CAPÍTULO 18
HAILEY
Me he pasado el día esperando el ataque.
Desde que he entrado en la oficina esta mañana he estado preparada para que Drake aparezca en mi despacho con preguntas, con exigencias, con esa sonrisa que usa cuando quiere algo. Preparada para que me presione sobre Mía, sobre mi vida, sobre por qué cuido de mi hermana sola.
Pero no ha pasado nada.
Nada de nada.
Drake ha sido… profesional. Total, absoluta y frustrantemente profesional.
Me ha enviado un email a las nueve con la agenda del día. Ha asistido a sus reuniones. Ha respondido a mis mensajes con respuestas concisas y educadas. Cuando nos hemos cruzado en el pasillo me ha saludado con un «buenos días, señorita Taylor» cortés y ha seguido caminando.
Ni un roce. Ni una mirada cargada de intención. Ni un solo intento de acercarse.
Y debería estar aliviada. Agradecida de que por fin me haya hecho caso y me deje tranquila.
Pero no lo estoy.
Estoy molesta. Irritada. Casi enfadada.
¿Qué clase de persona enferma soy si me molesta que mi jefe deje de acosarme cuando yo misma se lo he pedido?
A las tres de la tarde estoy tan alterada que casi aporreo las teclas del ordenador. Claire me mira desde su escritorio con expresión preocupada.
—¿Todo bien, Hailey?
—Perfectamente. —Mi voz suena demasiado aguda—. Todo está perfecto.
—¿Segura? Porque parece que ese teclado te ha ofendido personalmente.
Aparto las manos del teclado y respiro hondo.
—Es solo… un día largo.
Claire asiente, pero no parece convencida. Me mira durante un segundo más antes de volver a su trabajo, y yo intento concentrarme en el informe que estoy escribiendo.
Pero no puedo: tengo la cabeza en otra parte. En un hombre de ojos grises que lleva todo el día ignorándome después de casi dos semanas persiguiéndome sin descanso.
¿Por qué ha parado? ¿Es porque vio mi apartamento? ¿Porque conoció a Mía? ¿Porque se ha dado cuenta de que mi vida es demasiado complicada y ya no le intereso?
Y lo más absurdo es que no debería importarme. Esto es justo lo que quería: que me dejara en paz, que no intentara seducirme más, que mantuviera las distancias.
Pero me importa. Joder, cómo me importa.
Y eso es justo lo que me había prohibido.
A las seis y media en punto apago el ordenador, cojo el bolso y salgo del hotel sin mirar atrás, sin permitirme buscar a Drake con la mirada, sin preguntarme si me ve salir.
En el metro, de camino a Queens, intento poner en orden las ideas. Convencerme de que esto es bueno. De que esa distancia de Drake es lo que necesito para concentrarme en lo que importa: mi trabajo y Mía.
Bajo en mi parada y camino las dos manzanas hasta el edificio de Karen. Subo las escaleras y llamo a su puerta. Karen abre con una sonrisa.
—Justo a tiempo. Estaban terminando los deberes.
—Gracias, Karen. No sé qué haría sin ti.
—Tonterías. Ya sabes que me encanta tener a Mía aquí. —Me hace un gesto para que pase—. Mía, cariño, tu hermana ha llegado.
Mía aparece desde el salón con la mochila ya preparada y se despide de Sophie con un abrazo rápido. Vamos juntas a nuestro apartamento y, cuando abro la puerta, suelta la mochila en el sofá y se deja caer en una silla del comedor.
—Tengo un examen de mates la semana que viene y no entiendo nada. —Hace un puchero mientras saca sus libros—. ¿Me ayudas?
—Claro. Déjame cambiarme y preparo algo de merendar, ¿vale?
Me meto en el baño, me quito la ropa de trabajo y me pongo unos vaqueros viejos y una camiseta. Cuando vuelvo al comedor, Mía ya ha organizado sus libros y me está esperando con expresión de mártir.
—Es que la señora Henderson explica fatal. Nadie entiende las fracciones.
—Las fracciones son fáciles. Te lo prometo. —Me siento a su lado y cojo su cuaderno—. A ver, enséñame qué es lo que no entiendes.
Pasamos la siguiente media hora repasando fracciones. Mía se queja, refunfuña, pero poco a poco va entendiendo. Estoy a mitad de un problema enrevesado cuando llaman a la puerta.
—¿Quién será? —Mía se levanta de un salto y echa a andar hacia la puerta.
—Espera. —La detengo, poniéndome delante de ella—. Yo abro.
Miro por la mirilla y se me para el corazón.
Es Drake.
Drake está al otro lado de mi puerta, vestido con vaqueros y una chaqueta de cuero, con dos bolsas enormes de comida para llevar en las manos.
¿Qué demonios…?
Abro la puerta sin pensar, demasiado sorprendida para reaccionar, y antes de que pueda decir nada, Drake sonríe y entra aprovechando mi desconcierto.
—Buenas tardes, señorita Taylor. —Pasa por mi lado como si tuviera todo el derecho del mundo a estar aquí—. He traído cena. Espero que os guste la comida china.
—¿Qué…? ¿Se puede saber qué haces aquí?
—Tenemos que repasar unos contratos urgentes. —Deja las bolsas en la encimera de la cocina—. Y como sé que no puedes ir al hotel, he pensado que podríamos trabajar aquí. La comida es para compensar las molestias.
Sigo junto a la puerta abierta, con la mano en el pomo, sin entender qué está pasando.
—¡Hola! —Mía mira a Drake de arriba abajo.
—Hola, preciosa. Soy Drake —se presenta y le sonríe—. Y tú eres Mía, ¿verdad? Un placer verte otra vez.
—¿Has traído comida china? —Mía mira las bolsas con los ojos brillantes—. ¿Hay rollitos de primavera?
—Por supuesto. Y pollo agridulce, arroz frito, tallarines… básicamente todo el menú. —Se ríe—. No sabía qué os gustaba, así que he pedido de todo.
—Me encanta el pollo agridulce. —Mía casi da saltos—. Hailey, ¿podemos cenar ya? Tengo mucha hambre.
Cierro la puerta y camino hacia la cocina, intentando mantener la compostura.
—Drake, ¿puedo hablar contigo un momento? —Lo digo con una calma peligrosa—. En privado.
—Claro. —Pero no se mueve de donde está, sacando cajas de comida de las bolsas—. Aunque primero deberíamos servir esto antes de que se enfríe. Mía, ¿me ayudas a poner la mesa?
—¡Vale! —Mi hermana corre a por los platos como si Drake fuera un viejo amigo en lugar de mi jefe, que se ha presentado sin avisar.
—Drake. —Mi voz es una advertencia.
—Hailey. —Me mira con esos ojos grises llenos de guasa—. Relájate. Es solo una cena. Y de verdad tenemos que repasar esos contratos.
—No hay ningún contrato urgente.
—Claro que sí. —Saca su móvil y me lo enseña—. Te los he enviado por email hace media hora.
Cojo el móvil del bolso y, en efecto, ahí está. Un email de Drake con tres archivos adjuntos y una nota que dice: «Necesito tu opinión sobre estos antes de mañana. Gracias.»
Me ha tendido una trampa. Y la ha ejecutado de manual.
—Esto es… —empiezo, pero Mía me interrumpe.
—Hailey, ¿dónde están los tenedores?
—En el cajón de siempre, cariño.
Drake ya está sirviendo comida en los platos con la soltura de quien lo ha hecho mil veces. Como si fuera normal presentarse en casa de tu secretaria con la cena y quedarse.
Y lo peor es que Mía está encantada. Está charlando con él sobre su día en el colegio, sobre sus amigas, sobre el examen de mates que tiene la semana que viene.
—Las fracciones son complicadas. —Drake asiente con seriedad—. Yo también las odiaba. ¿Quieres que te ayude después de cenar?
—¿Sabes de fracciones? —Mía lo mira como si acabara de ofrecerle el mundo.
—Claro. No se me dan mal las mates. Prometo explicártelo mejor que tu profesora.
—¡Sí, por favor! La señora Henderson explica fatal.
Me siento a la mesa porque no sé qué más hacer. Drake ha invadido mi casa, ha comprado a mi hermana con comida china y promesas de ayuda con los deberes, y se comporta como si esto fuera lo más normal del mundo.
Y lo que más rabia me da es que funciona.
Cenamos los tres juntos en mi pequeña mesa del comedor, y Drake habla con Mía como si de verdad le interesara lo que tiene que decir. Le pregunta por sus clases favoritas, por qué quiere ser de mayor. Y Mía, que suele ser tímida con los desconocidos, se abre con él de par en par.
—Quiero ser veterinaria —le cuenta Mía mientras se mete un rollito de primavera en la boca—. Me encantan los animales. Hailey dice que quizás cuando sea mayor podamos tener un gato.
—Un gato sería genial. —Drake sonríe—. Yo tuve uno cuando era pequeño. Se llamaba Winston y era el gato más gordo y perezoso del mundo.
—¿En serio? ¿Tienes fotos?
—Tengo que buscarlas. Están en Inglaterra, en casa de mis padres. Pero la próxima vez que vaya las busco y te las enseño.
La próxima vez. Lo dice convencido de que esto va a repetirse, de que va a formar parte de nuestras vidas.
Lo miro desde el otro lado de la mesa, y él me devuelve la mirada con esa sonrisa que me desarma. Que me hace desear lo que no puedo tener.
Y me doy cuenta de su jugada: no intenta seducirme a mí, intenta seducir a Mía. Se muestra encantador, divertido, cercano. Busca que mi hermana lo adore.
Y funciona. Vaya si funciona.
Después de cenar, Drake cumple su promesa y ayuda a Mía con las fracciones. Se sientan juntos en el sofá, con el cuaderno de mates de mi hermana entre ellos, y él le explica los problemas con una paciencia que no sabía que tenía.
—¿Ves? Si divides esta parte entre esta otra, te sale el resultado. Es como partir una pizza. —Dibuja círculos en una hoja en blanco—. Si tienes una pizza entera y la partes en ocho trozos, cada trozo es un octavo de la pizza.
—Ah. —Se le ilumina la cara—. Ya lo entiendo.
—Perfecto. Ahora inténtalo tú.
Me quedo en la cocina fregando los platos, sin quitarles ojo: Drake se ríe cuando Mía hace una broma, le revuelve el pelo cada vez que acierta un problema, la trata con un cariño que parece genuino.
Y verlos así me ablanda y me asusta a partes iguales.
Porque es lo que llevo temiendo desde el principio: que fuera maravilloso con ella, que Mía lo adorara y que, cuando se aburriera de mí y se marchara, mi hermana también sufriera.
No puedo permitirlo. No puedo dejar que Mía se encariñe con él cuando sé que no va a quedarse.
—Ya es hora de que te vayas a la cama, Mía. —Me sale más brusco de lo que quiero—. Mañana tienes cole.
—Pero si solo son las ocho y media…
—A la cama. Ahora.
Mía me mira sorprendida por el tono, pero obedece. Se levanta del sofá, coge sus cosas y se despide de Drake con una sonrisa enorme.
—Gracias por ayudarme con las mates. Y por la cena. Ha sido genial.
—De nada, Mía. Un placer. —Drake le devuelve la sonrisa—. Buena suerte con el examen de mates.
—¡Gracias!
Mía desaparece por el pasillo y oigo cómo cierra la puerta de su habitación. Y entonces me giro hacia Drake, que sigue sentado en mi sofá tan campante.
—Tienes que irte.
—¿Ya? Pero si todavía no hemos repasado los contratos.
—No me importan los malditos contratos. —Camino hacia él apretando los puños—. Tienes que irte. Ahora.
Drake se levanta despacio, se mete las manos en los bolsillos de los vaqueros y me mira con una expresión que no le he visto nunca.
—¿Por qué estás tan enfadada?
—Porque has hecho exactamente lo que te pedí que no hicieras. Te has presentado aquí sin avisar. Has conocido a Mía. Has cenado con nosotras como si fueras parte de la familia.
—¿Y eso es malo?
—Sí. —La palabra me sale rota—. Porque ahora Mía va a pensar que eres maravilloso. Que eres divertido y encantador y genial. Y cuando te vayas, cuando te aburras y desaparezcas, va a preguntarse qué hizo mal para que te marcharas.
Drake me mira un largo momento y se le destensa el gesto.
—No voy a irme, Hailey.
—Sí que lo harás. Todos lo hacen.
—Yo no soy todos. —Da un paso hacia mí—. Y no voy a aburrirme. Porque esto, vosotras dos, es lo más interesante que me ha pasado en la vida.
No sé qué decir a eso. No sé cómo responder cuando me mira así, como si lo dijera en serio.
—Por favor. —Me sale un hilo de voz—. Por favor, vete.
Drake asiente despacio, como si entendiera que presionarme ahora solo va a empeorarlo todo.
—Vale. Me voy. —Va hacia la puerta, pero se detiene antes de abrirla—. Pero, Hailey… esto no ha terminado. Ni de lejos.
Y sale. Cierra la puerta sin hacer ruido.
Me quedo sola en medio del salón, rodeada del olor a comida china y del eco de la risa de Mía, más perdida que nunca.
Porque Drake Harris acaba de hacer exactamente lo que más temía.
Ha sido perfecto. Con las dos. Y ahora no sé cómo voy a seguir resistiéndome, si ya ni yo quiero resistirme.