Mi locura de CEO inglés Capítulo 2
4%

Capítulo 2

Daniela

Llegué a casa de mis padres para comer con ellos.

Los viernes era casi sagrada esa comida al mediodía. Algo de mucho peso debía de pasar para que me pudiera librar de ella.

Y con algo de peso quiero decir que incluso lo tenía que justificar si no quería que mi madre me diera unas cuantas collejas.

—Joder, qué bien huele —dije cuando entré en casa.

Se me hizo la boca agua solo con el olor que salía de la cocina. Y es que el estofado de ternera de mi madre quitaba el sentido de lo bueno que estaba.

Yo no tengo ni idea de cómo lo hacían en las demás casas. Fijaos que no estaba diciendo pueblos; yo estaba hablando de mi casa, de la manera de cocinar que tenía mi madre.

Como iba diciendo, cuando hacía estofado, ella no le echaba las patatas cocidas dentro. Prefería freírlas y poner un puñadito en cada plato para acompañar esa carne que le salía de muerte.

Desde luego, a mí me gustaba mucho más así, pero supongo que era como todo en la vida: lo que a mí me podía gustar, a otro no.

—Te voy a dar en la boca —me dijo mi madre nada más verme.

—¿Así saludas a tu niña del alma? —le pregunté con ironía.

—Peor has saludado tú —me contestó.

—Yo no he saludado, yo he hecho un comentario al entrar.

Me acerqué a ella para saludarla, aunque, viendo cómo me había mirado, no sabía si darle un beso o huir ahora que todavía estaba a tiempo.

—Acompañado de una mala palabra.

La miré medio incrédula.

—¿Sabes que tengo treinta y un años?

Al final sí me acerqué a darle un beso. Eso sí, lo hice casi desde lejos, porque esa mujer era capaz de darme un tirón de orejas solo por haber dicho «joder».

Vamos, que en algunas cosas me seguía tratando como si tuviera cinco años.

—Lo sé mucho mejor que tú. Fue a mí a quien tuvieron que ponerle puntos ahí abajo. —Me reí—. Por culpa de lo cabezona que naciste… —La madre que la parió—. Ay, hija, menos mal que poco a poco la cabeza se te fue equilibrando con el resto del cuerpo.

—¡Mamá! —le grité medio incrédula.

—Hija, no es mi culpa que nacieras cabezona —me dijo conteniendo la sonrisilla.

—Es increíble de lo que hemos terminado hablando y todo por haber dicho que olía bien la comida.

—No, por decir que la comida olía bien no ha sido; es porque has dicho una palabra fea.

—Mamá, que solo he dicho joder. Joder, ya.

Fue un segundo, o menos de un segundo, lo que tardó en coger la cuchara de palo, y ese mismo tiempo el que tardé yo en adelantar un pie y prepararme para echar a correr.

Y fue otro segundo lo que tardó en tirarla para que me diera, como mínimo, en la cabeza.

La suerte que tuve fue que mi madre nunca había tenido buena puntería.

La mala suerte de mi padre fue precisamente esa mala puntería de su mujer.

En todo el hombro le había dado la cuchara al bueno de mi padre y, aunque me daba mucha lástima, eso no impidió que me riera a carcajadas.

Me reí por la cara que puso, normal, teniendo en cuenta que no se lo esperaba. No era para menos el gesto que hizo, porque que tú vayas entrando feliz a la cocina con la intención de saludar a tu mujer y a tu hija y recibas un cucharazo, le cambia la expresión hasta al más pintado.

Que conste que, a pesar de la sorpresa que se llevó, tuvo reflejos y la cogió al vuelo.

—Me encanta ver todo lo que me quiere mi mujer. —Fue irónico su comentario, aunque lo dijo de broma.

Porque toda la gracia que le faltaba a doña Rosa le sobraba a don Vicente.

—Perdona, Vicente. Le quería dar a la niña —se disculpó, sintiéndolo mucho.

Y es mi madre, podía ser muchas cosas, pero sentida también era un rato. Eso sí, dependiendo de para lo que fuese.

Si esa cuchara me hubiera dado a mí en vez de a mi padre, puedo asegurar que lo habría sentido mucho menos.

—Papá, recuérdame que, si alguna vez montamos un equipo de dardos, mamá no se pueda unir a nosotros. Con la mala puntería que tiene, es capaz de acertar en la diana del equipo contrario.

—¿Tú sabes la puntería que nunca falla?

Asentí porque lo sabía de sobra.

—Hija, creo que tu madre está muy cerquita de darte una galleta, y no es precisamente de las que gustan.

Fui corriendo para ponerme detrás de mi padre. Asomé un poco la cabeza por un lado de su espalda, haciendo como si me estuviera escondiendo de ella.

Recuerdo que cuando era pequeña y me quería esconder de mi madre, porque no era tonta y sabía que se estaba rifando una hostia y que todas las papeletas las llevaba yo, siempre me metía detrás de las piernas de mi padre.

Qué bonita era la inocencia de los niños, ¿verdad?

Estaba hablando con sarcasmo, porque estaba claro que dentro de esa inocencia de la que os he hablado, yo pensaba que, si me metía detrás de las piernas de mi padre, ella no me iba a ver.

—Si es que es normal que mamá te siga tratando como a una niña pequeña, si te comportas como una de ellas.

Resoplé cuando, a mi espalda, llegó la voz de mi hermano.

Gonzalo, ese sí que era la alegría de la huerta. Se notaba desde lejos todo lo que le gustaban las bromas y el cachondeo. Igual que se me tenía que notar a mí en esos momentos lo irónica que estaba siendo.

—Hombre, Gonci. —Me reí por dentro; lo mataba que lo llamara así—. No sabía que ibas a venir hoy, como hace tres viernes que no te veo aparecer.

El no ir todos los viernes a comer a casa de mis padres a él, mi madre se lo perdonaba.

Según ella, porque el trabajo que tenía mi hermano era mucho más serio que el mío. Y no contenta con decirme eso, también me dejó recalcado más de una vez que en Gonzalo recaía mucha más responsabilidad que en mí.

Y no digo que de mi hermano no dependieran muchas personas, pero, coño, que yo también llevaba lo mío.

—Dani, no te pases —me riñó mi madre.

Uf, no sabía si callarme y meterme la lengua en el culo o contestar, pero claro, hacer lo segundo era empezar una guerra con mi madre y con él.

Miré a mi padre y, por el gesto que me hizo con los ojos, supe que me estaba diciendo que dejara pasar el tema.

Lo hice por él. Y que conste que con esto no estoy diciendo que mi madre o mi hermano fueran malas personas, nada que ver; los dos tenían muy buen corazón.

Y desde luego mi madre nunca había hecho otra distinción entre mi hermano y yo que no fuese esa que he dicho.

Y repito: estaba de acuerdo y admitía que Gonzalo tenía encima mucha más responsabilidad que yo.

Conclusión de todo el rollo que he soltado: que mi hermano mayor podía librarse los viernes y yo no.

—Id poniendo la mesa —nos pidió mi padre.

—La próxima vez que me llames por ese nombre, voy a dar orden de que te frían a multas —dijo por lo bajini, para que mis padres no lo escucharan.

Me llevé una mano al corazón fingiendo que me había dolido.

—No te pases, que te puedo denunciar por abuso de autoridad. —Pasé por su lado y le di un pellizco en el costado.

—No me toques la moral, que te voy a dar una que te vas a cagar —me volvió a replicar.

Gonzalo y yo éramos como el gato y el ratón. A veces nos llevábamos a matar, dependiendo del momento y del motivo.

Pero si teníamos algo que también estaba por encima de todo, era que podíamos meternos el uno con el otro, pero como alguien dijera algo de mi hermano, me comía vivo a quien fuera.

Y no lo defendía yo sola; Gonzalo era capaz de hacer lo mismo por mí. Con esto quiero decir que entre nosotros nos podíamos llamar hasta perro si nos daba la gana, pero como lo hiciera alguien de la calle, se liaba la de San Quintín.

La verdad es que al final nos relajamos un poco y pasamos muy buena comida.

Vamos, que pude disfrutar del estofado de mi madre que, por cierto, aquella vez le había salido todavía mejor que otras veces.