Mi jefe provocador (Jefes Insoportables 6) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

HAILEY

Salgo de la sala de conferencias con las piernas temblando y el corazón latiendo tan alto que estoy segura de que todo el mundo puede oírlo. Paso por mi mesa solo el tiempo justo de coger el bolso.

No puede ser. Esto no puede estar pasando.

Camino por el pasillo intentando mantener la compostura, sonrío de forma mecánica a un par de empleados que pasan a mi lado y, en cuanto doblo la esquina, casi echo a correr hacia el baño más cercano.

Entro, voy derecha al lavabo y me agarro al borde de mármol frío con las dos manos. Me miro en el espejo y la mujer que me devuelve la mirada está pálida, con los ojos muy abiertos, y respira demasiado deprisa.

Estás bien. Estás bien. Respira.

Pero no estoy bien. Nada está bien.

Mi nuevo jefe es él. El desconocido del bar. El hombre de la mejor y la peor noche de mi vida, que lleva un mes apareciendo en mis sueños cada maldita noche. El hombre que no he conseguido olvidar por más que me he empeñado.

Drake Harris.

Ahora tiene nombre. Ahora tiene cara y nombre y apellido y es mi jefe, Dios, es mi jefe y yo acabo de fingir que no nos conocíamos como una idiota delante de todo el equipo.

Me tapo la cara con las manos para contener un gemido que amenaza con escaparse.

¿En qué estaba pensando? ¿Por qué demonios he fingido que era la primera vez que lo veía? Tendría que haber dicho algo. Tendría que haber sido sincera. Tendría que haber…

¿Qué? ¿Decir delante de todos que me había acostado con él hace un mes en este mismo hotel?

No. Eso habría sido peor. Mucho peor.

Abro el grifo y me echo agua fría en la cara, sin importarme que se me corra el rímel o que se me estropee el maquillaje. Necesito despejarme. Necesito pensar. Necesito que el cerebro deje de chillarme con pánico el tiempo suficiente para digerir esto.

Me seco la cara con una toalla de papel para arreglar el desastre del maquillaje corrido, y me obligo a mirarme en el espejo otra vez.

Vale. Vale. Piensa, Hailey. ¿Qué vas a hacer?

Podría renunciar. Podría salir de este baño, coger mis cosas y largarme. Decir que ha surgido una emergencia familiar, que lo siento mucho, que no puedo aceptar el puesto después de todo.

Pero entonces ¿qué? ¿Vuelvo a encadenar trabajos horribles que apenas pagan el alquiler?

¿Vuelvo a los turnos dobles como camarera, a llegar a casa a las dos de la madrugada con los pies destrozados y sin energía para nada más?

¿Le digo a Mía que no puedo comprarle las zapatillas que necesita o los libros del colegio o cualquier cosa que una niña de once años debería poder tener sin que sea un drama? ¿Que voy a poder verla menos tiempo?

No. No puedo hacer eso.

Este trabajo es mi oportunidad. La oportunidad de darle a Mía la estabilidad que se merece. La oportunidad de no contar cada centavo, de tener un sueldo decente, un colchón, un futuro.

No puedo renunciar solo porque mi jefe resulta ser el hombre con quien me acosté hace un mes.

Por muy humillante que sea. Por muy incómodo que vaya a ser. Por mucho que la idea de verlo todos los días me haga desear que me trague la tierra.

Me apoyo en el lavabo, cierro los ojos y me concentro en respirar hondo. Una vez. Dos veces. Tres veces.

Puedes con esto. Puedes con él.

Solo tienes que mantener las distancias. Ser profesional. Tratarlo como a cualquier otro jefe. No importa que lo hayas visto desnudo. No importa que te sepas de memoria cómo suenan sus gemidos cuando se corre. No importa que cada vez que cierras los ojos puedas sentir sus manos en tu piel.

Información irrelevante. Archivada. Olvidada.

A partir de ahora, Drake Harris es solo mi jefe. Nada más.

Abro los ojos y me miro en el espejo otra vez. Mi cara sigue pálida pero al menos ya no parezco a punto de desmayarme. El maquillaje es un desastre pero puedo arreglarlo. Puedo arreglarlo todo.

Solo tengo que salir de este baño, volver a mi despacho y comportarme como si nada hubiera pasado. Como si no acabara de descubrir que el universo tiene un sentido del humor retorcido y cruel.

Cojo el bolso del borde del lavabo y saco el neceser de maquillaje. Me retoco el rímel, me pongo un poco de corrector bajo los ojos, me aplico brillo de labios con el pulso todavía inseguro.

Mejor. No perfecto, pero mejor.

Guardo el neceser, me cuelgo el bolso y consigo soltarme del lavabo, dar un paso atrás, dirigirme hacia la puerta.

Puedes con esto. Es solo un trabajo. Él es solo tu jefe.

Pero entonces recuerdo la forma en que me ha mirado en la sala de conferencias. Esa sonrisa de medio lado. Ese brillo en sus ojos que decía sin disimulo que no va a fingir que no pasó nada. Que no va a dejar esto así.

«Cuando quiero algo, no me rindo.»

Eso fue lo que dijo. Y su mirada dejaba muy claro qué era ese algo.

Se me encoge el estómago y tengo que apoyarme en la puerta del baño y cerrar los ojos otra vez.

No. No voy a pensar en eso. No voy a dejar que me afecte.

Porque no puede pasar nada entre nosotros. No puede. Él es mi jefe. Yo necesito este trabajo. Y además, los hombres como él… los hombres como Drake Harris no se enamoran de chicas como yo. No de verdad.

Puede que sienta atracción. Puede que le parezca un reto interesante porque me largué sin dejar rastro. Pero en cuanto se dé cuenta de quién soy en realidad, de mi vida real, de todo lo que cargo a la espalda, perderá el interés.

Y eso está bien. Es mejor así.

Solo tengo que aguantar hasta que se aburra. Mantener las distancias. Ser profesional. No ceder.

¿Cuánto puede durar? ¿Unas semanas? ¿Un mes?

Puedo hacerlo. Tengo que hacerlo.

Por Mía. Por mí. Por el futuro que estoy intentando construir.

Abro la puerta del baño y salgo al pasillo con la cabeza alta y los hombros rectos. Camino de vuelta a mi despacho con pasos firmes, saludo a la gente con la que me cruzo y sonrío como si no acabara de tener un ataque de pánico en el baño.

Cuando llego a mi despacho, Claire no está, y agradezco tener un momento a solas.

Me siento en mi silla, enciendo el ordenador y miro la pantalla sin verla. Mi cerebro sigue dándole vueltas a todo. A Drake. A aquella noche. A la forma en que me ha mirado hace un rato.

A cómo ha reaccionado mi cuerpo cuando nuestras manos se han tocado en ese apretón que ha durado un segundo de más.

Para. Para de pensar en eso.

Clavo la vista en la pantalla, abro el calendario, reviso las reuniones de la semana. Trabajo. Tengo que concentrarme en el trabajo.

Pero entonces veo su nombre en el calendario. Drake Harris. Una reunión tras otra. Reuniones en las que voy a tener que estar presente. Reuniones en las que voy a tener que tomar notas y coordinar horarios y estar en la misma habitación que él durante horas.

Voy a tener que verlo todos los días. Hablar con él. Trabajar con él.

Y tengo que encontrar la forma de hacerlo sin que se note que cada vez que lo miro no puedo dejar de recordar cómo me besó. Cómo me tocó. Cómo me encendió entera.

Apoyo los codos en el escritorio y me froto las sienes; empieza a dolerme la cabeza.

Puedes con esto, Hailey. Solo mantén las distancias. Sé profesional. No muestres debilidad.

Él es tu jefe. Solo tu jefe.

Si repito esa mentira las veces suficientes, quizá algún día llegue a creérmela.