CAPÍTULO 5
DRAKE
Bajar al bar del hotel a las once de la noche un viernes es de las ideas más estúpidas que he tenido en mucho tiempo.
Pero aquí estoy, sentado en uno de los taburetes de la barra de The Legacy, con un vaso de agua con gas y limón delante, demostrándome que puedo estar en un bar sin beber alcohol y sin terminar en la cama con alguien. Es como una prueba final de mi nueva vida. Una declaración de principios.
Soy un hombre nuevo. Puedo hacer esto.
El bar está lleno pero no abarrotado, con ese equilibrio justo de gente elegante que busca relajarse después de una larga semana.
De fondo suena música de jazz, las luces son tenues y cálidas, y el ambiente huele a whisky y perfumes caros.
Es exactamente el tipo de sitio donde solía cazar.
Donde solía buscar a alguien con quien pasar la noche y olvidar el vacío durante unas horas.
Pero esta noche no. Esta noche estoy aquí para demostrar que puedo resistir.
Uno de los camareros pasa por delante y me lanza una mirada de sorpresa cuando ve mi vaso de agua con gas.
—¿Seguro que no quiere algo más fuerte, señor Harris?
—Completamente seguro, Mike. —Le sonrío—. Estoy en modo zen esta noche.
Mike se ríe y sigue con lo suyo. El personal ya me conoce. O, más bien, conoce mi antigua versión. La que llegaba al bar a medianoche a beber y se iba con alguien del brazo antes de las dos de la madrugada.
Esa versión ya no existe.
Doy un sorbo a mi agua y observo el bar con la tranquilidad de quien no espera sorpresas.
Hay una pareja en una esquina, en plena primera cita, nerviosos y adorables.
Un grupo de empresarios de traje caro ríe demasiado alto cerca de la ventana por algo que no debe de tener tanta gracia.
Y en la barra, a unos metros de mí, hay un tipo que está intentando llamar la atención de una mujer rubia que no muestra el menor interés.
Todo normal. Todo bajo control.
Y entonces entra ella.
Y joder, el mundo se detiene.
No es una exageración ni una mala pasada de mi cerebro. Es literal. Todo a mi alrededor se vuelve borroso, el sonido se apaga y solo existe ella, que cruza la entrada del bar con un vestido negro de infarto.
Es ajustado, de manga larga, con un escote que deja justo lo suficiente a la imaginación para que no puedas pensar en otra cosa.
Se ciñe a su cuerpo marcando cada curva, cada línea, cada jodido centímetro de piel a la vista.
El pelo le cae en ondas oscuras sobre los hombros, y lleva un pintalabios rojo que es una declaración de guerra.
Pero no es solo el vestido lo que llama mi atención. No es solo el pelo o el maquillaje.
Es la forma en que se mueve. Insegura pero decidida, como si estuviera interpretando un papel que no termina de encajar pero que está empeñada en hacer funcionar.
Camina hacia la barra con los hombros hacia atrás y la barbilla levantada, pero sus ojos dicen que no está en su elemento. Que esto no es lo suyo.
Y eso, joder, eso la hace aún más fascinante.
¿Qué está haciendo aquí?
Se sienta en un taburete al otro lado de la barra, a unos cuatro metros de mí, y pide algo al camarero. No puedo escuchar qué, pero veo cómo Mike asiente y se pone manos a la obra. Ella se recoloca en el asiento, cruza las piernas, se remete el pelo detrás de la oreja.
No puedo dejar de mirarla.
Y no soy el único.
El tipo que estaba intentando ligar con la rubia ha abandonado su misión y ahora está observando a la chica del vestido negro con el interés de un depredador que acaba de encontrar una presa más jugosa.
Se levanta de su sitio y se acerca a ella con esa confianza falsa que tienen los hombres que creen que el dinero los hace irresistibles.
Me tenso sin darme cuenta y aguzo el oído.
—Hola, preciosa —dice el tipo, apoyándose en la barra a su lado—. ¿Estás sola?
Ella lo mira, y juro que puedo ver el momento exacto en que decide que este tipo no tiene ninguna oportunidad.
—Sí. Y prefiero seguir estándolo. —Su voz es firme, sin vacilación, sin disculpas.
El tipo parpadea; no esperaba esa respuesta. Y yo no puedo evitar la carcajada que me trepa por la garganta. Madre mía. Esta chica tiene garras.
—Vamos, no seas así. Solo quiero invitarte a una copa.
—No, gracias. —Vuelve la atención a su copa de vino y lo deja con la palabra en la boca.
El tipo se queda ahí durante un segundo más, esperando que ella cambie de opinión, pero cuando ve que no va a pasar, se encoge de hombros y se aleja. Rechazado. Primera baja de la noche.
Sonrío y doy otro sorbo a mi agua.
Menudo carácter. Me gusta.
Pasan diez minutos. Bebe de su copa despacio mientras observa el bar con la expresión de quien aún no sabe si esto ha sido buena idea. Saca el móvil, le echa un vistazo, lo vuelve a guardar. Se remete el pelo otra vez. Se muerde el labio inferior.
Está nerviosa. Eso es evidente. Pero no parece de las que salen corriendo. Tiene pinta de que está aquí porque ha decidido estarlo, y de que va a aguantar aunque la esté matando por dentro.
Y entonces aparece el segundo.
Este es más joven que el primero, viste un traje caro pero mal ajustado, y esboza una sonrisa de niño rico que cree que el mundo le debe algo. Se acerca a ella con dos copas en las manos y se las ofrece como si fuera el mejor regalo que podría recibir.
—He pensado que podrías necesitar compañía —dice, con una voz melosa que me da ganas de vomitar.
Ella lo mira, y esta vez hay un destello de diversión en sus ojos.
—¿Y has pensado que traerme una copa sin preguntar era la mejor forma de conseguirla?
El tipo se queda descolocado.
—Yo solo…
—Gracias, pero no. —Levanta su copa de vino—. Ya tengo. Y jamás bebería nada que me ofreciera un desconocido.
El tipo aguanta ahí un instante, como si esperara una disculpa por el rechazo; al comprobar que no va a llegar, se da la vuelta y se larga. Segunda baja de la noche.
Y ahí es cuando decido que tengo que hablar con ella.
No porque quiera acostarme con ella. Bueno, vale, la idea se me ha pasado por la cabeza unas cincuenta veces en los últimos quince minutos, pero no es por eso.
Esta vez voy a seguir siendo formal. Mi nuevo yo mejorado.
Es porque esta chica es interesante. Es distinta.
Y llevo una semana siendo un monje y necesito algo de diversión que no termine en una cama.
Solo una conversación. Nada más. Pura curiosidad.
Me levanto de mi taburete y camino hacia ella con las manos en los bolsillos, intentando parecer relajado. Cuando llego a su lado, me apoyo en la barra y le dedico mi mejor sonrisa.
—¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este? —digo, y en el segundo en que las palabras salen de mi boca me doy cuenta de lo horrible que suenan.
Ella se vuelve hacia mí y de cerca es todavía más impresionante: ojos de color avellana con destellos verdes, un rostro delicado pero con carácter y ese pintalabios rojo que ya me ha declarado la guerra. Me mira de arriba abajo con una expresión que no puedo descifrar, y luego suelta una carcajada.
—Por favor, dime que esa no es tu frase para echar un polvo. Porque si lo es, tengo que decirte que no tengo ningún interés.
Me quedo quieto, asimilando lo que acaba de decir, y entonces me echo a reír. Una risa real, profunda, que me sale del pecho.
Esta chica es increíble.
—Vale, vale. —Levanto las manos en señal de rendición—. Tienes razón. Esa ha sido la peor frase de la historia. Me disculpo. Déjame intentarlo de nuevo.
Ella me observa con los ojos entrecerrados, divertida, aunque intenta disimularlo.
—Estoy esperando.
Abro la boca para presentarme, pero me detengo.
Porque si le digo mi nombre, si le digo que soy Drake Harris, futuro director de este hotel, la magia se rompe. Esto se volverá profesional, aburrido, justo lo que no quiero que sea.
Así que no lo hago.
—He rechazado a dos tipos en los últimos veinte minutos —dice ella, interrumpiendo mis pensamientos—. ¿Qué te hace pensar que tú vas a tener mejor suerte?
—Nada. —Sonrío—. Absolutamente nada. Pero he pensado que podría intentarlo de todas formas. Solo por ver qué pasa.
Ella me mira un buen rato, y juro que veo girar los engranajes de su cabeza mientras decide si soy un idiota al que debería mandar a paseo o si merezco unas migajas de su atención.
Y entonces sonríe. Es una sonrisa pequeña, pero real.
—Tienes cinco minutos —dice—. Impresióname.
Y en ese momento, con esa sonrisa y esa mirada desafiante, me doy cuenta de algo.
Estoy jodido.
Completamente jodido.