CAPÍTULO 9
DRAKE
Me despierto con la sensación de que algo va mal.
Tardo en identificar qué es. La cama está fría a mi lado. Demasiado fría. Extiendo el brazo buscándola antes de abrir los ojos, y lo único que encuentro son sábanas vacías.
Abro los ojos de golpe, me incorporo y miro alrededor de la habitación.
Nada. No hay nadie. No está en el baño, no está recogiendo su ropa, no está asomada a la ventana mirando la ciudad despertar. No está, sin más.
—Joder —murmuro, pasándome las manos por la cara.
Se ha ido. Se ha largado mientras yo dormía como un imbécil, y ahora no tengo ni idea de cómo encontrarla.
Me levanto de la cama y camino por la suite, buscando…
no sé qué. ¿Una nota? ¿Su número garabateado en un papel?
¿Alguna pista de quién es o de cómo dar con ella?
Pero no hay nada. El vestido negro ha desaparecido.
Los zapatos que dejó tirados junto a la puerta ya no están. Es como si nunca hubiera estado aquí.
Excepto que sí estuvo. Puedo oler su perfume en las sábanas. La marca de su cabeza sigue en la almohada. Puedo sentir el fantasma de su piel bajo las manos.
Y joder, esto no me había pasado nunca. Con nadie.
No era solo sexo. No era el rollo de una noche sin complicaciones que llevo años perfeccionando. Era otra cosa. Algo real. Algo que me ha hecho sentirme vivo como nunca.
Me siento en el borde de la cama, mirando la ciudad, y trato de entender lo que acaba de pasar.
Anoche estaba seguro. Seguro de que esto era diferente. Seguro de que ella lo sentía también. La forma en que me miraba, cómo respondía a cada caricia, la risa compartida en el bar… no podía ser solo yo. No podía estar imaginándomelo.
Pero se ha largado de todas formas. Sin despedirse. Sin una palabra.
Y yo ni siquiera sé su nombre.
—Idiota —me digo en voz alta, golpeándome la frente con la palma de la mano—. Eres un puto idiota, Drake.
¿Cómo es posible que haya pasado horas a su lado, que me haya acostado con ella, que haya sentido esa conexión y no le haya preguntado el nombre? ¿En qué momento pensé que era buena idea mantener el anonimato? ¿Que era romántico, intrigante o lo que sea?
Pues enhorabuena, gilipollas. Ahora no tienes forma de encontrarla.
Me levanto y empiezo a vestirme, con movimientos bruscos, intentando pensar. Tiene que haber alguna forma. Alguna pista. Algo.
Bajo al vestíbulo del hotel todavía abrochándome la camisa, y me dirijo derecho a recepción. Marcus está ahí, el recepcionista del turno de noche que lleva trabajando en The Legacy desde antes de que yo llegara.
—Marcus. —Me apoyo en el mostrador—. ¿Has visto salir a alguien esta madrugada? Una mujer, pelo castaño oscuro, vestido negro…
Marcus me mira con expresión de neutralidad profesional.
—Señor Harris, ya sabe que no puedo dar información sobre los huéspedes…
—No es un huésped. Estaba conmigo. En mi suite. Y se ha ido y necesito encontrarla.
La sorpresa le agrieta la neutralidad un instante, y luego asiente despacio.
—Puede que haya visto a alguien que encaje con esa descripción. Salió poco antes de las seis. Parecía… alterada.
—¿Alterada cómo?
—Tenía los ojos llenos de lágrimas, señor. Como si aguantara para no llorar hasta llegar a la calle.
Eso me sienta como un puñetazo en el estómago.
¿Lágrimas? ¿Por qué demonios? ¿Qué pasó? ¿Hice algo mal? ¿Dije algo que la asustara?
—¿Viste hacia dónde fue? ¿Cogió un taxi?
—Se fue caminando hacia el sur. No puedo decirle más que eso.
Asiento, obligándome a mantener la compostura aunque por dentro me está entrando el pánico.
—Gracias, Marcus.
Salgo del hotel y camino por la Quinta Avenida mirando en todas direcciones, como si el universo fuera a concederme el favor de hacerla aparecer después de la cagada monumental que he debido de hacer.
Pero no hay ni rastro de ella. Manhattan empieza a moverse: gente que va a trabajar, turistas tempraneros, corredores matutinos. Y ninguna de esas personas es ella.
Vuelvo al hotel derrotado y subo a mi suite. Me ducho para aclararme las ideas, pero solo puedo pensar en ella. En su risa. En la forma en que se mordía el labio cuando estaba nerviosa. En cómo se había aferrado a mí cuando…
Joder. Tengo que parar. Esto es ridículo. Es una mujer. Solo una mujer. He estado con decenas, cientos de mujeres. ¿Por qué esta es diferente?
Pero sé por qué. Porque con ella sentí algo. Algo real. Y ahora se ha ido y no tengo forma de encontrarla.
Me visto y decido sumergirme en el trabajo y olvidar todo este desastre. Pero no puedo concentrarme. Miro los informes sin verlos. Respondo correos sin enterarme de lo que escribo. Cada dos minutos cojo el móvil y lo miro como si fuera a sonar con un número desconocido que resulte ser ella.
Pero no suena. Porque ella no tiene mi número. Porque somos dos idiotas que decidimos mantener el misterio.
Pasan tres días. Tres días en los que no puedo dejar de pensar en ella. Tres días en los que bajo al bar cada noche con la esperanza patética de que vuelva.
Hannah me llama el tercer día y me pregunta qué me pasa, que por qué estoy tan raro. Le digo que nada, que es el trabajo, que estoy cansado. Ella no me cree, pero no insiste.
Royce también lo nota. Me dice que parezco distraído, que si hay algún problema con mi futuro nuevo puesto. Le aseguro que no, que todo está bajo control. Mentira. Nada está bajo control. Yo no estoy bajo control.
Al cuarto día tomo una decisión.
Si no puedo encontrarla yo solo, contrataré a alguien que pueda.
Cojo el móvil y llamo a James Whitmore, el abogado de la familia. Si alguien sabe cómo mover los hilos adecuados en Manhattan, es él. Responde al segundo tono.
—Drake. ¿Qué necesitas?
—El mejor detective privado de la ciudad. Alguien discreto, eficiente, que tenga recursos de verdad. Y lo necesito ahora.
James no hace preguntas. Lleva décadas trabajando para gente como nosotros y sabe cuándo mantener la boca cerrada.
—Te recomiendo a Daniel Mallory. Es el que uso cuando los clientes necesitan encontrar algo… o a alguien. Te envío sus datos.
Cuelgo y dos minutos después tengo un mensaje con un número y una dirección en el Upper East Side. Llamo de inmediato.
—Mallory. —La voz es grave, profesional, directa.
—Soy Drake Harris, del hotel The Legacy. Me ha dado su contacto James Whitmore. Necesito verle hoy. Ahora, si es posible.
Hay una pausa breve.
—¿Drake Harris?
—El mismo.
—Puedo estar en su hotel en veinte minutos.
Veinte minutos después, Daniel Mallory entra en mi despacho provisional en The Legacy.
Es un hombre de unos cincuenta años, traje impecable, porte militar, y una mirada que ha visto demasiadas cosas como para sorprenderse por nada.
Me estrecha la mano con firmeza y se sienta frente a mí sin esperar invitación.
—Señor Harris. —Saca una libreta del bolsillo interior de su americana—. ¿Qué servicio puedo ofrecerle?
Me obligo a decir en voz alta lo que suena a auténtica locura.
—Necesito encontrar a una mujer. No sé su nombre, no sé dónde vive, no sé nada de ella excepto cómo es físicamente y que estuvo conmigo en The Legacy hace cuatro noches.
Mallory me mira sin pestañear, imperturbable.
—¿Tiene alguna foto?
—Podría conseguir las grabaciones de seguridad del hotel.
—Eso es un buen comienzo. ¿Algo más? ¿Algún detalle que pudiera ayudar?
Pienso. ¿Qué sé de ella? Casi nada. Pero algo tiene que haber.
—Dijo que era su cumpleaños. Que la habían convencido de salir. Eso significa que tiene gente que se preocupa por ella. Y parecía… no sé, como si no estuviera acostumbrada a sitios como el bar de mi hotel. Como si estuviera fuera de su elemento.
Mallory toma notas.
—¿Acento? ¿Algo que indicara de dónde es?
—De Nueva York. Acento local, diría. Pero eso no acota mucho.
—No. —Mallory levanta la vista—. ¿Puedo preguntarle por qué quiere encontrarla?
Es una pregunta justa. Y no tengo una respuesta que no me haga sonar como un obseso.
—Porque necesito verla otra vez. —Es lo único que puedo decir—. Necesito saber si lo que sentí era real.
Mallory asiente despacio, como si eso lo explicara todo.
—Entendido. Consígame esas grabaciones y veré qué puedo hacer. Le advierto que no será rápido ni barato, y puede que no la encontremos.
—Encuéntrela. —Me levanto y le tiendo la mano—. El dinero no es un problema.
Cuando Mallory se marcha, me siento menos desesperado. Al menos estoy haciendo algo. Al menos hay una posibilidad, por pequeña que sea, de encontrarla.
Tiene que estar en alguna parte.
Porque no puedo aceptar que haya aparecido en mi vida, que me haya hecho sentir algo real por primera vez, y que luego haya desaparecido sin dejar rastro.
No puedo aceptar que se haya acabado antes de empezar.