Mi jefe provocador (Jefes Insoportables 6) CAPÍTULO 27
85%

CAPÍTULO 27

DRAKE

Voy a ser padre.

Joder.

Voy a ser padre.

Hailey está embarazada. De mí. Vamos a tener un bebé.

Las palabras rebotan en mi cabeza una y otra vez, intentando encontrar un sitio donde asentarse, pero no pueden porque mi cerebro se ha quedado en blanco.

No sé cómo salgo del baño de mujeres. Cuando quiero darme cuenta estoy en el pasillo y los cuatro hombres trajeados con los que casi ha chocado Hailey se vuelven hacia mí.

Los inversores de Westfield Group. Les digo algo en piloto automático, buenas tardes, bienvenidos a The Legacy, y el tono profesional me sale solo aunque tengo la cabeza en otra parte.

El ding del ascensor me atraviesa. Me giro con el pánico subiéndome por la garganta y doy un paso hacia ella, hacia las puertas que empiezan a cerrarse, pero los cuatro ya me han rodeado: una mano me estrecha la derecha, otra me palmea el hombro, todos hablan a la vez de la convención, del vuelo, de no sé qué cifras.

Las puertas se cierran. Se la tragan.

—¿Señor Harris?

La voz me saca de la niebla. Los cuatro me miran con expresión expectante. Es la reunión más importante del trimestre.

Me importa una mierda.

—Lo siento mucho —digo con una calma que no siento—. Tengo algo muy importante que hacer. Voy a ser padre y tengo que ir a buscar a la madre de mi hijo.

Ni siquiera espero a ver sus reacciones. Me doy la vuelta y echo a correr hacia los ascensores y los dejo plantados en el pasillo con la boca abierta.

—¡Señor Harris! —grita uno de ellos—. ¡La reunión!

No me detengo. No puedo. Lo único que me importa ahora mismo es Hailey.

Hailey, que está embarazada.

Hailey, que acaba de gritarme la mejor noticia de mi vida y ha salido corriendo como si acabara de confesarme un crimen.

Hailey, que lleva cuatro días evitándome porque tenía miedo de decírmelo.

Llego a los ascensores y golpeo el botón de bajada sin parar, como si eso fuera a hacer que llegara más rápido. Me late el corazón en los oídos. Las manos me tiemblan.

Un bebé. Voy a tener un bebé con Hailey.

Las puertas del ascensor se abren por fin y entro como una bala. Pulso el botón de la planta baja tan fuerte que igual lo he roto. Las puertas se cierran a cámara lenta.

—Vamos, vamos, joder, vamos…

El ascensor baja y yo me paso las manos por el pelo, intentando poner en orden lo que acaba de pasar. Hailey estaba vomitando. Por eso ha estado rara estos días. Por eso me evitaba. No porque se arrepintiera de lo nuestro, sino porque estaba aterrada de decirme que está embarazada.

¿Cómo pudo pensar que iba a reaccionar mal?

Bueno, vale, claro que sé cómo. Mi reputación de mujeriego no ayuda. Mis padres y su matrimonio de mierda no ayudan. Y que casi la obligara a ir a los Hamptons conmigo tampoco ayuda, la verdad.

Pero esto es diferente. Ella es diferente. Nunca me había pasado nada tan grande.

Las puertas se abren en la planta baja y salgo corriendo como si me persiguiera el demonio. Marcus, que hoy dobla turno, me mira desde recepción sin entender nada.

—¿Señor Harris?

—¿Has visto a Hailey? ¿La señorita Taylor?

—Salió hace un momento. Casi corriendo, señor.

Salgo a la Quinta Avenida sin molestarme en responder. El aire me da de lleno, pero apenas lo noto. Miro a ambos lados de la calle, buscándola entre la multitud de gente que camina por la acera.

Nada.

—¡Hailey! —grito, sin importarme quién me oiga—. ¡Hailey!

Varias personas se giran a mirarme como si estuviera loco. Y no les falta razón.

¿Dónde está? ¿A dónde ha ido?

Se habrá ido a casa. A Queens. A ese apartamento diminuto donde duerme en un sofá cama para que Mía tenga su propio cuarto. Va a encerrarse allí y a convencerse de que he reaccionado mal, de que no quiero al bebé, de que soy como su puto padre que las abandonó.

Tengo que encontrarla.

Me doy la vuelta para volver a entrar en el hotel y coger mi coche del garaje, y entonces la veo.

Con la espalda apoyada contra la pared de cristal, llorando.

Mi corazón se detiene.

Camino hacia ella rápido, esquivando a los peatones que me miran con curiosidad. Hailey tiene la cabeza entre las manos y los hombros le tiemblan. No me ha visto.

—Hailey.

Levanta la cabeza de golpe y me mira con los ojos rojos e hinchados. Durante un segundo solo nos miramos, y le veo el miedo en la cara.

—¿Qué haces aquí? —Tiene la voz rota de llorar—. Tienes una reunión. Los inversores. Drake, no puedes…

—Me importan una mierda los inversores.

—Pero…

—He dicho que me importan una mierda. —Me acerco a ella—. Lo único que me importa ahora mismo eres tú.

Hailey niega con la cabeza y las lágrimas le caen más deprisa.

—No lo entiendes. Esa reunión es importante. Es…

—Tú eres más importante. —La interrumpo, y lo digo con tanta convicción que ella se queda callada—. Tú y ese bebé que llevas dentro sois lo más importante que me ha pasado en la vida.

—Drake…

No la dejo terminar. Me inclino y la cojo en brazos despacio, con cuidado de no hacerle daño.

Hailey grita y se agarra a mi cuello por instinto.

—¿Qué demonios haces?

—¿Así está bien el bebé? —pregunto, pasando por alto su protesta—. ¿No te hago daño? ¿No lo aprieto demasiado?

—Yo... ¿qué? —Me mira como si me hubiera vuelto loco—. Sí, estoy bien. El bebé está bien. Pero Drake, ¿qué estás haciendo?

—Secuestrarte. —Camino hacia la entrada del hotel con ella en brazos—. No voy a permitir que te escapes otra vez.

—No puedes secuestrarme. —Pero se ríe entre las lágrimas, y ese sonido me suelta un nudo que llevaba apretado desde el baño—. No está bien visto secuestrar a una mujer embarazada.

—Joder, Hailey. —Entro en el vestíbulo y me dirijo a los ascensores sin hacer ni caso de las miradas atónitas del personal y los huéspedes—. Eres mi mujer y ese es mi hijo. Estoy en todo mi derecho de secuestrarte.

Hailey se queda callada ante eso, mirándome sin parpadear. Pulso el botón del ascensor con el codo, sin soltarla.

—Drake, la gente nos está mirando.

—Que miren. —Las puertas se abren y entro con ella todavía en brazos—. Pueden mirar todo lo que quieran. No voy a soltarte.

Pulso el botón del ático. Cuando las puertas se cierran, estamos solos. Hailey me mira con esos ojos avellana que me vuelven loco, todavía llorando, todavía aferrada a mi cuello.

—No entiendo qué está pasando —susurra—. Pensaba que estarías enfadado. Pensaba que… que pensarías que lo había hecho a propósito. Que intentaba atraparte…

—Para. —Lo digo más duro de lo necesario—. No termines esa frase. No te pareces en nada a esa clase de mujeres, Hailey. Ni de lejos. Y no estoy enfadado. Estoy…

Me quedo sin palabras. ¿Cómo describo lo que siento? ¿Eufórico? ¿Aterrado? ¿Tan feliz que creo que voy a explotar?

—Estoy feliz —consigo decir—. Tan feliz que no sé ni cómo procesarlo.

Vuelve a llorar, pero esta vez creo que es de alivio.

El ascensor llega a la última planta y me las arreglo para abrir la puerta de la suite sin soltar a Hailey. Entro con ella todavía en brazos y finalmente la bajo con cuidado en el sofá.

Ella se queda sentada, mirándome con los ojos aún húmedos, frágil como nunca la he visto.

—Drake...

—Te amo. —No lo decido: me sale solo, y no me arrepiento—. Que te quede muy claro, Hailey. Te amo. Estoy enamorado de ti, del todo y sin remedio. Y no voy a dejarte escapar.

Hailey se lleva una mano a la boca, ahogando un sollozo.

—Tampoco iba a hacerlo antes de que llevaras a mi hijo dentro —continúo, arrodillándome frente a ella para estar a su altura—. Pero ahora mucho menos. Me acabas de dar el mayor regalo de mi vida, Hailey. Tú. Mía. Este bebé. Sois lo mejor que me ha pasado jamás.

—Yo... —Su voz se quiebra—. Tenía tanto miedo de que te enfadaras. De que pensaras que lo había planeado. De que desaparecieras como…

—No soy tu padre. —La cojo de las manos—. No voy a desaparecer. No voy a abandonaros. Voy a estar aquí cada puto día, Hailey. Cada día del embarazo, cada día después de que nazca el bebé, cada día del resto de nuestras vidas.

—Drake…

—Os vais a venir a vivir conmigo. —No es una pregunta—. Tú, Mía y el bebé. Aquí, en el ático, o en una casa si prefieres. Donde quieras. Pero vamos a vivir todos juntos.

—Eso es muy rápido. No puedes…

—Puedo y voy a hacerlo. —Le aprieto las manos—.

Sé que es rápido. Sé que lo suyo sería ir más despacio, cortejarte como es debido, proponerte matrimonio con un anillo enorme y toda esa mierda.

Pero no puedo esperar, Hailey. No quiero esperar.

Quiero que estés aquí conmigo. Quiero despertar contigo cada mañana.

Quiero ver cómo te crece la barriga. Quiero ayudar a Mía con los deberes todas las noches. Quiero todo.

Hailey me mira sin dejar de llorar, y por un momento terrible pienso que va a decir que no.

—Ya aprenderás a quererme con el tiempo —añado, y me odio por el tono de súplica—. No espero que me ames ahora. Sé que tengo que ganármelo. Pero...

—¿Estás loco? —me interrumpe con una voz que me frena en seco—. Te amo, Drake. Llevo semanas enamorada de ti. Puede que desde aquella noche en el bar. Intenté resistirme. Intenté no sentirlo. Pero me enamoré de ti de todas formas.

El mundo se detiene.

—¿Qué?

—Que te amo. —Sonríe con la cara empapada—. Te amo, idiota. Por eso tenía tanto miedo de decirte lo del bebé. Porque no podía soportar la idea de perderte.

Dejo de pensar.

La beso con toda la intensidad que llevo conteniendo desde que salió corriendo del baño. Hailey gime contra mi boca y me devuelve el beso con la misma desesperación, agarrada a mi camisa con las dos manos.

—Te amo —murmuro contra sus labios—. Joder, Hailey. Te amo tanto.

—Yo también te amo.

La levanto del sofá y la llevo a mi habitación, besándola todo el camino. La tumbo en la cama como si fuera lo más valioso que he tenido nunca entre las manos.

Porque lo es.

—¿Puedo? —pregunto, llevando la mano al botón de sus pantalones—. ¿Es seguro para el bebé?

Hailey se ríe, y es el sonido más bonito que he oído en mi vida.

—Sí, Drake. Es seguro. El bebé está bien protegido.

Le quito la ropa sin prisa, besando cada centímetro de piel que descubro. Cuando llego a su estómago todavía plano, me detengo y lo beso con suavidad.

—Hola, pequeño —susurro—. Soy tu padre. Y voy a quererte tanto que no vas a saber qué hacer con todo ese amor.

Hailey solloza, me atrae hacia ella y me besa con una ternura que me deja indefenso.

Le hago el amor despacio, aterrado de hacerle daño a ella o al bebé. Entro en ella con delicadeza y encontramos un ritmo lento y profundo que es más conexión que sexo.

—Te amo —repito—. Te amo. Te amo.

—Yo también te amo —responde ella, y lo dice con tanta convicción que me hace creerlo de verdad.

Nos corremos juntos, agarrados el uno al otro como si fuéramos lo único real en el mundo.

Después nos quedamos tumbados en la cama, con Hailey acurrucada contra mi pecho y mi mano sobre su estómago.

—Vamos a tener un bebé —murmuro, todavía sin creérmelo.

—Vamos a tener un bebé. —Hailey se ríe bajito—. ¿Estás seguro de que estás preparado para esto?

—No tengo ni idea. —Beso su coronilla—. Pero voy a intentarlo con todas mis fuerzas. Voy a ser el mejor padre que pueda ser. Para este bebé y para Mía.

—Ya eres el mejor padre que podría pedir para ellos.

Nos quedamos un rato en silencio, disfrutando de la calma después de la tormenta.

—Por cierto —dice Hailey al cabo de un rato—, has dejado plantados a los inversores más importantes del año.

—Lo sé.

—Royce va a matarte.

—Probablemente. —Me encojo de hombros—. Pero no me arrepiento. Tú eres más importante que cualquier negocio.

Hailey se gira para mirarme, y la expresión de su cara hace que vuelva a enamorarme de ella.

—Te amo —susurra.

—Yo también te amo. —Le doy un beso suave—. A ti, a Mía y a nuestro bebé. Sois mi familia. Mi todo.

Y por primera vez en mi vida, sé cuál es mi sitio.

Aquí, con ella, construyendo el futuro que nunca pensé que podría tener.