CAPÍTULO 22
HAILEY
Me despierto a las cinco de la mañana con el estómago revuelto y apenas llego al baño antes de vomitar.
Genial. Justo lo que necesitaba hoy.
Me agarro al lavabo, espero a que las náuseas pasen y me digo que son solo nervios.
Nada más. Voy a pasar un fin de semana entero en una villa de los Hamptons con Drake, cincuenta miembros de la alta sociedad neoyorquina y mi hermana de once años que lo adora como si fuera su héroe personal.
Por supuesto que estoy nerviosa. Cualquiera en mi situación estaría vomitando a las cinco de la mañana.
Me enjuago la boca, me miro en el espejo y veo a una mujer pálida, con ojeras, que no ha dormido bien en varias semanas.
Desde que Drake empezó a presentarse cada noche en mi apartamento con cena y regalos y esa sonrisa que me deja sin argumentos, no he conseguido dormir más de cuatro horas seguidas.
—Concéntrate, Hailey —me digo en voz baja—. Es un evento de trabajo. Profesional. Vas a organizar actividades, supervisar el servicio y asegurarte de que todo funcione perfectamente. Nada más.
El problema es que mi cerebro sabe que es mentira.
Estar cerca de Drake siempre es complicado.
Intento volver a dormirme durante media hora, pero es inútil. A las seis me rindo y me levanto a preparar el desayuno. Mía aparece en la cocina a las siete, todavía en pijama, con los ojos brillantes de emoción.
—¡Es hoy! —anuncia, como si yo pudiera haberlo olvidado—. ¿A qué hora viene Drake a recogernos?
—A las diez. —Le sirvo cereales y le sonrío con más ánimo del que tengo—. ¿Has metido todo lo que necesitas en la maleta?
—¡Sí! —Se sienta y empieza a comer con una energía que me agota solo de verla—. ¿Crees que de verdad habrá caballos? ¿Y el spa ese para niños? ¿Y la piscina con tobogán?
—Drake dijo que sí, así que supongo que sí.
Lo que no digo es que estoy casi segura de que Drake ha organizado todo esto para ella. Para Mía. Cada actividad infantil, cada detalle pensado para que mi hermana se lo pase bien, como si conocerla y hacerla feliz fuera lo más importante del mundo para él.
Y eso me aterra más que cualquier otra cosa que haya hecho.
Porque los hombres como mi padre no hacen esto. No se toman la molestia de conocer a la hermana pequeña. No planifican eventos enteros pensando en una niña de once años. No aparecen cada noche durante tres semanas con cena, ni ayudan con los deberes, ni dejan regalos que necesitamos de verdad.
Los hombres como mi padre prometen y desaparecen.
Pero Drake sigue apareciendo.
—¿Hailey? —La voz de Mía me saca de mis pensamientos—. ¿Estás bien? Pareces… no sé. Rara.
—Estoy bien. Solo nerviosa por el evento.
—Va a salir perfecto. —Mía me sonríe con una confianza que yo no tengo—. Drake dice que eres la mejor organizadora que ha conocido.
Por supuesto que lo dice. Hace lo que sea necesario para desestabilizarme.
Paso las siguientes horas duchándome, revisando las listas por enésima vez y convenciéndome de que puedo hacer esto. Es solo un fin de semana. Trabajo. Profesional. Puedo mantener las distancias con Drake durante cuarenta y ocho horas. He sobrevivido a cosas peores.
Drake llega puntual a las diez conduciendo su Audi negro que debe de costar más que todo lo que he ganado en mi vida. Baja del coche con vaqueros oscuros y una camisa blanca con las mangas remangadas, y mi estómago da un vuelco que no tiene nada que ver con las náuseas de esta mañana.
—Buenos días —dice con esa sonrisa de anuncio de dentífrico—. ¿Listas para el mejor fin de semana de vuestras vidas?
Mía sale corriendo y lo abraza, y Drake le devuelve el abrazo como si fuera lo más natural del mundo. La levanta un poco del suelo y mi hermana suelta una risa que no le oía desde hace meses.
—Vamos a montar a caballo, ¿verdad? —pregunta Mía—. ¿De verdad de verdad?
—De verdad de verdad. —Drake la baja y le revuelve el pelo—. Tenemos cuatro caballos y dos instructores profesionales. Vas a ser una experta amazona antes de que termine el fin de semana.
Miro cómo interactúan y noto que se me extiende por el pecho una ternura peligrosa, cálida y aterradora. No me la puedo permitir.
Drake levanta la vista y me atrapa mirándolo. Su sonrisa se suaviza de una forma que me deja clavada en el sitio.
—Hola, Hailey.
—Hola. —Me sale la voz más baja de lo que pretendía—. Gracias por venir a recogernos.
—¿Dónde más iba a estar? —Coge nuestras maletas como si no pesaran nada y las mete en el maletero—. Venga, subid. Tenemos dos horas de viaje y quiero enseñaros la villa antes de que lleguen los invitados.
El trayecto a los Hamptons es un suplicio que no querría que acabara. Mía no para de hablar desde el asiento trasero, haciendo mil preguntas sobre la villa y las actividades y los caballos. Drake se las contesta todas, una por una, y me mira de vez en cuando por el rabillo del ojo.
Intento concentrarme en el paisaje, en las listas mentales de todo lo que tengo que supervisar estos dos días, en cualquier cosa que no sea la forma en que las manos de Drake sujetan el volante o cómo se le marcan los músculos del antebrazo cada vez que cambia de marcha.
Es información irrelevante. Totalmente irrelevante.
Llegamos a los Hamptons pasadas las doce. La villa de los Harris resulta ser una mansión de tres plantas frente al mar, con jardines impecables, una piscina enorme con el tobogán que Drake prometió y vistas que parecen sacadas de una revista.
—Dios mío —murmuro sin poder evitarlo.
—Bienvenidas a casa —dice Drake, aparcando frente a la entrada principal.
Mía sale disparada del coche en cuanto Drake apaga el motor y corre hacia la piscina entre gritos de emoción. Yo me quedo sentada, mirando la casa y procesando que voy a pasar el fin de semana aquí. En este sitio. Con él.
Drake abre mi puerta y me ofrece la mano.
—¿Vienes o piensas quedarte en el coche todo el fin de semana?
—Estoy considerando mis opciones —respondo, pero acepto su mano y salgo.
Me guía hacia el interior mientras dos empleados recogen nuestras maletas.
La casa es todavía más impresionante por dentro: techos altos, ventanales enormes, decoración elegante pero cálida.
Drake me enseña el salón principal, el comedor, la cocina profesional donde un equipo de catering ya está preparando la cena de esta noche.
—Tu habitación está arriba —dice mientras empieza a subir las escaleras—. Primera planta, ala este.
—¿Mi habitación? ¿No tenemos habitaciones para el personal?
—Eres mi invitada, Hailey. No mi empleada. —Me mira por encima del hombro con esa sonrisa peligrosa—. Este fin de semana no trabajas para mí.
—Claro que trabajo para ti. Estoy aquí para organizar el evento.
—Estás aquí porque te invité. —Se detiene frente a una puerta de madera clara—. Esta es tu habitación.
Abre la puerta y entro en una suite preciosa con vistas al mar, cama enorme, baño privado con bañera de hidromasaje.
Me asomo al baño para admirarlo y me quedo helada.
Junto al lavabo hay un neceser de hombre, una maquinilla de afeitar y un frasco de colonia que me devuelve de golpe a aquella noche.
Espera.
Abro el armario. Sus camisas cuelgan junto al hueco reservado para mi ropa.
—¿Por qué están tus cosas en mi habitación? —Me vuelvo hacia él despacio—. Drake. ¿Por qué está tu colonia en mi baño?
—Técnicamente es nuestra habitación. —Drake lo dice apoyado en el marco de la puerta, con una despreocupación que no me creo ni por un segundo.
Luego se endereza, da dos pasos por el pasillo y abre la puerta siguiente y me deja ver un dormitorio luminoso con la maleta de Mía a los pies de la cama—.
Ella dormirá aquí, en la habitación de al lado. Pensé que querrías tenerla cerca.
—Drake. —Respiro hondo, intentando mantener la calma—. ¿Por qué estamos compartiendo habitación?
—No hay suficiente espacio para todos. Cincuenta invitados, quince habitaciones, y eso mandando a media lista al hotel del pueblo. Las cuentas no salen de otra forma.
—Eso es mentira.
—¿Me estás llamando mentiroso? —Sonríe de esa forma que me da ganas de besarlo y estrangularlo al mismo tiempo—. Está bien, puede que haya hecho algunos ajustes en la distribución de habitaciones. Pero tranquila, voy a respetarte. Completamente. No voy a tocarte a menos que tú me lo pidas.
La forma en que lo dice, con esa confianza absoluta de que voy a pedírselo, me pone furiosa.
—Esto es inaceptable. No puedo compartir habitación contigo.
—¿Por qué no? —Se acerca y planto los pies en el suelo para no retroceder—. Hemos compartido algo más que una habitación, Hailey. ¿O es que ya no te acuerdas de aquella noche?
Me acuerdo. Dios, cómo me acuerdo.
—Eso fue diferente. Fue un error.
—No fue un error. —Su voz se vuelve más baja, más intensa—. Fue la noche más real que he tenido en mi vida. Y tú también lo sabes.
Quiero discutir. Quiero montar un numerito y exigir otra habitación y poner distancia física entre nosotros. Pero sus invitados están al caer, Mía está emocionadísima por este fin de semana, y no puedo arruinarlo todo por mi incapacidad de controlarme cerca de este hombre.
—Dormiré en el sofá —digo al fin.
—Como quieras. —Drake no parece molesto en absoluto, lo cual me irrita todavía más—. Pero el sofá es bastante incómodo. La cama es enorme. Podríamos compartirla sin ni siquiera tocarnos.
—No vamos a compartir la cama.
—De acuerdo. —Se encoge de hombros y se dirige hacia la puerta—. Los primeros invitados deben de estar llegando ya; bajo a recibirlos. Tómate el tiempo que quieras.
Sale antes de que pueda responder y me deja sola en esta habitación preciosa que se supone que voy a compartir con él. Me pregunto cómo demonios he acabado aquí.
Media hora después bajo con Mía, que no para de hablar sobre su habitación y lo bonita que es la casa. Drake nos espera en el jardín trasero, donde ya hay varios invitados tomando copas de champán y admirando las vistas.
—Por aquí —dice, y me coge de la mano con una naturalidad que me desconcierta—. Quiero presentaros a alguien.
—Drake, no puedes… —empiezo, pero ya me está llevando hacia una mujer rubia preciosa que nos sonríe con calidez.
—Hannah, estas son Hailey y Mía Taylor. —La forma en que lo dice, con ese orgullo en la voz, me pilla desprevenida—. Hailey, Mía, os presento a Hannah, mi mejor amiga desde la universidad y, desde hace poco, también mi cuñada.
Hannah me abraza como si fuéramos amigas de toda la vida, y huele a perfume caro y a dinero viejo.
—Por fin te conozco —dice, y se aparta para mirarme—. Drake no ha parado de hablar de ti desde hace semanas. Empezaba a pensar que se lo estaba inventando.
Me quedo inmóvil.
—¿Ha hablado de mí?
—Constantemente. —Hannah se ríe y le da un codazo a Drake—. Es insoportable. «Hailey hizo esto», «Hailey dijo aquello», «Hailey es la mujer más increíble que he conocido». Pensaba que exageraba, pero ahora que te veo entiendo por qué está tan…
—Hannah —la interrumpe Drake con tono de advertencia, pero está sonriendo.
—¿Tan qué? —pregunto antes de poder detenerme.
Hannah me mira con complicidad.
—Enamorado. —Lo dice con tanta naturalidad que casi me da algo—. No había visto a Drake así desde… bueno, nunca. Eres la primera.
El jardín da vueltas. Drake está mirándome con una expresión que no sé leer y Hannah se pone a hablar con Mía sobre los caballos como si no acabara de lanzar una bomba nuclear en medio de mi vida.
—Yo… necesito… —balbuceo, sin conseguir formar una frase completa.
—¿Aire? —sugiere Drake, todavía sin soltarme la mano—. ¿Agua? ¿Una copa de vino?
—Todo eso. —Sonrío como puedo—. Disculpadme un momento.
Me escabullo hacia la casa con las piernas temblando, buscando un baño o cualquier sitio donde pueda procesar lo que acaba de pasar. Hannah ha dicho que Drake está enamorado de mí. Enamorado. Como si esto fuera real y no fuera a desaparecer en cuanto se canse de jugar.
Pero entonces recuerdo las últimas tres semanas: las cenas, los regalos, la forma en que mira a Mía, la paciencia infinita. La constancia.
Los hombres como mi padre no hacen esto.
Y Drake sigue apareciendo.
Me miro en el espejo del baño de invitados y veo a una mujer aterrada que se está enamorando de su jefe a pesar de todas sus barreras, a pesar de todas sus razones para no hacerlo.
—Estás en problemas, Hailey —le digo a mi reflejo—. Problemas muy, muy gordos.
Desde fuera me llega la voz de Mía riendo, y sé que tengo que volver. Tengo que pasar este fin de semana fingiendo que todo está bajo control cuando la verdad es que Drake Harris ha destruido cada una de mis defensas sin proponérselo siquiera.
Me retoco el pintalabios, respiro hondo y salgo decidida a sobrevivir a las próximas cuarenta y ocho horas.
No puede ser tan difícil.
¿Verdad?