CAPÍTULO 13
HAILEY
Al día siguiente llego al trabajo con una estrategia clara: evitar a Drake todo lo posible.
Claire me ha dejado una lista de tareas en mi escritorio y un mensaje diciendo que tiene cita con el médico por la mañana. Perfecto. Puedo concentrarme en el trabajo, en seguir aprendiendo el sistema, en hacer todo lo que se supone que debo hacer sin tener que enfrentarme a él.
Estoy revisando el calendario de reuniones cuando la puerta de mi despacho se abre sin que nadie llame.
Y ahí está él.
Drake entra como si fuera el dueño del sitio.
Bueno, técnicamente es el jefe, pero él se mueve con esa confianza despreocupada de alguien que nunca ha tenido que pedir permiso para nada.
Lleva un traje gris oscuro sin corbata, los dos primeros botones de la camisa blanca abiertos, y esa sonrisa de medio lado que hace que se me altere la respiración al instante.
Nadie debería ser tan guapo.
—Buenos días, señorita Taylor. —Se apoya en el marco de la puerta y se cruza de brazos—. ¿Lista para su segundo día conmigo?
Sonrío con mi mejor cara profesional e ignoro cómo se me acelera el pulso.
—Buenos días, señor Harris. Estaba revisando su agenda. Tiene una reunión con el jefe de mantenimiento a las diez y...
—Cambio de planes. —Se aparta del marco, entra en mi despacho y se acerca demasiado a mi escritorio—. Vamos a hacer un recorrido por el hotel, juntos.
Parpadeo, sin acabar de creérmelo.
Es una idea terrible que no puedo permitir que suceda.
—Eso... eso no está en la agenda.
—Ya. Por eso se llama cambio de planes. —Su sonrisa se ensancha—. Vas a tener que acostumbrarte a la improvisación estando conmigo, Hailey. Es lo más divertido de la vida.
La forma en que dice mi nombre, sin el «señorita Taylor» formal, hace que se me erice la piel. Y su manera de mirarme, con ese brillo divertido en los ojos grises, hace que quiera salir corriendo de aquí.
Pero no puedo. Porque él es mi jefe y este es mi trabajo y tengo que mantener la compostura aunque me esté muriendo por dentro.
—¿Algún problema? —pregunta, ladeando la cabeza, y su tono suena a desafío.
Sonrío. Una sonrisa profesional, fría, que no me llega a los ojos.
—Ninguno, señor Harris.
—Perfecto. —Se da la vuelta y camina hacia la puerta—. Pues vamos. No tenemos todo el día.
Me levanto de la silla con las rodillas flojas y cojo la libreta y un bolígrafo. Profesional. Puedo ser profesional. Es solo un recorrido por el hotel. ¿Qué puede pasar?
Resulta que mucho. Que puede pasar mucho.
Porque en cuanto salimos de mi despacho, Drake me pone la mano en la parte baja de la espalda. No es un toque inapropiado. No es nada que pudiera denunciar a recursos humanos. Es solo una mano guiándome, el tipo de gesto que un jefe podría hacer con cualquier empleado.
Excepto que no es cualquier empleado. Soy yo. Y esa mano en mi espalda me está quemando a través de la tela de la blusa.
Caminamos hacia los ascensores y él no aparta la mano. Mantiene los dedos ahí, firmes, cálidos, y el calor me sube por toda la columna. Me esfuerzo por respirar con normalidad, por no reaccionar, en actuar como si no pasara nada.
—Empezaremos por la cocina. —Drake pulsa el botón del ascensor—. El chef ejecutivo es italiano, tiene un temperamento de mil demonios, pero es el mejor de Manhattan. Te va a encantar.
—Estoy segura. —Mi voz suena tensa incluso a mis propios oídos.
Las puertas del ascensor se abren y entramos.
El espacio es pequeño, íntimo, y Drake sigue sin apartar la mano de mi espalda.
De hecho, cuando las puertas se cierran, se acerca un poco más, hasta que puedo oler su colonia.
Esa misma colonia que llevaba aquella noche.
Madera y algo especiado que hace que mi cerebro se cortocircuite.
—¿Nerviosa? —pregunta en voz baja, y cuando lo miro está sonriendo.
—¿Por qué iba a estar nerviosa?
—No lo sé. Dímelo tú. —Se encoge de hombros, pero sus ojos dicen bien a las claras que sabe de sobra por qué estoy nerviosa—. Es solo un trabajo, ¿no?
Las puertas se abren antes de que pueda responder y Drake me guía fuera del ascensor con esa mano todavía en mi espalda. Caminamos por un pasillo hasta unas puertas dobles que dan a la cocina, y en cuanto entramos nos recibe un caos organizado de olores, ruidos y gente trabajando a toda velocidad.
—¡Señor Harris! —Un hombre alto con pelo oscuro y acento marcado se acerca a nosotros limpiándose las manos en el delantal—. No esperaba su visita esta mañana.
—Sorpresa, Marco. —Drake le estrecha la mano—. Te presento a Hailey Taylor, mi nueva secretaria ejecutiva. Quería que conociera el corazón del hotel.
Marco me mira y sonríe ampliamente.
—Ah, bienvenida, señorita Taylor. Cualquier día venga a la hora del almuerzo y le preparo algo especial.
—Gracias, chef. Es un placer conocerle.
Dedicamos los veinte minutos siguientes a recorrer la cocina mientras Marco explica el funcionamiento, los horarios, las exigencias del servicio. Es fascinante, y en cualquier otra circunstancia estaría absorta en cada detalle. Pero no puedo concentrarme. Porque Drake no deja de tocarme.
Un roce en el brazo cuando me señala algo. Los dedos en mi espalda cuando me guía hacia una zona diferente. Su cuerpo cerca del mío, tan cerca que a veces nuestros hombros se rozan.
Y lo peor es que sé que lo está haciendo a propósito. Lo veo en cómo me mira de reojo. En esa sonrisa que le baila en los labios. En cómo cada roce dura más de lo necesario.
Me está probando. Está viendo hasta dónde puede llegar antes de que yo reaccione.
Pues que se joda. No voy a darle esa satisfacción.
Salimos de la cocina y vamos a recepción, donde Drake me presenta a todos los empleados del mostrador. Me pone la mano en el hombro mientras habla, con la punta de los dedos casi en el cuello. Me obligo a sonreír, a asentir, a actuar como si su cercanía no me tuviera desquiciada.
Luego vamos a conserjería. A mantenimiento. A la sala de eventos. Y en cada parada, Drake encuentra una excusa para tocarme. Para acercarse. Para susurrarme al oído cosas que podría decir en voz alta sin problema, pero elige no hacerlo.
Cuando estamos en la sala de eventos hablando con Mónica, la coordinadora, Drake se inclina hacia mí para señalar algo en los planos que ella está mostrando. Su pecho roza mi espalda. Su aliento cálido me hace cosquillas en el cuello. Y cuando habla, su voz es grave y baja, solo para mí.
—¿Ves esa zona? Es donde hacemos las bodas. Imagina lo bonito que debe ser casarse aquí.
Me tenso e intento no reaccionar: casi me está abrazando por detrás en medio de una conversación profesional. Mónica no parece darse cuenta de nada raro, o quizás está demasiado concentrada en explicar los detalles.
—Muy bonito —logro decir, y mi voz suena estrangulada.
Drake se ríe por lo bajo, y sé que ha notado mi incomodidad. Se aparta un poco, pero no del todo. Nunca del todo.
Después de la sala de eventos vamos al gimnasio del hotel.
Es la última parada del recorrido y estoy a punto de perder los papeles.
Tengo cada músculo del cuerpo tenso. Cada nervio en alerta máxima.
Y lo peor es que no puedo hacer nada. No puedo apartarlo.
No puedo decirle que pare. Porque técnicamente no está haciendo nada malo.
Excepto que sí. Sabe exactamente lo que está haciendo.
—Y aquí es donde vengo cuando necesito despejarme. —Drake camina por el gimnasio vacío, señalando las máquinas, la zona de pesas libres, las esterillas de yoga—. ¿Haces ejercicio, Hailey?
—Cuando puedo. —Lo cual es mentira. No tengo tiempo para ir al gimnasio. Apenas tengo tiempo para respirar.
—Deberías venir algún día. Podríamos entrenar juntos. —Se acerca a mí otra vez, y esta vez me pone las dos manos en los hombros y me gira hacia la pared de cristal que da a Manhattan—. Las vistas desde las cintas de correr son increíbles, ¿verdad?
No estoy mirando las vistas. No puedo. Porque tiene las manos en mis hombros, con los pulgares rozándome apenas el cuello, y estoy temblando. Temblando de verdad, y no hay forma de ocultarlo.
—Señor Harris... —empiezo, pero mi voz sale débil.
—Drake. —Sus manos me aprietan ligeramente—. Puedes llamarme Drake cuando estemos solos.
—No estamos solos. —Señalo al entrenador personal que está al otro lado del gimnasio organizando unas pesas.
—Lo suficientemente solos. —Se inclina y su boca está tan cerca de mi oído que casi me da algo—. ¿Sigues nerviosa?
Consigo apartarme, me doy la vuelta para mirarlo y pongo distancia entre nosotros. El corazón me late tan fuerte que debe de notárseme a través de la blusa.
—No estoy nerviosa. Estoy intentando hacer mi trabajo.
—¿Y qué crees que estoy haciendo yo? —Sonríe, esa sonrisa que me hace querer abofetearlo y besarlo al mismo tiempo—. Te estoy enseñando el hotel. Es parte de tu formación.
—La formación no incluye... —Dejo la frase sin terminar porque no sé cómo completarla sin admitir que le he calado el juego.
—¿No incluye qué, Hailey?
Dice mi nombre con voz grave, despacio, como si saboreara cada sílaba. Me mira con esos ojos grises encendidos de diversión y de algo más oscuro que me encoge el estómago.
—Nada. —Le sostengo la mirada—. ¿Hemos terminado el recorrido?
—Por ahora. —Da un paso hacia mí y tengo que obligarme a no retroceder—. Pero mañana seguimos. Hay muchas cosas que todavía tienes que ver. Muchas cosas que quiero enseñarte.
Hay un doble sentido en sus palabras tan obvio que casi me hace sonrojar.
—Estoy deseándolo, señor Harris. —Consigo sonar profesional, distante, aunque por dentro estoy hecha un desastre.
—Drake. —Se acerca otro paso—. Di mi nombre, Hailey.
—Señor Harris. —Levanto la barbilla, negándome a ceder—. ¿Algo más?
Nos miramos durante un momento que se alarga demasiado. Puedo ver la diversión en sus ojos, pero también algo más. Determinación. Como si esto fuera un juego para él y estuviera decidido a ganarlo.
Al final, sonríe y se aparta.
—Nada más por ahora. Puedes volver a tu despacho. Buen trabajo hoy, señorita Taylor.
Asiento y salgo del gimnasio con pasos que espero parezcan tranquilos aunque por dentro estoy corriendo. Cuando llego al ascensor y las puertas se cierran, por fin me permito apoyarme en la pared y soltar todo el aire que retenía.
Dios.
Estar con Drake es una tortura. Una tortura exquisita y horrible. Porque cada roce de sus dedos prende donde no debería. Cada vez que se acerca huelo su colonia y recuerdo al detalle cómo era estar entre sus brazos. Cada vez que dice mi nombre, mi cuerpo reacciona sin pedirme permiso.
¿Cómo puede existir alguien tan tentador? ¿Cómo puede ser que un hombre tenga tanto poder sobre mí con solo tocarme la espalda o susurrar mi nombre?
Y lo peor es que él lo sabe. Sabe el efecto que me provoca. Y le divierte. Le encanta verme luchar por mantener el tipo. Por fingir que no me afecta.
Las puertas del ascensor se abren en mi planta y camino hacia mi despacho sin fiarme de mis piernas. Me siento en mi silla, pongo las manos sobre el escritorio y las miro. Aún tiemblan.
Esto es un problema. Un problema enorme.
Porque si hoy ha sido así, si un simple recorrido por el hotel me ha dejado así, ¿cómo voy a sobrevivir trabajando con él todos los días?
¿Cómo voy a mantener las distancias cuando todo lo que quiero, de la cabeza a los pies, es justo lo contrario?
No lo sé. No tengo ni la más remota idea.
Pero tengo que encontrar la forma. Porque dejar este trabajo no es una opción. Y dejarme seducir por Drake tampoco.
Aunque no consiga pensar en otra cosa ahora mismo.