Mi jefe provocador (Jefes Insoportables 6) CAPÍTULO 26
82%

CAPÍTULO 26

HAILEY

Llevo cuatro días evitando a Drake y estoy al borde del ataque de nervios.

No es fácil evitar a tu jefe cuando trabajas en el despacho frente al suyo.

Cuando tu trabajo consiste en gestionar su agenda, coordinar sus reuniones y estar disponible cada vez que te necesita.

Cuando ese jefe resulta que es también el padre del bebé que crece en tu interior, y ni siquiera sabe que existe.

Me froto las sienes, mirando la pantalla del ordenador sin verla.

Hoy es el día. La reunión con los cuatro inversores de Westfield Group que quieren organizar su convención anual en The Legacy.

Trescientas personas durante cuatro días, todas las habitaciones ocupadas, eventos en los salones principales, cenas de gala.

Es la oportunidad más grande que hemos tenido desde la apertura del hotel.

Y yo estoy aquí intentando no vomitar sobre mi teclado.

Las náuseas matutinas son espantosas. Quien las llamó así mintió con todo el descaro, porque no se limitan a la mañana. Son náuseas de todo el día, náuseas sorpresa que aparecen cuando menos te lo esperas, náuseas que te obligan a salir corriendo al baño en medio de una conversación importante.

Como ayer, cuando Drake intentó hablar conmigo sobre el menú para la cena de esta noche y tuve que inventarme una excusa sobre un problema urgente en la recepción.

O anteayer, cuando me preguntó si quería almorzar con él y le dije que ya había comido cuando en realidad estaba encerrada en el baño intentando no morir.

Drake no es idiota. Sé que nota que algo va mal. Lo veo en cómo me mira, en esa expresión entre preocupada y frustrada que me parte el corazón. Pero no puedo decírselo todavía. No puedo.

Porque tengo pánico de cómo va a reaccionar.

Mi móvil vibra con un mensaje de Hannah: ¿Se lo has dicho ya?

Suspiro y respondo: Todavía no.

Hailey. Han pasado cuatro días.

Lo sé. Necesito encontrar el momento adecuado.

El momento adecuado no existe. Solo díselo.

Bloqueo el móvil antes de que siga insistiendo. Hannah ha sido increíble: me llama cada día para ver cómo estoy, me manda artículos sobre el primer trimestre del embarazo y se ha ofrecido a acompañarme al médico. Pero no entiende el terror que siento cada vez que pienso en decírselo a Drake.

¿Y si piensa que lo he hecho a propósito? ¿Que lo he atrapado? ¿Y si un embarazo es demasiado para él?

La puerta de mi despacho se abre sin que nadie llame y Drake entra con esa presencia que llena cualquier habitación. Lleva traje gris oscuro, corbata azul marino, y esa expresión seria que usa cuando está en modo profesional total.

—Los inversores llegan en veinte minutos —anuncia—. ¿Está todo preparado?

—Sí. —Me obligo a mirar la pantalla en lugar de a él—. El salón de juntas está listo, el catering subirá el café y las pastas en diez minutos, y Laura está revisando la presentación una última vez.

—Bien. —Pero no se va. Se queda ahí, mirándome tan fijo que se me pone la piel de gallina—. Hailey, tenemos que hablar.

—Ahora no es buen momento. Los inversores…

—Me importan una mierda los inversores. —Baja la voz, la suaviza—. Llevas cuatro días evitándome. Desde que volvimos de los Hamptons apenas me has mirado. ¿Qué hice mal?

El dolor en su voz casi me rompe.

—No hiciste nada mal.

—Entonces, ¿por qué siento que has levantado otra vez todos los muros que pasé semanas derribando?

—Drake, de verdad, no es el momento…

—¿Cuándo será el momento? —Da un paso hacia mi escritorio—. ¿Mañana? ¿La semana que viene? ¿Nunca? Porque empiezo a pensar que nunca va a llegar ese momento perfecto en el que puedas confiar en mí de verdad.

La culpa me atraviesa como un cuchillo. Tiene razón. Después de todo lo que ha hecho, de todo lo que hemos compartido, le debo la verdad. Pero las náuseas empiezan a subir otra vez y sé que no voy a poder contenerlas mucho más tiempo.

—Necesito ir al baño —murmuro, levantándome de un salto.

—Hailey…

—Ahora, Drake. Necesito ir ahora.

Salgo de mi despacho casi corriendo, con Drake pisándome los talones. Llego al baño del pasillo por los pelos, me meto en el primer cubículo y vomito lo poco que he conseguido desayunar esta mañana.

Oigo la puerta del baño abrirse y cerrarse.

—Hailey, joder, ¿qué te pasa? —La voz de Drake suena al otro lado de la puerta del cubículo—. ¿Estás enferma? ¿Por qué no me has dicho nada?

—Estoy bien. —La voz me sale rasposa—. Sal de aquí, Drake. Este es el baño de mujeres.

—Me importa una mierda qué baño es. No voy a dejarte sola cuando estás vomitando.

Cierro los ojos y apoyo la frente contra la puerta fría. Por supuesto que no va a irse. Por supuesto que va a quedarse aquí, tan atento y tan preocupado que solo consigue que me enamore todavía más de él.

Me obligo a levantarme, tiro de la cadena y salgo del cubículo. Me lavo la boca en el lavabo, me enjuago varias veces y luego me miro en el espejo: el moño medio deshecho, la cara sin una gota de color.

Drake bloquea la salida, apoyado contra la puerta del baño con los brazos cruzados. En su cara pelean la preocupación y la frustración, y eso me hace sentir todavía peor.

—Háblame —dice—. Por favor, Hailey. Dime qué está pasando.

—No es el momento. Los inversores…

—Que se jodan los inversores. —Se aparta de la puerta y camina hacia mí—. Que se joda el hotel. Que se joda todo. Lo único que me importa ahora mismo eres tú y por qué parece que estás intentando desaparecer de mi vida.

—No intento desaparecer.

—Entonces, ¿qué es lo que pasa? ¿Te arrepientes de lo que pasó el fin de semana?

¿Fue un error para ti? Porque para mí fue…

—Se pasa una mano por el pelo y, por primera vez desde que lo conozco, parece vulnerable—.

Para mí fue todo, Hailey. Y pensé que para ti también.

Pero llevas días actuando como si no pudiera ni tocarte.

Los ojos me empiezan a escocer. Esto no puede estar pasando. No aquí, no ahora, no de esta forma.

—Drake, por favor. Los inversores van a llegar en cualquier momento. Esta reunión es demasiado importante. No podemos…

—¿Qué tengo que hacer? —me interrumpe, y hay desesperación en su voz—. Dime qué coño tengo que hacer para que confíes en mí. Para que dejes de huir cada vez que me acerco. Para que entiendas que voy en serio contigo.

—¡Sé que vas en serio!

—¿Entonces por qué me evitas? —Da otro paso hacia mí, y yo retrocedo hasta que mi espalda choca contra el lavabo—. ¿Por qué llevas cuatro días sin apenas mirarme? ¿Por qué siento que te estoy perdiendo cuando acabo de encontrarte?

La presión en mi pecho es insoportable. No puedo seguir así. No puedo seguir mintiéndole, evitándolo, haciéndole daño con mi silencio.

—Drake, no es el momento ni el lugar…

—Me da igual. —Su voz sube un poco—. Me trae sin cuidado dónde estamos o qué reunión tengo en diez minutos. Solo quiero que me digas qué está pasando. ¿Por qué me evitas?

Y ahí me rompo.

La presión de los últimos cuatro días, el miedo, la culpa, las náuseas constantes, el terror de perderlo, todo explota de golpe.

—¡No te estoy evitando! —grito—. ¡Estoy embarazada!

El silencio que sigue es ensordecedor.

Drake se queda petrificado. Los ojos se le abren como platos y la boca se le queda abierta en una o muda. Tiene las manos levantadas a medio camino hacia mí, como si hubiera estado a punto de cogerme de los codos, congeladas en el aire.

Me mira como si acabara de hablar en un idioma extraterrestre.

Nos quedamos así, mirándonos, sin que ninguno mueva un músculo. Puedo ver el momento exacto en que su cerebro procesa lo que acabo de decir. Puedo ver el shock dar paso a la comprensión, y la comprensión dar paso a…

No sé a qué. Su cara no me dice nada.

Y entonces, el maldito ascensor hace ding .

Los dos nos giramos hacia la puerta del baño como si nos hubieran disparado. Oigo voces en el pasillo. Voces masculinas, profesionales, hablando sobre proyecciones de crecimiento y ocupación hotelera.

Los inversores.

Han llegado los inversores.

Miro a Drake, que sigue sin moverse, mirándome con esa expresión de shock absoluto. Luego miro hacia la puerta del baño. Y entonces hago lo único que sé hacer cuando tengo miedo.

Huyo.

Salgo del baño sin darle tiempo a reaccionar y casi me choco con cuatro hombres trajeados que solo pueden ser los inversores de Westfield Group. Uno de ellos me mira sorprendido.

—¿Se encuentra bien, señorita?

—Perfectamente —digo con una voz que no es la mía—. Disculpen.

Paso entre ellos y camino rápido hacia los ascensores y pulso el botón con dedos que no me responden. Oigo la voz de Drake detrás de mí, diciendo algo a los inversores con ese tono profesional que ha perfeccionado a lo largo de años.

El ascensor se abre y entro y aporreo el botón de la planta baja como una loca.

—Vamos, vamos, vamos…

Las puertas empiezan a cerrarse. Por un segundo veo a Drake en el pasillo, girándose hacia mí con expresión de pánico, dando un paso en mi dirección.

Pero los inversores lo rodean, le estrechan la mano, hablan todos a la vez.

Las puertas se cierran.

Me quedo sola en el ascensor, temblando, con el corazón enloquecido.

Acabo de gritarle a Drake que estoy embarazada en el baño del pasillo.

Y luego he huido.

El ascensor baja y yo me deslizo hasta quedarme sentada en el suelo, abrazándome las rodillas. Me echo a llorar.

Drake no me ha seguido.

Sé que no podía. Sé que esa reunión es demasiado importante, que hay millones de dólares en juego, que el prestigio del hotel depende de cerrar este trato.

Pero una parte estúpida, irracional y rota de mí esperaba que lo hiciera de todas formas. Que me siguiera. Que dejara plantados a los inversores y viniera tras de mí porque esto, porque nosotros, porque el bebé que llevo dentro es más importante que cualquier negocio.

Pero no lo ha hecho.

Las puertas del ascensor se abren en la planta baja, me levanto y salgo con las piernas de trapo. Camino por el vestíbulo hacia la salida, pasando junto al chico de recepción que me mira con preocupación.

—¿Señorita Taylor? ¿Se encuentra…?

—Estoy bien —miento, sin detenerme.

Llego a las puertas de cristal que dan a la Quinta Avenida y entonces me doy cuenta.

No he cogido el bolso.

Ni el móvil. Ni la cartera. Ni las llaves. Ni nada.

Me quedo paralizada en la entrada del hotel, con las lágrimas cayéndome por las mejillas, sin ningún sitio adonde ir.

Qué estúpida. Qué estúpida soy.

Salgo de todas formas, incapaz de quedarme un segundo más en este edificio. El aire de la calle me abofetea y me hace temblar todavía más.

Me apoyo contra la pared del hotel e intento controlar la respiración, intento no derrumbarme en mitad de la acera.

Lo único que puedo ver es la cara de Drake. Esa expresión de shock absoluto. La boca abierta. Los ojos como platos. Las manos congeladas a medio camino hacia mí.

Le he gritado que estoy embarazada. Y he salido corriendo. Y él no me ha seguido.

Ya no me molesto en secarme las lágrimas porque sé que no voy a poder parar de llorar. Porque acabo de arruinarlo todo. Y no tengo ni idea de cómo arreglarlo.