CAPÍTULO 23
DRAKE
La cena ha sido un éxito rotundo.
Observo desde mi posición junto a la barra del jardín cómo los cincuenta invitados charlan, copas de vino en mano, relajados como solo se está cuando la comida ha sido excepcional, el servicio impecable y el ambiente inmejorable.
Malcolm Stevenson está hablando con Richard Ashford sobre una posible colaboración empresarial.
Margot Clarke se ríe con Celeste Montgomery mientras sus maridos discuten sobre golf.
Vanessa Hartley, que intentó ligar conmigo en El Círculo hace casi tres meses, está coqueteando con uno de los solteros que Hannah invitó con toda la intención.
Todo funciona justo como lo planeé.
Bueno, casi todo.
Mi mirada vuelve, como ha hecho cada tres minutos durante las últimas cuatro horas, hacia Hailey.
Está al otro lado del jardín hablando con el jefe de catering, comprobando que todo esté listo para el postre.
Lleva un vestido azul marino sencillo que le sienta de maravilla, el pelo recogido en ese moño bajo que uso como excusa para imaginar cómo sería soltárselo, y esa expresión de concentración absoluta que me vuelve loco.
Ha estado evitándome desde que Hannah soltó la bomba esta tarde.
No puedo culparla. Mi mejor amiga vino a decirle que estoy enamorado de ella delante de su hermana. La sutileza no es el punto fuerte de Hannah, pero en este caso estoy agradecido. Alguien tenía que decirlo, y saltaba a la vista que yo no lo estaba dejando lo bastante claro.
Hailey termina de hablar con el catering y se dirige hacia la zona de la película al aire libre donde los niños están viendo Buscando a Nemo en una pantalla gigante.
Mía está sentada en primera fila con otros seis niños, todos en pijama después del spa infantil que organizamos esta tarde.
Lleva las uñas pintadas de rosa brillante y no ha parado de sonreír desde que llegamos.
Verla feliz hace que todo esto valga la pena.
Ver a Hailey tratando de no mirarme cada cinco segundos hace que todo esto sea una tortura deliciosa.
—Buen trabajo, hermano.
La voz de Royce a mi lado me hace dar un respingo. No lo he oído acercarse, lo cual es impresionante teniendo en cuenta que mi hermano es del tamaño de un armario y de sigiloso tiene poco.
—¿Perdona?
—El evento. —Royce se apoya en la barra junto a mí con un vaso de lo que parece whisky solo—.
Has hecho un trabajo increíble. Has reunido justo a las personas adecuadas, el ambiente es perfecto y he oído al menos cinco conversaciones sobre hacer reservas en The Legacy.
Stevenson me ha preguntado si podemos organizar la cena de aniversario de su empresa en el hotel.
Y Ashford me ha dicho que la semana que viene se cobra por fin la cena que le prometiste en The Legacy.
Me quedo mirándolo, esperando el «pero» que siempre sigue a los cumplidos de Royce. Cuando no llega, me atrevo a sonreír.
—¿Eso es todo? ¿Sin críticas? ¿Sin sugerencias de mejora?
—No seas insoportable. —Pero está sonriendo también, de esa forma mínima que en Royce equivale a una carcajada—. Estoy orgulloso de ti, Drake. De verdad. Esto era exactamente lo que necesitábamos para posicionar Legacy en el mercado americano.
Un orgullo cálido que no sentía desde hacía años se me expande por el pecho.
La aprobación de Royce siempre ha significado más para mí que cualquier éxito profesional, más que cualquier cifra en una cuenta bancaria.
Porque Royce no es solo mi hermano: es la única figura paterna real que he tenido, el único que se molestó en criarme cuando nuestros padres estaban demasiado ocupados odiándose.
—Gracias —digo con la voz tomada—. Eso… significa mucho.
Royce asiente y da otro sorbo a su whisky.
Nos quedamos en silencio durante un momento, observando a los invitados.
Hannah aparece desde la casa y se dirige hacia nosotros con esa sonrisa suya que se ve desde la otra punta del jardín.
Mi mejor amiga abraza a Royce por la cintura y él la rodea con el brazo sin pensarlo, y todavía me cuesta creerlo.
Hace pocos meses, Royce «El Témpano» Harris no habría tocado a nadie en público ni aunque le pagaran. Ahora besa la sien de Hannah como si lo hubiera hecho siempre.
El amor hace cosas raras a la gente.
—Los niños están encantados con la película —informa Hannah—. Mía me ha preguntado si puede venir a visitarnos más veces. Le he dicho que por supuesto.
—¿Le has preguntado primero a Hailey? —pregunto, aunque sé la respuesta.
—Le preguntaré después. —Hannah me guiña un ojo—. Pero conociéndote, vas a conseguir que Mía y Hailey sean parte permanente de tu vida, así que ¿qué importa?
Royce se gira hacia mí con una expresión curiosa.
—Hailey es tu secretaria ejecutiva, ¿no?
—Sí.
—¿La mujer del vestido azul que no has dejado de mirar en toda la noche?
Mierda.
—Puede ser.
Hannah se ríe y le da un codazo a Royce.
—No solo la mira. Está completamente loco por ella. Es adorable y patético a partes iguales.
—Gracias por tu apoyo incondicional —murmuro, pero no puedo evitar sonreír.
Royce observa durante un momento a Hailey, que ahora está agachada junto a Mía diciéndole algo al oído. Mi chica (porque es mía, aunque ella todavía no lo acepte del todo) sonríe con esa ternura que reserva solo para su hermana, y noto un tirón en el pecho.
—¿Te gusta? —pregunta Royce, y noto que la respuesta le importa más de lo que aparenta.
—No solo me gusta. —Las palabras salen antes de que pueda detenerlas, pero es demasiado tarde para retractarme y tampoco quiero hacerlo—. Estoy enamorado de ella.
Hannah hace un ruidito de satisfacción, como si acabara de ganar una apuesta consigo misma. Royce, en cambio, no dice nada durante lo que parece una eternidad. Solo me mira con esos ojos grises idénticos a los míos, evaluándome de esa forma analítica que suele ponerme nervioso.
Entonces sonríe.
No una de sus sonrisas mínimas habituales, sino una sonrisa real, amplia, que le transforma la cara.
—Ya era hora.
Me quedo mirándolo, sin estar seguro de haber oído bien.
—¿Perdona?
—Ya era hora de que encontraras a alguien. —Royce da otro sorbo a su whisky—. Me alegro mucho por ti, Drake. Te mereces esto. El amor, la felicidad, todo.
Lo dice muy serio, mirándome a los ojos, y tengo que tragar saliva. Hannah lo mira derretida y le aprieta la mano.
—Los dos os lo merecéis —dice en voz baja—. Después de todo lo que pasasteis con vuestros padres.
Royce asiente y me mira de nuevo, esta vez con una intensidad que me impide apartar la vista.
—No dejemos que ganen, Drake. —Su voz es firme, decidida—.
Nuestros padres intentaron jodernos. Nos enseñaron que el amor era tóxico, que era mejor estar solos, que comprometerse era una debilidad.
Pero estaban equivocados. Mírame con Hannah.
Mírate tú con Hailey. Esto es real. Esto es lo que ellos nunca tuvieron y nunca entenderán.
Las palabras me golpean. He pasado toda mi vida adulta convencido de que el amor era una mentira bonita, de que lo mejor era mantener las distancias llenando mi vida con cuerpos, de que comprometerse era entregarle a alguien el poder de destruirte.
Vi a mis padres hacerse pedazos durante años, usando el supuesto «amor» como excusa para la crueldad.
Pero lo que Royce tiene con Hannah, lo que yo siento por Hailey y Mía, no tiene nada que ver con eso.
—No han conseguido jodernos —digo, y suena casi como una promesa.
—No. —Royce levanta su vaso—. Y no lo conseguirán.
Hannah levanta su vaso de refresco y yo levanto mi agua con gas. Los tres brindamos en silencio, y siento algo que no había sentido en años: esperanza real de que puedo tener esto, de que puedo ser feliz sin que todo explote.
—Entonces, ¿cuál es el plan? —pregunta Royce después de beber—. Porque compartir habitación con ella es un buen comienzo, pero vas a necesitar más que eso.
—¿Cómo sabes que compartimos habitación?
—He revisado la distribución esta mañana. —Sonríe con suficiencia—. Has movido a tres parejas para poder meter a Hailey contigo. Sutil, lo que se dice sutil, no ha sido.
—Ha funcionado, ¿no?
—Todavía no. —Hannah señala hacia donde Hailey está ahora hablando con una de las niñeras—. Lleva toda la noche evitándote. Desde que le dije que estabas enamorado de ella, no ha vuelto a mirarte directamente.
—Lo sé. —Suspiro—. Está asustada. Su padre era un mujeriego que destrozó a su madre. Hailey cree que todos los hombres encantadores son iguales, que prometemos cosas que no podemos cumplir.
—¿Y qué vas a hacer para demostrarle que está equivocada? —pregunta Royce.
—Seguir apareciendo. —Miro hacia Hailey, que se está riendo de algo que ha dicho la niñera—. Es lo único que sé hacer. Aparecer cada día, demostrarle que voy en serio, que no me voy a cansar ni a rendir. Que ella y Mía son lo más importante que me ha pasado.
Hannah hace ese ruidito otra vez, el de «esto es tan tierno que no puedo soportarlo», y Royce niega con la cabeza pero sigue sonriendo.
—Suena a un buen plan.
—Es el único plan que tengo.
Nos quedamos los tres en silencio, observando a nuestros respectivos amores.
Hannah está encantada con el espectáculo de vernos a Royce y a mí hablar de sentimientos sin ponernos incómodos.
Yo estoy disfrutando de la novedad de tener esta conversación con mi hermano sin que me juzgue o me diga que estoy haciendo el idiota.
Mi hermano está orgulloso de mí.
Mi hermano me está animando a enamorarme.
Mi hermano cree que nuestros padres no han conseguido jodernos.
Y tiene razón.
Nadie me ha importado nunca tanto como Hailey.