Mi jefe provocador (Jefes Insoportables 6) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

DRAKE

—Somos unos cabrones con suerte.

Royce me mira sobre el borde de su vaso de whisky con una ceja levantada, pero no me lleva la contraria. Está apoyado en la barra del salón privado del hotel, observando el baby shower que hemos organizado para Hailey y Hannah con la misma expresión que usa cuando cierra un negocio millonario.

Satisfacción absoluta.

—No pensaba que este día fuera a llegar —admite mi hermano—. Los dos aquí, esperando hijos, casados con mujeres que nos aguantan.

—Yo tampoco. —Doy un trago a mi agua con gas—. Hace menos de un año estaba convencido de que iba a morir solo rodeado de ligues de una noche que no recordarían mi nombre.

—Qué poético.

—Era realista. —Me encojo de hombros—. Y luego Hailey apareció en un bar con un vestido negro pensado para matarme y todo se puso patas arriba.

—Patas arriba en el buen sentido.

—En el mejor sentido.

Miramos hacia el centro del salón, donde Hailey y Hannah están sentadas juntas en un sofá enorme rodeado de globos rosas y azules, riéndose de algo que acaba de decir una de las amigas de Hannah. Las dos tienen ya barrigas imposibles de ignorar: la de Hailey, de seis meses; la de Hannah, de cuatro.

Ahí dentro, en la barriga de Hailey, está mi hijo. O mi hija. Todavía no lo sabemos. Vamos a descubrirlo en cinco minutos cuando abramos esas cajas llenas de globos que Hannah insistió en encargar.

—¿Nervioso? —pregunta Royce.

—Aterrado —admito—. ¿Tú?

—También. Pero de la forma buena.

Hannah dice algo que hace que Hailey se ría tan fuerte que tiene que apoyar la mano en su barriga. La veo brillar de felicidad, rodeada de gente, sin preocuparse por el dinero o por si va a poder pagar el alquiler o si Mía tiene suficiente ropa.

Me casé con ella hace un mes en una ceremonia pequeña en los Hamptons. Mía fue la dama de honor y lloró durante toda la ceremonia. Yo también lloré, pero nadie tiene que saberlo.

—No me creo que tengamos mujeres tan maravillosas —digo—. Siendo como somos. Con todo lo que tienen que aguantar.

—Somos hombres encantadores y enamorados. —Royce sonríe con suficiencia—. ¿Qué hay que aguantar?

—Que somos controladores. Posesivos. Con problemas de abandono heredados de unos padres que no deberían haber tenido hijos.

—Eso también. —Royce se pone serio—. Pero están aquí de todas formas. Nos eligen cada día.

—Cada puto día. —Miro a Hailey y siento que el pecho se me expande—. Es lo mejor que me ha pasado, Royce. Ella, Mía, este bebé. Todo.

—Lo sé. —Mi hermano me pone la mano en el hombro—. Se te nota. Nunca te había visto tan feliz.

—Tú tampoco estás mal. —Señalo con la cabeza hacia Hannah, que está abriendo un regalo con expresión emocionada—. La chica Gray te ha domesticado.

—Cállate. —Pero se le escapa la sonrisa—. Hannah no me ha domesticado. Me ha… mejorado.

—Es lo mismo.

—No lo es.

Antes de que pueda responder, Mía aparece de la nada y me agarra del brazo con las dos manos.

—¡Drake! ¡Royce! ¡Es la hora! ¡Van a revelar los sexos de los bebés!

—Ya vamos, princesa.

—No, vais ahora. —Mía tira de mí con todas sus fuerzas, intentando apartarme de la barra—. Hailey dice que si no vienes en cinco segundos va a revelar el sexo ella sola.

—Eso es chantaje emocional.

—Lo sé. —Mía sonríe—. Lo aprendí de ti.

Royce se ríe y deja su vaso en la barra.

—Vamos antes de que tu prometida nos mate a los dos.

—No es mi prometida. Es mi mujer.

—Perdón. Tu mujer. —Royce pone los ojos en blanco—. Cada vez que lo dices pareces un cavernícola.

—Es mi mujer —repito con satisfacción—. Me gusta cómo suena.

Mía sigue tirando de mi brazo hasta que me rindo y la sigo al centro del salón. Royce camina a mi lado con las manos en los bolsillos, tranquilo como siempre, aunque veo tensión en su mandíbula.

También está nervioso. Solo que a él se le da mejor esconderlo.

Llegamos junto al sofá donde Hailey y Hannah nos esperan. Hailey me mira con esa expresión que significa que me he metido en un lío.

—Te he llamado tres veces.

—Estaba en pleno momento emotivo con mi hermano.

—Estabais bebiendo en la barra mientras nosotras hacemos todo el trabajo. —Pero la sonrisa la delata—. Ven aquí.

Me siento a su lado y ella se acurruca contra mí y me lleva la mano a su barriga. Siento una patadita suave contra mi palma y el corazón se me derrite.

—Hola, pequeño —murmuro—. ¿Listo para decirnos si eres niño o niña?

—Ya está listo. —Hailey señala dos cajas enormes decoradas con lazos, una frente a cada pareja—. Dentro hay globos. Rosas si es niña, azules si es niño. Las abrimos a la cuenta de tres.

Hannah casi rebota en su asiento junto a Royce, que intenta mantener la compostura sin conseguirlo. Tiene la mano en el muslo de Hannah y no para de tamborilear con los dedos.

Mía se coloca entre las dos cajas con el móvil en alto. Ya está grabando.

—¡Preparados! —anuncia—. ¡Uno!

Hailey me aprieta la mano.

—¡Dos!

Miro a Royce, que me mira también. Los dos estamos aterrorizados y emocionados a partes iguales.

—¡Tres!

Hailey y Hannah abren sus cajas al mismo tiempo.

De la caja de Hailey explotan globos azules. Decenas de globos azules que suben flotando hacia el techo.

Se me llena el pecho de felicidad.

Miro a Hailey y veo lágrimas cayéndole por las mejillas mientras se ríe.

—Un niño —susurra—. Drake, vamos a tener un niño.

La beso sin importarme que haya cincuenta personas mirándonos. La beso como si fuéramos los únicos en la habitación, con las manos en su cara, sintiendo cómo ella sonríe contra mis labios.

—Te amo —murmuro—. Joder, Hailey. No sabes cuánto.

—Yo también te amo.

Un grito a nuestro lado nos hace separarnos. Hannah está llorando y riendo al mismo tiempo, rodeada de globos rosas.

—¡Una niña! —grita—. ¡Royce, vamos a tener una niña!

Mi hermano la abraza con una ternura que nunca pensé que tendría, escondiendo la cara en su cuello. Veo cómo sus hombros se mueven y me doy cuenta de que está llorando también.

Mía sigue grabando todo, sin apartar el móvil ni para secarse las lágrimas.

—¡Un primo y una prima! —anuncia—. ¡Y yo voy a ser tía!

El salón estalla en aplausos y felicitaciones. La gente se acerca para abrazarnos, para tocar las barrigas de Hailey y Hannah, para decir cosas bonitas sobre bebés y familias.

Claire, con su bebé de dos meses dormido contra el hombro, se abre paso entre el gentío y presume de haber sido la primera en poner de moda los embarazos en el Legacy.

Pero yo solo puedo mirar a Hailey.

Mi mujer. La madre de mi hijo. Mi secretaria ejecutiva todavía, porque se niega a dejar un puesto que se ganó sola. La mujer que entró en mi vida hace poco más de medio año y lo cambió todo.

—Un niño —repito, aturdido todavía—. Vamos a tener un pequeño Harris corriendo por el hotel.

—Destrozando cosas —añade Hailey con una sonrisa—. Sacándote canas.

—Estoy deseando que llegue. —Y lo digo muy en serio.

Royce se acerca con Hannah de la mano, ambos sonriendo como idiotas.

—Primos —dice mi hermano—. Nuestros hijos van a ser primos.

—Van a crecer juntos. —Hannah se limpia las lágrimas—. En la misma familia. Con amor y estabilidad y todo lo que vosotros no tuvisteis.

La miro y veo que Royce hace lo mismo. Los dos pensamos en nuestra infancia, en esa casa llena de gritos y mentiras y un amor podrido que nos enseñó todas las formas incorrectas de querer a alguien.

—Ellos van a tener algo mejor —digo—. Mucho mejor.

—Lo van a tener. —Royce asiente—. Porque vamos a dárselo.

Hailey me aprieta la mano y cuando la miro veo todo nuestro futuro en sus ojos: noches de insomnio con un bebé llorando, primeros pasos, primeras palabras, Mía enseñándole a leer a su sobrino, las clases de equitación que lleva pidiendo desde el fin de semana en la villa, navidades en familia, veranos en los Hamptons. Todo.

—Gracias —le digo en voz baja—. Por darme esto. Por darme una familia.

—Gracias a ti. —Hailey sonríe—. Por perseguirme hasta que dejé de huir. Por amarme incluso cuando era demasiado terca para admitir que te amaba también.

—Siempre. —La beso otra vez, suave—. Te amaré siempre, Hailey Harris.

Mía aparece entre nosotros con el móvil por delante.

—¡Decid algo para el bebé! —exige—. Algo bonito que pueda ver cuando crezca.

Miro a la cámara, luego a la barriga de Hailey, y sonrío.

—Hola, pequeño. Soy tu papá. Y que sepas que ya te quiero más de lo que pensé que podría querer a nadie. Tú, tu mamá y tu tía Mía sois lo mejor que me ha pasado en la vida. Y voy a pasarme el resto de mis días asegurándome de que lo sepáis.

Hailey solloza y me abraza, y yo la estrecho contra mí, mientras Mía lo graba todo y los globos azules flotan sobre nuestras cabezas.

Todo es perfecto.

Hasta el último globo azul.

FIN