CAPÍTULO 29
HAILEY
Unos días más tarde…
Drake ha estado insoportable toda la mañana.
Insoportable de un modo adorable y exasperante a la vez.
Me ha despertado a las siete con un batido verde que ha pedido al servicio de habitaciones porque, según él, está «lleno de nutrientes esenciales para el bebé».
Cuando le he dicho que me daban arcadas solo de mirarlo, ha fruncido el ceño y ha llamado a la cocina para pedir tostadas integrales con aguacate.
Luego ha insistido en que no me vista sola porque «podrías perder el equilibrio poniéndote los pantalones», lo cual es ridículo: estoy de doce semanas y ni siquiera se me nota todavía.
También me ha puesto al día, entre tostada y tostada, de lo que ha pasado con los inversores Westfield: firmaron al final. Royce los invitó a cenar esa misma noche, salvó el trato y ahora se lo recuerda a Drake cada vez que respira.
Y ahora, en el coche de camino a la clínica, no para de preguntarme si estoy cómoda.
—¿Estás bien? ¿El cinturón no te aprieta demasiado? ¿Necesitas que ponga la calefacción más alta? ¿Más baja?
—Drake. —Le pongo la mano en el muslo—. Estoy bien. Estoy embarazada, no enferma.
—Lo sé. —Pero sus manos agarran el volante con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos—. Solo quiero que todo salga bien.
Mi irritación se esfuma de golpe. Le aprieto el muslo y él me lanza una mirada rápida antes de volver a concentrarse en la carretera.
—Va a salir bien —le aseguro—. Es solo una ecografía de rutina.
—La primera ecografía. —Se le tensa la voz—. La primera vez que vamos a verlo. A oír su corazón.
Oh. Ahí está. No es que se ponga sobreprotector porque sí. Está nervioso. Aterrado, incluso.
—Oye. —Espero a que pare en un semáforo en rojo para obligarlo a mirarme—. Todo va a estar bien. El bebé está bien. Yo estoy bien. Respira.
Drake respira hondo y asiente, pero cuando el semáforo se pone en verde y arranca, veo que sigue tenso.
Llegamos a la clínica privada en el Upper East Side que Claire me recomendó. Es uno de esos sitios elegantes con suelos de mármol, plantas enormes y recepcionistas que sonríen como si trabajaran en un hotel de cinco estrellas en lugar de en una consulta médica.
Drake me coge de la mano en cuanto salimos del coche y no me suelta mientras entramos. Da nuestros nombres en recepción y nos indican que esperemos.
La sala de espera está llena de mujeres embarazadas en diferentes etapas. Algunas con barrigas enormes, otras a las que apenas se les nota, como yo. Todas acompañadas de sus parejas o familiares.
Drake se sienta a mi lado en uno de los sofás de cuero y me pasa el brazo por los hombros y me atrae hacia él.
—¿Estás nervioso? —pregunto.
—Aterrado. —Lo admite sin problemas—. ¿Y tú?
—También. —Apoyo la cabeza en su hombro—. Pero de la forma buena. Emocionada.
Una enfermera aparece con una carpeta en la mano.
—¿Hailey Taylor?
Nos levantamos los dos y la seguimos por un pasillo hasta una consulta. La habitación es acogedora, con una camilla, un escritorio y lo que claramente es una máquina de ecografías junto a un monitor grande.
—El doctor Williams estará con vosotros enseguida —dice la enfermera con una sonrisa—. Hailey, si puedes tumbarte en la camilla y subirte la camiseta hasta justo debajo del pecho, por favor.
Hago lo que me pide mientras Drake se queda de pie junto a la camilla, mirando la máquina de ecografías como si fuera un artefacto alienígena.
La puerta se abre y entra un hombre de unos cincuenta años con bata blanca y expresión amable.
—Buenos días. Soy el doctor Williams. —Nos estrecha la mano a los dos—. ¿Papá primerizo?
—Sí. —Drake se aclara la garganta—. Es nuestro primer hijo para los dos.
—Excelente. —El doctor se sienta en una silla con ruedas y se acerca a la máquina—. Vamos a echar un vistazo a ese bebé, ¿de acuerdo? Hailey, esto va a estar un poco frío.
Coge un bote de gel y me lo aplica en el estómago. Tiene razón, está helado, y me estremezco. Drake me coge la mano.
—¿Estás bien?
—Está fría, eso es todo.
El doctor coge el transductor y lo presiona contra mi estómago, moviéndolo despacio mientras mira la pantalla. Durante unos segundos solo se ve gris y negro en formas que no significan nada para mí.
Y entonces, de repente, ahí está.
Una manchita pequeña en el centro de la pantalla. Una forma diminuta que apenas se distingue, pero que está ahí.
—Ahí tenemos a vuestro bebé —anuncia el doctor Williams—. Doce semanas, por lo que veo. Todo parece estar en orden.
Drake se inclina hacia la pantalla y me aprieta la mano hasta casi cortarme la circulación.
—¿Eso es…? ¿Es el bebé? ¿Ese puntito?
—Ese puntito. —El doctor sonríe—. Ahora vamos a escuchar el latido.
Pulsa unos botones y de repente la habitación se llena de un sonido rápido, como un tren a toda velocidad.
Chuc-chuc-chuc-chuc-chuc .
Me quedo muy quieta, escuchando. Es el latido del corazón de mi bebé. De nuestro bebé.
Miro a Drake y veo que tiene los ojos brillantes, fijos en la pantalla, con la boca ligeramente abierta.
—Ese es su corazón —susurra—. Joder, Hailey. Ese es su corazón.
—Ciento cincuenta latidos por minuto —dice el doctor—. Perfecto para esta etapa. Vuestro bebé está muy sano.
Drake se gira hacia el doctor tan rápido que casi se cae.
—¿Está seguro? ¿Completamente seguro? ¿No hay nada raro? ¿Ninguna complicación?
—Todo está bien, señor…
—Harris. Drake Harris. —Se pasa una mano por el pelo—. ¿Y el tamaño? ¿Es del tamaño correcto? ¿No es demasiado pequeño?
—El tamaño es exactamente el que debería tener a las doce semanas. Unos cincuenta y cinco milímetros.
—¿Cincuenta y cinco milímetros? —Drake parpadea—. Eso es… minúsculo.
—Es un bebé muy pequeño todavía. —El doctor sigue moviendo el transductor, tomando medidas—. Pero está creciendo justo como debe.
—¿Y Hailey? —Drake me mira y luego vuelve al doctor—. ¿Ella está bien? ¿El embarazo va bien? ¿Hay algo que deba preocuparnos?
—Todo indica que es un embarazo de libro. Tensión arterial normal, sin signos de complicaciones.
—¿Y las náuseas? —insiste Drake—. Ha estado vomitando mucho. ¿Es normal? ¿No es demasiado?
—Las náuseas matutinas son de lo más normal en el primer trimestre. Molestas, pero normales.
—¿Y qué puede hacer para que se sientan mejor? ¿Hay medicación? ¿Algo que podamos…?
—Drake. —Le aprieto la mano—. Deja que el doctor termine.
—Perdón. —Pero no parece arrepentido en absoluto—. Siga, por favor.
El doctor Williams nos mira con una sonrisa que sugiere que ha visto a muchos padres primerizos histéricos.
—Las náuseas normalmente mejoran después de la semana doce. Mientras tanto, comidas pequeñas y frecuentes suelen ayudar. Jengibre, galletas saladas, mantenerse hidratada.
Drake asiente sin perder detalle.
—¿Y ejercicio? ¿Puede hacer ejercicio? ¿Qué tipo? ¿Cuánto?
—Ejercicio moderado está bien. Caminar, nadar, yoga prenatal. Nada de levantamiento de peso excesivo o deportes de contacto.
—¿Y en el trabajo? —Drake no para—. Trabaja para mí, en mi hotel. Está de pie muchas horas. ¿Es seguro? ¿Debería reducir las horas?
—Si se siente bien, puede seguir trabajando con normalidad. Solo que escuche a su cuerpo y descanse cuando lo necesite.
—¿Y el sexo? —La pregunta le sale de golpe y me pongo roja hasta las orejas—. ¿Es seguro tener sexo?
—Drake. —Quiero que me trague la tierra.
—Es una pregunta legítima. —Se defiende, luego mira al doctor—. ¿Lo es, verdad?
—Del todo legítima. —El doctor ni se inmuta—. El sexo es seguro durante un embarazo sin complicaciones. El bebé está muy protegido.
—¿Hay alguna posición que debamos evitar?
—Por el amor de Dios. —Me tapo la cara con la mano libre y me rio a carcajadas.
—¿Qué? Necesito saberlo. —Drake me mira como si yo fuera la rara—. Quiero asegurarme de que no os hago daño.
El doctor Williams parece estar pasándoselo en grande con esto.
—En estas primeras etapas, cualquier posición que sea cómoda para ella está bien. Más adelante, cuando la barriga crezca, querrán evitar que pase mucho rato tumbada boca arriba.
Drake asiente muy solemne, como si estuviera en una reunión de negocios y no hablando de nuestra vida sexual con un desconocido.
—¿Algo más que deba evitar? ¿Alimentos? ¿Actividades?
—Nada de alcohol, claro. Limitar la cafeína. Evitar pescados con alto contenido en mercurio, embutidos sin cocinar, quesos blandos no pasteurizados. Le daré una lista completa.
Hago memoria a toda prisa: tomé una copa en la gala, otra en los Hamptons, poco más. Menos mal que estas semanas apenas he probado el alcohol.
—¿Y vitaminas? ¿Está tomando las vitaminas correctas?
—Las prenatales que está tomando van muy bien.
—¿Y cuándo es la próxima cita? ¿Con qué frecuencia le veremos?
—La próxima ecografía será a las dieciocho semanas. Y luego visitas mensuales hasta el tercer trimestre, cuando serán más frecuentes.
Drake sigue haciendo preguntas durante otros cinco minutos: sobre síntomas preocupantes, cuándo llamar si algo va mal, qué esperar en cada trimestre. El doctor responde a todo sin perder la sonrisa.
Cuando termina, me limpia el gel del estómago y me ayuda a sentarme.
—¿Alguna pregunta más? —pregunta el doctor, mirando principalmente a Drake.
—¿Puedo tener una copia de la ecografía? —se apresura a preguntar Drake—. ¿O varias copias? Una para nosotros, una para su hermana…
—Le imprimiré varias. —El doctor pulsa unos botones y la impresora escupe cuatro fotos en blanco y negro—. Aquí tienen. Su bebé.
Drake coge las fotos como si fueran oro y se queda mirándolas, boquiabierto.
—Es perfecto —murmura—. Mira, Hailey. Es perfecto.
La emoción me abruma.
—Lo es. —Me bajo de la camilla con cuidado y me coloco la camiseta—. Nuestro bebé perfecto.
Nos despedimos del doctor Williams, que nos da una carpeta con información y nos recuerda que podemos llamar si tenemos cualquier duda. Seguro que Drake llama mañana mismo con diez preguntas más.
Salimos de la clínica y Drake no suelta las fotos de la ecografía en todo el camino al coche. Sube al asiento del conductor pero no arranca enseguida. Se queda mirando la foto, pasando el dedo por la manchita que es nuestro bebé.
—Lo hemos visto —dice con asombro—. Hemos oído su corazón.
—Lo hemos hecho. —Me inclino hacia él—. ¿Estás bien?
—Estoy… —Se gira hacia mí y veo que tiene lágrimas en los ojos—. Estoy tan feliz que casi me da miedo, Hailey. Vamos a tener un bebé. Un bebé real con un corazón que late y que es mitad tú y mitad yo.
Me besa entonces, profundo y lento, con una mano en mi nuca y la otra todavía agarrando la foto.
—Te amo —murmura contra mis labios—. A los dos. Ya os amo a los dos.
—Yo también te amo.
Drake arranca por fin y conduce de vuelta al hotel. Son casi las dos de la tarde. Tenemos que recoger a Mía a las tres y media.
—Tenemos tiempo —dice Drake, como si me leyera la mente—. Una hora y media.
—¿Tiempo para qué?
Me mira con los ojos oscurecidos de deseo.
—Para celebrar.
Llegamos al hotel en tiempo récord. Drake aparca en el garaje y me saca del coche casi en volandas y me lleva de la mano hacia el ascensor privado. En cuanto las puertas se cierran, me acorrala contra la pared y me besa como si llevara semanas sin verme.
—He estado pensando en esto desde que el doctor ha dicho que el sexo era seguro —murmura contra mi cuello.
Las puertas se abren en el pasillo del ático y Drake me coge en brazos y me hace gritar y agarrarme a su cuello.
—¡Puedo caminar!
—Lo sé. Pero me gusta llevarte. —Me lleva directa al dormitorio y me deja en la cama con cuidado—. Sobre todo ahora que llevas a mi hijo dentro.
Lo dice con una mezcla de posesividad y ternura que me ablanda entera.
Drake se quita la camiseta de un tirón y luego se arrodilla en la cama y se coloca entre mis piernas.
—Quiero hacerte el amor despacio —dice, deslizando las manos por mis muslos—. Tomarnos nuestro tiempo. Celebrar que nuestro bebé está sano y perfecto.
—Tenemos que ir a buscar a Mía en una hora y cuarto.
—Entonces será mejor que empiece ya.
Me quita los pantalones y la ropa interior despacio, marcando el camino a besos. Cuando llega a mi estómago, se detiene y deja un beso largo justo debajo del ombligo.
—Hola, pequeño. Papá te ha visto hoy. Eres precioso.
Los ojos se me empañan. Este hombre va a matarme de ternura.
Drake sigue subiendo y me quita la camiseta y el sujetador hasta dejarme desnuda frente a él. Me mira, y la admiración en su cara vale más que cualquier piropo.
—Eres perfecta —murmura—. Absolutamente perfecta.
Se desnuda también sin ceremonia y luego se coloca sobre mí, sosteniéndose en los brazos para no poner todo su peso sobre mi estómago.
—¿Estás cómoda? ¿Así está bien?
—Está perfecto. —Lo atraigo hacia mí para besarlo—. Ahora para de hablar y hazme el amor.
Drake sonríe sin apartarse de mi boca y entra en mí despacio, centímetro a centímetro, dándome tiempo a acostumbrarme. Cuando termina de entrar, los dos gemimos.
—Joder —murmura—. Siempre es increíble estar dentro de ti.
Empieza a moverse con un ritmo lento y profundo, hecho más de conexión que de urgencia. Sus ojos no se apartan de los míos, y esa mirada me puede.
—Te amo —dice con cada embestida.
—Yo también te amo. —Enredo los dedos en su pelo—. Tanto, Drake.
Me hace el amor así hasta que pierdo la noción del tiempo. Cuando el orgasmo llega, me arrastra como una ola y tiemblo en sus brazos hasta que pasa.
Drake me sigue segundos después, hundiéndose profundo una última vez mientras gime mi nombre contra mi cuello.
Nos quedamos así, respirando agitadamente, con Drake todavía dentro de mí.
—Vamos a tener un bebé —murmura, maravillado.
—Vamos a tener un bebé. —Me río—. Y si no nos movemos pronto, vamos a llegar tarde a buscar a Mía.
Drake gruñe pero se aparta con cuidado, cayendo a mi lado en la cama.
—Vale. Cinco minutos más y nos vamos.
—Drake…
—Tres minutos. Negociable a dos.
Me río y me acurruco contra su pecho, escuchando su corazón latir.
Perfecto. Todo es perfecto.