CAPÍTULO 6
HAILEY
Esto ha sido un error.
Lo sé en el momento en que cruzo la puerta del bar de The Legacy y todas las miradas se vuelven hacia mí. No de forma obvia, no con descaro, pero las noto. Siento cómo los ojos me recorren de arriba abajo y me juzgan: ¿qué hace una chica como ella en un sitio como este?
Y tienen razón en preguntárselo, porque no tengo ni idea.
El bar es precioso, todo luces tenues y música de jazz, con ese aire de elegancia discreta que solo tienen los sitios donde una copa cuesta lo mismo que mi factura de la luz.
Hay gente guapa por todas partes, vestida con ropa cara, que ríe con la despreocupación de quien nunca ha tenido que contar centavos para llegar a fin de mes.
Y aquí estoy yo, con un vestido de rebajas y zapatos de H&M, fingiendo que encajo en este mundo.
Me acerco a la barra porque no sé qué otra cosa hacer, y me siento en uno de los taburetes aparentando una calma que no tengo. El camarero se acerca con una sonrisa profesional.
—Buenas noches. ¿Qué le pongo?
—Una copa de vino blanco, por favor. —Mi voz suena demasiado aguda, demasiado nerviosa.
Él asiente y se da la vuelta para preparar la copa.
Yo me quedo ahí sentada, con las manos en el regazo, procurando no parecer tan fuera de lugar como me siento.
Los tacones me destrozan los pies. El vestido se me sube cada vez que me muevo.
Y tengo la sensación de que llevo un cartel en la frente que dice «IMPOSTORA».
Esto era una idea terrible. Tendría que estar en casa, en pijama, con un libro y una taza de té. Eso es lo que debería estar haciendo. No esto. Desde luego que no esto.
El camarero me pone la copa delante y le doy las gracias. Doy un sorbo y casi gimo por el sabor del vino. ¿Cuánto cuesta esta cosa? Sin duda más de lo que debería gastarme en una noche cualquiera, aunque sea mi cumpleaños.
Saco el móvil del bolso solo para tener algo que hacer con las manos. No tengo mensajes nuevos. Mía está en casa de Karen viendo películas y comiendo palomitas, feliz y ajena a que su hermana mayor tiene una crisis existencial en un bar de lujo.
Guardo el móvil y me obligo a mirar alrededor, a intentar relajarme. Puedo con esto. Puedo quedarme aquí una hora, terminarme la copa de vino carísima y luego volver a casa con la satisfacción de haber salido y haberme divertido. O algo parecido a divertirse.
Aunque, si soy sincera, este bar no lo he elegido al azar: es el del hotel que aún no me ha dado una respuesta. Quería volver al sitio que quizá me contrate, y de paso convencerme de que esa vida podría ser mía.
Y entonces lo veo.
Hay un hombre al otro lado de la barra, sentado solo, con un vaso de lo que parece agua con gas.
Pelo castaño oscuro algo despeinado, traje que le sienta como si hubiera nacido con él puesto, y una mandíbula que podría cortar cristal.
Está mirando su móvil con expresión relajada, como si estar solo en un bar un viernes por la noche fuera lo más normal del mundo.
Es guapo. Muy guapo. Del tipo de guapo que duele mirar.
Aparto la mirada antes de que me pille mirándolo.
Concéntrate, Hailey. No has venido aquí a babear por hombres guapos. Has venido a… bueno, no estás muy segura de a qué has venido, pero desde luego no a eso.
—Hola, preciosa.
Me tenso. Una voz masculina suena a mi lado y me vuelvo para encontrarme con un hombre de unos cuarenta años, traje caro, sonrisa de tiburón. Se apoya en la barra como si tuviera todo el derecho del mundo a invadir mi espacio personal.
—¿Estás sola?
—Sí. Y prefiero seguir estándolo. —Las palabras salen antes de que pueda pensarlas, firmes y claras.
Al tipo se le congela la sonrisa.
—Vamos, no seas así. Solo quiero invitarte a una copa.
—No, gracias. —Vuelvo la atención al camarero, que sirve copas al otro lado de la barra, y rezo para que este tipo capte la indirecta.
Aguanta ahí plantado unos segundos, esperando no sé qué, pero al ver que no lo va a conseguir, se encoge de hombros y se va.
Respiro aliviada y doy otro sorbo a mi copa.
Vale. Eso no ha estado tan mal. He rechazado a un tipo sin ponerme nerviosa. Algo es algo.
Pero la sensación de estar fuera de lugar no desaparece. Sigo sintiéndome como una actriz que ha salido a escena sin saberse el papel. Como si en cualquier momento alguien fuera a señalarme y a decir «tú no pintas nada aquí».
Porque no pinto nada aquí. Eso es lo que pasa.
Me remeto el pelo detrás de la oreja y me obligo a mantener la compostura. Solo una copa más. Solo unos minutos más. Y luego me voy a casa.
—He pensado que podrías necesitar compañía.
Otra vez. En serio.
Me vuelvo y me encuentro con otro tipo, este más joven que el anterior, con dos copas en las manos y una sonrisa de niño mimado al que nunca le han dicho que no. Me ofrece una de las copas como si fuera un detallazo.
—¿Y has pensado que traerme una copa sin preguntar era la mejor forma de conseguirla? —pregunto, sin poder evitar el tono sarcástico.
El tipo se queda en blanco.
—Yo solo…
—Gracias, pero no. —Levanto mi copa de vino—. Ya tengo. Y jamás bebería nada que me ofreciera un desconocido.
Duda un momento, como un cachorro regañado, y luego se da la vuelta y se va.
Y ahí es cuando lo veo claro.
No quiero esto. No quiero que tipos al azar se me acerquen con frases baratas y promesas vacías.
No quiero sexo casual con hombres que no me conocen y a los que no les importo.
Quiero algo real. Quiero a alguien que me vea de verdad, que me valore, que me haga sentir esas mariposas en el estómago de las que hablan las novelas románticas que leo cuando Mía se duerme.
Y no voy a encontrar eso aquí.
Estoy a punto de pedirle al camarero la cuenta cuando una voz suena a mi lado.
—¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?
Me vuelvo, preparada para soltar otro rechazo, y me quedo de piedra.
Es él. El hombre guapo de antes. El del traje impecable y la mandíbula imposible.
De cerca impone todavía más. Tiene unos ojos grises que brillan con diversión, sonrisa de medio lado que grita «soy consciente de lo guapo que soy y lo uso a mi favor», y un aire de seguridad absoluta, de hombre acostumbrado a conseguir lo que quiere.
Especialmente en la cama.
Me pongo roja. Siento la sangre subirme a las mejillas y me odio por ello.
—Por favor, dime que esa no es tu frase para echar un polvo. Porque si lo es, tengo que decirte que no tengo ningún interés.
Las palabras salen más bruscas de lo que pretendía, pero es demasiado tarde para retirarlas.
Él tarda un par de segundos en reaccionar, y entonces se echa a reír. Una risa profunda, genuina, que le cambia la cara.
No esperaba eso. Esperaba que se ofendiera, que se diera la vuelta y se largara como los otros dos. Pero en lugar de eso, se ríe como si le acabara de contar el mejor chiste de la noche.
—Vale, vale. —Levanta las manos en señal de rendición—. Tienes razón. Esa ha sido la peor frase de la historia. Me disculpo. Déjame intentarlo de nuevo.
Lo miro con los ojos entrecerrados, intentando decidir si esto es una pérdida de tiempo o si merece la pena darle una oportunidad.
Él abre la boca, como si fuera a decir algo, y luego se detiene. Me mira un poco más de lo normal, con una expresión que no sé leer.
—He rechazado a dos tipos en los últimos veinte minutos —digo, cruzándome de brazos—. ¿Qué te hace pensar que tú vas a tener mejor suerte?
—Nada. —Su sonrisa se ensancha—. Absolutamente nada. Pero he pensado que podría intentarlo de todas formas. Solo por ver qué pasa.
Debería mandarlo a paseo. Debería decirle que se largue, terminar mi copa de vino y volver a casa. Eso es lo sensato. Lo inteligente.
Pero la forma en que me mira, con esa sonrisa traviesa, hace que el cerebro se me desconecte un instante.
—Tienes cinco minutos —digo al fin—. Impresióname.
Él se sienta en el taburete a mi lado, todavía sonriendo, y señala mi copa de vino.
—¿Qué estás bebiendo?
—Vino blanco. Probablemente el más caro que he pedido en mi vida. —No sé por qué digo eso. Será que estoy nerviosa, y cuando estoy nerviosa digo lo primero que se me ocurre.
Él se ríe otra vez.
—Entonces has venido al sitio correcto. Este sitio tiene la carta de vinos más ridícula de Manhattan.
—¿Ridícula en el buen sentido o en el mal sentido?
—Depende de si te gusta gastar el equivalente a un mes de alquiler en una botella de Borgoña.
Me echo a reír antes de poder evitarlo.
—Definitivamente en el mal sentido, entonces.
—Lo imaginaba. —Me mira con curiosidad—. Vale, dejando de lado las frases patéticas y el vino caro, ¿qué haces realmente aquí? Porque tienes toda la pinta de estar a punto de salir corriendo en cualquier momento.
Me pongo tensa. ¿Tan obvia soy?
—Es mi cumpleaños —digo, y no sé por qué se lo cuento—. Y me han convencido de que saliera a divertirme en lugar de quedarme en casa leyendo. Así que aquí estoy. Intentando divertirme.
—¿Y cómo va eso?
—Fatal. —Doy otro sorbo a mi vino—. Los tacones me están matando, el vestido es incómodo, y no dejo de preguntarme qué estoy haciendo aquí.
Él sonríe, pero esta vez es una sonrisa más suave, menos burlona.
—Feliz cumpleaños. —Levanta su vaso de agua con gas—. Por las noches que no salen como esperabas.
Choco mi copa contra su vaso, entre ridícula y aliviada.
—Por las noches desastrosas.
—Entonces, déjame adivinar. —Se reclina en el taburete, observándome con esa atención que hace que me sienta desnuda—. Trabajas demasiado, tienes demasiadas responsabilidades, y esta es la primera noche que te tomas libre en meses. ¿Me acerco?
Me quedo quieta, sorprendida.
—¿Cómo…?
—Llámalo intuición. —Se encoge de hombros.
—Vale, entonces ahora me toca a mí. —Me giro en el taburete para mirarlo de frente—. Tú trabajas en finanzas o en algo igualmente aburrido, vives en un apartamento ridículamente caro, y vienes aquí a menudo porque es tu forma de relajarte después de una larga semana.
Él se ríe y niega con la cabeza.
—Frío, frío. Inténtalo otra vez.
—¿No trabajas en finanzas?
—No.
—¿No vives en un apartamento ridículamente caro?
—Eso tampoco puedo confirmarlo ni desmentirlo.
—Entonces dame una pista.
—¿Dónde estaría la diversión entonces? —Me guiña un ojo—. Venga, sigue intentándolo.
Y así empezamos. Un juego absurdo de adivinar quién es el otro sin dar ninguna información real. Yo digo que parece un abogado, él dice que parezco profesora. Yo digo que seguro que tiene un yate, él dice que seguro que tengo una colección de gatos. Los dos nos reímos con cada intento fallido.
Luego pasamos a la gente del bar. Señalamos a la pareja de la esquina y él dice que están en su tercera cita y ella todavía no sabe que él vive con su madre.
Yo señalo al grupo de empresarios y digo que están celebrando que acaban de cerrar un trato que va a arruinar a cientos de familias.
Él se ríe y añade que el más alto tiene una amante en cada ciudad.
Es ridículo. Es absurdo. Y me lo estoy pasando mejor que en muchos años.
—Vale, pero en serio. —Él se inclina hacia delante, y de repente estamos demasiado cerca—. ¿Qué lees?
—¿Qué?
—Has dicho que normalmente te quedas en casa leyendo. ¿Qué tipo de libros?
—Romance. —Lo digo sin pensarlo, y me arrepiento al instante—. Ya sé que es una tontería…
—No es una tontería —dice, muy serio—. ¿Por qué iba a serlo?
—Porque la gente siempre actúa como si lo fuera. Como si leer romance fuera menos válido que leer… no sé, clásicos aburridos sobre hombres tristes.
Él se ríe.
—Los hombres tristes son lo peor. Dame una buena historia de amor cualquier día.
—«No hay encanto comparable a la ternura de corazón» —cito, alzando la copa—. Jane Austen.
—«La esencia misma del romance es la incertidumbre» —contraataca sin dudar—. Oscar Wilde.
Lo miro, sorprendida.
—¿Lees romance?
—No. Pero respeto a quien lo hace. —Sonríe—. Y me gusta la gente que sabe lo que quiere.
Un calorcillo se me instala en el pecho. No sé qué es, pero me gusta.
Seguimos hablando. De libros, de películas, de la peor cita que hemos tenido cada uno.
Él me cuenta una historia sobre una chica que lo llevó a un restaurante vegano y luego se pasó toda la noche hablando de su ex.
Yo le cuento lo del tipo que me invitó a cenar y luego esperaba que yo pagara mi parte porque «la igualdad de género».
Nos reímos tanto que me duele el estómago.
Y de pronto caigo en la cuenta. Las mariposas. Esas malditas mariposas de las que hablan las novelas. Están ahí, revoloteando en mi estómago, y me hacen sentir ligera y emocionada y aterrada a partes iguales.
Este hombre desconocido, guapísimo, divertido, me despierta cosas que no he sentido en años. Quizás nunca.
Miro el reloj de la pared y me sobresalto. Es más de la una de la madrugada.
—Tengo que irme. —Me levanto demasiado rápido y casi me tropiezo con los tacones.
Él se levanta también y me coge del brazo para estabilizarme.
—¿Estás bien?
—Sí. Solo… se ha hecho tarde. Tengo que volver a casa.
—Te acompaño a la salida. —No es una pregunta.
Salimos del bar juntos y cruzamos el vestíbulo del hotel. El corazón me late a mil, y no es por los tacones. Es por él. Por la forma en que camina a mi lado, cerca pero sin tocarme, como si no quisiera invadir mi espacio pero tampoco quisiera alejarse.
Y deseo algo que no he deseado en mi vida.
Deseo que este hombre desconocido, guapísimo y divertido quiera acostarse conmigo.
Y ese deseo me asusta más que él.