Mi jefe provocador (Jefes Insoportables 6) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

DRAKE

—Hailey, ¿puedes venir un momento?

El tecleo al otro lado de la puerta entreabierta se corta de golpe: ese medio segundo en que sé que está armándose de valor. Luego entra, con la libreta cogida como si fuera un escudo y esa expresión profesional que me está volviendo loco.

—¿Sí, señor Harris?

Señor Harris. Como si no la hubiera tenido desnuda en mi cama hace un mes. Como si no me supiera de memoria cómo gime cuando se corre.

—Necesito que revises estos contratos conmigo. Ven, siéntate aquí.

—Puedo revisarlos desde mi despacho y...

—Prefiero que lo hagamos juntos. —La miro a los ojos—. Para asegurarme de que entiendes todos los detalles.

Veo cómo traga saliva. Cómo sus dedos se tensan sobre la libreta. Pero viene. Rodea el escritorio y se sienta en la silla que he acercado a la mía, manteniendo toda la distancia que puede.

No es suficiente distancia.

Me inclino hacia ella para señalar una cláusula del contrato, lo bastante cerca para olerle el perfume. Ese mismo olor que no he podido quitarme de la cabeza. Vainilla y algo más suave que me nubla el juicio.

—¿Ves esta parte? —Mi brazo roza el suyo—. Es crucial que...

—Lo veo. —Su voz suena tensa—. Puedo leerlo desde aquí.

—¿Segura? Porque puedo acercarme más. —Bajo el tono hasta que casi es un susurro—. Para que lo veas mejor.

Ella aparta la mirada del documento y me mira de frente. Sus ojos avellana relampaguean, quizá de enfado, pero debajo veo el deseo. Lo veo clarísimo.

—Puedo verlo perfectamente, señor Harris.

Sonrío.

—Me alegro, Hailey.

La media hora siguiente se nos va en contratos, y ella mantiene esa profesionalidad impecable que me tiene contra las cuerdas. No se acerca. No cede ni un milímetro. Pero tiembla. Apenas, casi nada, pero tiembla cuando mi mano roza la suya al pasar una página.

Y eso me dice todo lo que necesito saber.

Miércoles, 2:15 PM

—Hailey, acompáñame a esta reunión.

Levanta la vista de su ordenador, sorprendida.

—¿La reunión con los proveedores de lencería? No está en mi agenda acompañarle.

—Cambio de planes. Necesito que tomes notas. —Me pongo la americana—. Vamos.

La reunión es en una de las salas pequeñas de la tercera planta. Nos sentamos en un lado de la mesa, los proveedores en el otro, y durante toda la hora que dura me dedico a torturarla de formas que nadie más nota.

Apoyo el brazo en el respaldo de su silla. Le rozo el hombro con los dedos cada vez que me muevo. Cuando me inclino a susurrarle algo sobre las cifras, hablo casi pegado a su oído.

—¿Qué opinas de estos números? —pregunto en voz baja, solo para ella.

—Parecen razonables. —Su voz sale más aguda de lo normal.

—¿Razonables? —Dejo que mi aliento le roce el cuello—. Necesito más que eso, Hailey. Necesito que me des tu opinión real.

La veo cerrar los ojos un instante, como si hiciera acopio de fuerzas.

—Creo que podemos negociar un cinco por ciento menos en el coste por unidad si nos comprometemos a un pedido anual en lugar de trimestral.

Inteligente. Joder, es tan inteligente que me pone todavía más.

—Perfecto. —Le doy un apretón suave en el hombro—. Eso es exactamente lo que quería oír.

Cuando la reunión termina y salimos de la sala, ella sale disparada hacia los ascensores. La sigo, disfrutando de la vista: la espalda recta, los hombros tensos, ese caminar de quien teme que la alcancen.

Y debería tener miedo. Porque la estoy cazando y ambos lo sabemos.

Jueves, 4:00 PM

La encuentro en la sala de archivos del sótano, buscando expedientes antiguos que le he pedido que revise. Está de puntillas, estirándose para alcanzar una carpeta en un estante alto, y la imagen hace que se me tense todo el cuerpo.

Joder. Es una auténtica diosa.

—Déjame ayudarte. —Entro en la sala y cierro la puerta tras de mí.

Ella se gira, sobresaltada, y baja los brazos.

—No hace falta. Puedo...

Pero ya estoy ahí, justo detrás de ella, tan cerca que le rozo la espalda con el pecho. Alargo el brazo por encima de su cabeza y cojo la carpeta que estaba intentando alcanzar.

—¿Esta? —pregunto, sin moverme, atrapándola entre mi cuerpo y el archivador.

—Sí. —Su respiración se acelera; se le nota a simple vista—. Gracias.

—De nada. —No me aparto. Bajo la voz hasta convertirla en algo íntimo—. ¿Sabes? Podrías pedirme ayuda más a menudo. Me gusta ayudarte.

—Puedo arreglármelas sola.

—Ya lo veo. —Bajo la carpeta pero no se la doy todavía—. Eres muy buena arreglándotelas sola, ¿verdad? Muy independiente. Muy… controlada.

Se da la vuelta para mirarme y es un error por su parte. Ahora estamos cara a cara, a centímetros de distancia, y puedo ver cada detalle de su rostro. El rubor en sus mejillas. Cómo se muerde el labio inferior. El pulso acelerado en su cuello.

—Señor Harris…

—Drake. —Apoyo una mano en el archivador, junto a su cabeza, acorralándola—. Dime que no sientes esto.

Sus ojos se agrandan.

—No sé de qué habla.

—Sí que lo sabes. —Me acerco un poco más—. Sientes exactamente lo mismo que yo. Y puedes seguir fingiéndolo todo lo que quieras, pero tu cuerpo te delata.

—Mi cuerpo no...

—Estás temblando. —Bajo la mirada a sus manos, que sujetan otra carpeta con los nudillos blancos de tanto apretar—. Como temblabas aquella noche cuando te toqué. ¿Lo recuerdas, Hailey?

La garganta se le mueve al tragar. Cierra los ojos más de la cuenta.

—Tengo trabajo que hacer.

Me aparto para darle espacio, no sin antes rozarle la mano al entregarle la carpeta.

—Claro. No quiero entretenerte. —Sonrío—. Pero Hailey… tarde o temprano vas a dejar de huir.

Salgo de la sala de archivos con el cuerpo tan tenso que casi duele. Esto me está matando. Cada rechazo, cada vez que se escurre, cada puto «señor Harris» que sale de esos labios que quiero besar hasta borrárselo de la boca.

Pero también me excita como no sabría explicar. Su resistencia. Su tenacidad. Su manera de luchar contra lo que ambos sabemos que es inevitable.

Hailey Taylor es la mujer más sexy, frustrante y difícil que he conocido nunca.

Y la deseo con una intensidad que roza la obsesión.

Viernes, 11:30 PM

Estoy tumbado en mi cama, en la oscuridad de mi suite, despierto del todo y frustrado a rabiar.

Ha pasado casi una semana desde que descubrí que mi mujer fantasma trabaja para mí. Una semana buscando excusas para tenerla cerca. Una semana de roces calculados, de palabras con doble sentido, de miradas que duran demasiado.

Y ella sigue resistiéndose.

Pero la deseo más ahora que antes. Cada rechazo aviva el fuego. Cada vez que tiembla bajo mis dedos y luego huye, pierdo un poco más la cabeza.

Me bajo los pantalones del pijama sin pensarlo demasiado y cierro la mano alrededor de mi erección. No puedo seguir así. Necesito un alivio, aunque sea pasajero.

Cierro los ojos y la veo al instante. Hailey entrando en mi despacho. Hailey cerrando la puerta con pestillo. Hailey caminando hacia mí con esa mirada que esconde bajo su máscara profesional, esa mirada de puro deseo que he visto destellar en sus ojos cuando nos acostamos juntos.

En mi fantasía no huye. En mi fantasía viene hacia mí, se sienta en el borde de mi escritorio y me mira con esos ojos que son mi perdición.

«Deja de hacerte la difícil», le diría. «Dime lo que quieres.»

«Te quiero a ti», respondería ella. «Te he querido desde aquella noche.»

Aprieto la mano y acelero el ritmo mientras imagino cómo la levantaría hasta sentarla en el escritorio. Cómo le quitaría esa falda de tubo que llevo maldiciendo toda la semana. Cómo le abriría las piernas y me arrodillaría entre ellas.

«Drake...» gemiría, con esa voz que solo usa cuando pierde el control.

Le quitaría las bragas despacio, torturándola como ella me ha estado torturando toda la semana. Le besaría los muslos con mordiscos suaves y la escucharía suplicar.

«Por favor...»

«¿Por favor qué, Hailey? Dímelo.»

«Por favor, tócame.»

Y lo haría. Joder, cómo lo haría. Pondría la boca en ella y buscaría con la lengua ese punto que la hace temblar. La saborearía como he querido hacerlo cada puto día desde que la tuve por primera vez. Sus manos se enredarían en mi pelo, sus muslos temblarían a cada lado de mi cara.

«Mírame», le ordenaría, y cuando abriera esos ojos avellana y me mirara, aumentaría la presión, lamiendo y chupando hasta que gritara mi nombre.

Muevo la mano más rápido, con la respiración entrecortada, perdido del todo en la fantasía. La imagino corriéndose en mi boca, temblando, gimiendo mi nombre una y otra vez mientras la sujeto contra el escritorio.

Y entonces me levantaría, me bajaría los pantalones, y la follaría justo ahí, en mi escritorio, haciendo que olvide todas las razones por las que cree que esto es mala idea.

El orgasmo me golpea con una intensidad brutal. Me corro en mi mano con un gemido ahogado, su nombre en mis labios, el cuerpo rígido unos segundos antes de desplomarme contra las almohadas.

Joder.

Me quedo ahí tumbado hasta recuperar el aliento, mirando al techo en la oscuridad.

Esta ha sido la mejor paja de mi vida y ha sido con una fantasía.

No ha sido real.

Pero va a serlo. El lunes voy a acabar con esta mierda. No puedo seguir así. No puedo pasar ni un día más viendo cómo se me escapa, cómo finge que no hay nada entre nosotros, cómo tiembla cada vez que la toco y luego actúa como si no hubiera pasado nada.

Sé que me desea. Lo veo en sus ojos. En cómo se le acelera la respiración cuando me acerco. En cómo se muerde el labio cuando cree que no la estoy mirando.

El lunes voy a hacer que lo confiese. Voy a hacer que admita que esto es real, que lo siente tanto como yo.

Y entonces voy a hacer que se deje llevar.

Porque Hailey puede ser tenaz y difícil y la mujer más frustrante que he conocido nunca.

Pero también es mía. Lo fue aquella noche y lo va a ser otra vez.

Solo tengo que convencerla de ello.