Mi jefe provocador (Jefes Insoportables 6) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

DRAKE

Llego al edificio de Hailey a las siete y media en punto. Necesito el control. Necesito que esto sea perfecto.

Subo las escaleras hasta el tercer piso saltándome un peldaño de cada dos. Es ridículo. He asistido a cientos de galas. He ido acompañado de docenas de mujeres. Pero ninguna me ha puesto tan nervioso como esta noche.

Llamo a la puerta y espero.

Cuando se abre, Mía aparece al otro lado con su vestido azul, el pelo recogido en una trenza elegante, y una sonrisa que ilumina todo el pasillo.

—¡Drake! —Da un brinco de emoción—. Mira mi vestido. ¿A que es precioso?

—Estás guapísima, Mía. —Me inclino para estar a su altura—. Vas a ser la chica más elegante de toda la gala.

—Gracias por el vestido. Hailey dice que no deberías haberlos comprado pero a mí me encanta.

—Me alegro. Te lo mereces.

Y entonces Hailey aparece detrás de su hermana.

Y joder.

Joder.

El vestido le sienta incluso mejor de lo que había imaginado.

Le dibuja el cuerpo con una exactitud casi indecente.

El azul medianoche le enciende la piel y le agranda los ojos.

Lleva el pelo suelto en ondas suaves sobre los hombros, un maquillaje sutil que realza sus rasgos sin ocultarlos, y cuando me mira, veo vulnerabilidad mezclada con desafío.

Está jodidamente preciosa.

Y una parte de mí quiere llevarla de vuelta al apartamento y no dejar que nadie más la vea así. Quiere mantenerla escondida, solo para mí. Porque sé que todos los hombres en esa gala van a mirarla. Van a desearla. Y la idea me pone furioso.

Pero la otra parte, la parte que gana, solo quiere disfrutar de lo increíble que es. Quiere llevarla del brazo y que todo el mundo sepa que está conmigo. Que es mía.

Aunque todavía no lo sea oficialmente.

—Estás… —Las palabras se me atascan en la garganta—. Estás preciosa, Hailey.

Se sonroja y aparta la mirada, como si el cumplido la incomodara.

—Gracias. El vestido es… gracias.

—De nada. —Sonrío—. ¿Estáis listas?

—Sí. —Hailey coge su bolso, comprueba que lo lleva todo—. Mía, ¿has cogido tu libro?

—Sí. Por si me aburro.

—No te vas a aburrir. —Le guiño un ojo—. Hay videojuegos, manualidades, incluso una zona de cine. Vas a pasarlo genial.

Bajamos juntos las escaleras y salgo a la calle donde he dejado el coche. Un Audi negro. Mía se emociona al verlo.

—¿Este es tu coche? ¡Es genial!

—Gracias. —Abro la puerta trasera para ella—. A ver si te gusta el interior.

Mía sube de un salto y se pone a toquetearlo todo, y yo me giro hacia Hailey. Le ofrezco mi mano para ayudarla a subir al asiento del copiloto.

Ella mira mi mano durante un segundo, dudando, pero al final la acepta. Sus dedos son suaves y cálidos contra los míos. Cuando está sentada, me inclino lo justo para que solo ella pueda oírme.

—Respira, Hailey. Es solo una gala. No voy a morderte.

—No es eso lo que me preocupa. —Lo dice tan bajo que casi no la oigo.

—¿Entonces qué?

Pero no responde. Solo aparta la mirada, y yo cierro su puerta antes de rodear el coche.

Durante el trayecto hacia Manhattan, Mía no para de hablar.

Me cuenta qué tal el colegio, la nota del examen de mates y una pelea de sus amigas.

Y yo escucho, pregunto, me río con sus historias.

Porque me importa. Porque quiero conocerla.

Porque es parte de la vida de Hailey, y eso la hace importante para mí también.

Miro a Hailey y la sorprendo observándome, muy quieta. Si no la conociera, diría que eso que le brilla en los ojos es rendición.

Llegamos al Plaza poco antes de las ocho. Dejo el coche con el aparcacoches y nos dirigimos a la entrada. Pongo la mano en la parte baja de la espalda de Hailey, guiándola, y noto que se tensa bajo mi mano. Pero no se aparta. Y eso es una victoria.

Dentro, el salón de baile es espectacular. Luces doradas, mesas decoradas con gusto, música suave de fondo. Cientos de personas con trajes caros y joyas. El mundo al que pertenezco por nacimiento pero que nunca he sentido como un hogar.

Hasta esta noche. Porque Hailey está a mi lado.

Llevamos a Mía primero a la zona de niños, que está en una sala contigua llena de actividades. Hay otros chavales de su edad, monitores sonrientes, mesas con juegos y manualidades.

—¿Ves? —Le digo—. Te lo dije. Vas a pasarlo genial.

Mía mira alrededor con los ojos brillantes.

—¿De verdad puedo quedarme aquí?

—Claro. Y si necesitas algo, le dices a cualquiera de los monitores que me busquen. ¿Vale?

—Vale. —Me sonríe—. Gracias, Drake. Esto es una pasada.

Me inclino para estar a su altura una última vez.

—Diviértete, enana. Vendremos a buscarte en un par de horas.

Hailey se despide de su hermana con un beso en la frente y mil recomendaciones de que se porte bien, y luego volvemos al salón principal. En cuanto estamos solos, bueno, tan solos como se puede estar en una gala con trescientas personas, la tomo del codo y la guío por el salón.

—Relájate. —Le susurro al oído—. Pareces a punto de salir corriendo.

—Porque lo estoy. —Su voz es tensa—. No encajo aquí, Drake. Todo el mundo lo sabe.

—Estás equivocada. Eres la mujer más impresionante de toda esta sala. —La miro directamente—. Y todos lo saben.

Traga saliva y un rubor le sube a las mejillas. Y joder, eso la hace todavía más irresistible.

Pasamos la siguiente hora moviéndonos por el salón.

Presento a Hailey como mi secretaria ejecutiva, pero la trato como algo mucho más que eso.

No le quito la mano de la espalda en toda la hora.

La llevo del codo cuando caminamos. Me inclino para susurrarle comentarios al oído sobre la gente que nos rodea, y la veo luchar por mantener el tipo.

—Ese de ahí es Jonathan Miller. —Le señalo discretamente a un hombre con un traje gris que habla animadamente con un grupo—. Dueño de una cadena de restaurantes. Dicen que su mujer lo engaña con su guardaespaldas.

Hailey suelta una risa ahogada.

—No puedes saber eso.

—¿Quieres apostar? —Sonrío—. Mira cómo ella mira al guardaespaldas cuando cree que nadie la ve.

Hailey observa durante un segundo y luego niega con la cabeza, divertida.

—Eres terrible.

—Soy observador. Hay una diferencia.

—¿Y esa mujer de allí? —Señala a una rubia con un vestido rojo que parece aburrida mientras su acompañante habla con otros hombres—. ¿Qué historia tiene?

—Mmm. —La estudio—. Es modelo. O actriz. Está claro que no está aquí por él. Mira cómo revisa su móvil cada dos minutos. Está esperando a que termine la noche para poder largarse.

—Qué triste.

—Así es este mundo. —La miro—. Por eso me gusta más el tuyo.

Ella me mira con sorpresa.

—Mi mundo no tiene nada de glamuroso.

—No. Pero es real. —Le rozo la mejilla con los dedos sin pensar—. Y tú eres real. Eso es lo que me gusta.

Se le corta el aire un segundo y los ojos se le oscurecen. Y sé que, si no me contengo, voy a besarla aquí mismo delante de todos y ella se va a enfadar.

Así que me obligo a apartarme, a seguir caminando, a presentarla a más gente. Pero todo el tiempo solo puedo pensar en lo bien que se siente tenerla a mi lado. En lo mucho que encaja en mi vida aunque ella crea que no.

A las diez, después de socializar de forma incansable, decido que necesito un momento a solas con ella. Lejos de las miradas. Lejos de toda esta gente.

—Ven conmigo. —La tomo de la mano.

—¿Adónde?

—A tomar aire. Necesito un descanso de toda esta farsa.

La guío hacia una puerta lateral que da a una terraza privada. Está vacía, iluminada solo por la luz de la luna y las luces de Manhattan a lo lejos. El aire fresco de la noche contrasta con el calor sofocante del salón.

Hailey se acerca a la barandilla, mirando la ciudad, y yo me quedo detrás de ella, observándola. El viento le mueve el pelo. La luna le blanquea la piel. Y joder, es la imagen más hermosa que he visto nunca.

—Gracias. —Su voz es suave—. Por traernos. Por el vestido. Por todo.

—No tienes que agradecerme nada. —Me acerco un paso—. Quiero hacer esto por vosotras. Quiero que tengáis todo lo que os merecéis.

—No puedes seguir haciendo esto. —Se gira para mirarme, y hay lágrimas en sus ojos—. No puedes seguir siendo tan… perfecto. Tan considerado. Tan…

—¿Tan qué? —Doy otro paso, hasta que estamos a centímetros de distancia.

—Tan peligroso. —Le falla la voz—. Porque estás consiguiendo que me crea cosas que no puedo permitirme.

No la dejo terminar. Porque no puedo soportarlo más. No puedo estar tan cerca de ella, ver esa vulnerabilidad en sus ojos, y no hacer nada al respecto.

Acorto la distancia y la beso.

Sus labios son tan suaves como recordaba. Saben a vino y a algo dulce que no puedo identificar pero que me vuelve loco. Me aferro a su cintura, atrayéndola hacia mí, y durante un segundo milagroso, ella me devuelve el beso.

Sus manos suben por mi pecho. Sus dedos se enredan en mi camisa. Y se abre para mí, me deja profundizar el beso, saborearla como llevo semanas soñando.

Es como aquella primera noche. Esa conexión instantánea. Ese fuego que arde entre nosotros. Pero también es diferente. Porque ahora la conozco. Conozco su fuerza. Su miedo. Su valentía. Y eso hace que sea infinitamente más intenso.

Deslizo una mano por su espalda, notando la seda del vestido bajo los dedos, con ganas de arrancárselo. La otra sube hasta su nuca y se enreda en su pelo para mantenerla cerca. Porque no puedo dejarla ir. No ahora. No cuando finalmente la tengo donde quiero.

Ella gime contra mi boca, un sonido bajo que me hace perder la cabeza, y profundizo el beso todavía más. Mi lengua encuentra la suya, y el sabor de ella me embriaga más que cualquier alcohol.

Pero entonces, demasiado pronto, la siento tensarse. Sus manos, que estaban aferradas a mi camisa, me empujan suavemente. Y se aparta, jadeando, con los ojos húmedos y brillantes.

—No. —Su voz tiembla—. No puedo. No podemos.

—Hailey…

—No. —Da un paso atrás, fuera de mi alcance—. Esto ha sido un error. Todo esto ha sido un error.

—No lo ha sido.

—Sí que lo ha sido. —Se limpia los ojos con el dorso de la mano—. Tengo que irme. Tengo que buscar a Mía. Se ha hecho tarde.

—No se ha hecho tarde. Apenas son las diez y media.

—Me da igual. —Camina hacia la puerta—. Nos vamos. Gracias por la noche, pero… pero esto no puede volver a pasar, Drake. No puede.

No me da tiempo ni a detenerla ni a decir nada más: desaparece dentro del salón.

Me quedo solo en la terraza, con el sabor de ella todavía en los labios. Otra vez se me ha escapado.

Joder.

Vuelvo a entrar y la veo recoger a Mía de la zona de niños. Su hermana protesta, nada dispuesta a irse todavía, pero Hailey es firme. La toma de la mano y se dirige hacia la salida.

Las alcanzo justo cuando están saliendo.

—Hailey, espera. Os llevo a casa.

—No hace falta. Cogeremos un taxi.

—No seas ridícula. —No es una petición—. He ido a recogeros y os voy a llevar de vuelta. Fin de la discusión.

Veo la batalla en sus ojos: la parte que quiere aceptar contra la parte que quiere huir. Al final asiente, sin duda porque no quiere montar una escena delante de Mía.

El trayecto de vuelta a Queens es silencioso. Mía se ha quedado dormida en el asiento trasero, agotada por la noche. Y Hailey mira por la ventanilla, evitando mirarme, con los brazos cruzados sobre el pecho.

Cuando llego a su edificio apago el motor.

—Hailey…

—Gracias por la noche. —Su voz es fría, distante—. Pero por favor, no vuelvas a hacer esto. No vuelvas a… a confundirme así.

Sale del coche antes de que pueda responder. Despierta a Mía suavemente y las veo subir las escaleras hasta que desaparecen dentro del edificio.

Me quedo un momento con las manos en el volante, sin decidirme a marcharme.

Hailey me ha devuelto el beso. Durante unos segundos gloriosos, me ha dejado entrar. He sentido su rendición. He probado su deseo.

Pero luego ha huido otra vez. Porque una noche no llega para desmontar tantos años de miedo. Porque necesita más tiempo. Más pruebas de que voy en serio.

Y una gala de tres horas no basta. No cuando puede escaparse en cualquier momento. No cuando puede volver a su vida y convencerse de que esto fue solo un sueño.

Necesito más tiempo con ella. Tiempo real. Lejos de su apartamento donde tiene el control. Lejos del hotel donde somos jefe y empleada. Necesito un espacio donde solo seamos Drake y Hailey. Donde pueda demostrarle sin interrupciones que lo que siento es real.

Arranco el coche y conduzco de vuelta a Manhattan mientras un plan se me va formando en la cabeza.

Necesito organizar algo más grande, algo que no pueda rechazar y que me dé el tiempo de ganarme del todo su confianza.

Y cuando llego al hotel, ya sé exactamente qué voy a hacer.

Voy a hacer que le resulte imposible seguir huyendo de mí.