CAPÍTULO 4
HAILEY
—¡Feliz cumpleaños! —grita Mía cuando entro en casa y doy un brinco por el susto.
Mi hermana está de pie junto a la mesa con una sonrisa enorme en la cara, al lado de Karen, la madre de Sophie, su mejor amiga.
Sobre la mesa hay un pastel casero con velitas, cuatro platos de papel con dibujos de flores y una pancarta hecha a mano que dice «FELIZ CUMPLEAÑOS HAILEY» con letras de colores que se ve a la legua que han dibujado entre las dos niñas.
Se me cierra la garganta por la emoción.
—¿Qué es todo esto? —consigo decir, dejando las llaves en la entrada de casa.
—Tu fiesta de cumpleaños, obvio. —Mía pone los ojos en blanco con esa actitud de «qué pregunta más tonta» que ha perfeccionado últimamente—. No pensarías que íbamos a dejar que cumplieras veintisiete años sin celebrarlo, ¿verdad?
Karen se ríe y se acerca para darme un abrazo.
—Felicidades, cariño. Mía me pidió ayuda para planear esto. Ha sido todo idea suya.
Miro a mi hermana, que ahora está intentando disimular lo orgullosa que está de sí misma, y siento esa presión familiar en el pecho, la que aparece cada vez que Mía tiene uno de estos detalles que me recuerdan que es la mejor persona que conozco a pesar de tener solo once años.
No debería ser tan madura para su edad.
—Gracias —digo, y mi voz suena un poco rota—. Es precioso.
—¡Venga, apaga las velas! —Sophie aparece desde el pasillo, saltando de emoción—. Tienes que pedir un deseo.
Las cuatro nos reunimos alrededor de la mesa mientras Karen enciende las velas con un mechero. Mía apaga las luces y empiezan a cantar el cumpleaños feliz, desafinando de forma espectacular, y yo me quedo ahí de pie, con los ojos escociéndome y el corazón a rebosar.
Cuando terminan de cantar, cierro los ojos y soplo las velas de un solo golpe.
—¿Qué has pedido? —pregunta Sophie, dando botes en el sitio.
—No se puede decir. Si no, no se cumple. —Mía le da un codazo—. Todo el mundo sabe eso.
Karen corta el pastel y nos sentamos a comer mientras las niñas me cuentan todo lo que han hecho en el colegio ese día.
Sophie ha sacado un sobresaliente en matemáticas y Mía está leyendo un libro de fantasía que le presté y que le está encantando.
Las dos hablan a la vez, se interrumpen la una a la otra, se ríen y se roban trozos de pastel del plato cuando la otra no mira.
Es caótico y ruidoso y perfecto.
Karen me observa desde el otro lado de la mesa con su sonrisa cálida de siempre, la que me hace sentir parte de su familia y no solo la hermana mayor de la mejor amiga de su hija. Si Karen no me ayudase a cuidar a Mía para poder trabajar, no sé cómo me las apañaría.
—¿Sabes qué? —dice de repente—. Creo que Mía y Sophie deberían dormir juntas esta noche.
Sophie suelta un chillido. Mía se gira hacia mí con los ojos brillantes.
—¿Podemos? ¿Por favor?
—Claro —digo, porque es imposible decirle que no cuando me mira así—. Pero tenéis que prometerme que os vais a dormir a una hora decente.
Las dos asienten con tanta seriedad que sé que es mentira, pero no me importa.
—Genial. —Karen se levanta y empieza a recoger los platos—. Entonces me las llevo a mi casa. Podéis montaros una noche de pelis, palomitas, todo eso. Y tú, Hailey, puedes tener la noche libre.
—¿Qué? No. —Parpadeo—. Karen, no hace falta. Pueden quedarse aquí.
—Ni hablar. Es tu cumpleaños. Mereces una noche para ti. —Me señala con el tenedor que acaba de coger de la mesa—. ¿Cuándo fue la última vez que saliste? ¿Que te divertiste? ¿Que hiciste algo solo para ti?
No puedo recordarlo. De verdad que no recuerdo la última vez que hice algo solo por diversión.
—No me va mucho lo de salir —digo, y es la verdad—. Si de verdad quieres llevarte a las niñas, me voy a dar un baño y a leer tranquila. Ese es mi plan perfecto.
Karen me mira con cara de velatorio.
—Hailey. Tienes veintisiete años. Deberías estar en un bar, bailando, conociendo gente. No metida en la bañera con un libro.
—A mí me gusta la bañera. Y los libros. —Me cruzo de brazos—. No todo el mundo necesita salir de fiesta para pasárselo bien.
—Ya, pero… —Karen suspira—. Vale. Lo entiendo. Pero al menos prométeme que vas a hacer algo especial. Lo que sea. Por favor.
—Un baño es especial. Con sales. Y música. Es muy relajante.
Karen resopla, pero sonríe. Las niñas ya están corriendo hacia la habitación de Mía para recoger sus cosas, hablando a gritos sobre qué películas van a ver y si van a hacer palomitas con mantequilla o con caramelo.
Me levanto para ayudar a Karen a recoger la mesa, pero ella me aparta con un gesto de la mano.
—Ni se te ocurra. Es tu cumpleaños. Siéntate y relájate.
—Karen…
—Siéntate.
Me siento. Karen recoge los platos y los lleva a la cocina mientras yo me quedo en el sofá, escuchando a las niñas reír en la habitación del fondo.
Este apartamento es pequeño, demasiado pequeño para dos personas, pero es nuestro.
Mía tiene su habitación y yo duermo en el sofá cama del salón, y funciona. No es ideal, pero funciona.
Mía aparece diez minutos después con una mochila al hombro y Sophie detrás de ella. Karen está esperando en la puerta con las llaves en la mano.
—Lista —anuncia Mía, y luego viene y se desploma en el sofá a mi lado.
Me mira con esos ojos que son demasiado parecidos a los míos, demasiado serios para una niña de once años, y me coge la mano.
—Feliz cumpleaños, Hailey. Eres la mejor hermana del mundo. La mejor persona del mundo. Y te mereces ser feliz.
Se me cierra la garganta otra vez.
—Soy feliz —digo, apretándole la mano—. Te tengo a ti. Con eso me basta.
—No debería. —Sacude la cabeza—. Quiero que te diviertas. Que hagas algo que te haga feliz a ti, no solo a mí. Porque si no lo haces, me voy a sentir culpable. Como si fuera una carga.
—Mía. —Le suelto la mano, le cojo la cara con las dos manos y la obligo a mirarme—. No eres una carga. Nunca digas eso. Eres lo que más quiero en el mundo. Lo mejor que me ha pasado en la vida. ¿Me oyes?
Asiente, pero tiene los ojos vidriosos.
—Entonces hazme caso. Por una vez en tu vida, diviértete. Sal. Haz algo loco. Algo que tú nunca harías. —Se inclina y me da un beso en la mejilla—. Por favor. Por mí.
Karen nos observa desde la puerta, con cara de estar a punto de llorar.
—La niña tiene razón —dice—. Vamos, Hailey. Dale el gusto a tu hermana pequeña.
Miro a Mía, que ha puesto esa cara suplicante a la que no sé decir que no, y luego a Karen, que asiente para darme ánimos.
—Vale —cedo—. Lo pensaré.
—¡Sí! —Mía salta del sofá y me abraza con tanta fuerza que casi me tira—. Te quiero. Diviértete. No te preocupes por mí. Estaré bien.
—Lo sé. —Le devuelvo el abrazo, respirando el olor a champú de fresa de su pelo—. Tú también diviértete. Y no os quedéis despiertas hasta las tantas.
—No lo haremos. —Miente descaradamente.
Las tres salen del apartamento en un torbellino de risas y despedidas, y cuando la puerta se cierra, el silencio se me cae encima.
Me quedo de pie en mitad del salón durante un minuto, escuchando el ruido de mis propios pensamientos.
Veintisiete años. Hoy cumplo veintisiete años.
Y estoy sola en un apartamento diminuto de Queens, sin planes, sin amigos que me esperen en ningún sitio, sin nada más que un baño y un libro para celebrarlo.
No es deprimente. No lo es. Me gusta estar sola. Me gusta el silencio. Me gusta poder hacer lo que quiera sin tener que preocuparme por nadie más.
Pero las palabras de Mía resuenan en mi cabeza. «Quiero que te diviertas. Que hagas algo que te haga feliz a ti.»
Y las de Karen. «Deberías estar en un bar, bailando, conociendo gente.»
Suspiro, voy al baño, abro el grifo de la bañera y echo unas sales que compré hace meses y que huelen a lavanda. La bañera empieza a llenarse y yo me siento en el borde, viendo subir el vapor.
Podría seguir con el plan: meterme en el agua caliente, leer un libro, relajarme. Es lo que he planeado. Es lo que quiero.
¿Verdad?
El recuerdo de The Legacy aparece de repente en mi mente. El vestíbulo impresionante, las arañas de cristal, el olor a dinero y poder.
Por un segundo, solo un segundo, me permito imaginar cómo sería salir esta noche. Vestirme bien. Ir a algún sitio bonito. Actuar como si fuera la mujer segura y atrevida que me gustaría ser, aunque solo sea por una noche.
Es mi cumpleaños. ¿Por qué no?
Cierro el grifo de la bañera, me levanto y me miro en el espejo.
Tengo el pelo recogido en un moño despeinado, ropa cómoda de estar por casa, cara sin maquillar.
No parezco alguien que está a punto de salir a celebrar su cumpleaños.
Parezco alguien que está a punto de meterse en la cama a las nueve de la noche.
Mía tiene razón. Karen tiene razón.
Por una vez en mi vida, puedo ser atrevida.
Salgo del baño y voy directa a mi armario, que en realidad es una barra colgada en una esquina del salón porque no hay sitio para nada más. Paso las perchas una por una, buscando algo, cualquier cosa, que no sea un traje de trabajo o ropa de estar por casa.
Y entonces lo encuentro.
El vestido negro. El único vestido sexy que tengo, que compré hace dos años en rebajas para una entrevista de trabajo que al final no fue tan formal como pensaba.
Es ajustado, de manga larga, con un escote que no es obsceno pero que desde luego no es conservador.
Lo he llevado exactamente una vez, y luego lo guardé en el fondo de la barra porque nunca tuve otra ocasión para ponérmelo.
Hasta ahora.
Lo saco, me lo coloco por delante y me miro en el espejo que tengo apoyado contra la pared. Podría funcionar. Con el maquillaje adecuado, los zapatos adecuados, el pelo suelto… podría funcionar.
Podría ser la mujer que quiero ser. Aunque solo sea por una noche.
Me muerdo el labio con una mezcla de nervios y emoción que no sentía desde hace años. Es una locura. Es una idea ridícula. No soy la chica que sale sola a bares en su cumpleaños. Soy la chica responsable que se queda en casa leyendo y se asegura de que su hermana pequeña tenga todo lo que necesita.
Pero Mía me ha dicho que me divierta. Que haga algo por mí. Y Karen tiene razón: tengo veintisiete años. Debería hacer cosas que le den un poco de emoción a mi vida, aunque solo sea de vez en cuando.
Dejo el vestido sobre el sofá, vuelvo al baño y quito el tapón de la bañera a medio llenar: esta noche, ducha en lugar de baño. Abro el grifo y me meto debajo del agua caliente, dejando que el vapor me envuelva mientras decido qué voy a hacer.
Voy a salir. Voy a ponerme el vestido negro. Voy a maquillarme. Y voy a fingir, solo por esta noche, que soy alguien sin responsabilidades, sin preocupaciones.
Voy a ser Hailey, la mujer que quiero ser. La mujer segura, atrevida, que no tiene miedo de nada.
Aunque solo sea por unas horas.
Salgo de la ducha, me envuelvo en una toalla y limpio un círculo en el espejo empañado. Ahí, por un segundo, veo a esa mujer. La que quiero ser. La que puedo ser, si me doy la oportunidad.
Vale. Puedo con esto.
Me seco el pelo con el secador, algo que casi nunca hago porque es una pérdida de tiempo, pero esta noche no.
Esta noche me lo tomo con calma y dejo que las ondas naturales me caigan sobre los hombros.
Me maquillo con más cuidado del habitual: rímel, un poco de sombra de ojos, pintalabios rojo que compré en un arrebato y que nunca he tenido el valor de ponerme.
Cuando termino, casi no me reconozco.
Vuelvo al salón y me pongo el vestido negro y me subo la cremallera lateral con cuidado.
Me sienta como un guante y marca las curvas que suelo esconder debajo de trajes de trabajo y ropa holgada.
Me pongo los únicos zapatos de tacón decentes que tengo, negros, de H&M, pero con los que mis piernas parecen kilométricas.
Me miro en el espejo y cojo aire.
Me veo muy guapa.
Vale. No hay vuelta atrás. Voy a por ello.
Cojo el bolso pequeño que uso para ocasiones especiales, meto dentro el móvil, las llaves, la cartera y un pintalabios de repuesto. Me echo un último vistazo en el espejo, me retoco el pelo y compruebo que el maquillaje esté bien.
No soy la chica del apartamento de Queens que trabaja tres turnos para llegar a fin de mes. Esta noche soy otra persona. Alguien que merece divertirse. Alguien que puede tener una noche solo para ella.
Respiro hondo y me dirijo hacia la puerta.
Es mi cumpleaños. Y voy a celebrarlo como se merece.