Mi jefe provocador (Jefes Insoportables 6) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

HAILEY

El desayuno en el jardín es una producción digna de una revista de lujo: mesas largas con manteles blancos, frutas frescas, bollería recién hecha, zumos naturales y café que huele a gloria.

Debería estar disfrutándolo. Debería estar relajada después de la mejor noche de sexo de mi vida. Debería estar sonriendo como una idiota mientras Drake me roza la mano cada vez que pasa junto a mí.

En lugar de eso, tengo el estómago revuelto y la cabeza me da vueltas.

—¿Estás bien? —murmura Drake, inclinándose hacia mí—. Apenas has comido.

—Sí, perfectamente. Solo estoy cansada. —Fuerzo una sonrisa y bromeo—. Alguien no me dejó dormir mucho anoche.

Drake sonríe con esa expresión de suficiencia masculina que en cualquier otro momento me haría poner los ojos en blanco, pero ahora mismo bastante hago con no vomitarle encima de la camisa blanca inmaculada.

—No te oí quejarte.

—Estás demasiado pagado de ti mismo.

Mi contestación le hace gracia. Me besa en la sien y se levanta cuando Royce lo llama desde el otro lado del jardín.

—Un grupo de inversores me han pedido que los acompañe a jugar al golf —anuncia antes de marcharse—. ¿Estarás bien sin mí durante unas horas?

—Creo que sobreviviré.

—Eso espero. —Me guiña un ojo y se va con su hermano y otros cinco invitados hacia los coches de golf que esperan en el camino.

En cuanto desaparece, el alivio es tan grande que casi me marea. Al menos no tendrá que verme así. Sea lo que sea esto, náuseas nerviosas o algo que comí anoche, no necesito que Drake me vea débil.

Mía aparece corriendo con otros tres niños, todos gritando que quieren ir a la piscina. Una de las niñeras los sigue con toallas y protector solar.

—¿Puedo ir, Hailey? ¿Por favor?

—Claro, cariño. Pórtate bien.

Me da un beso rápido en la mejilla y sale corriendo antes de que pueda decir nada más. La veo alejarse y siento una punzada de ternura mezclada con esta náusea horrible que no se va.

Me levanto de la mesa con toda la normalidad que soy capaz de fingir y camino hacia la casa. Necesito un baño, agua fría en la cara, un momento para recuperarme sin que nadie me mire con preocupación.

Llego al baño de invitados de la planta baja justo a tiempo.

Vomito todo lo poco que he conseguido comer en el desayuno, agarrándome al váter mientras mi estómago se rebela contra mí. Cuando termino cierro la tapa y me quedo sentada, temblando, mientras intento entender qué demonios me pasa.

Esto no son nervios. Llevo días sintiéndome rara. La náusea de ayer por la mañana que atribuí a los nervios por el fin de semana. La forma en que ciertos olores me revuelven el estómago de repente.

Y entonces me asalta un pensamiento.

No.

No, no, no.

¿Cuándo fue mi última regla?

Rebusco en la memoria entre las noches de cenas con Drake, los días en la oficina, las rutinas con Mía. Mi ciclo siempre ha sido regular como un reloj. Cada veintiocho días, sin falta. El retraso del mes pasado lo achaqué al estrés del trabajo nuevo y no volví a pensarlo.

¿Cuándo fue la última vez?

Oh, Dios mío.

Fue hace muchas semanas.

Fue justo antes de mi cumpleaños. Justo antes de aquella noche con Drake en el bar. Aquella noche no usamos nada. Yo, que llevo siete años sin permitirme un solo descuido, ni siquiera lo pensé.

—No —susurro—. No puede ser.

Pero las piezas encajan, una detrás de otra: las náuseas matutinas, el cansancio constante.

¿Estoy embarazada?

—¿Hailey? ¿Está todo bien?

La voz de Hannah al otro lado de la puerta me hace dar un respingo.

—Estoy bien. Solo… dame un minuto.

—No suenas bien. Voy a entrar.

—Hannah, de verdad, no…

La puerta se abre, Hannah entra y la cierra tras ella. Me encuentra sentada en la tapa del váter, con la cara descompuesta, y se agacha a mi altura con el ceño fruncido.

—Eh. ¿Qué te pasa?

—Algo me ha sentado mal —miento.

—Hailey. —Me sostiene la mirada—. Apenas has probado el desayuno, te has levantado a mitad del desayuno con una excusa que no te creías ni tú, y llevas todo el fin de semana con cara de no dormir.

—Se sienta en el suelo junto a mí sin importarle su precioso vestido de verano—.

Te voy a hacer una pregunta, y no hace falta que me la respondas a mí.

Respóndetela a ti. ¿Cuándo te vino la última regla?

El silencio que sigue lo dice todo.

—Acabo de hacerme yo la misma pregunta. —Hasta yo me doy cuenta de lo histérica que sueno—. Dios mío, Hannah. Creo que estoy embarazada.

Hannah me coge la mano y la aprieta.

—¿Te has hecho un test?

—No. Acabo de… las piezas acaban de encajar. Mi regla. Las náuseas. Todo.

—Vale. —Hannah se levanta y me ayuda a ponerme en pie—. Espera aquí. Vuelvo enseguida.

—¿Qué? ¿Adónde vas?

—A buscar algo. No te muevas.

Sale antes de que pueda protestar y me quedo a solas con mi pánico. Me lavo la cara con agua fría, me enjuago la boca y me miro en el espejo.

Parezco un fantasma: pálida, con ojeras y con el terror pintado en la cara.

Dios mío. Si estoy embarazada, ¿qué voy a hacer?

Hannah vuelve cinco minutos después con una caja pequeña de farmacia en la mano.

—Toma. —Me la entrega—. Es un test de embarazo. Tengo uno porque… bueno, porque yo también tengo dudas.

La miro con los ojos como platos.

—¿Tú también?

—Digamos que Royce y yo llevamos un tiempo buscándolo y todavía no ha llegado. —Se sonroja un poco—. Pero ahora no hablamos de mí. Hazte el test, Hailey.

Miro la caja como si fuera una bomba.

—No puedo. Si lo hago, será real.

—Ya es real. El test solo confirmará lo que ya sabes.

Tiene razón. Por supuesto que tiene razón.

Cojo la caja y Hannah sale para darme intimidad. Leo las instrucciones tres veces antes de que me entren en la cabeza, hago pis en el palo, lo dejo sobre el lavabo y salgo al pasillo, donde me espera.

—Hay que esperar tres minutos —murmuro.

—Tres minutos. —Hannah me abraza y yo me aferro a ella como si fuera lo único que me mantiene en pie—. Respira, Hailey. Sea cual sea el resultado, no estás sola.

—¿Y si estoy embarazada? —Las palabras salen ahogadas contra su hombro—. ¿Y si Drake piensa que lo he hecho a propósito? ¿Que lo he cazado como esas mujeres que intentan quedarse embarazadas de hombres ricos?

—Drake no pensará eso.

—No lo sabes. No sabes cómo reaccionará.

—Sé que está enamorado de ti. —Hannah me aparta para mirarme a los ojos—. Lo conozco desde hace años, Hailey. Nunca, nunca lo había visto así con nadie.

No puedo creerle. No puedo permitirme creerle.

Los tres minutos más largos de mi vida se arrastran. Hannah no me suelta la mano en ningún momento y habla de cualquier cosa para distraerme, pero no escucho nada. Solo oigo el latido de mi corazón martilleándome en los oídos.

Cuando la alarma de mi móvil suena, casi me da un infarto.

—¿Quieres que mire yo? —ofrece Hannah.

—No. Tengo que hacerlo yo.

Entro en el baño y cojo el test con las manos temblando tanto que casi lo tiro.

El test tiene dos rayas rosas.

Claras. Inconfundibles. Definitivas.

Estoy embarazada.

Me quedo mirando el palo mucho más tiempo del necesario, asimilando esas dos líneas que acaban de cambiar mi vida por completo.

Un bebé crece dentro de mí. Un ser diminuto, una mezcla de Drake y mía, algo que creamos juntos aquella noche en el bar sin siquiera darnos cuenta.

El hijo de Drake.

Mi hijo.

Y entonces, contra toda lógica, contra todo el pánico y el miedo, noto que el pecho se me llena de un calor nuevo.

Alegría.

Pura, inesperada, aterradora alegría.

Siempre he querido esto. Ser madre. Tener un bebé a quien amar con toda mi alma. Y ahora está pasando. De la forma más caótica e imprevista posible, pero está pasando.

Salgo del baño con el test en la mano y Hannah me mira con una mezcla de preocupación y esperanza.

—¿Y bien?

—Positivo. —La palabra suena más firme de lo que esperaba—. Estoy embarazada.

Hannah me abraza con tanta fuerza que casi no puedo respirar.

—Felicidades —susurra—. Vas a ser una madre increíble, Hailey.

Las lágrimas se me escapan sin permiso. Dejo que me sostenga y lloro, una mezcla confusa de felicidad y terror que no sé por dónde coger.

—Tengo miedo —admito—. Tanto miedo, Hannah. ¿Y si Drake…?

—Drake va a estar feliz. —Hannah me aparta y me limpia las lágrimas con los pulgares—. Confía en mí. Ese hombre está loco por ti. Un bebé solo va a hacer que se vuelva más insoportablemente protector.

Quiero creerle. Dios, cómo quiero creerle.

Pero entonces me acuerdo de cómo habla Drake de su infancia: la casa llena de gritos, los padres que se odiaban, el matrimonio obligado que destruyó a toda la familia.

¿Y si piensa que esto es una trampa? ¿Que lo estoy atando con un hijo?

La náusea vuelve, pero esta vez no tiene nada que ver con el embarazo.

—Voy a vomitar otra vez —murmuro.

Hannah me sostiene el pelo y me frota la espalda en círculos mientras devuelvo la poca bilis que me queda en el estómago.

Cuando termino, me siento sobre la taza otra vez, agotada y asustada y tan enamorada de Drake que me duele.

—¿Cuándo se lo vas a decir? —pregunta Hannah.

—No lo sé. —Me froto la cara—. Necesito… necesito procesar esto primero. Necesito pensar.

—Hailey, no puedes ocultárselo mucho tiempo.

—Lo sé. Solo… dame unos días. Por favor.

Hannah asiente, aunque no parece convencida.

—Vale. Pero prométeme que se lo dirás pronto. Drake merece saberlo.

—Lo prometo.

Nos quedamos dentro del baño durante no sé cuánto tiempo, Hannah abrazándome mientras yo intento hacerme a la idea.

Voy a tener un bebé.

El bebé de Drake.

Y no tengo ni idea de cómo va a reaccionar cuando se entere.