Mi jefe provocador (Jefes Insoportables 6) PRÓLOGO
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PRÓLOGO

LAUREN

El chirrido metálico de la persiana al bajar resuena como una sentencia final.

Mis dedos se crispan alrededor del frío metal mientras el peso de la realidad me aplasta tanto como este trozo de acero oxidado que desciende por última vez.

El letrero de «Vintage una carcajada se me escapa, áspera pero sincera. Esta es Iris, mi salvavidas, la mujer que ha estado conmigo en cada paso del desastre que ha sido mi vida adulta. La que, sin tener ninguna obligación, decidió criar a Luna conmigo cuando apenas nos conocíamos.

—¿Qué haría yo sin ti? —le pregunto mientras giro la llave en la cerradura por última vez.

—Probablemente tener un trabajo aburrido en alguna oficina con fotocopiadora y cafetera automática —contesta ella, enganchando su brazo con el mío mientras comenzamos a caminar calle abajo—. Nada de bancarrotas glamurosas.

El aire húmedo de Seattle me pega el pelo a la cara. Debería sentirse como un hogar, esta ciudad donde nací, donde viví con mis padres. Pero nunca ha dejado de sentirse como un exilio autoimpuesto. A pesar de que siempre creí que lo que quería era regresar.

—Aún nos queda una hora antes de tener que ir a recoger a Luna —dice Iris, consultando su reloj con pulsera de cuentas—. Tiempo suficiente para un café de consolación. Uno que no hayamos tenido que preparar nosotras, para variar.

Asiento, agradecida por la distracción. Pensar en Luna siempre me centra, me recuerda que por muy mal que estén las cosas, tengo a la persona más importante del mundo esperándome.

Mi pequeña de seis años, ajena al desastre financiero que sufrimos, probablemente dibujando unicornios con su característica concentración, inclinando la cabeza exactamente como lo hacía... él.

El pensamiento viene sin avisar, como un golpe bajo.

Aunque tampoco es como si su recuerdo se hubiese desvanecido nunca.

Nos dejamos caer en los asientos de plástico de una cafetería cualquiera, de esas franquicias impersonales contra las que intentábamos competir. La ironía no se me escapa.

—Vale, vamos a hablar del elefante en la habitación —dice Iris después de que nos sirvan un par de lattes que saben a agua sucia comparados con los nuestros—. Opciones. ¿Cuáles tenemos?

—¿De verdad quieres que las enumere? —Soplo sobre mi café—. Porque es una lista muy corta. Tan corta que es inexistente.

—Sabes que hay una opción —dice Iris con cautela, como quien intenta acariciar a un gato arisco—. Una que lleva años esperándonos.

Mi estómago se contrae.

—No empieces.

—Lauren...

—No puedo volver a Sunset Valley —digo automáticamente, mientras un escalofrío recorre mi columna—. No puedo arriesgarme a que Cole vea a Luna y se dé cuenta de quién es. Y no puedo... —trago saliva—. No puedo volver a verle.

Iris me observa con esos ojos que parecen leerme el pensamiento. Después de siete años criando juntas a Luna, conoce mis secretos mejor que yo misma.

—¿Qué alternativa tenemos? —pregunta con suavidad—. El alquiler del apartamento vence en dos semanas. Pronto empezarán a llamar por las deudas de la cafetería. Y Luna necesita estabilidad.

Mi preciosa niña.

Luna. Su existencia siempre actúa como un ancla en medio de la tormenta.

—Lo sé —admito, pasándome una mano por el pelo—. Pero volver allí... volver a ver a Cole...

—Igual está casado y no te dice nada —sugiere Iris—. Podría tener tres hijos y una esposa perfecta a estas alturas.

«Con Luna serían cuatro hijos». La corrijo mentalmente.

La idea me golpea con una punzada de dolor que me sorprende por su intensidad. Después de siete años, debería darme igual. No debería dolerme imaginarle formando una familia con otra.

Pero me duele. Como el infierno.

—O mejor aún —continúa Iris, que obviamente ha notado mi reacción—. Podría haberse quedado calvo. O haber desarrollado una adicción a los jerséis de rombos.

Una risa involuntaria burbujea en mi garganta.

—Cole Wellington con jersey de rombos. Eso sería digno de ver.

—O podría haberse vuelto obeso —sigue Iris, claramente envalentonada por mi sonrisa—. Ya sabes, de esos que no pueden ver sus propios pies.

—Vale, para —le digo, pero estoy sonriendo—. Es cruel desear la obesidad a alguien.

—¿Más cruel que romperle el corazón a una adolescente el día después de acostarse con ella por primera vez?

Y ahí está. La verdad cruda que siempre duele, por mucho tiempo que pase.

Me quedo en silencio y sopeso nuestras posibilidades, que en realidad es lo único que de verdad importa.

—Tienes razón —digo después de un largo silencio—. No nos queda otra opción.

Iris me mira, sorprendida por mi rendición.

—¿Entonces vamos a…?

—Llamar a mi tía Helen —completo, sintiendo un extraño alivio al decirlo en voz alta—. Preguntarle si su oferta sigue en pie. Si aún necesita ayuda en la librería. Si aún quiere conocer a su sobrina-nieta en persona.

Iris da palmadas, entusiasmada como una niña.

—¡Sí! ¡El trío dinámico se muda al salvaje Oeste!

—Montana no es el Oeste, Iris.

—Todos los sitios con vaqueros son el Oeste para una chica de Portland —declara con absoluta convicción—.

Ya estoy visualizando nuestra cafetería vintage en Main Street.

Será perfecta. La llamaremos «Vintage Valley».

Ahora solo nos hace falta trabajar durante meses como unas mulas para conseguir el dinero suficiente y poder abrirla.

A pesar de todo, su entusiasmo es contagioso.

Por un momento, me permito imaginarlo: un espacio acogedor cerca de la librería de mi tía, con muebles rescatados y tazas de colección.

Luna creciendo en un lugar donde todos se conocen, donde puede ir en bici sin que me dé un infarto, donde el aire huele a pino y no a tubos de escape.

Un lugar en el que yo fui feliz, aunque no me di cuenta hasta que lo abandoné.

Pero entonces, como un nubarrón en el horizonte, aparece él.

—¿Y si Cole se da cuenta? —pregunto en voz baja—. Luna tiene sus gestos, Iris. La forma en que inclina la cabeza cuando dibuja. Cómo se pasa la mano por el pelo cuando algo la frustra. Su risa... Dios, su risa es idéntica.

Iris cubre mi mano con la suya.

—Entonces, cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él. Juntas. Como siempre.

Asiento, agradecida por tenerla. Mi familia elegida.

—Además —continúa con una sonrisa traviesa—, si Cole Wellington resulta seguir siendo el mismo capullo egocéntrico de hace siete años, siempre puedo echarle una maldición. Tengo nuevos cristales muy potentes.

Pongo los ojos en blanco.

—Por favor, nada de cristales ni cartas de tarot ni «limpiezas energéticas» cuando lleguemos. La gente ya pensará que somos lo bastante raras.

—Prometo limitar mis rituales al apartamento —dice, levantando solemnemente su mano—. A menos que la situación requiera una intervención cósmica de emergencia.

Consulto mi reloj. Casi es la hora de recoger a Luna.

—Vamos. Tenemos que contarle a una niña de seis años que nos mudamos a un pueblo donde la población de vacas supera a la de personas.

—¡Se va a volver loca! —exclama Iris, dejando un billete bajo su taza—. Lleva meses obsesionada con los caballos y los vaqueros desde que vio esa película de Disney.

Mientras salimos a la llovizna persistente de Seattle, una sensación extraña se instala en mi pecho. Miedo, sí. Incertidumbre, por supuesto. Pero también algo más.

Algo que se parece peligrosamente a la esperanza.

Sunset Valley. Voy a volver a casa. Y esta vez, lo hago con la única parte de Cole que me llevé conmigo. La única que él nunca supo que existía.

Y por supuesto. No tengo ningún interés de volver a verle.

Que Dios me ayude.

FIN