Mi jefe provocador (Jefes Insoportables 6) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

DRAKE

He preparado la cena perfecta.

Mi suite está impecable: he preparado la mesa junto a la ventana con vistas a Manhattan, dos platos del mejor restaurante italiano de la ciudad, velas, vino tinto de primera calidad para ella y agua con gas para mí.

Todo calculado para impresionar. Para que Hailey vea que me he esforzado. Que esto va en serio.

El plan es simple: llamarla, decirle que necesito que venga al hotel cuanto antes para revisar unos documentos importantes. Y cuando llegue, la traeré a mi suite con la excusa de que es tarde y que podemos trabajar mientras cenamos. No es una cita si es trabajo, ¿verdad?

Cojo el móvil y marco su número. Son las ocho y media de la noche. Tarde pero no demasiado. Razonable para una emergencia laboral.

Suena tres veces antes de que conteste.

—¿Señor Harris? —Su voz suena cautelosa, como si supiera que no debería contestar.

—Hailey, necesito que vengas al hotel. Hay unos contratos urgentes que tenemos que revisar antes de mañana.

—¿Esta noche?

—Sí. Es importante. No puedo hacerlo solo.

Hay un silencio al otro lado. Puedo imaginarla mordiéndose el labio, buscando una forma de negarse.

—No puedo.

—Hailey, es importante. Si no revisamos esto esta noche…

—He dicho que no puedo. —Su voz es firme—. Lo siento, pero no puedo ir al hotel esta noche.

Aprieto el teléfono con más fuerza de la necesaria.

—¿Es que no te atreves? ¿Tienes miedo de estar a solas conmigo?

—No. —Suena irritada ahora—. Es que de verdad no puedo. Tengo responsabilidades. Una vida fuera del trabajo. Y presentarme en el hotel a las ocho y media de la noche no está en mi contrato.

—Hailey…

—Revísalos tú mismo si es tan urgente. O espera a mañana. Pero no voy a ir. Y no vas a despedirme por esto porque sabes de sobra que es una petición poco razonable. —Hace una pausa—. Buenas noches, señor Harris.

Y me cuelga.

Me quedo de pie, mirando la cena intacta, con una mezcla de frustración y de algo que se parece mucho a la admiración.

Me ha dicho que no. Sin dudar. Sin excusas rebuscadas. Solo un no rotundo.

Y joder, eso la hace todavía más atractiva.

Dejo el teléfono en la mesa y apago las velas de un soplido. Vale. El plan A ha sido un fracaso estrepitoso. Necesito un plan B.

Pienso en lo que ha dicho. «Tengo responsabilidades. Una vida fuera del trabajo.» Ahí hay algo importante que no me cuenta, y necesito entenderlo: qué la obliga a marcharse siempre a las seis y media en punto. Qué la mantiene alejada de mí incluso cuando sé que me desea.

Me siento frente al ordenador y abro el sistema de recursos humanos del hotel. Busco su expediente. Hailey. Dirección: Queens.

No debería hacer esto. Es una intromisión en su intimidad. Es ilegal usar mi posición para acceder a su información personal.

Pero lo hago de todas formas.

Anoto la dirección en mi móvil, me pongo una chaqueta y salgo de la suite. Si no viene a mí, iré yo a ella.

El edificio de apartamentos en Queens es viejo pero está limpio.

No es el peor barrio, pero tampoco el mejor.

Es el tipo de sitio donde vive gente que trabaja duro por cada centavo.

Y odio que Hailey tenga que vivir en un lugar así cuando se merece mucho más.

Subo las escaleras hasta el tercer piso y busco el número 3B.

Cuando lo encuentro, me detengo frente a la puerta, dudando por primera vez. ¿Qué estoy haciendo? ¿Presentarme en su casa sin avisar? Esto es una locura. Solo conseguiré que me odie todavía más.

Pero ya estoy aquí. Y necesito respuestas.

Llamo al timbre.

Oigo pasos al otro lado. Pasos ligeros, pequeños. Y cuando la puerta se abre, me quedo de piedra.

Una niña me mira desde el otro lado. Tiene unos once años, pelo castaño recogido en una coleta alta, ojos avellana idénticos a los de Hailey, y lleva un pijama de unicornios.

—¿Sí? —pregunta con curiosidad.

No puedo hablar. No doy crédito a lo que estoy viendo. Hailey tiene una hija. Hailey es madre. Por eso no puede venir al hotel a las ocho y media de la noche. Por eso se marcha siempre a las seis y media en punto. Por eso…

—¡Mía! —La voz de Hailey suena desde dentro del apartamento, llena de pánico—. ¿Cuántas veces te he dicho que no abras la puerta tú sola?

Hailey aparece detrás de la niña, con una camiseta vieja y pantalones de chándal, descalza, el pelo en un moño despeinado. Parece más joven así. Más vulnerable. Más real que nunca.

Y cuando me ve, se queda paralizada.

—¿Qué…? ¿Qué haces aquí?

Suelto lo primero que me pasa por la cabeza.

—¿Estás casada?

Es lo único que me importa saber ahora mismo. Lo único que puede cambiarlo todo.

Hailey me mira como si me hubiera vuelto loco.

—¿Qué? No. Por supuesto que no.

El alivio es tan intenso que casi me marea. No está casada. La niña no es la prueba de una familia secreta. Joder, menos mal.

—Hailey, ¿quién es? —La niña, Mía, nos mira a uno y a otro, intrigada.

Me agacho para estar a la altura de la niña y le sonrío.

—Hola, Mía. Soy Drake. Un compañero de trabajo. Es un placer conocerte.

Hailey me lanza una mirada de horror absoluto.

—No es un compañero de trabajo. Es mi jefe. —Se gira hacia la niña—. Mía, ve a tu cuarto. Tengo que hablar con el señor Harris.

—Pero…

—A tu cuarto. Ahora.

Mía refunfuña algo que suena a «nunca me entero de nada interesante», pero obedece, arrastrando los pies por el pasillo hasta que una puerta se cierra.

Intento entrar en el apartamento, dar un paso adelante para ver más, pero Hailey me corta el paso.

—Ni se te ocurra.

Y entonces, antes de que pueda protestar, sale y cierra la puerta tras ella. Nos quedamos los dos en el pasillo estrecho, con la puerta cerrada a su espalda: un escudo entre su casa y yo.

—¿Cómo te atreves? —Habla bajo, cargada de furia—. ¿Cómo te atreves a presentarte en mi casa? ¿A buscar mi dirección? ¿A…?

—Necesitaba entenderte. —Me tiembla la voz más de lo que querría—. Necesitaba saber por qué huyes siempre. Por qué no puedes quedarte. Por qué…

—Pues ya lo has visto. —Cruza los brazos sobre el pecho—. Ya has visto mi vida. ¿Estás contento? ¿Es esto lo que querías saber?

La miro, la miro de verdad, y veo todo lo que no había visto antes: el cansancio en los ojos, la tensión en los hombros, el apartamento pequeño detrás de esa puerta. Una vida que está muy lejos de la mía. Una responsabilidad que no le da tregua.

—¿Crees que me asusta que tengas una hija?

Ella parpadea, confundida.

—¿Qué?

—La niña. Mía. Es preciosa. Se parece muchísimo a ti. Y si piensas que por eso voy a echarme atrás, estás muy equivocada.

—No es mi hija.

Las palabras me detienen en seco.

—¿Qué?

—Mía no es mi hija. Es mi hermana. —Hailey aparta la mirada—. Tiene once años. Yo tengo su custodia.

El mundo se reordena en mi cabeza. Su hermana. La niña es su hermana.

—¿Te ocupas tú de tu hermana?

—Sí. —Levanta la barbilla en ese gesto desafiante que ya conozco—.

Desde hace siete años soy su tutora legal.

La cuido, la mantengo, me aseguro de que vaya al colegio y tenga todo lo que necesita.

Y por nada del mundo voy a poner en peligro su estabilidad.

Por nada. Y menos por un hombre que va a aburrirse de mí en dos semanas.

Cada palabra escuece como una bofetada. Pero no me hace retroceder: me empuja a acercarme más.

—¿De verdad pensabas que eso me iba a preocupar? —Mi voz sale más suave de lo que pretendía—. ¿Qué tipo de monstruo crees que soy?

—No creo que seas un monstruo. Creo que eres rico y estás acostumbrado a una vida sin complicaciones.

Y mi vida es muy complicada, Drake. Tengo once años de complicaciones durmiendo en la habitación de al lado.

Tengo facturas que pagar y un trabajo que no puedo perder y una niña que depende de mí para todo.

Así que perdona si no encajo en tu fantasía de la secretaria sexy con la que puedes acostarte sin consecuencias.

La forma en que lo dice, con tanta convicción, con tanto dolor, me parte en dos.

—¿Sabes lo que pienso? —Doy un paso hacia ella—. Que descubrir esto solo hace que te admire más todavía.

Abre mucho los ojos. Se le entrecorta la respiración.

—¿Qué?

—Te admiro. Joder, Hailey, eres increíble. Trabajas todo el día, cuidas de tu hermana tú sola, sacas adelante una familia con veintisiete años. ¿Cómo no voy a admirarte?

Sus defensas empiezan a resquebrajarse. Le brillan los ojos, al borde de las lágrimas.

—Para. —Apenas le sale un susurro—. Por favor, para.

—¿Por qué?

—Porque no puedo hacer esto. —Las lágrimas caen ahora, silenciosas—. No puedo arriesgarme contigo solo para que desaparezcas cuando te aburras.

—No voy a aburrirme.

—Eso lo dices ahora. Pero cuando veas cómo es esto de verdad, cuando te des cuenta de que no soy la fantasía que crees que soy, vas a irte. Y no puedo permitirlo.

Me mira con los ojos anegados y me muero por abrazarla, por decirle que todo va a ir bien, que no voy a irme, que pienso cuidar de ella y de su hermana. Que esto es real.

Pero no puedo, porque no me va a creer. Las palabras no bastan para demostrar eso.

—Por favor. —Su voz se quiebra—. Por favor, Drake, déjanos en paz. Vete. Y mañana en el trabajo fingiremos que esto no ha pasado. ¿Vale? Ahora… vete.

Y ahí está otra vez: ese muro infranqueable entre nosotros, ese miedo que no consigo atravesar.

Tengo que cambiar de estrategia: demostrarle con hechos, no con palabras, que puede confiar en mí.

Pero ahora mismo, en este pasillo, mientras la veo emocionarse, lo único que puedo hacer es darle el espacio que necesita.

—Vale. —Retrocedo un paso—. Me voy.

Se le nota tanto el alivio en la cara que duele.

—Gracias.

Me giro y camino hacia las escaleras notando su mirada en la espalda. Bajo los tres pisos despacio, asimilando todo lo que acaba de pasar.

Hailey cuida de su hermana pequeña. Sola. Desde hace siete años. Eso significa que tenía veinte cuando asumió la custodia. Casi una niña ella también.

Y lo ha sostenido sin ayuda todo este tiempo: trabaja, paga facturas, ejerce de madre y de hermana a la vez. Lo ha sacrificado todo por esa niña, incluida cualquier posibilidad de tener una vida propia.

Salgo del edificio y camino por la calle oscura hacia donde he dejado el coche. El aire de la noche me golpea, pero apenas lo noto.

Solo puedo pensar en ella: en su apartamento pequeño, en cómo se marcha corriendo del hotel cada día a las seis y media para llegar a casa con su hermana, en los tápers que se trae para ahorrar, en que cada centavo cuenta porque tiene una niña que alimentar, vestir y educar.

Y lo único que he hecho yo es acosarla, intentar seducirla, añadirle complicaciones a una vida que ya tiene de sobra.

Subo al coche, pero no arranco. Me quedo sentado, con las manos en el volante, rendido de admiración por Hailey.

Es la mujer más fuerte y más valiente que he conocido nunca.

Y lo único que quiero es cuidarlas. A las dos. Quiero quitarle esa carga de los hombros, que sepa que no tiene que hacerlo sola. Que puede contar conmigo.

Pero ¿cómo?

¿Cómo le demuestro que voy en serio cuando tiene todas las razones del mundo para no creerme? ¿Cómo le demuestro que no soy como su padre? ¿Que no voy a largarme cuando esto se ponga difícil?

No lo sé.

Pero voy a averiguarlo.