Mi jefe provocador (Jefes Insoportables 6) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

HAILEY

Mía se queda dormida a mitad de Buscando a Nemo , acurrucada contra mi costado en uno de los enormes sofás de exterior que Drake ha dispuesto frente a la pantalla gigante.

La miro y le aparto un mechón de pelo de la cara. Ha sido un día increíble para ella: spa, piscina, conocer a otros niños, comer helado después de cenar. Está agotada.

—Voy a llevarte a la cama —susurro, preparándome para levantarla.

—Ni lo sueñes. —La voz de Drake suena detrás de mí antes de que pueda moverme—. No vas a romperte la espalda por llevarla ni vas a despertarla.

Me giro y lo veo de pie junto al sofá con una expresión que no admite discusión. Antes de que pueda protestar, se agacha y coge a Mía en brazos con una facilidad pasmosa. Mi hermana se aprieta contra su pecho sin despertarse, y Drake la sostiene como si pesara menos que nada.

—Drake, puedo…

—Lo sé. —Me mira con esos ojos grises y sé que llevo las de perder—. Pero no vas a hacerlo. Vamos.

Verlo sostenerla así me deshace por dentro. Este hombre vacilón e imposible que se ha colado en mi vida lleva en brazos a mi hermana dormida con una ternura que no sabía que existía.

Caminamos en silencio desde el jardín hasta la casa. Algunos invitados que quedan nos miran con curiosidad, pero Drake los ignora, concentrado en no despertar a Mía. Subimos las escaleras despacio, recorremos el pasillo del ala este, y entramos en la habitación de mi hermana.

Drake la deposita en la cama con un cuidado exquisito, como si fuera de cristal. Se aparta sin hacer ruido, sale al pasillo y entorna la puerta.

—La dejo contigo —dice en voz baja, pero su mirada me quema—. Voy a despedir a los últimos invitados. Luego te espero en nuestra cama, Hailey. No tardes mucho.

Se va antes de que pueda responder, y me quedo ahí parada con el pulso disparado.

Entro en la habitación de Mía y le cambio el pijama con manos temblorosas. Mi hermana murmura algo sobre caballos y vuelve a quedarse dormida. La arropo, le doy un beso en la frente y salgo.

El pasillo hasta mi habitación son diez pasos que se me hacen eternos.

La habitación está vacía. Me doy la ducha más rápida de mi vida y, al ir a por mi pijama, encuentro sobre la cama una camiseta suya. Debería ignorarla. Esto es una pésima idea, pero me la pongo de todos modos; huele a él, y eso me calma y me acelera al mismo tiempo.

Frente al espejo, peleo con las horquillas del moño. Se me resisten, tengo los dedos torpes y la camiseta de Drake apenas me cubre los muslos. Huele a él, a madera y especias, y cada vez que respiro me tiembla un poco más el pulso.

La puerta se abre y lo veo aparecer en el espejo. No entra del todo: cierra la puerta a su espalda y se queda ahí, con la corbata deshecha y las mangas remangadas, mirándome de arriba abajo con una calma que no promete nada tranquilo.

—Cierra con pestillo —dice.

Cruzo la habitación descalza, tan cerca de él que noto el calor que desprende, y echo el pestillo. El clic suena definitivo en el silencio. Cuando me doy la vuelta sigue sin moverse, pero tiene los ojos más oscuros, la mandíbula tensa, y de pronto la habitación parece mucho más pequeña.

Se toma su tiempo antes de hablar. Me mira el pelo a medio deshacer, la boca, el borde de la camiseta, y vuelve a subir hasta mis ojos sin prisa ninguna.

—Llevas puesta mi camiseta —dice por fin—. ¿Sabes lo que me provoca verte con mi ropa?

—No tengo ni idea. —Apenas me sale la voz.

—Me dan ganas de arrancártela. —Avanza un paso—. Pero no voy a hacerlo. Porque antes quiero que me digas por qué la has cogido.

—Estaba encima de la cama. No significa…

—Hailey. —Otro paso—. No me mientas. Ya pasamos esa fase.

Trago saliva. Me ha pillado.

—Quería… algo tuyo.

—¿Por qué?

—Porque hueles bien. —Hasta a mí me suena patético—. Y porque… porque me hace sentir…

—¿Segura? —termina por mí, dando otro paso—. ¿Protegida? ¿Como si fueras mía?

—Eso es trampa. Estás poniéndome palabras en la boca.

—Entonces dímelas tú. —Ya está frente a mí, tan cerca que tengo que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo—. Dime por qué has estado evitándome desde que Hannah soltó la bomba esta tarde.

Mi respiración se acelera.

—Porque me da miedo.

—¿El qué?

—Esto. Tú. Lo que me haces sentir. —Las palabras salen atropelladas—. Llevo siete años construyendo muros, Drake. Siete años diciéndome que no puedo permitirme sentir esto por nadie. Y entonces apareces tú con tus cenas y tus regalos y tu forma de mirar a Mía como si fuera importante, y…

—¿Y qué?

—Y destrozas cada uno de esos muros hasta hacerlos pedazos.

Drake sonríe, pero no es su sonrisa de ligón. Es algo más profundo, más real.

—Bien. Porque yo llevo semanas intentando derribarlos y empezaba a pensar que eras invencible.

—No soy invencible. —Mi voz se quiebra—. Estoy aterrada.

—Lo sé. —Levanta la mano y me acaricia la mejilla con el pulgar—. Pero esta noche no vas a tener miedo. Esta noche solo vas a sentir.

Me besa, y no es como las otras veces. Esto es lento, exploratorio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Su lengua roza la mía con una pereza estudiada que me hace gemir contra su boca.

Drake se aparta y me mira con los ojos oscurecidos.

—Quítate la camiseta. Despacio.

—¿Perdona?

—Me has oído. —Se sienta en el borde de la cama otra vez y se recuesta en los codos—. Quiero verte quitártela. Despacio. Como si estuvieras haciendo un striptease solo para mí.

Me quedo paralizada.

—Drake, yo no... no sé hacer eso.

—Claro que sabes. —Su sonrisa es pura provocación—. Solo tienes que quitarte la camiseta, Hailey. Lo has hecho mil veces. Esta vez solo vas a hacerlo un poco más despacio mientras yo te miro como si fueras lo más sexy que he visto en mi vida. Porque lo eres.

Dios. Este hombre va a matarme.

Agarro el bajo de la camiseta con dedos torpes y empiezo a subirla. Despacio, como me ha pedido. La tela sube por mi estómago, por mis costillas, por el sujetador que llevo debajo. Drake no aparta los ojos de mí ni un segundo, y su mirada me hace sentir poderosa en lugar de vulnerable.

Me quito la camiseta por la cabeza y la dejo caer al suelo.

—Joder —murmura Drake—. Otra vez. Ahora el sujetador.

—¿Quieres que haga un striptease completo?

—Quiero que te desnudes para mí como si fuera el mejor momento de tu vida. —Se incorpora un poco—. Y luego quiero que vengas aquí y te sientes en mi regazo.

Mi cuerpo obedece antes de que mi cerebro pueda protestar. Me desabrocho el sujetador, lo dejo caer, y luego me bajo las bragas por las piernas. Cuando estoy desnuda del todo frente a él, Drake hace un sonido gutural que me eriza la piel.

—Ven aquí.

Me tiemblan las piernas cuando camino hacia él. Drake me coge de las caderas y me guía hasta que estoy sentada a horcajadas en su regazo, él todavía vestido de arriba abajo y yo desnuda.

—Esto es desigualdad de condiciones —protesto.

—Lo sé. —Sonríe contra mi cuello mientras deja un rastro de besos por mi garganta—. Me gusta verte así. Desnuda y preciosa mientras yo todavía voy vestido. Me hace sentir como si tuviera todo el control.

—¿Y lo tienes?

—Ni de lejos. —Sus manos suben por mi espalda hasta mi pelo y me sueltan el moño de un tirón—. Tú tienes todo el puto control, Hailey. Desde aquella noche en el bar. Desde que entraste en mi vida de nuevo y fingiste no conocerme. Me tienes justo donde me quieres.

Me besa otra vez, más fuerte esta vez, mientras sus manos exploran mi cuerpo sin prisa. Me acaricia los pechos, me pellizca los pezones hasta que gimo, baja por mi estómago hasta…

—Tan mojada —murmura contra mi boca cuando sus dedos me encuentran—. ¿Esto es por mí?

—Por quién más iba a ser. —Mi voz suena entrecortada.

—Quiero oírlo. —Introduce dos dedos dentro de mí sin avisar y arqueo la espalda—. Dime que estás mojada por mí.

—Estoy mojada por ti. —Las palabras salen entre gemidos—. Drake, por favor…

—¿Por favor qué? —Marca un ritmo lento hasta la desesperación—. Tienes que concretar más, Hailey. Dime qué es lo que quieres.

—Quiero… quiero que me folles.

—Ya llegaremos a eso —dice, y le oigo la sonrisa en la voz—. Pero primero voy a hacerte correrte así. Con mis dedos dentro de ti mientras estás sentada en mi regazo como la buena chica que eres.

No soy una buena chica. Nunca lo he sido. Pero lo dice con una voz grave cargada de promesas, y hace que quiera serlo para él.

Drake aumenta el ritmo y curva los dedos hasta dar con ese punto exacto mientras su pulgar me frota el clítoris. Me muevo contra su mano, buscando más fricción, y él gruñe en aprobación.

—Así. Fóllate mis dedos. Coge lo que necesitas.

El orgasmo me sacude entera y me hace temblar en su regazo; me acuerdo a tiempo de quién duerme al otro lado de la pared y ahogo su nombre contra su hombro. Drake no para, prolonga mi placer hasta que le suplico que se detenga.

Me levanta sin esfuerzo y me tumba en la cama. Se quita la ropa con movimientos rápidos y eficientes, y cuando está desnudo frente a mí, no sé dónde mirar primero.

—Te voy a follar ahora —anuncia, colocándose entre mis piernas—. Y vas a correrte otra vez antes de que termine.

—Confiado.

—Realista. —Se inclina sobre mí hasta que nuestros labios casi se tocan—. Conozco tu cuerpo, Hailey. Sé exactamente cómo hacerte perder la cabeza.

Entra de una sola embestida profunda y ambos gemimos. Me llena del todo y me estira en una mezcla justa de placer y presión.

Drake empieza a moverse con un ritmo devastador, entrando y saliendo con embestidas profundas que me hacen ver estrellas. Sus manos están en mis caderas, en mis muslos; me levanta las piernas hacia sus hombros para entrar más hondo.

—Joder, Hailey. —Su voz suena tensa—. Te siento por todas partes. Tan caliente. Tan perfecta.

Me agarra los tobillos y los mantiene juntos sobre su hombro; el cambio de ángulo me hace gritar. Es demasiado, demasiado intenso, demasiado profundo.

—Drake, no puedo…

—Sí puedes. —Aumenta el ritmo, follándome más duro—. Vas a correrte otra vez y voy a sentir cómo te aprietas alrededor de mí.

Una de sus manos baja hasta donde estamos unidos y empieza a frotarme el clítoris en círculos precisos. La combinación es letal.

—Mírame —ordena—. Quiero verte la cara cuando te corras.

Abro los ojos y lo encuentro mirándome como si no existiera nada más. El orgasmo me arrasa como un tsunami y me contraigo alrededor de él; esta vez es su boca la que se traga mi grito.

Drake gime y se corre dentro de mí con tres embestidas más mientras murmura incoherencias contra mi cuello.

Nos quedamos así durante un momento largo, respirando con dificultad, todavía conectados. Drake sale de mí con cuidado, se levanta y desaparece en el baño.

Vuelve con una toalla húmeda y me limpia con un mimo que me hace cerrar los ojos. Cuando termina, se tumba junto a mí y me atrae hacia su pecho.

Me acurruco contra él, agotada y saciada, sintiendo su corazón latir bajo mi mejilla. Drake me rodea con los brazos y me besa la coronilla.

No decimos nada. No hacen falta palabras.

Me quedo dormida escuchando su respiración, envuelta en su calor, consciente de que acabo de cruzar un punto de no retorno.

Y por primera vez en años, no me da miedo.