Mi jefe provocador (Jefes Insoportables 6) CAPÍTULO 19
61%

CAPÍTULO 19

HAILEY

Son las once de la mañana del miércoles cuando Drake entra en mi despacho sin llamar. Claire empezó su baja de maternidad esta semana, así que no hay nadie que haga de tope entre nosotros. Tampoco es que se cortase. Actúa como si tuviese todo el derecho del mundo sobre mí.

Ya no me sorprende. Desde la noche de la cena china, ha vuelto a su comportamiento habitual: roces calculados, miradas que duran demasiado, sonrisas que significan más de lo que deberían.

Como si aquella conversación en el pasillo de mi edificio nunca hubiera pasado y yo no le hubiera suplicado que nos dejara en paz.

—Hailey, necesito que me acompañes a un evento el viernes por la noche.

Levanto la vista de mi ordenador, confundida.

—¿Qué tipo de evento?

—Una gala benéfica. En el Plaza. Es importante para el hotel. Habrá muchos clientes potenciales, contactos clave. —Se apoya en el marco de la puerta con esa postura desenfadada que me pone de los nervios por lo mucho que me gusta—. Necesito que estés ahí.

—No.

—¿No?

—No es mi trabajo acompañarte a eventos sociales. —Vuelvo a mirar la pantalla, fingiendo concentración—. Para eso tienes a tu departamento de relaciones públicas.

—Te necesito a ti.

—¿Por qué?

—Porque vas a recordarme quién es cada persona. Sus nombres, sus empresas, datos relevantes. Y después tomaremos notas juntos sobre contactos importantes y posibles colaboraciones. —Camina hacia mi escritorio—. Es parte de tus funciones como mi secretaria ejecutiva.

Me quedo mirándolo, buscando algún indicio de que se está inventando esto sobre la marcha. Pero su expresión es de pura seriedad profesional.

—Sabes muy bien que no puedo ir a una gala el viernes por la noche.

—¿Por Mía?

Que pronuncie su nombre con tanta naturalidad, como si tuviera derecho a hablar de mi hermana, me pone furiosa.

—Sí. Por Mía. No puedo dejarla sola y no puedo aprovecharme más de Karen. Ya la cuida más de lo que me gustaría.

—No tienes que hacerlo. —Sonríe, y sé que estoy perdida—. Mía viene con nosotros.

—¿Cómo dices?

—La gala tiene una zona especial para niños y adolescentes. Actividades, juegos, cuidadores profesionales. Estará bien atendida mientras nosotros trabajamos. Y después la llevamos a casa juntos.

Lo miro con la boca abierta. Lo tiene todo pensado. Cada detalle. Cada posible objeción que podría poner.

—Eres… eres…

—¿Brillante? ¿Considerado? ¿Increíblemente atractivo? —Su sonrisa se ensancha—. Puedes elegir el adjetivo que prefieras.

—Un manipulador. —Me levanto de la silla para poner distancia entre nosotros—. Eres un manipulador.

—Para nada. —Se encoge de hombros—. Soy previsor. Y contigo, Hailey, siempre voy a dar lo mejor. Siempre voy a tener un plan B, C y D. Porque sé que vas a poner todas las objeciones posibles para evitar pasar tiempo conmigo.

—Porque no deberías obligarme a pasar tiempo contigo fuera del trabajo.

—No te estoy obligando. Te estoy pidiendo que hagas tu trabajo. —Su tono se vuelve más serio—. Y sí, podría pedirle a otra persona que me acompañe. Pero te quiero a ti. Confío en ti. Y creo que juntos podemos hacer grandes cosas para este hotel.

Lo dice con una sinceridad mezclada con determinación que me deja sin argumentos.

Maldito sea.

—Como no me dejas más remedio, iré. —Lo escupo entre dientes—. Pero que quede claro que lo hago porque es mi trabajo. Nada más.

—Por supuesto. —Pero la sonrisa que me dedica dice lo contrario—. Te enviaré todos los detalles por email. La gala empieza a las ocho. Pasaré a recogeros a las siete y media.

—Podemos ir nosotras solas.

—Vais a venir conmigo. —No es una sugerencia—. Las dos. Fin de la discusión.

Sale de mi despacho sin darme tiempo a protestar, y me dejo caer en la silla con un suspiro de frustración.

Mía va a estar encantada: va a pensar que esto es una cita y va a ilusionarse todavía más con Drake. Y cuando todo esto explote, porque va a explotar, me tocará recoger los pedazos: los suyos y los míos.

Porque ahí está la verdad que he estado evitando toda la semana. No es solo que tema que Mía se encariñe con él. Es que yo ya me estoy encariñando. A pesar de todo lo que me repito. A pesar de todas las razones por las que esto es una mala idea.

Drake se está colando en mi vida, en mi cabeza, en mi corazón. Y no sé cómo detenerlo.

El viernes por la tarde estoy en casa vistiéndome para la gala cuando llaman al timbre.

Abro la puerta esperando un paquete de Amazon que pedí hace días, pero el mensajero lleva una caja enorme con el logo de una boutique de diseño de la Quinta Avenida.

—¿Hailey Taylor?

—Sí.

—Firme aquí, por favor.

Firmo sin pensar, todavía confundida, y cojo la caja. Es pesada. Y no tiene pinta de ser un error de entrega.

Cierro la puerta, dejo la caja en el sofá y busco alguna nota que explique de dónde viene. No hay remitente. Solo mi nombre y dirección.

Con manos temblorosas, abro la caja.

Y me quedo sin respiración.

Dentro hay un vestido. No, no es solo un vestido. Es una obra de arte. Color azul medianoche, con un corte que, sin probármelo, sé que me va a sentar como un guante. La tela es suave bajo mis dedos, será porque es seda. Seda carísima. De la que no podría permitirme ni en mil vidas.

Suelto un sonido ahogado, mitad risa histérica, mitad gemido, porque no me puedo creer lo que tengo delante.

—¿Hailey? —pregunta Mía desde el pasillo—. ¿Qué han traído?

Me giro y veo a mi hermana entrando en el salón con los ojos fijos en el vestido que sostengo.

—Es… —No encuentro el final de la frase.

Mía se acerca, mete la mano en la caja y saca otro vestido. Más pequeño. Con la sorpresa no me había fijado en que dentro quedaban más cosas. Es del mismo color azul medianoche, pero con un diseño pensado para una niña de once años. Precioso.

—¡Hailey! —Mía grita de emoción—. ¡Mira! ¡Es para mí! ¡Hay un vestido para mí!

Lo sostiene contra su cuerpo, girando en círculos, y sus ojos brillan con una ilusión que no he visto en mucho tiempo.

—Seguro que nos los ha regalado Drake. —Deja de girar y me mira con una sonrisa enorme—. ¿A que sí? Es de él, ¿verdad?

—Mía…

—Es que Drake es tan guay. —Vuelve a girar—. Me encanta este vestido. ¿Puedo probármelo? ¿Por favor?

Asiento sin fuerzas, todavía aturdida, y Mía sale corriendo hacia su habitación con el vestido apretado contra el pecho.

Me dejo caer en el sofá, con el vestido todavía en las manos, mareada de todo lo que siento a la vez.

Fascinación, porque el vestido es lo más bonito que he tenido nunca. Porque Drake se ha tomado el tiempo de elegir algo así, de asegurarse de que también hubiera algo para Mía. Porque ha pensado en nosotras. En las dos.

Vergüenza, porque no puedo permitirme estos lujos. Porque aceptar este regalo significa aceptar que no puedo darle a Mía lo que se merece por mí misma. Porque me hace sentir pequeña y dependiente.

Y enfado. Mucho enfado. Porque esto es otra manipulación. Otra forma de obligarme a hacer lo que él quiere. Otra demostración de poder.

Cojo el móvil y tecleo el mensaje con rabia.

Hailey: No puedo aceptar esto. Es demasiado.

La respuesta no tarda ni un minuto.

Drake: ¿El qué? ¿Los vestidos? Claro que puedes. Son un regalo.

Hailey: No puedo aceptar regalos tan caros de mi jefe. No es apropiado.

Drake: No soy solo tu jefe, Hailey. Y lo sabes.

Releo sus palabras en la pantalla más veces de las que debería.

Hailey: Esto no cambia nada. Sigo sin poder…

Drake: Las dos os merecéis lo mejor. Y yo voy a encargarme de que lo tengáis. Acostúmbrate.

Hailey: Drake…

Drake: Nos vemos a las siete y media. No llegues tarde. Y Hailey… vas a estar preciosa con ese vestido.

No respondo. No sé qué decir. Sigo en el sofá, con el móvil en una mano y el vestido en la otra, cediendo terreno poco a poco.

—¡Hailey, ven a verme! —grita Mía desde su habitación—. ¡Me queda perfecto!

Me levanto como puedo y voy hacia su cuarto. Cuando entro, Mía está frente al espejo, girando de un lado a otro, con el vestido azul que le sienta como si se lo hubieran cosido encima. Drake habrá calculado su talla exacta, habrá elegido el diseño justo para una niña de su edad.

—Estás preciosa, enana.

—¿A que sí? —Sonríe, y tanta felicidad junta me da más miedo que alegría—. Drake es el mejor. ¿Puedo llamarlo para darle las gracias?

—No. —Mi respuesta es demasiado cortante, y me doy cuenta al momento—. Quiero decir… ya se lo agradeceremos esta noche, ¿vale?

Mía asiente, pero noto que mi tono la ha confundido. Vuelve a mirarse en el espejo, y yo salgo de su habitación antes de que se me salten las lágrimas.

Vuelvo al salón. Me siento en el borde del sofá cama con el vestido en el regazo, pasando los dedos por la tela suave.

No debería ponerme este vestido. Debería devolverlo, plantarme y decirle a Drake que no puede comprarme así. Que esto no puede salirle gratis.

Pero cuando me miro en el espejo apoyado contra la pared, con el vestido delante del cuerpo, veo a alguien que no reconozco. Alguien elegante. Alguien que encaja en el mundo de galas benéficas y hoteles de cinco estrellas. Alguien que podría estar al lado de Drake sin desentonar.

Y quiero ser esa persona. Solo por una noche. Solo para saber qué se siente.

Me quito la ropa y me pongo el vestido. La cremallera de la espalda sube sin resistencia. La tela se ajusta a mi cuerpo como hecha a medida.

Me miro otra vez en el espejo y me quedo sin palabras.

Es perfecto. El color me ilumina la piel. El corte me realza la figura sin ser vulgar. Me siento guapa como nunca.

Y odio que Drake haya tenido razón. Que supiera qué elegir sin preguntarme, que me conozca tan bien cuando yo intento mantenerlo lejos.

Pero sobre todo, odio cuánto me gusta cómo estoy con este vestido. Cuánto me gusta la idea de que Drake me vea así. Cuánto me gusta imaginar su expresión cuando abra la puerta dentro de una hora.

Me siento en el sofá cama, todavía con el vestido puesto, y suelto el aire despacio.

Esto es peligroso. Todo esto es peligrosísimo. Cada regalo, cada detalle, cada demostración de que le importamos me empuja a creer en lo que sé que no debería creer.

Que Drake podría ser diferente. Que podría quedarse. Que podría ser el hombre que Mía y yo necesitamos.

Y esa es la fantasía más peligrosa de todas.

Porque esto acabará hecho pedazos, y entonces sufriremos las dos. No solo yo. Mía también.

Mi móvil vibra en el brazo del sofá. Lo cojo y veo un mensaje de Drake.

Drake: Salgo en diez minutos. ¿Estás lista?

Miro el vestido que llevo puesto. Miro mi reflejo en el espejo. Pienso en Mía, que seguirá dando vueltas por su habitación con el vestido nuevo.

Y escribo la única respuesta que puedo dar.

Hailey: Estaremos listas.

Dejo el móvil y me levanto para terminar de arreglarme. Porque ya es demasiado tarde para echarse atrás. Demasiado tarde para mantener las distancias.

Drake ha invadido mi vida por completo.

Y esta noche voy a dejar que me lleve a su mundo, aunque solo sea por unas horas. Puede que sea el mayor error que he cometido nunca.

Porque por una noche quiero sentirme como Cenicienta. Quiero olvidarme de las facturas, de las responsabilidades y del miedo constante. Quiero ser Hailey a secas. Una mujer con un vestido precioso que va a una gala con un hombre que la mira como si fuera lo más importante del mundo.

Aunque sea mentira. Aunque mañana todo vuelva a la normalidad. Aunque sepa que esto va a dolerme más de lo que puedo imaginar.

Esta noche voy a permitirme soñar.

Y mañana ya afrontaré las consecuencias.