CAPÍTULO 21
DRAKE
El lunes por la mañana entro en el despacho de Hailey con un plan que llevo perfeccionando desde el sábado a las tres de la madrugada, cuando me di por vencido con la idea de dormir y me puse a trabajar de verdad.
—Necesito que organices un evento —anuncio, dejando caer una carpeta sobre su escritorio—. Un fin de semana completo en nuestra villa de los Hamptons, para cincuenta invitados de la alta sociedad neoyorquina.
Hailey levanta la vista de su ordenador y me mira con esa expresión de «¿qué se te ha ocurrido ahora?» que ya conozco demasiado bien.
—¿Un evento? ¿Qué tipo de evento?
—Inmersión de lujo Legacy —contesto, sentándome en el borde de su escritorio porque sé que se pone nerviosa cuando invado su espacio—.
Queremos que la élite de Manhattan experimente lo que ofrecemos: gastronomía, servicio impecable, actividades exclusivas.
Mi hermano y yo tenemos una villa en los Hamptons que nunca usamos. Es el momento ideal.
Hailey abre la carpeta y empieza a revisar las notas que he preparado. Veo el momento exacto en que su cerebro profesional se activa y olvida que está enfadada conmigo por haberla besado el viernes.
—¿Cincuenta personas? ¿Cuándo?
—Dentro de tres semanas. Desde el viernes al domingo al mediodía.
—Tres semanas es muy poco tiempo para…
—Por eso necesito que empieces ya —la interrumpo, inclinándome hacia delante—. Y por eso voy a ayudarte yo en persona. Esto tiene que ser perfecto, Hailey. Es nuestra oportunidad de demostrar que Legacy no es solo un hotel de lujo, es una experiencia.
Traga saliva cuando me acerco, y tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no sonreír. Está intentando marcar distancias desde el beso, pero su cuerpo dice otra cosa.
—De acuerdo —dice al fin, apartando la mirada—. Prepararé un plan de trabajo y te lo envío esta tarde.
—Perfecto. —Me levanto y me dirijo hacia la puerta.
Hailey todavía no sabe todo lo que tengo planificado para ella.
Esa tarde me presento en su apartamento de Queens con comida tailandesa de un restaurante que Hannah me recomendó y una determinación que ni yo mismo sabía que tenía.
Mía abre la puerta sin preguntar quién es (Hailey la va a matar) y se le ilumina la cara al verme.
—¡Drake! —Me abraza sin ninguna de las barreras que su hermana ha construido entre nosotros—. ¿Has traído cena otra vez?
—Por supuesto. He comprado pad thai, rollitos de primavera y curry verde —confirmo, entrando mientras Hailey aparece desde la cocina con expresión de derrota—. Hola, Hailey. Espero que tengáis hambre.
Hailey me asesina con la mirada, pero sé que no quiere discutir delante de su hermana.
—No puedes seguir presentándote sin avisar —dice, pero hay menos convicción en su voz que hace tres días.
—Claro que puedo. Soy tu jefe. —Le guiño un ojo a Mía—. ¿Verdad que sí?
Mía se ríe y Hailey me fulmina con la mirada, pero se sienta a la mesa y acepta el plato que le sirvo.
Cenamos los tres mientras reviso con Hailey las primeras ideas para el evento. Mía escucha con atención, haciendo preguntas que demuestran que es mucho más lista de lo que la mayoría de los adultos se piensan.
—¿Va a haber niños? —pregunta, pinchando un trozo de pollo con el tenedor.
—Algunos invitados traerán a sus hijos —respondo—. Por eso quiero tu opinión. ¿Qué actividades te gustarían a ti si fueras a pasar un fin de semana en una villa de lujo?
Mía se endereza de golpe.
—¿Puedo decir lo que sea?
—Lo que sea.
—Una piscina con tobogán. Clases de cocina para hacer galletas. Películas por la noche en una pantalla gigante al aire libre. ¿Y sabes esos spas donde te pintan las uñas? Eso. —Mira a su hermana con timidez—. Hailey nunca tiene tiempo de llevarme.
Hailey se tensa, y sé lo que está pensando: que no puede darle a su hermana todo lo que se merece, que le está fallando de alguna forma. Me dan ganas de cogerle la mano y decirle que es la persona más increíble que he conocido, pero en lugar de eso saco mi móvil y empiezo a escribir notas.
—Piscina con tobogán, clases de repostería, cine al aire libre, spa infantil —enumero en voz alta—. ¿Algo más?
—¿Caballos? —sugiere Mía con esperanza—. Siempre he querido montar a caballo.
—Hecho. Contrataremos instructores profesionales.
Hailey me mira como si me hubiera vuelto loco.
—Drake, esto va a costar una fortuna.
—Es una inversión —respondo sin inmutarme—. Si queremos que estos clientes vayan al hotel y lo recomienden, tienen que vivir algo inolvidable. Y eso incluye que sus hijos se lo pasen tan bien que les supliquen volver.
No menciono que también quiero que Mía se lo pase tan bien que me suplique volver.
Que quiero verla montar a caballo y hacerse las uñas y comer galletas que ha preparado ella misma.
Que cada vez que pienso en ese fin de semana, la veo a ella tanto como a los cincuenta invitados de la alta sociedad.
Ojalá no tuviese que poner excusas y pudiera organizar ese fin de semana solo para nosotros tres.
Después de cenar, mientras Hailey recoge los platos, ayudo a Mía con sus deberes de lengua. Tiene que escribir una redacción sobre su héroe favorito y está atascada.
—No sé sobre quién escribir —confiesa, mordiéndose el labio—. La profesora dice que tiene que ser alguien real, no un personaje de película.
—¿Y qué te parece tu hermana? —sugiero, mirando hacia la cocina donde Hailey está fregando los platos.
Mía sigue mi mirada y frunce el ceño.
—¿Hailey?
—Piénsalo. Te cuida ella sola desde hace siete años. Trabaja todo el día para que tengas un hogar, comida, ropa. Nunca se queja. Siempre está ahí cuando la necesitas. —Me inclino hacia delante—. Eso es lo que hacen los héroes, Mía. Cosas difíciles sin esperar nada a cambio.
Se le iluminan los ojos y empieza a escribir con una determinación nueva. Cuando Hailey regresa y ve lo que su hermana está escribiendo, se le llenan los ojos de lágrimas que intenta disimular volviéndose hacia el fregadero.
Me voy a las diez, no sin antes dejar una bolsa sobre la encimera de la cocina, que por supuesto Hailey nota al instante. Es demasiado observadora, para mi desgracia.
—Te dejas esto —dice Hailey, señalando la bolsa.
—No me la dejo. Es para vosotras.
—¿Qué es? —pregunta Hailey, mirando la bolsa con desconfianza.
—Zapatillas nuevas para Mía. El otro día dijo que le encantaban esas. —Me encojo de hombros como si no fuera importante—. Y un par para ti también.
Hailey abre la bolsa y saca las zapatillas deportivas de Mía, unas Nike rosas que sé que le van a encantar. Debajo están los zapatos de tacón para ella, negros, elegantes, de su talla exacta.
—No puedes hacer esto —dice, y le tiembla la voz—. No puedes… no puedes comprarnos cosas, Drake. No está bien.
—¿Por qué no?
—Porque parece que estás intentando… no sé. Comprarme. Comprarnos.
Me acerco a ella, lo suficiente para que tenga que levantar la vista para mirarme.
—No estoy intentando compraros. Estoy intentando cuidaros. Hay una diferencia.
—No necesitamos que nadie nos cuide.
—Lo sé. —Le aparto un mechón de pelo de la cara y ella no se aparta, lo cual cuento como una victoria—. Pero eso no significa que no podáis dejar que alguien lo haga de todas formas.
Salgo del apartamento sin darle tiempo a responder, pero la veo abrazar las zapatillas contra el pecho y sé que he ganado esta batalla.
El martes llego con pizza y postres, y pasamos dos horas planificando el menú del evento. Mía nos ayuda a elegir entre las opciones de postres, probando cada muestra que he traído de la cocina del hotel hasta autoproclamarse «catadora oficial de dulces Legacy».
El miércoles llevo comida china y una caja grande que dejo junto a la puerta sin decir nada.
—¿Qué es eso? —salta Mía.
—Ábrela y lo verás.
Dentro hay una mochila nueva para Mía, porque he notado que la suya está desgastada por una esquina, junto con material escolar completo y algunos libros que mencionó que quería leer.
Hailey me mira con una mezcla entre frustración y ternura, aunque jamás admitiría lo segundo. Mientras Mía no para de saltar y darme las gracias porque todo es maravilloso.
—Tienes que parar. —Me advierte Hailey cuando su hermana se va a su habitación a mirar todos sus regalos.
—No pienso hacerlo. —Me siento en el sofá cama que sé que es donde duerme ella todas las noches, porque Mía tiene el único dormitorio de la casa—. Hablemos de las actividades para adultos. He pensado en una cata de vinos, un torneo de golf, quizá yoga al amanecer…
—Drake.
—¿Qué te parece si contratamos a ese chef que ganó el premio el año pasado? Podría dar una clase magistral de cocina.
—Drake, mírame.
Levanto la vista y veo que está enfadada de verdad. Enfadada y hermosa y fuera de mi alcance, aunque esté sentado en su salón.
—No puedes seguir haciendo esto —repite—. No puedes presentarte aquí cada noche, traer comida, comprar cosas que necesitamos, hacerte amigo de mi hermana y… y confundirme.
—No estoy intentando confundirte.
—¿Entonces qué estás intentando?
Me levanto y me acerco a ella, consciente de que Mía no puede oírnos desde su habitación.
—Estoy intentando demostrarte que voy en serio. Que no soy como tu padre. Que cuando digo que me importas, lo digo de verdad.
—Pero ¿por qué? —insiste, y la voz se le va apagando—. ¿Por qué nosotras? Podrías tener a cualquiera. Cualquier mujer en Manhattan estaría encantada de…
—Pero yo no quiero a cualquiera. —Le cojo la cara entre las manos, obligándola a mirarme—.
Te quiero a ti. Quiero tus listas obsesivas y tu forma de morderte el labio cuando estás concentrada.
Quiero la forma en que miras a tu hermana como si fuera lo más importante del mundo.
Quiero conocer todas las partes de ti que has escondido porque has tenido que ser fuerte durante demasiado tiempo.
Se le empañan los ojos y me cuesta la vida no besarla ahí mismo.
—No puedo arriesgarme —susurra—. Si me equivoco contigo, no soy solo yo la que sale herida. Es Mía. Y ella ya ha perdido suficiente.
—No vas a perderme. —Bajo las manos pero no me aparto—. Dame ese fin de semana. Ven a los Hamptons porque quieres, trae a Mía, deja que os cuide a las dos. Si después de eso todavía crees que soy como tu padre, me rendiré. Pero dame una oportunidad real.
Hailey se queda mirándome un largo rato, y veo la guerra que libra consigo misma.
—Solo el fin de semana —dice por fin—. Pero va a ser algo profesional. Organizando el evento.
—Profesional —miento descaradamente—. Te lo prometo.
Esa noche, cuando me voy, dejo otra bolsa en la encimera. Esta vez es un edredón nuevo, porque he notado que el que tienen es fino y viejo, y por las noches refresca.
Hailey no dice nada, pero cuando me giro para despedirme, veo que está abrazando el edredón con una expresión que me dice que estoy ganando.
Poco a poco, cena tras cena, regalo tras regalo, sonrisa de Mía tras sonrisa de Mía, me estoy colando en sus vidas.
Y no pienso irme a ninguna otra parte jamás.