CAPÍTULO 15
DRAKE
Son las seis y media del lunes cuando, por la puerta abierta de mi despacho, veo a Hailey apagar el ordenador y coger el bolso. Está huyendo de mí como si fuera el diablo.
Y se acabó.
Me levanto de mi silla y camino hacia su despacho antes de que pueda escaparse. Entro, cierro la puerta tras de mí y echo el pestillo.
Ella se gira, sobresaltada, con el bolso colgado del hombro.
—Señor Harris, yo…
—No. —Levanto una mano—. Ni se te ocurra llamarme señor Harris ahora mismo.
—Tengo que irme. Llego tarde a…
—No vas a ninguna parte. —Avanzo hacia ella. No es una amenaza. Es un hecho, y, por cómo abre los ojos, lo sabe.
Retrocede un paso, luego otro, hasta que el escritorio le corta la retirada. Se queda ahí acorralada, y por un momento pienso que va a plantarme cara. Que va a exigir que abra la puerta y la deje marchar. Pero entonces deja el bolso sobre la mesa y se cruza de brazos.
—¿Qué quieres?
Me tutea por primera vez y ni siquiera parece darse cuenta.
—Respuestas. —Acorto la distancia entre nosotros—. Llevo desde que comenzamos a trabajar juntos intentando acercarme a ti y viéndote huir. No pensaba que fueras a ser capaz de resistirte tanto.
—Pues ya ves que sí.
—¿Por qué? —Me detengo justo frente a ella, tan cerca que puedo ver cómo se le dilatan las pupilas—. ¿Por qué huyes cuando ambos sabemos lo que hay entre nosotros?
—No hay nada entre nosotros.
—Mentira. —Bajo la voz—. Noto cómo se te acelera el pulso cada vez que me acerco. Cómo se te entrecorta la respiración cuando te toco. Cómo tiemblas cuando susurro tu nombre.
Ella aparta la mirada, pero no retrocede.
—Eso no significa nada.
—Significa que me deseas tanto como yo a ti. Y puedes seguir negándolo todo lo que quieras, pero tu cuerpo no miente, Hailey.
—La atracción física no lo es todo.
—No, pero es un comienzo. —Alargo la mano y rozo su brazo con los dedos, y la veo estremecerse—. ¿Ves? Así es como reaccionas. Exactamente así.
Hailey se aparta, pone distancia entre nosotros, y en sus ojos asoma algo que no había visto antes. No es solo resistencia. Es miedo.
—Tienes que dejar de intentarlo.
—¿Por qué? Si sientes lo mismo que yo...
—Porque no puedo fiarme de ti. —Las palabras salen rápidas, cargadas de emoción—. No puedo fiarme de un hombre como tú.
Eso me detiene en seco.
—¿Un hombre como yo?
—Un mujeriego encantador que cree que puede conseguir todo lo que quiere con una sonrisa y unas cuantas palabras bonitas. —Suelta una risa amarga—. Conozco a hombres como tú. Los conozco demasiado bien.
—No sabes nada de mí.
—Sé lo suficiente. —Se abraza a sí misma, como si quisiera protegerse—.
Sé que eres rico, que eres atractivo, que estás acostumbrado a que las mujeres caigan rendidas a tus pies.
Sé que probablemente has tenido más amantes de las que puedes recordar.
Y sé que en cuanto consigas lo que quieres de mí, te aburrirás y pasarás a la siguiente.
Sus palabras se me clavan más hondo de lo que esperaba.
—Eso no es justo.
—¿No? —Me mira con esos ojos que están demasiado brillantes—. Entonces dime que me equivoco. Dime que no eres exactamente ese tipo de hombre.
Quiero decirle que se equivoca. Quiero decirle que soy diferente, que con ella es diferente. Pero no puedo. Porque tiene razón. Era exactamente ese tipo de hombre. Hasta hace muy poco.
—Yo ya no soy así… —empiezo, pero ella me interrumpe.
—Ahórrate la excusa. Sé que te atraigo. Sé que quieres acostarte conmigo otra vez. Pero yo soy algo más que un chocho con patas, señor Harris.
La expresión me sorprende tanto que casi me río. Casi. Esa sinceridad sin filtros me desarma por completo.
—Lo sé. Joder, Hailey, claro que lo sé.
—¿Ah, sí? —Levanta la barbilla en un gesto desafiante—. Porque lo único que has hecho esta semana es intentar seducirme. Tocarme. Acercarte demasiado. Susurrar cosas con doble sentido. ¿Y sabes qué? Funciona. Funciona porque te deseo. Pero el deseo no es suficiente.
Doy un paso hacia ella, incapaz de mantenerme alejado.
—¿Qué quieres entonces?
—Nada de ti. —Pero su voz tiembla al decirlo—. Si supieras realmente cómo es mi vida, cómo soy yo, no me perseguirías. No valdría la pena.
—Déjame decidir eso.
—No. —Niega con la cabeza—. Porque conozco el final de esta historia. La he vivido. Mi padre era como tú.
Eso me deja helado.
—¿Tu padre?
—Sí. Era un mujeriego encantador que hacía promesas que nunca cumplía. Que miraba a mi madre como si fuera lo más importante del mundo y luego se acostaba con cualquier mujer que se le cruzara. —Se le quiebra la voz—. Nos destrozó. A todas.
Hay tanto dolor en esas palabras que no sé qué hacer con él.
—Hailey...
—No. —Levanta una mano—. No me digas que eres diferente. No me digas que tú no eres así. Porque lo eres. O lo eras. Y no voy a arriesgarme a descubrir si has cambiado de verdad o si solo estás fingiendo hasta que consigas lo que quieres.
—Ya no hago eso. —Lo digo sin dudar, sin parpadear—. Ya no me acuesto con todo lo que se mueve. He cambiado.
Ella se queda mirándome, y veo la batalla en sus ojos. La parte que quiere creerme lucha contra la parte que sabe que no debería.
—¿Por qué? —pregunta al fin—. ¿Por qué has cambiado?
—Porque… —Me paso una mano por el pelo en busca de las palabras—. Porque me di cuenta de que estaba vacío. Todo ese sexo sin conexión, sin significado… me estaba matando por dentro. Y entonces te conocí.
—Solo hemos compartido una noche. —Suena escéptica—. Una sola noche no cambia a una persona.
—No, pero me mostró que podía ser diferente. Que se podía sentir más. —Doy otro paso hacia ella—. Contigo fue diferente, Hailey. No sé cómo explicarlo, pero lo fue.
Traga saliva. Sus defensas empiezan a resquebrajarse.
—No puedo hacer esto. —Casi no la oigo—. No puedo ser otra muesca en tu cabecero. Otra historia que contar en el bar. Otra…
—No lo serías. Joder, Hailey, ¿es que no lo ves? —Me acerco lo suficiente para tocarla, pero no lo hago. Todavía no—. No he podido dejar de pensar en ti desde aquella noche. Contraté a un detective privado para encontrarte, joder. ¿Crees que hago eso por cada mujer con la que me acuesto?
Abre mucho los ojos.
—Estaba desesperado. Te habías ido y no tenía forma de encontrarte. No sabía tu nombre, no sabía nada de ti, y me estaba volviendo loco.
Por un momento, solo por un momento, se le suaviza la expresión. Pero luego vuelve a levantar esas paredes, más altas que antes.
—Eso solo demuestra que estabas obsesionado con el sexo. Con repetir lo que pasó aquella noche.
—No. —Niego con la cabeza—. Estaba obsesionado contigo. Con tu risa. Con la forma en que me mirabas. Con cómo hablábamos durante horas sin aburrirnos. Con…
—Para. —Cierra los ojos—. Por favor, para.
—¿Por qué?
—Porque estás diciendo exactamente lo que quiero oír. —Abre los ojos y hay lágrimas en ellos que se niega a dejar caer—. Y no puedo permitirme creerte.
El silencio cae entre nosotros, pesado, cargado de todo lo que callamos.
—Si no quieres estar cerca de mí, si realmente crees que soy tan peligroso para ti, ¿por qué no te vas? —pregunto pensando que eso me va a dar la razón. En el fondo no se quiere alejar de mí—. Podrías encontrar otro trabajo. Podrías...
—No puedo irme. —Lo dice tan deprisa que suena a confesión.
—¿Por qué no?
Desvía la mirada, y veo cómo lucha consigo misma. Hay algo que no me está contando. Algo importante.
—No puedo. Simplemente no puedo.
—Hailey...
—Por favor. —Me mira otra vez, y esta vez las lágrimas amenazan con caer de verdad—. Por favor, déjame en paz. Deja de intentarlo. Deja de… de hacerme sentir lo que no me puedo permitir.
Cada palabra es una pedrada.
—No puedo. —La voz me sale ronca—. No puedo dejarte en paz cuando no pienso en otra cosa. Cuando…
—Tienes que hacerlo. —Coge su bolso, desesperada por escapar—. Porque yo no voy a ceder. No importa cuánto lo intentes. No importa cuánto me tientes. No voy a ser como mi madre. No voy a enamorarme de un hombre que me va a destrozar.
Y antes de que pueda detenerla, de que pueda decir nada más, descorre el pestillo de un tirón, abre la puerta y sale.
No la sigo. Porque sé que presionarla ahora solo va a empeorarlo todo.
Me quedo ahí de pie en su despacho vacío, dándole vueltas a todo lo que acaba de pasar. Todo lo que me ha dicho.
Su padre era un mujeriego. La destrozó a ella y a su madre. Hailey no puede fiarse de hombres como él. Como yo.
Joder.
Vuelvo a mi despacho, me dejo caer en la silla y me aprieto los ojos con la base de las manos.
Lo he hecho todo mal. Todo.
He intentado seducirla con toques y palabras cargadas de deseo, tentarla recordándole lo mucho que disfrutamos aquella noche, hacerla ceder a la atracción física.
Pero Hailey no va a caer por el deseo. No cuando tiene tanto miedo de repetir los errores de su madre. No cuando asocia a los hombres como yo con dolor y traición.
Y tiene razón. Tiene toda la puta razón.
Lo único que le he estado ofreciendo es sexo. Tentación. Mi cuerpo. Pero no le he ofrecido lo que necesita. Lo que quiere.
Seguridad. Confianza. La prueba de que no soy como su padre.
Me recuesto, miro al techo y dejo que todo encaje en mi cabeza.
Si quiero a Hailey, y joder, la quiero más de lo que he querido nunca nada, tengo que cambiar de estrategia de arriba abajo. Tengo que dejar de intentar seducirla y empezar a conocerla de verdad.
Tengo que demostrarle que me interesa ella como persona: su vida, sus sueños, sus miedos, todo lo que la hace ser quien es.
Tengo que demostrarle que no soy el hombre que cree que soy. O que ya no lo soy. Que he cambiado. Que puedo ser alguien en quien confiar.
Y joder, no tengo ni idea de cómo hacer eso. Porque nunca he intentado conocer de verdad a una mujer. Ninguna me ha importado nunca lo suficiente como para intentarlo.
Pero con Hailey… con ella quiero saberlo todo. Quiero saber por qué no puede dejar este trabajo, qué la hace reír, qué la asusta, cómo puedo demostrarle que conmigo está a salvo.
Es la primera mujer a la que he querido conocer de verdad. La primera que me importa más allá del sexo.
Y eso me aterroriza tanto como me emociona.
Me enderezo, cojo una libreta y empiezo a hacer una lista de todo lo que sé de ella. Todo lo que he observado desde que ha comenzado a trabajar conmigo. Los pequeños detalles que he ido recogiendo.
Llega siempre puntual. Se va siempre a la hora en punto.
Nunca se queda ni un minuto más de lo necesario, lo que significa que algo o alguien la espera.
Trae su propia comida de casa en tápers, nunca compra en el restaurante del hotel, lo que sugiere que está controlando gastos.
Viste bien pero con ropa que no es cara.
Y hay algo más. Algo que ha dicho antes que no puedo quitarme de la cabeza.
«Nos destrozó. A todas.»
Todas. Plural.
No solo a ella y a su madre. Hay alguien más. Alguien importante.
Y por alguna razón, ese detalle me dice que en la vida de Hailey hay mucho más de lo que ella deja ver.
Necesito descubrirlo, entenderla, que confíe en mí lo suficiente como para contarme su historia.
Y para eso, tengo que dejar de comportarme como un mujeriego empeñado en marcar otra conquista. Tengo que empezar a comportarme como un hombre que quiere algo real con una mujer real.
Como alguien que se está enamorando.
Porque eso es lo que está pasando, me doy cuenta de golpe. Me estoy enamorando de Hailey. De su fuerza, de su resistencia, de cómo lucha por lo que cree incluso cuando sé que le cuesta, de su inteligencia, de su sinceridad brutal. De todo lo que es.
Y no voy a rendirme. Me lleve el tiempo que me lleve. Tenga que cambiar lo que tenga que cambiar.
Voy a demostrarle que puede confiar en mí. Que no soy como su padre. Que lo que hay entre nosotros vale la pena arriesgarse.
Hailey está resultando ser el mayor reto de mi vida.
Y yo siempre he sido bueno con los retos.
La quiero para mí. No solo su cuerpo. No solo el sexo increíble que sé que tendremos otra vez. La quiero a ella. Toda ella.
Y voy a conseguirla.
Solo tengo que averiguar cómo.