CAPÍTULO 8
HAILEY
Me despierto antes del amanecer con el corazón desbocado y la certeza de que he cometido el mayor error de mi vida.
La habitación está a oscuras, solo iluminada por la luz tenue que se filtra a través de las cortinas desde la ciudad que nunca duerme.
Tardo un segundo en recordar dónde estoy.
En asimilar la suite enorme, las sábanas de algodón egipcio que cuestan más que un mes de mi alquiler, el olor a sexo que todavía flota en el aire.
Y el hombre que duerme a mi lado.
Me giro despacio, con mucho cuidado de no hacer ruido, y lo miro. Está boca arriba, con un brazo sobre la cabeza, el otro extendido hacia donde yo estaba hace un momento. Respira hondo, acompasado. Tiene el pelo revuelto, la mandíbula relajada, y en la penumbra parece más joven. Menos peligroso.
Pero eso es mentira. Este hombre es peligroso. Peligrosísimo.
Porque me ha hecho sentir cosas que no sabía ni nombrar. Porque el sexo ha sido… madre mía, ha sido increíble. Mejor que increíble. Ha sido el tipo de sexo del que hablan las novelas románticas, el tipo de sexo que te hace creer en cosas que no existen. Conexión. Química. Algo real.
Pero no es real. No puede serlo.
Miro alrededor de la suite otra vez y ahora sí me fijo en los detalles que anoche ignoré porque la lujuria no me dejaba ver nada más.
El tamaño del sitio. Los muebles de diseño.
Las vistas de Manhattan a través de las ventanas de suelo a techo.
Esto no es una habitación normal. Esto es una suite de las que cuestan miles de dólares por noche.
Es rico. Guapísimo. Encantador. El tipo de hombre que puede tener a quien quiera, cuando quiera, como quiera.
El mismo tipo de hombre que mi padre.
El estómago se me encoge de golpe y casi me dan náuseas.
¿Cómo he podido ser tan estúpida? ¿Cómo he podido caer en esto cuando vi lo que le hizo a ella?
Mi madre se enamoró de un hombre como este.
Un hombre que la deslumbró con su encanto y sus promesas y sus palabras bonitas.
Un hombre que luego la dejó destrozada mientras él se largaba con otra una y otra vez sin mirar atrás.
Y yo acabo de acostarme con su versión más joven.
Me tapo la boca con la mano para frenar la respiración, que se me ha disparado de repente.
No puedo quedarme aquí. No puedo estar aquí cuando se despierte.
Porque si me quedo, si lo miro a los ojos a la luz del día, voy a querer creer que esto ha sido algo más que sexo.
Voy a querer creer que la conexión que sentí anoche era real.
Y no lo era. Por mucho que lo pareciera.
Los hombres como él no se enamoran de chicas como yo. Los hombres como él coleccionan mujeres como quien colecciona corbatas. Una para cada ocasión, ninguna tan especial como para quedarse.
Me levanto de la cama con tanto cuidado que casi no respiro. Él se remueve, murmura algo ininteligible, y yo me paralizo hasta que se queda quieto otra vez. Entonces me muevo más rápido, buscando mi ropa por el suelo oscuro de la habitación.
Encuentro las bragas debajo de la cama. El sujetador cerca de la puerta. El vestido negro hecho una bola junto al sofá. Los zapatos… ¿dónde demonios están los zapatos?
Los encuentro tirados cerca de la entrada, y me los pongo con manos temblorosas.
No me molesto en ponerme bien el vestido.
Solo me lo echo por la cabeza, sin subirme la cremallera, sin preocuparme de si está del derecho o del revés.
Lo único que importa es largarme de aquí antes de que él se despierte.
Antes de que me mire con esos ojos grises y me haga olvidar por qué esto ha sido un error.
Cojo el bolso del suelo y echo un último vistazo a la habitación. A él. Sigue durmiendo, ajeno a que me largo a hurtadillas, como una ladrona. Ajeno a que estoy a punto de hacer justo lo que él espera que haga: desaparecer sin dejar rastro.
Porque esto es lo que hace la gente como él, ¿no? Sexo de una noche, sin nombres, sin promesas, sin nada más que el recuerdo de unas horas de placer que se desvanecerán con la luz del día.
Salgo de la suite y cierro la puerta tan despacio que no hace ni un ruido.
El pasillo está vacío, silencioso, iluminado por luces suaves que parecen demasiado brillantes después de la oscuridad de la habitación.
Camino hacia los ascensores con paso rápido, casi corriendo, y cuando las puertas se abren, me meto dentro y aprieto el botón de la planta baja tan fuerte que me duele el dedo.
Las puertas se cierran y me apoyo contra la pared, cierro los ojos y espero a que se me calme la respiración.
Estúpida. Eres tan estúpida, Hailey.
¿En qué estabas pensando? ¿De verdad creías que podías tener una noche de fantasía sin consecuencias? ¿Que podías ser la mujer atrevida y segura que querías ser sin que eso significara nada?
Pues sorpresa: significa algo. Significa que has traicionado todo lo que siempre has creído. Significa que te has acostado con justo el tipo de hombre que juraste evitar. Significa que eres tan tonta como tu madre.
El ascensor llega a la planta baja con un ping suave y las puertas se abren.
Salgo al vestíbulo, que está casi vacío a esta hora, solo un recepcionista aburrido detrás del mostrador que me lanza una mirada antes de volver a su ordenador.
Debe de ver esto a diario. Mujeres despeinadas, con el vestido arrugado, que salen de las habitaciones antes del amanecer huyendo de hombres cuyos nombres ni siquiera conocen.
Salgo del hotel y el fresco de la madrugada me golpea como una bofetada. Me cruzo de brazos, tiritando, y echo a andar por la Quinta Avenida sin rumbo. Solo necesito alejarme. Necesito poner distancia entre ese hotel y yo. Entre ese hombre y yo.
Entre la fantasía y la realidad.
Camino durante diez minutos antes de darme cuenta de que estoy llorando.
Las lágrimas me resbalan por las mejillas, silenciosas, constantes, y ni siquiera sé por qué.
¿Por qué lloro? ¿Porque me he acostado con un desconocido?
¿Porque ha sido el mejor sexo de mi vida y sé que nunca volverá a pasar?
¿Porque por un momento, solo un momento, me he permitido creer en algo bonito?
Me seco las lágrimas con el dorso de la mano y saco el móvil del bolso. Son las seis de la mañana. Mía todavía estará durmiendo en casa de Karen. Tengo tiempo de llegar a casa, darme una ducha, quitarme de encima el olor a él y fingir que esta noche nunca ha pasado.
Porque eso es justo lo que voy a hacer.
Voy a olvidar. Enterraré este recuerdo en lo más hondo, donde no pueda hacerme daño, y volveré a mi vida real, a mis responsabilidades reales, a ser la Hailey de siempre.
La que no comete errores como este.
La que no se enamora de desconocidos en bares de hoteles de lujo.
La que sabe que los hombres como él nunca se quedan.