CAPÍTULO 28
HAILEY
—Quiero ir a buscar a Mía al colegio —digo, todavía acurrucada contra el pecho de Drake en su cama enorme—.
Hoy ya no estamos trabajando, ¿no? Nunca puedo recogerla yo: siempre va Karen y se la lleva a su casa hasta que salgo del trabajo.
Por una vez, me apetece que al cruzar la verja me encuentre a mí.
—Pues vamos juntos. —Drake me aparta un mechón de la cara y lo dice tranquilo, sin pensárselo, con la naturalidad de lo evidente—. Y le contamos todo.
El corazón se me acelera por los nervios pero no me niego.
—Sale a las tres y media. —Miro la hora en la mesilla y me incorporo de golpe—. Dentro de media hora.
—Mierda. —Drake salta de la cama y empieza a vestirse a toda velocidad—. ¿Dónde es?
—En Queens. —Me levanto y busco mi ropa desperdigada por el suelo.
Los nervios se me agarran al estómago. A Mía le va a dar algo. No sé si de alegría o del susto, pero le va a dar algo.
Bajamos al garaje y Drake conduce su Audi negro por Manhattan con una concentración que no le he visto antes. Tiene una mano en el volante y la otra en mi muslo, como si necesitara tocarme todo el rato para asegurarse de que sigo aquí.
—¿Nerviosa? —pregunta.
—Un poco. Mía es lista. Va a tener mil preguntas.
—Bien. —Sonríe—. Tenemos mil respuestas.
Llegamos al colegio de Mía en Queens con cinco minutos de margen. Drake aparca frente a la entrada y, antes de que me dé tiempo a decir nada, ya ha salido del coche y me está abriendo la puerta. Nos colocamos junto a la verja, entre las madres y los padres que esperan, y su mano encuentra la mía.
Suena el timbre. Empiezan a salir grupos de niños con sus mochilas y veo a Mía al instante: sale charlando con su amiga Sophie, muerta de risa.
Entonces nos ve.
Se detiene en seco, con los ojos como platos, mirando el Audi negro aparcado y luego a nosotros dos, plantados en la puerta de su colegio, cogidos de la mano. Se despide de Sophie a toda prisa y viene corriendo, con la mochila rebotándole en la espalda.
—¡Hailey! —Se me lanza al cuello como cuando era pequeña y la abrazo fuerte, con el corazón a mil—. ¿Qué haces aquí? Pensaba que Karen me iba a recoger. Y… —Se separa de mí y levanta la vista, con una sonrisa enorme—. ¡Drake!
—Hola, Mía. —Drake le revuelve el pelo—. Hoy te recogemos nosotros. Y por el camino queremos contarte una cosa importante.
Mía nos estudia a los dos, de mi sonrisa nerviosa a nuestras manos entrelazadas.
—Vale, esto es raro —decide, y se recoloca la mochila—. Raro del bueno, creo.
Drake le abre la puerta trasera con una reverencia exagerada que la hace reírse, y Mía se mete en el coche. Yo me siento delante y me giro en el asiento para mirarla.
—¿Va todo bien? —pregunta—. ¿Ha pasado algo?
—Todo va bien. —Cojo su mano—. Mejor que bien, de hecho. Pero necesitamos contarte algunas cosas.
Drake arranca y empieza a conducir hacia nuestro apartamento. El tráfico es denso a esta hora, lo que nos da tiempo.
—¿Qué cosas? —Mía me mira con esos ojos inteligentes que no se pierden nada—. Me estáis asustando un poco.
—No hay nada que asuste. —Drake la mira por el retrovisor—. Todo lo contrario.
Respiro hondo y me lanzo.
—Mía, Drake y yo… estamos juntos. Como pareja. Y vamos a mudarnos a vivir con él. Los tres. Tú, yo y Drake. En su suite del hotel.
Mía parpadea varias veces.
—¿Vamos a vivir juntos? ¿En The Legacy?
—Sí. —Aprieto su mano—. A partir de hoy, si te parece bien.
—¿Si me parece bien? —Su voz sube un poco—. ¿Estás de broma? ¡Por supuesto que me parece bien! Drake es genial. Y el hotel es increíble. Y tú has estado más feliz estas últimas semanas que en años.
El alivio me inunda.
—Hay más —añade Drake, cambiando de carril—. Tu hermana está embarazada. Vas a ser tía.
Se hace un silencio absoluto desde el asiento trasero.
Me giro entera para verle la cara. Mía nos mira a los dos con la boca abierta, los ojos brillantes, y entonces una sonrisa enorme le cruza la cara.
—¿Estás embarazada? ¿De verdad? ¿Voy a tener un sobrino o una sobrina?
—De verdad. —Sonrío—. Dentro de unos seis meses.
Mía suelta un grito de alegría que se oye en medio Queens.
—¡Un bebé! ¡Vamos a tener un bebé en la familia! ¿Es de Drake? Claro que es de Drake, ¿de quién más iba a ser? Oh Dios mío, esto es lo mejor que me han dicho en mi vida.
Drake se ríe, y es un sonido tan lleno de alivio y felicidad que se me encoge el corazón.
—Y nos vamos a casar —anuncia entonces, como si tal cosa—. Hailey y yo. Vamos a casarnos.
—Espera, ¿qué? —Me vuelvo hacia él como un resorte—. ¿Cómo es eso de que nos vamos a casar? No recuerdo que me lo hayas pedido, Drake.
Drake me mira con esa cara de suficiencia que debería molestarme pero que me derrite.
—No te lo estoy pidiendo. Te lo estoy diciendo. —En el semáforo en rojo, aprovecha para girarse hacia mí—. Mañana te compro el anillo. Uno enorme que deje claro a todo Manhattan que eres mía. Pero no voy a aceptar un no por respuesta, así que ni lo intentes.
—Eres un arrogante insoportable.
—Lo sé. ¿Te casarás conmigo de todas formas?
—Alguien tiene que mantenerte a raya. —Intento sonar seria y no lo consigo—. Supongo que tendré que ser yo.
—Eso es un sí —dice Drake, satisfecho, y arranca cuando el semáforo se pone en verde.
Desde atrás, Mía casi rebota en su asiento.
—¡Os vais a casar! ¡Y vamos a vivir juntos! ¡Y hay un bebé! Esto es como un cuento de hadas pero real.
—Mejor que un cuento —dice Drake, mirándola por el retrovisor—. Porque en los cuentos no hay pizza de medianoche cuando te apetezca.
Mía se ríe y yo niego con la cabeza.
—No vas a dejarla comer pizza a medianoche.
—Vale, vale. Pizza hasta las diez como mucho.
—Las nueve.
—Las nueve y media.
—Drake…
—Hailey, estoy negociando aquí. —Me guiña un ojo—. Las nueve y media es mi última oferta.
Mía se ríe todavía más fuerte y yo me rindo, sonriendo como una idiota.
Llegamos a nuestro edificio en Queens y subimos los tres pisos hasta nuestro apartamento. Drake mira alrededor cuando entramos: el sofá cama donde he dormido durante siete años, la cocina diminuta, las paredes con pintura descascarillada.
—No vas a volver a dormir en un sofá nunca más —dice en voz baja, solo para mí—. Se acabó, Hailey.
Me besa en la sien y luego se gira hacia Mía.
—Vale, princesa. Necesitamos hacer maletas con lo esencial para esta noche. Ropa, cosas del colegio, lo que necesites. Mañana enviaremos un camión de mudanzas por el resto, pero hoy solo lo importante.
Mía asiente y corre a su habitación. La oigo abriendo cajones y arrastrando cosas.
Drake y yo vamos a mi zona del salón, donde tengo mi ropa guardada en un armario pequeño y algunas cajas con mis cosas personales.
—¿Qué quieres llevarte? —pregunta Drake, sacando una maleta de debajo del sofá cama.
—Ropa para unos días. Mis libros. —Miro alrededor—. La verdad es que no tengo mucho.
—Ahora lo tienes todo. —Me coge de la cintura—. Todo lo mío es tuyo, Hailey. El ático, el dinero, todo.
—No me caso contigo por tu dinero.
—Lo sé. —Me besa rápido—. Te casas conmigo porque soy irresistible y cocino fatal, así que alguien tiene que alimentarme.
Me río contra su boca y empezamos a hacer las maletas. Drake dobla la ropa con precisión militar mientras yo meto libros y fotos en una caja.
Mía aparece media hora después arrastrando dos maletas llenas.
—Creo que he cogido demasiado —admite.
—Imposible. —Drake carga con sus maletas sin despeinarse—. Todo lo que necesites, lo cogemos.
Bajamos todo al coche entre los tres. Estoy cerrando la puerta del apartamento cuando me detengo, mirando hacia dentro una última vez.
Siete años viviendo aquí. Siete años luchando, sobreviviendo, criando a Mía sola. Siete años durmiendo en un sofá cama y contando cada centavo.
—¿Hailey? —Drake me pone una mano en el hombro—. ¿Estás bien?
—Sí. —Cierro la puerta—. Solo… me despedía. De esta etapa.
—Empieza una nueva. —Me besa la frente—. Una mucho mejor.
Mía no para de hablar en todo el trayecto de vuelta a Manhattan. Pregunta sobre el colegio, sobre si tendrá que cambiarse, sobre cómo será vivir en un hotel, sobre el bebé, sobre la boda.
—No te vas a cambiar de colegio —le aseguro—. Te llevaré por las mañanas y te recogeré cuando salga de trabajar.
—O podemos turnarnos —añade Drake—. Depende de mi agenda.
—¿Y tendré mi propia habitación? ¿O la compartiré con el bebé cuando nazca?
—Tendrás tu propia habitación. —Drake la mira por el retrovisor—. De hecho, voy a reformar la suite entera. Para que tengáis todo lo que necesitéis. Tu habitación va a ser exactamente como la quieras.
—¿En serio? ¿Puedo elegir cómo decorarla?
—Puedes elegir todo. Colores, muebles, lo que se te ocurra.
Mía se queda callada un momento, y cuando habla su voz es más pequeña.
—¿De verdad vamos a vivir contigo? ¿No es un sueño?
Drake aparca en el garaje del hotel y se gira para mirarla directamente.
—Es real, Mía. Tan real como pueda ser. Tú y Hailey sois mi familia ahora. Y yo cuido de mi familia.
Mía se desabrocha el cinturón de seguridad y se lanza hacia delante para abrazar a Drake por encima del asiento. Drake la abraza con fuerza, y yo tengo que parpadear rápido para no ponerme a llorar otra vez.
Subimos todo al ático en el ascensor privado. Cuando abro la puerta de la suite, Mía suelta un silbido bajo.
—Es enorme. Mucho más grande de lo que imaginaba.
—Ven, te enseño tu habitación. —Drake deja las maletas y la guía por el pasillo—. Por ahora dormirás aquí. Pero mañana mismo llamo al interiorista para diseñar tu cuarto perfecto.
Abre la puerta de una de las habitaciones de invitados. Es bonita, con una cama doble, un escritorio y un armario grande, pero claramente es una habitación genérica de hotel.
—Esto es temporal —explica Drake—. En unas semanas, esto será tu reino. Tu espacio. Diseñado a tu gusto, hasta el último detalle.
—¿Puedo tener estanterías? —pregunta Mía—. Para mis libros.
—Todas las estanterías que quieras.
—¿Y un escritorio grande para hacer los deberes y dibujar?
—Hecho. ¿Qué más?
Mía empieza a enumerar ideas: un rincón de lectura con cojines, buena luz para leer por las noches, espacio para sus cosas del colegio, quizás algún póster.
Drake lo escucha todo con atención seria, asintiendo a cada cosa como si estuviera tomando notas mentales.
—Todo eso y más —promete—. Va a ser el mejor cuarto que hayas tenido.
Mía lo abraza otra vez y Drake le devuelve el abrazo con naturalidad, como si llevara años haciéndolo.
Deshacemos las maletas entre los tres. Mía cuelga su ropa en el armario mientras Drake y yo llevamos mis cosas a su habitación, que ahora es nuestra habitación.
—¿Qué lado de la cama quieres? —pregunta Drake.
—El que tú no uses.
—Uso el derecho. Así que el izquierdo es tuyo. —Abre cajones de la cómoda—. Estos tres son para ti. Puedo vaciar más si necesitas.
—Drake, no tienes que…
—Sí tengo. —Me interrumpe—. Esta es tu casa ahora, Hailey. Quiero que te sientas como en casa.
Termino de guardar mi ropa y vuelvo al salón. Mía está explorando la suite, abriendo puertas, asomándose a todos los rincones.
—Hay tres baños —anuncia—. ¡Tres! Y una cocina enorme. Y este salón es más grande que todo nuestro apartamento anterior.
—¿Tenéis hambre? —pregunta Drake—. Podemos pedir lo que queráis para cenar.
—Pizza —dice Mía sin dudarlo.
—Pizza, hecho. —Drake saca su móvil—. ¿De qué la queréis?
Entre los tres decidimos los sabores y Drake hace el pedido. Mientras esperamos, nos sentamos en el sofá enorme del salón. Mía se pega a mi lado y Drake nos rodea con un brazo a las dos.
—Gracias —dice Mía de repente—. Por hacer feliz a Hailey. Por cuidar de nosotras.
Drake le aprieta el hombro.
—No tienes que darme las gracias. Es un honor, Mía. De verdad.
La pizza no tarda en llegar y la comemos sentados en el suelo del salón, con las cajas abiertas frente a nosotros. Mía cuenta cosas del colegio, de sus amigas, de un examen de historia que tiene la semana que viene.
—Si necesitas ayuda con lo que sea, puedo echarte una mano —ofrece Drake—. Sobre todo si hay números de por medio.
—¿En serio? —Mía lo mira esperanzada—. Las fracciones han vuelto para vengarse. Ahora son con números mixtos.
—Ya les pillaste el truco una vez con la pizza. Esto es el siguiente nivel. Te ayudo este fin de semana.
Mía sonríe y sigue comiendo. Yo los miro a los dos y pienso que no me cabe más felicidad en el cuerpo.
Cuando terminamos de cenar, Drake recoge las cajas vacías y se gira hacia Mía.
—Oye, antes has dicho que querías un cuarto bonito, ¿no?
—Sí…
—¿Qué te parece si convertimos esto en algo especial? No solo tu habitación. Toda la suite. Para que sea un hogar de verdad para los tres. Bueno, para los cuatro cuando nazca el bebé.
Mía se ilumina.
—¿En serio?
—En serio. Voy a contratar a los mejores interioristas de Nueva York. Vamos a diseñar un cuarto de princesa para ti. Con todo lo que quieras. Y también vamos a reformar el resto: una cocina mejor, un cuarto para el bebé, espacios para todos.
—Drake, no tienes que reformar todo el ático por nosotras —protesto.
—Quiero hacerlo. —Me sostiene la mirada, muy serio—. Quiero que esto sea perfecto para vosotras. Que sea vuestro hogar tanto como el mío. Nuestro hogar.
Mía se lanza a abrazarlo otra vez y Drake se ríe mientras la abraza.
—Gracias —susurra Mía—. Por todo.
—De nada, princesa. —La besa en la coronilla—. Ahora, a dormir. Mañana hay colegio.
La llevo a su habitación nueva, le ayudo a ponerse el pijama y la meto en la cama. Me siento a su lado y le remeto el pelo detrás de la oreja.
—¿Eres feliz? —le pregunto.
—La más feliz del mundo. —Me coge la mano—. Te quiero, Hailey. Y también quiero a Drake. ¿Está bien que lo quiera?
—Está más que bien, cariño. —Tengo que carraspear para poder seguir—. Él también te quiere.
—Lo sé. —Sonríe, con los ojos ya cerrados—. Se le nota. En cómo nos mira. A ti y a mí. Como si fuéramos lo más importante del mundo.
Se queda dormida en menos de un minuto, con esa facilidad que tienen los niños. Salgo de la habitación y encuentro a Drake esperándome en el pasillo.
—¿Se ha quedado dormida?
—Como un tronco.
Me abraza y nos quedamos así un momento, en silencio, escuchando los sonidos de la ciudad a través de las ventanas.
—Gracias —murmuro contra su pecho—. Por hacerla tan feliz. Por hacernos tan felices.
—No tienes que darme las gracias. —Me besa la coronilla—. Vosotras me hacéis feliz a mí. Más feliz de lo que he sido en mi vida.
Me lleva de la mano hasta nuestra habitación y nos metemos en la cama juntos. Drake me atrae hacia su pecho y pone la mano sobre mi estómago.
—Buenas noches, pequeño —susurra—. Tu papá te quiere mucho. Y tu mamá. Y tu tía Mía.
Me quedo dormida sonriendo, rodeada por sus brazos, segura por fin de estar en mi sitio.
En casa.
Con mi familia.