante. Como he dicho, era sugerente.