CAPÍTULO 30
HANNAH
He orinado en siete pruebas de embarazo en los últimos cuatro meses.
Siete veces he esperado esos tres minutos eternos mirando el reloj del móvil mientras me mordía las uñas hasta hacerme sangre.
Siete veces he cogido el test con el corazón en la garganta.
Y siete veces me ha mirado esa única línea de «no estás embarazada, sigue intentándolo».
La caja que me llevé a los Hamptons ni siquiera llegué a estrenarla: acabó dándole la noticia a Hailey en vez de a mí.
Por eso esta vez no le he dicho nada a Royce. Me he encerrado en el baño a las siete de la mañana mientras él estaba en su despacho con una videoconferencia, he abierto la caja con dedos de flan y he hecho pis en el dichoso palito como una experta.
Ahora me toca esperar tres minutos.
Me siento en el borde de la bañera y me obligo a mirar el móvil en lugar del test que he dejado sobre el lavabo. Si miro, el tiempo va más lento. Es una ley universal que he aprendido por las malas.
Dos minutos y cuarenta segundos.
Pienso en Royce anoche: me besó el estómago antes de dormirse y me susurró que no pasa nada si tarda un poco más, que tenemos tiempo de sobra.
Dos minutos.
Pienso en cómo me mira cada vez que me viene la regla y veo la desilusión que intenta esconder detrás de su máscara de control.
Un minuto y treinta segundos.
No voy a hacerme ilusiones. Lo más seguro es que sea negativo otra vez y tendré que esperar otro mes y seguir fingiendo que no me importa tanto como me importa en realidad.
Un minuto.
Me levanto. Camino en círculos por el baño. Me miro en el espejo y me ordeno respirar con normalidad.
Treinta segundos. Vale. Puedo hacerlo. Solo es otro test. Otra decepción más. No pasa nada.
Diez segundos. Cojo el test sin mirar y cierro los ojos. Respiro hondo tres veces. Y miro.
Dos líneas. Dos líneas clarísimas. Parpadeo, convencida de que me lo estoy imaginando, pero siguen ahí cuando vuelvo a abrir los ojos.
Estoy embarazada.
Me tapo la boca con la mano libre para no gritar y despertar a medio hotel. Estoy embarazada. Voy a tener un bebé. El bebé de Royce.
Se me llenan los ojos de lágrimas y me río como una idiota mientras miro las dos líneas como si fueran a desaparecer si aparto la vista.
Tengo que decírselo a Royce.
Pero no así. No enseñándole un test de embarazo recién sacado del baño a las siete y media de la mañana. Esto se merece algo especial. Algo que recuerde para siempre.
Guardo el test en el cajón de mis cosas (donde Royce jamás mira porque dice que mis productos de belleza lo abruman) y salgo del baño con mi mejor cara de no pasa nada.
Royce sigue donde lo dejé, sentado en su escritorio con el portátil abierto y esa expresión concentrada que significa que está a punto de arruinarle el día a alguien en otra zona horaria.
Seguramente en Los Ángeles: desde que volvimos a instalarnos en Nueva York, dos plantas por debajo del ático de Drake y Hailey, dirige la puesta en marcha del Legacy de la costa oeste a base de videollamadas y presupuestos masacrados.
Me acerco por detrás y le paso los brazos por el cuello.
Él me coge la mano izquierda y me besa los nudillos sin apartar los ojos de la pantalla.
—Buenos días. ¿Todo bien?
—Perfectamente. —Apoyo la barbilla en su hombro—. ¿Terminas pronto?
—Veinte minutos como mucho. ¿Por qué?
—Por nada. Solo quería saber.
Me mira de reojo con esa expresión analítica que suele significar que ha detectado algo raro en mi comportamiento y está catalogando todas las posibles explicaciones.
—Estás sonriendo mucho para las siete y media de la mañana.
—Estoy feliz. ¿Es un crimen?
—Sospechoso. —Entrecierra los ojos—. ¿Qué has hecho?
—Absolutamente nada. Eres un paranoico.
Le doy un beso en la mejilla y me voy antes de que su cerebro de detective deduzca que estoy embarazada solo por cómo respiro.
Tengo doce horas justas para planear la mejor sorpresa de nuestras vidas.
A las siete de la tarde tengo la mesa puesta con el mantel que solo usamos cuando viene gente (que es nunca porque Royce odia tener invitados), velas por todas partes (he comprado quince en la tienda de la esquina y la dependienta me ha preguntado si iba a hacer un ritual satánico), y una cena de tres platos esperando en la cocina.
He cocinado todo lo que sé que le gusta: ensalada de burrata con tomate y albahaca, solomillo al punto con salsa de vino tinto, y patatas asadas con romero.
De postre he comprado tarta de chocolate de su pastelería favorita porque mis habilidades de repostería son inexistentes y esto es demasiado importante para arriesgarse a un desastre culinario.
El test de embarazo está escondido en el bolsillo de mi vestido.
El plan es sencillo: cena normal, conversación normal, y cuando lleguemos al postre, dejar el test en la mesa como quien no quiere la cosa y ver cómo reacciona el hombre que jamás pierde el control.
Estoy tan nerviosa que he ido al baño cuatro veces en la última hora.
Escucho la puerta del ascensor abrirse en el pasillo y el corazón se me dispara.
Royce entra en el apartamento con el maletín en una mano y el móvil en la otra, leyendo algo que debe de ser muy urgente y muy aburrido.
Se detiene en seco cuando ve la mesa.
—¿Qué es todo esto?
—La cena. —Sonrío como si fuera completamente normal que haya convertido nuestro comedor en un restaurante romántico—. ¿Tienes hambre?
Me mira como si estuviera calculando por qué he montado este espectáculo.
—¿Qué celebramos?
—¿Necesitamos una razón para cenar bien?
—Tú nunca cocinas a menos que sea una ocasión especial. —Se acerca despacio, estudiándome—. ¿Qué pasa, Hannah?
—Nada. Solo quería hacer algo bonito. ¿Es tan raro?
—Sí.
Me río y le quito el maletín de la mano.
—Siéntate. Come. Disfruta de tener una mujer que te cocina en lugar de interrogarla como si fuera una sospechosa.
Se sienta pero no aparta los ojos de mí mientras le sirvo la ensalada.
Cenamos hablando de su día (aburrido, reuniones, una crisis con un proveedor que solucionó en diez minutos) y del mío (escribiendo, editando, fingiendo que no estoy a punto de explotar de los nervios).
Royce se da cuenta de que apenas pruebo la comida pero no dice nada, solo me observa con esa intensidad que otras veces me pone nerviosa pero ahora me hace querer reír.
Cuando terminamos el plato principal me levanto para buscar la tarta.
—¿Postre? —pregunto con la voz más normal que consigo.
—Por favor.
Voy a la cocina, corto dos trozos de tarta, los pongo en platos bonitos, respiro hondo tres veces y saco el test del bolsillo de mi vestido.
Puedo hacerlo.
Es solo decirle a mi marido que vamos a tener un bebé.
Fácil.
Vuelvo al comedor con los dos platos y dejo el de Royce delante de él.
—Aquí tienes.
Me siento con mi trozo de tarta y espero a que coja el tenedor.
Royce mira su plato. Luego me mira a mí. Luego vuelve a mirar su plato.
—Hannah.
—¿Sí?
—Hay una prueba de embarazo en mi tarta.
—Ah, ¿sí? —Finjo sorpresa—. Qué raro.
—Tiene dos líneas.
—Mmm. Interesante.
Me mira como si acabara de romper todas las leyes de la física.
—¿Estás…?
—Embarazada. Sí. —Ya no puedo fingir más y la sonrisa se me escapa sola—. Estoy embarazada, Royce. Vamos a tener un bebé.
Se queda en silencio absoluto.
Royce no se mueve. Ni un músculo. Ni siquiera parpadea.
Se ha quedado congelado, mirando el test como si le hubieran hablado en arameo.
—¿Royce?
Nada.
—¿Amor?
Sigue sin moverse.
Me río porque la situación es surrealista. El hombre más controlado del planeta se ha quedado colgado como un ordenador viejo.
—¿Estás bien? ¿Respiras?
Ni un gesto.
La risa se me corta cuando pasan diez segundos más y sigue sin reaccionar.
Vale. Esto ya no es gracioso.
Me levanto de la silla y me acerco a él.
—Royce, me estás asustando. ¿Estás teniendo un infarto? ¿Necesitas que llame a una ambulancia?
Le pongo la mano en el hombro y eso parece despertarlo.
Se levanta de golpe y la silla se tambalea detrás de él.
Y entonces, cuando menos me lo espero, se arrodilla frente a mí.
—Royce, ¿qué…?
No termino la frase porque él ya ha apoyado las manos en mis caderas y está besándome el estómago por encima del vestido.
Una vez.
Dos.
Tres.
—Voy a ser padre. —Lo dice a media voz, como si no se atreviera a decirlo más alto—. Vamos a tener un bebé.
—Sí. —Ya estoy llorando otra vez—. Vamos a tener un bebé.
Me levanta el vestido un poco para poder besar directamente mi piel y yo le paso los dedos por el pelo mientras él sigue besándome el estómago con una devoción que no le he visto jamás.
—Hola. —Le habla a mi tripa y eso me remata—. Soy tu padre. Y quiero que sepas que voy a ser el mejor padre del mundo para ti. Te lo prometo.
Noto humedad en mi piel y me doy cuenta de que está llorando.
Royce Harris, el hombre que nunca pierde el control, está arrodillado en nuestro comedor llorando contra mi estómago.
—Te quiero. —Sigue hablándole al bebé—. A ti y a tu madre. Sois lo mejor que me ha pasado nunca. Voy a cuidaros siempre. Voy a protegeros. Voy a daros todo lo que yo nunca tuve. Lo prometo.
Un sollozo me traiciona y él levanta la cabeza para mirarme.
Tiene los ojos rojos y brillantes, y esa expresión vulnerable que solo me enseña a mí.
—Gracias. —Se levanta y me coge la cara entre las manos—. Gracias por darme esto. Por darme una familia. Por hacerme el hombre más feliz del planeta.
—Iba a ser yo quien te diera las gracias a ti. —Me río entre lágrimas—. Por amarme. Por quedarte. Por ser todo lo que necesito.
Me besa con una suavidad impropia de él y luego apoya su frente contra la mía.
—¿Cuándo te has enterado?
—Esta mañana. Quería preparar algo especial para decírtelo.
—Misión cumplida. —Se ríe, y esa risa me la guardo para siempre—. Aunque casi me matas del susto. He visto el test y el cerebro se me ha apagado por completo.
—Lo sé. Ha sido muy gracioso.
—No ha sido gracioso. Ha sido aterrador. —Me besa otra vez—. ¿Cómo te encuentras? ¿Necesitas algo? ¿Tienes náuseas? ¿Mareos?
—Estoy perfectamente. Solo embarazada.
—Voy a llamar al doctor White mañana a primera hora. Y a buscar al mejor ginecólogo de Nueva York. Y vamos a preparar una de las habitaciones de invitados como cuarto del bebé. ¿Preferencias de colores? ¿Quieres una cuna normal o una de esas inteligentes que…?
Le tapo la boca con la mano.
—Respira. Tenemos meses para prepararlo todo.
—Los bebés pueden adelantarse.
—Royce.
—¿Sí?
—Cállate y bésame.
Sonríe contra mi mano y yo la aparto para dejar que me bese como si fuéramos a desaparecer si para.
Me coge en brazos sin dejar de besarme y yo me río contra sus labios.
—¿Qué haces?
—Llevarte a la cama. —Empieza a caminar hacia el dormitorio—. Voy a hacerte el amor muy despacio y con mucho cuidado porque ahora eres oficialmente la cosa más valiosa del universo.
—Sigo siendo la misma persona de esta mañana.
—No. Esta mañana eras la mujer que amo. Ahora eres la mujer que amo y que está esperando a nuestro hijo. Es completamente diferente.
Me deja en la cama con una delicadeza absurda y se quita la camisa sin apartar los ojos de mí.
—Te amo, Hannah Harris. Y voy a pasarme el resto de mi vida demostrándote que elegiste bien cuando decidiste aceptarme como tu marido.
—Lo sé. —Le tiendo los brazos—. Ahora ven aquí y demuéstramelo.
Y lo hace. Muy despacio. Con muchísimo cuidado.
Y con todo el amor del mundo.