CAPÍTULO 10
HAILEY
Mi primer día en The Legacy empieza un lunes, con Claire Mason esperándome en el vestíbulo, sonriente, como si fuera la primera mañana del resto de mi vida.
Y quizás lo sea. Este trabajo es justo lo que necesito para cambiar las cosas. Para darle a Mía la estabilidad que se merece. Para dejar de vivir al día, contando centavos, rezando para que nada se rompa porque no tengo dinero para arreglarlo.
—Bienvenida oficialmente. —Claire me tiende una tarjeta de acceso con mi nombre grabado—. Hailey Taylor, secretaria ejecutiva. Suena bien, ¿verdad?
—Suena irreal —admito, cogiendo la tarjeta y mirándola como si fuera a desaparecer en cualquier momento—. Sigo esperando que alguien se dé cuenta de que han cometido un error.
Claire se ríe y niega con la cabeza.
—No hay ningún error. Eres perfecta para el puesto. Ahora ven, te enseñaré todo antes de que la locura empiece de verdad.
Paso las horas siguientes pegada a Claire por todo el hotel mientras me explica el funcionamiento de cada departamento. The Legacy es enorme, mucho más grande de lo que parecía cuando vine a la entrevista, y cada rincón rezuma lujo y elegancia.
—Este es tu despacho. —Claire abre una puerta junto a otra más grande que tiene una placa dorada con el nombre «Director»—. Bueno, técnicamente es nuestro despacho. Tú te sentarás aquí cuando yo me vaya de baja.
El despacho es pequeño pero luminoso, con un escritorio impecable, un ordenador de última generación y una vista parcial de la Quinta Avenida a través de la ventana. Es cien veces mejor que cualquier sitio en el que haya trabajado antes.
—Es perfecto —digo, y lo digo de verdad.
—Espera a conocer al nuevo jefe. —Claire se sienta en el borde del escritorio y me mira con expresión divertida—. Drake Harris es… especial.
Se me tensa el estómago sin razón aparente.
—¿Especial en qué sentido?
—Encantador, divertido, un poco caótico. Llega tarde a todo, se le olvidan las reuniones si no se las recuerdas tres veces, y tiene el don de meterse en líos sin pretenderlo. Pero es buen tipo. Un poco mujeriego, eso sí. Bueno, muy mujeriego. Aunque últimamente ha estado más tranquilo.
Me obligo a sonreír aunque se me clava una espina en el pecho.
—Suena… interesante.
—Lo es. Pero no te preocupes, esta semana no lo verás.
Está en reuniones fuera del hotel casi todo el tiempo.
El cambio oficial de dirección es la semana que viene.
Royce Harris, el dueño de la cadena, lleva unas semanas en Los Ángeles preparando la apertura del nuevo Legacy, pero vuelve para supervisar la transición y asegurarse de que todo funciona.
—¿Royce Harris?
—El hermano mayor de Drake. Es todo lo contrario a él: serio, estricto, intimidante. Pero justo. Si haces bien tu trabajo, no tendrás problemas con él.
Asiento y asimilo la información, intentando no pensar en que voy a trabajar para un mujeriego encantador en un hotel de lujo. Ni en otra cosa.
Pero es inútil.
Porque en cuanto Claire menciona «mujeriego» mi cerebro vuelve justo adonde no quiero que vuelva. Al bar de este mismo hotel. Al hombre de ojos grises y sonrisa de medio lado. A la suite en la última planta. A las sábanas revueltas y las manos en mi piel y…
—¿Hailey? ¿Estás bien?
Parpadeo y me arrastro de vuelta al presente. Claire me está mirando con preocupación.
—Sí. Perdona. Solo estaba… asimilando toda la información.
—Es mucho, lo sé. Pero lo aprenderás rápido. Eres lista, se te nota. —Claire se levanta y señala el ordenador—. Ven, te enseñaré el sistema de reservas.
La hora siguiente la dedico al software del hotel: tomo notas como una posesa e intento concentrarme. Pero cada pocos minutos mi mente se desvía. Vuelvo a esa noche. A su voz. A la forma en que me miraba. A cómo me hizo sentir.
Para.
Me fuerzo a concentrarme en la pantalla del ordenador, en las explicaciones de Claire, en cualquier cosa menos en él. Porque pensar en él no sirve de nada. Fue una noche. Una sola noche. Y se acabó.
—Perfecto. —Claire cierra el programa y se gira hacia mí—. Creo que eso es suficiente por hoy. Son casi las tres. ¿Tienes que ir a algún sitio?
Miro el reloj y se me dispara el pulso.
—Hoy tengo que recoger a mi hermana del colegio a las tres y media. Normalmente se queda por las tardes con la madre de su mejor amiga hasta que yo salga, pero es mi primer día y se lo prometí.
—Entonces vete. Mañana seguimos. Y Hailey… —Claire me pone una mano en el hombro—. De verdad, me alegro mucho de que estés aquí. Sé que vas a hacer un trabajo increíble.
Salgo del hotel con el corazón más ligero que en muchos días. Tengo un trabajo de verdad. Un sueldo decente. Beneficios. Estabilidad. Todo lo que necesito para cuidar de Mía y de mí misma.
Cojo el metro a Queens y llego al colegio de Mía justo cuando están saliendo los niños. La veo enseguida, con su mochila rosa, charlando animada con Sophie. Cuando me ve, su cara se ilumina y corre hacia mí.
—¡Hailey! —Se lanza a mis brazos, la cojo y la aprieto contra mí—. ¿Cómo ha ido el trabajo?
—Genial. Increíble. Ha sido el mejor primer día posible.
—¿Ves? Te lo dije. Eres la mejor. —Me da un beso sonoro en la mejilla y luego se retuerce para que la suelte—. ¿Podemos ir a por un helado?
Normalmente diría que no. Calcularía cuánto cuesta un helado y si puedo permitírmelo esta semana. Pero hoy es diferente. Hoy tengo un trabajo bien pagado y un motivo para celebrar.
—Vale. Vamos a por helado.
Mía grita de alegría, me coge de la mano y tira de mí hacia la heladería que hay a dos manzanas del colegio. Pedimos dos cucuruchos, ella de fresa y yo de vainilla, y caminamos de vuelta a casa lamiendo el helado y riéndonos de las historias que Mía me cuenta sobre su día en el colegio.
En casa, Mía hace los deberes en la mesa de la cocina mientras yo preparo la cena. Pasta con salsa de tomate, ensalada y pan que he comprado de camino. Nada especial, pero es nutritivo y está dentro del presupuesto.
Cenamos juntas viendo uno de los episodios favoritos de Mía de esa serie que ha visto mil veces y de la que nunca se cansa. Ella se ríe con las mismas bromas, canta las mismas canciones, y yo la observo, llena de un amor tan grande que casi me explota el pecho.
Esto. Esto es lo que importa. No una noche loca en un hotel de lujo. No un desconocido guapísimo que me hizo sentir lo que no debería. Esto. Mi hermana. Nuestra vida. Nuestra pequeña familia de dos.
Después de la cena, Mía se ducha y se pone el pijama. Leemos un capítulo de su libro favorito juntas, acurrucadas en su cama, y cuando se queda dormida con la cabeza en mi hombro, la tapo con cuidado y salgo de su habitación en silencio.
Me dirijo al salón y me dejo caer en el sofá cama que, en mi caso, es cama a secas. Cojo el móvil y reviso los mensajes. Nada importante. Karen preguntando cómo ha ido el primer día. Le respondo rápido con un pulgar hacia arriba y un «genial».
Dejo el móvil en la mesa de centro y me tumbo boca arriba, mirando al techo.
Y ahí está otra vez. El pensamiento que he estado evitando todo el día. El recuerdo que se niega a desaparecer por mucho que intente enterrarlo.
Él.
Cierro los ojos y su cara aparece al instante. Esos ojos grises. Esa sonrisa. La forma en que me miraba, como si fuera la única persona en el mundo. Cómo me tocaba, como si supiera lo que necesitaba antes de que yo misma lo supiera.
Fue la mejor noche de mi vida. Y la peor decisión que he tomado nunca.
Porque ahora no puedo dejar de pensar en él. Me pregunto dónde está. Qué está haciendo. Si ha pensado en mí aunque sea una vez desde que me fui. Si para él fue solo otra noche más o si sintió lo mismo que yo.
Pero no importa. No puede importar.
Porque los hombres como él no se enamoran de chicas como yo. Los hombres como él viven en un mundo diferente, un mundo de lujo y facilidades donde las mujeres son intercambiables y las noches son solo noches.
Y yo no tengo tiempo para fantasías. No tengo tiempo para preguntarme «¿y si…?». Tengo un trabajo que mantener. Una hermana que criar. Una vida que construir.
No hay espacio en esa vida para un desconocido que despierta en mí lo que no puedo permitirme.
Me doy la vuelta, entierro la cara en la almohada y me ordeno olvidarlo. Olvidar su cara. Olvidar su voz. Olvidar cómo me hizo sentir cuando me besó como si llevara toda la vida esperando hacerlo.
Olvídalo, Hailey. Olvídalo y sigue adelante.
Pero incluso mientras me lo digo, sé que es mentira. Porque no puedo olvidarlo, por más que lo intento.
Y esa es la parte que me quita el sueño.
Los días siguientes pasan en un torbellino de aprendizaje y rutina.
Claire me enseña todo lo que necesito saber: cómo gestionar la agenda del director, cómo tratar con clientes VIP, cómo coordinar con los diferentes departamentos del hotel.
Es agotador pero gratificante, y cada día que pasa me siento más segura de que puedo con esto.
Por una vez en la vida, parece que las cosas van a salir bien.
Ojalá sea cierto.