Mi jefe provocador (Jefes Insoportables 6) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

DRAKE

Caminamos por el vestíbulo en silencio, y cada paso que doy a su lado es una tortura exquisita.

Porque puedo oler su perfume. Algo suave, de vainilla, que se mezcla con el aroma de su piel. Porque puedo ver cómo se muerde el labio inferior cada pocos segundos, nerviosa. Porque está aquí, a mi lado, y todo en mí me grita que haga algo, que diga algo, que no la deje irse sin más.

Y eso no tiene ningún sentido.

Hace una semana juré que no volvería a acostarme con nadie. Que había terminado con el sexo vacío que solo tapaba el agujero durante unas horas antes de que volviera, más grande y más oscuro. Juré que era un hombre nuevo. Un monje, joder.

Pero esta chica… esta chica me está volviendo loco.

No es como las otras. No es solo que sea preciosa, aunque lo es; no es solo el vestido o el pelo o esa boca que no puedo dejar de mirar.

Es la forma en que me ha mirado toda la noche, como si pudiera ver más allá de la fachada; cómo se ha reído de mis bromas, genuina, sin fingir; la pasión con la que ha hablado de libros y de sueños, que me ha dejado sin aliento.

Quiero conocerla: saber su nombre, su historia, qué la hace sonreír así, por qué estaba nerviosa en ese bar y qué la convenció de quedarse. Quiero más de ella.

Pero ahora mismo, lo único en lo que puedo pensar es en follarla.

Lo necesito como el aire. Es un ansia física, visceral, que me consume por completo.

Y nunca, en mi puta vida, una mujer me había hecho sentir así.

Esto no es el vacío que pide llenarse. Esto es otra cosa, algo real que me asusta tanto como me excita.

Y entonces ella se detiene.

Estamos en uno de los pasillos laterales, lejos del vestíbulo principal, lejos de la gente. Las luces son tenues aquí, más íntimas, y cuando se vuelve para mirarme, tiene en los ojos una decisión a medio tomar que me seca la boca.

—Gracias por la compañía —dice, y su voz suena un poco ronca—. Me lo he pasado bien.

—Yo también. —Doy un paso más y acorto la distancia entre nosotros—. Mucho mejor de lo que esperaba.

Ella traga saliva, y veo cómo sus ojos bajan a mi boca un instante antes de volver a los míos.

Y joder, eso es todo lo que necesito.

Doy otro paso y la acorralo contra la pared sin tocarla todavía, con apenas unos centímetros entre nosotros. Ella respira más deprisa, y puedo ver el pulso latiendo en su cuello.

—Si quieres que pare, dilo ahora —digo en voz baja—. Una palabra y me alejo.

Ella no dice nada. Solo me mira con esos ojos avellana que ahora están oscuros, dilatados, llenos de una emoción que reconozco porque la estoy sintiendo yo también.

Deseo. Puro y duro.

—O… —continúo, inclinándome un poco más, tanto que siento su respiración en los labios—. Podríamos darnos placer el uno al otro. Dejar fluir la atracción que crepita entre nosotros.

Ella cierra los ojos un segundo, y cuando los abre, se libra una batalla en ellos.

—Es una mala idea —susurra.

—Probablemente la peor. —Sonrío—. Pero algo me dice que vas a decir que sí de todas formas.

—Presumes mucho.

—No es presumir si es verdad.

Ella suelta una risa temblorosa y luego, antes de darse tiempo a arrepentirse, asiente.

—Vale. Una noche. Solo esta noche.

Y no necesito oír nada más.

Me lanzo hacia ella, le atrapo la boca con la mía, y joder, todo lo demás desaparece. Ella gime contra mis labios y sus manos se aferran a mi camisa y tiran de mí, y yo la aprieto contra la pared con el cuerpo y siento cada curva, cada línea, cada jodido centímetro de ella pegado a mí.

El beso es desesperado, hambriento, todo dientes y lengua y respiraciones entrecortadas. Sabe a vino y a algo dulce que no identifico, pero quiero más. Encuentro su cintura con las manos y aprieto, y ella arquea la espalda y se pega más a mí.

—Vamos arriba —consigo decir contra su boca—. Ahora.

Ella asiente, sin voz, y la cojo de la mano y tiro de ella hacia los ascensores.

Entramos y pulso el botón de la última planta, agradecido de que no haya nadie más.

En el momento en que las puertas se cierran, estoy sobre ella otra vez: la empujo contra la pared del ascensor y la beso como si fuera lo único que me mantiene con vida.

Me clava los dedos en el pelo, y yo gruño contra su boca y deslizo las manos por sus costados, sintiendo la tela del vestido bajo las palmas. Quiero arrancárselo, verla desnuda, tocarla por todas partes.

Las puertas del ascensor se abren con un ping y nos separamos, respirando con dificultad. La cojo de la mano otra vez y la guío por el pasillo hasta mi suite, sacando la tarjeta de la habitación con manos que me tiemblan un poco.

Abro la puerta, la empujo dentro y cierro detrás de nosotros.

Ella mira alrededor un instante, con los ojos muy abiertos al ver el tamaño del lugar, pero yo no le doy tiempo a pensar en nada.

La cojo por la cintura, la giro y la beso otra vez, caminando hacia atrás hasta que mis piernas golpean el borde de la cama.

Me siento y la atraigo para que quede de pie entre mis piernas, y deslizo las manos por sus muslos y le subo despacio el vestido. Ella tiembla bajo mi tacto, y cuando mis dedos rozan la piel desnuda de sus muslos, suelta un jadeo que me pone a cien.

—Este vestido —murmuro contra su cuello, entre besos y un mordisco suave—. Me ha estado volviendo loco toda la noche.

—Me alegro. —Le tiembla la voz, y yo sonrío contra su piel.

Tiro del vestido hacia arriba y ella levanta los brazos y deja que se lo quite por la cabeza. Lo lanzo al suelo sin miramientos y me quedo quieto, mirándola.

Joder.

Está de pie frente a mí en ropa interior negra, sujetador de encaje que apenas contiene sus pechos, bragas a juego que no tapan casi nada. Tiene la piel encendida, la respiración agitada, y me mira con una mezcla de deseo y nerviosismo que me aprieta el pecho.

—Eres preciosa —digo, y no es una frase hecha. Es la verdad.

Ella se sonroja aún más y baja la mirada.

—No tienes que…

—Mírame. —Espero hasta que me mira a los ojos—. Eres. Preciosa.

Y entonces la atraigo hacia mí y vuelvo a besarla, más despacio ahora, saboreando. Mis manos recorren su espalda, bajan hasta sus caderas, aprietan, y ella se derrite contra mí con un suspiro.

La tumbo en la cama y me coloco sobre ella, sosteniéndome con los brazos para no aplastarla. Bajo la cabeza y beso su cuello, su clavícula, el valle entre sus pechos. Ella arquea la espalda, ofreciéndose, y yo aprovecho para deslizar una mano por debajo y desabrocharle el sujetador.

Se lo quito y lo tiro a un lado, y joder, podría correrme solo con mirarla. Tiene unos pechos que quitan el hipo, pezones rosados y duros que piden atención, y yo no soy un hombre que ignore ese tipo de invitaciones.

Bajo la cabeza, me llevo uno a la boca, lo chupo, lo lamo, y ella gime tan fuerte que me pone aún más duro de lo que ya estoy. Busco su otro pecho con los dedos, lo acaricio, lo pellizco con suavidad, y ella se retuerce debajo de mí, con las manos aferradas a mis hombros.

—Dios —jadea—. Eso es…

—¿Qué? —Levanto la cabeza para mirarla, sonriendo—. ¿Bueno?

—Muy bueno. —Sus ojos están vidriosos, perdidos—. Demasiado bueno.

—Cariño, ni siquiera he empezado.

Bajo por su cuerpo, besando cada palmo de piel que encuentro. Su estómago, sus caderas, el interior de sus muslos. Ella tiembla con cada beso, cada caricia, y cuando engancho con los dedos la cinturilla de sus bragas, ella levanta las caderas para que pueda quitárselas.

Y cuando por fin está desnuda debajo de mí, es lo más hermoso que he visto nunca.

Me arrodillo entre sus piernas y las separo más, y a ella se le escapa un sonido entre avergonzado y excitado que me puede. Está empapada, brillante, lista para mí, y tengo que cerrar los ojos para no perder el control.

—Preciosa —murmuro otra vez, recorriéndole el sexo con un dedo, y ella se estremece.

—Por favor —jadea—. Por favor, yo…

—¿Qué quieres? —Rozo su clítoris con el pulgar y ella grita—. Dímelo.

—Tú. Te quiero a ti. Ahora.

Pero yo no tengo prisa. Y eso me desconcierta, porque yo nunca voy despacio: el sexo vacío era rápido, funcional, un trámite para tapar el agujero. Esta noche quiero alargar cada segundo, hacerla gritar, que me recuerde cada vez que cierre los ojos.

Bajo la cabeza y la pruebo, le paso la lengua por el sexo, y ella se despega de la cama con un grito ahogado. Sabe dulce y salada a la vez, adictiva, y me entierro entre sus piernas como un muerto de hambre.

Chupo su clítoris y deslizo un dedo dentro de ella, luego dos, y bombeo sin dejar la lengua quieta, y ella se retuerce, con las manos en mi pelo, tirando y empujando, sin saber si quiere que me acerque más o que pare.

—Dios, Dios, Dios —jadea, y yo sonrío contra ella mientras añado un tercer dedo para prepararla.

—Córrete para mí —murmuro contra su piel—. Déjame sentirlo.

Y ella obedece. Se tensa, grita y se corre contra mi boca con tanta fuerza que tengo que sujetarle las caderas para mantenerla en su sitio. La acompaño en cada ola, en cada sacudida, hasta que se queda laxa y temblorosa debajo de mí.

Me incorporo, me limpio la boca con el dorso de la mano y la miro. Tiene los ojos cerrados, con el pecho subiendo y bajando deprisa, el pelo extendido sobre la almohada como un halo oscuro.

—Mírame —digo, y cuando abre los ojos, le cuesta enfocarme—. No he terminado contigo.

Ella suelta una risa débil.

—No sé si puedo…

—Puedes. —Me levanto de la cama y empiezo a quitarme la ropa, primero la camisa, luego los pantalones, y sus ojos siguen cada uno de mis movimientos y se oscurecen otra vez de deseo.

Cuando me quito los bóxers y mi erección salta libre, la oigo tragar saliva.

Vuelvo a la cama y me coloco entre sus piernas.

—¿Lista?

Ella asiente, mordiéndose el labio, y yo me encajo contra ella y empujo despacio, dándole tiempo a adaptarse a mí. Está tan apretada, tan caliente, que tengo que cerrar los ojos y respirar hondo para no correrme en el acto.

—Joder —gruño, hundiéndome más, centímetro a centímetro—. Eres…

Y entonces se ríe. Una risa corta, incrédula, en el peor momento posible, y en vez de ofenderme me desarma.

—Perdón —jadea, agarrándose a mis hombros—. Es que no me creo que esté haciendo esto.

—¿Quieres que pare?

—Ni se te ocurra.

Me hundo del todo y los dos gemimos al mismo tiempo. No me muevo, dejo que se acostumbre, la beso, y cuando noto que sus músculos se relajan, empiezo a moverme.

Despacio al principio, embestidas largas y profundas que nos sacan gemidos a ambos. Pero ella arquea las caderas, pidiendo más, y yo no soy un santo. Acelero el ritmo, follándola más fuerte, más rápido, y ella me clava las uñas en la espalda; mañana tendré marcas.

—Sí —jadea—. Así. Justo así.

Le levanto una pierna sobre mi hombro y el nuevo ángulo me permite llegar más hondo. Ella grita, echando la cabeza hacia atrás, y yo me inclino y le muerdo el cuello: una marca, aunque solo sea por esta noche.

—Tócate. —La voz me sale áspera—. Quiero ver cómo te corres otra vez.

Ella desliza una mano entre nosotros y se toca, y verla así es tan obsceno que casi me corro ahí mismo. Me obligo a aguantar y la follo más duro, sintiendo cómo sus músculos empiezan a tensarse otra vez alrededor de mí.

—Voy a… —jadea—. Estoy…

—Lo sé. —La voz se me quiebra, y de pronto el que suplica soy yo—. No pares. No pares ahora.

Y ella se rompe: grita, me aprieta tanto que se me nubla la vista. La sigo un segundo después y me vacío dentro de ella con un gruñido ronco, enterrado tan profundo como puedo, y joder, nada de lo que conocía se parece a esto.

Nos quedamos así un momento, sudorosos, saciados, sin resuello. Yo sigo dentro de ella, sin querer moverme, sin querer que esto termine.

Pero al final salgo de ella y me tumbo a su lado en la cama. Ella está boca arriba, mirando al techo, con una sonrisa pequeña en los labios.

No decimos nada. No hay necesidad.

Hace una semana juré que no volvería a hacer esto. Debería notar ya el agujero, esa resaca conocida que llega cuando el cuerpo se enfría. No llega. Por primera vez en años, no llega.

Cierro los ojos mientras el cansancio se apodera de mí, y lo último que noto antes de quedarme dormido es su respiración a mi lado, suave y reconfortante.