Mi locura de CEO inglés Capítulo 1
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Mi locura de CEO inglés

Mi locura de CEO inglés

Por Sarah Rusell

© inepub.com

Capítulo 1

Daniela

—No te haces una idea de lo que me acabo de enterar —me dijo Alma cuando descolgué el teléfono de mi mesa.

Giré la silla para mirar por la ventana.

A decir verdad, no tenía ni idea de por qué lo hacía, cuando yo estaba en una de las plantas centrales del edificio y justo delante de mí había un muro.

Vamos, que vistas, lo que se dice vistas, no tenía muchas, a no ser que fuera la hora del recreo.

¿Recreo?, os estaréis preguntando.

Sí, porque ese muro pertenecía a un colegio de primaria. ¿Y por qué he dicho a esa hora?

Porque no os podéis ni imaginar lo divertido que podía llegar a ser ver alguna que otra disputa entre ellos.

No vayáis a pensar que me pasaba el día mirando por la ventana, porque no era el caso, pero era inevitable verlos. Y lo siento, sé que no estaba bien, pero no podía evitar reírme al ver a los profesores separando a esas fierecillas.

Volví a acercarme a mi mesa con el teléfono pegado a la oreja.

—A ver, dime qué es lo que pasa —le contesté.

Aunque a Alma no hacía falta insistirle mucho para que hablara.

A ella le encantaba hacerlo. Eso sí, lo hacía de tonterías o de cosas de las que se podía enterar, como era el caso en ese momento, pero cuando se trataba de algo que yo le contara de mi vida privada o en confianza, ahí era una tumba.

Vamos, que se podía confiar en ella porque no iba a abrir la boca.

—El lunes llega el nuevo jefe.

Bueno, eso tampoco es que fuese un secreto, más que nada porque todo el mundo sabía que el jefe estaba a punto de jubilarse.

En realidad, no era jefe de nada y el que viniera tampoco lo iba a ser, pero sí era el mandamás de aquella sede.

Nosotras trabajábamos en una multinacional. Era tan grande que tenía sedes por todas partes, y lo bueno que tenía era que el creador de aquel imperio no se dedicaba solo a una cosa.

Y creo que ese era uno de los motivos por los que le iba tan bien.

Por ejemplo, nosotras trabajábamos en esas oficinas y llevábamos todo el tema de la gran fábrica que tenía allí. Esa en concreto se dedicaba a hacer baterías para coches eléctricos. Y no penséis que tampoco era para tanto, porque estábamos hablando de la fabricación para gran parte del mundo.

Y eso eran muchos coches y, por lo tanto, muchas baterías, partiendo de la base de que alguna vez en la vida también había que cambiárselas a esos coches.

Pues, como iba diciendo, todo el mundo sabía que el que era nuestro jefe en ese momento estaba a punto de jubilarse, pero, sinceramente, yo creía que iba a aguantar unos meses más.

—No me esperaba que fuera a ser tan pronto —admití.

—Pues sí, porque por lo que me ha dicho Clara, el jefe no está viniendo porque le ha dado un amago de infarto. Así que, cuando se recupere, se va a jubilar directamente. Vamos, que las oficinas no las vuelve a pisar más.

Mira, no creo que nadie lo echara mucho de menos, porque más seco, sieso y estirado que era él, no creía que hubiera nadie.

—A ver si tenemos suerte y el que viene es un poco más simpático y cercano.

—No sé qué decirte, porque el que se supone que lo va a suplir viene directamente de Londres.

Uy, eso tenía pinta de que iban a mandar a alguien desde la sede principal. Vamos, que no se habían molestado en buscar a alguien de por allí.

Sinceramente, a mí me daba igual que viniera uno u otro. Por norma general, no solía ver mucho a mi jefe, solo cuando me llamaba a su despacho para pedirme algo o en las reuniones que teníamos al principio de cada mes.

En esas reuniones era cuando nos veíamos los directivos de cada departamento.

Yo tenía a mi cargo todo el departamento de marketing . Nos dedicábamos a todo: desde redes sociales hasta diseños de todo tipo. Vamos, lo que se dice todo el tema de publicidad.

—Entonces no creo que sea mucho más divertido.

Ya me lo estaba imaginando.

Un hombre a punto de jubilarse también, que había pedido el traslado para pasar el tiempo que le quedase en un buen clima.

No quería decir el tiempo que le quedaba de vida; Dios quisiera que le faltara mucho para irse junto a él.

Lo que quería decir era que pasara los meses o los pocos años que le quedasen trabajando allí, porque no era lo mismo hacerlo en el sur de España, con el clima tan bueno que teníamos, que pasarlos en Londres.

En cuanto a lo de divertido, no quería decir que los ingleses no lo fueran, pero sí que era cierto que, por norma general, eran mucho más serios que nosotros, los andaluces.

Aunque mejor dejábamos esas comparaciones, porque en mi tierra había algunos personajes a los que era mejor echarles de comer aparte.

Vamos, que gilipollas había en todas partes, sin importar de dónde fuesen.

—Mientras no nos amargue la vida en el trabajo, me conformo —me contestó.

—Estoy contigo. —Cerré los ojos un segundo.

Tenía que llevarme bien con mi nuevo jefe. Por muy mal que me cayera, delante de él no iba a perder la sonrisa.

Básicamente, lo mismo que había hecho con el jefe que tenía en ese momento.

Y no se trataba de ser una hipócrita. Bueno, miento, sí que lo era, pero porque tenía un propósito. O, más bien, un objetivo bien marcado.

Estaba claro que se me daba bien aquel trabajo. Además, era de lo que había estudiado y no es que no me gustase, pero mi sueño era tener mi propia floristería.

Y no una de esas que se encargaban de hacer simples ramos o coronas para funerales. No. Mi floristería iba a ser de diseño.

Por eso mismo tenía que seguir trabajando allí, para poder ahorrar hasta el último céntimo. No era precisamente barato montarla tal y como la tenía en mente.

Y lo peor de todo era pensar que quizás nunca lo llegara a conseguir, porque una cosa era soñar y luchar todo lo que me fuese posible hasta lograrlo, y otra muy distinta era dar el paso final.

Pensar que, si no funcionaba bien, podía perder todo lo que había ido ahorrando durante toda mi vida.

Pues eso, que si quería llegar a hacer ese sueño realidad, tenía que aguantar como fuese varios meses más. Digo varios por decir algo, porque desde luego que iban a ser muchos más.

Vamos, Dani, despacito y con buena letra.

Me lo dije a mí misma pensando en lo que siempre me había dicho mi padre toda la vida. Había dicho y seguía diciendo que el pobre mío seguía vivo y que así fuera durante muchos años.

—Oye, cambiando de tema —tampoco es que hubiera mucho más que hablar, pensé—, ¿qué te parece si salimos esta noche? Juanjo me ha dicho que va a ir con los amigos a un local nuevo que abrió hace un mes más o menos.

—¿Esta noche?

Los viernes no me hacía mucha gracia salir. Prefería hacerlo los sábados, que estaba más descansada.

Hacerlo esa noche era llevar a cuestas el cansancio de toda la semana.

—Sí, Juanjo me ha dicho que los sábados aquello se pone hasta arriba y que no lo vamos a disfrutar igual que si vamos esta noche.

Supongo que si Juanjo decía eso era por algo, porque jamás en mi vida había conocido a nadie a quien le gustase más la fiesta que a ese hombre.

Y ojo, que él no salía por lugares normalitos. No. Vamos, que eso sería lo último que hiciera el amigo de Alma.

Además, él no se cortaba un pelo en decir los motivos por los que se movía en esos círculos. Y ese motivo era claro: quería enamorar a una ricachona para que lo quitara de trabajar.

La verdad es que Juanjo era mucho Juanjo.

En otro momento me explayo mucho más en la forma de ser de ese hombre, porque había para rato hablando de él.

—Venga, a ver si es verdad que el local merece tanto la pena.

Aunque no me gustara salir ese día, por los motivos que he dicho antes, era verdad que después siempre terminaba pasándomelo bien. Muy cansada debía de estar para no disfrutar de una salida con Alma.

—Estoy segura de que nos lo vamos a pasar muy bien. No sé, siento dentro de mí que esta noche va a ser muy especial para las dos.

Reí.

Era más tontilla cuando quería.

—A ver si tienes una bola de esas con las que se ve el futuro en el centro del pecho y no te habías dado cuenta —le dije, riendo.

—No te voy a decir dónde la tengo —me contestó con ironía.

—No, mejor no me lo digas. Sé muy bien lo que has querido decir y, créeme, no es muy agradable la imagen que se me acaba de pasar por la mente.

—Qué amiga tan cochina tengo.

Se me escapó una carcajada. Menos mal que estaba en el despacho y no me había oído nadie.

—Mejor sigo trabajando si no quiero que me despidan antes de tiempo, y tú deberías hacer lo mismo.

—Ahí tengo que darte la razón, porque yo tengo muchas más papeletas que tú para que me despidan.

Lo decía porque yo era la jefa del departamento de marketing y ella era una trabajadora del departamento de contabilidad. Aunque, sinceramente, y no es porque fuese mi amiga, ella se merecía mucho más ocupar el puesto de jefa que el gilipollas que lo estaba ocupando.

Pero claro, es lo que tiene hacerle la pelota y seguirle la corriente al jefe, que puede ponerte en un puesto que no te pertenece.

En fin, mejor dejaba de pensar en eso y me centraba en todo lo que tenía que hacer.