CAPÍTULO 3
DRAKE
Hannah es una diosa.
No en el sentido romántico, porque es mi mejor amiga y cuñada y la idea me da escalofríos, sino en el sentido de que está consiguiendo que esta noche en El Círculo sea mil veces más fácil de lo que esperaba.
Me ha presentado a media docena de hombres importantes en la última hora, y todos parecen encantados de conocerme gracias a que ella les ha dicho justo lo que había que decirles antes de soltarme en medio de la conversación.
—Drake, te presento a Malcolm Stevenson. Malcolm, Drake es el nuevo director de The Legacy Manhattan. —Hannah sonríe con ese encanto natural con el que se gana a todo el mundo—. Creo que tenéis mucho de qué hablar.
Malcolm Stevenson resulta ser el dueño de una cadena de restaurantes de lujo y un tipo que disfruta de lo lindo hablando de sí mismo. Bien. A eso sé sacarle partido.
—The Legacy, ¿eh? —dice, estrechándome la mano con firmeza—. He oído hablar del sitio. Menudo trabajo el que estáis haciendo.
—Gracias. Estamos muy orgullosos de lo que hemos conseguido. —Saco mi mejor sonrisa—. Y estamos buscando establecer relaciones con los mejores de la ciudad. Gente como tú.
Malcolm se hincha visiblemente con el cumplido, y durante los siguientes diez minutos me habla de sus restaurantes, sus planes de expansión y su pasión por el vino francés. Yo asiento cuando toca, hago preguntas inteligentes y me dedico a lo que mejor se me da: encandilar.
Royce está al otro lado de la sala, apoyado contra una columna con una copa en la mano y esa expresión de «preferiría estar en cualquier otro sitio» grabada en la cara. Me lanza una mirada que interpreto como «no la líes», y yo le dedico un guiño que significa «confía en mí».
Hannah vuelve a mi lado cuando Malcolm se disculpa para ir a saludar a alguien.
—Lo estás haciendo genial —dice, dándome un golpecito en el brazo—. Sabía que esto se te daría bien.
—Es fácil cuando tengo a la mejor anfitriona de Manhattan a mi lado. —Le sonrío—. ¿Quién es el siguiente?
—Paciencia, Drake. Deja que respiren un poco antes de lanzarte sobre ellos. —Se ríe y señala hacia la barra—. ¿Por qué no vas a por algo de beber? Yo voy a saludar a unas amigas y luego te presento a Richard Ashford. Ese sí que es importante.
—A la orden.
Me dirijo a la barra, esquivando grupos de hombres en trajes caros que hablan de negocios y de golf.
El Círculo es tal y como me lo imaginaba: elegante, exclusivo y lleno de gente que huele a poder.
Las paredes están forradas de madera oscura, hay sofás de cuero repartidos con toda la intención y una araña de cristal, que valdrá más que un coche, cuelga del techo.
Es el tipo de sitio donde se cierran acuerdos de millones de dólares con un apretón de manos y una copa de whisky.
Es el lugar perfecto para lo que necesito.
Pido una tónica con limón en la barra, porque sí: he dejado el alcohol también, y mientras espero a que el camarero me la prepare, una voz suave suena a mi lado.
—Tónica con limón. Qué refrescante en un sitio como este.
Me vuelvo y me encuentro con una morena alta, vestido rojo que se ciñe donde tiene que ceñirse, sonrisa que dice «sé exactamente lo que quiero y cómo conseguirlo». Se apoya en la barra a mi lado con un movimiento estudiado y me mira de frente.
—Tengo trabajo mañana temprano —digo, manteniendo el tono amable—. Prefiero mantener la cabeza clara.
—Qué responsable. —Se ríe y se inclina un poco más hacia mí—. Soy Vanessa. Y tú eres Drake Harris. Hannah me ha hablado de ti.
—Espero que haya dicho cosas buenas.
—Las mejores. —Me mira de arriba abajo sin ninguna sutileza—. Dice que eres el hombre más encantador de Manhattan. Y reconozco que la curiosidad me está matando.
El camarero me entrega la tónica y le doy las gracias antes de volver a centrarme en Vanessa.
—Mi mejor amiga es demasiado amable —digo—. Pero me temo que esta noche estoy aquí por trabajo, no por placer.
—¿Quién dice que no puedes mezclar ambas cosas? —Vanessa sonríe y saca una tarjeta del bolso y la desliza por la barra hacia mí—. Este es mi número. Por si cambias de opinión más tarde.
Y ahí está. La primera prueba de la noche.
Hace un mes, habría cogido esa tarjeta, la habría guardado en el bolsillo y habría acabado en su apartamento antes de medianoche.
Habría sido fácil, sin complicaciones, sin expectativas.
Sexo y nada más. La receta de siempre para llenar el vacío durante unas horas antes de que volviera, más grande y más oscuro que antes.
Pero ahora, mirando esa tarjeta, lo único que siento es alivio.
Alivio de no necesitarlo. Alivio de no quererlo.
—Eres muy amable, Vanessa. —Empujo la tarjeta de vuelta hacia ella con una sonrisa—. Pero voy a tener que rechazar la oferta. Como he dicho, estoy aquí por trabajo.
Vanessa parpadea, descolocada. No estará acostumbrada a que le digan que no.
—¿Estás seguro? —insiste, con un toque de desafío en la voz.
—Del todo. —Cojo la tónica y le sonrío—. Pero ha sido un placer conocerte. Disfruta de la noche.
Me alejo antes de que pueda insistir, y mientras camino de vuelta hacia donde Hannah está hablando con un grupo de mujeres, siento una satisfacción extraña en el pecho.
He rechazado a una mujer despampanante que me estaba ofreciendo sexo en bandeja. Y me siento genial.
¿Por qué demonios he tardado tanto en darme cuenta de que acostarme con cualquiera nunca llenaba el vacío? Solo lo tapaba. Lo escondía debajo de sábanas ajenas y ginebra barata. Pero nunca desaparecía.
Esto es mejor. Mucho mejor.
Hannah me ve acercarme y me hace un gesto para que me una al grupo.
—Chicas, os presento a Drake Harris, mi cuñado favorito. Drake, ellas son Margot, Celeste y Chloe.
Las tres me sonríen, y yo despliego mi sonrisa más encantadora mientras estrecho manos e intercambio cumplidos.
Margot es diseñadora de interiores, Celeste trabaja en publicidad y Chloe es editora de una revista de moda.
Son inteligentes, divertidas y sin duda parte del círculo social que necesito cultivar.
Pasamos los siguientes veinte minutos hablando de todo un poco: arte, hoteles, la mejor forma de hacer un gin-tonic perfecto.
Yo hago reír a Celeste con una anécdota sobre la vez que Royce intentó organizarle una cena sorpresa a Hannah y casi provoca un incendio en la cocina.
Hannah pone cara de mártir, pero se ríe también.
Cuando el grupo se dispersa, Hannah me arrastra hacia otro lado de la sala.
—Richard Ashford está allí. —Señala con la cabeza hacia un hombre de unos sesenta años, pelo canoso impecable, traje que cuesta un riñón—. Es uno de los hombres más influyentes de la ciudad. Magnate inmobiliario, filántropo, miembro destacado de El Círculo. Si consigues caerle bien, estás dentro.
—Sin presión, ¿no?
Hannah se ríe y me da un empujoncito.
—Venga. Eres Drake Harris. Puedes con esto.
Nos acercamos y Hannah hace las presentaciones con su habitual gracia.
Richard Ashford es un tipo serio pero agradable, con un apretón de manos firme y una mirada que te evalúa en dos segundos.
Le hablo de The Legacy, de nuestros planes para convertirnos en el hotel de referencia de Manhattan, y él asiente con aprobación.
—Impresionante —dice—. Me gusta ver a gente joven con ambición. Tu hermano tiene buen ojo para los negocios, pero tú tienes algo que él no tiene.
—¿El qué?
—Encanto. —Sonríe—. Y en esta ciudad, eso vale tanto como el dinero.
Me despido de Richard con la promesa de invitarle a una cena en The Legacy, y Hannah tira de mí hacia la terraza.
—Necesitas un respiro —dice—. Llevas una hora encandilando a gente sin parar. Yo te cubro —añade, dándome un empujón hacia el exterior.
Salgo a la terraza y respiro el aire fresco de la noche.
Las vistas de Manhattan al atardecer quitan el hipo desde aquí: rascacielos iluminados, el tráfico de la ciudad como un río de luces, el cielo teñido de naranja y púrpura.
Me apoyo en la barandilla, cierro los ojos y disfruto un momento del silencio.
—Bonitas vistas, ¿verdad?
Abro los ojos y me encuentro con una rubia de vestido azul, copa de champán en mano, sonrisa de «estoy aquí por algo». Se coloca a mi lado y me mira de reojo.
—Impresionantes —digo—. No me canso de verlas.
—Yo tampoco. Vengo aquí a menudo. —Hace una pausa—. Soy Nicole.
—Encantado, Nicole. Soy Drake.
—Lo sé. Todo el mundo aquí sabe quién eres. —Me mira sin rodeos—. El hermano guapo de Royce Harris. El que tiene fama de rompecorazones.
—Esa fama está muy exagerada.
—Qué decepción. —Se ríe y se acerca un paso—. Tenía esperanzas de que fuera verdad.
Y ahí está. El ofrecimiento número dos.
Miro a Nicole, con su vestido azul y su sonrisa coqueta, y siento lo mismo que con Vanessa: nada. Bueno, no nada. Siento libertad. Siento control. Siento que puedo decir que no y el mundo no se va a acabar.
—Lo siento. —Pongo mi mejor cara de disculpa—. Me temo que las esperanzas se van a quedar en eso. Estoy en modo profesional esta noche.
Nicole parece decepcionada pero no insiste. Se encoge de hombros, sonríe una última vez y vuelve dentro.
Dos de dos. Esto está tirado.
Cuando vuelvo al salón principal, Royce está esperándome cerca de la salida con esa expresión de «ya he tenido suficiente de esta gente por hoy» que conozco tan bien.
—¿Nos vamos? —pregunta.
—Claro. Déjame despedirme de Hannah, que seguro que tú ya lo has hecho —le digo poniendo una cara traviesa. Estoy convencido de que la ha besado delante de todo el mundo para dejar claro que es su mujer.
Nunca hubiera imaginado que mi hermano era tan posesivo.
Encuentro a Hannah hablando con Chloe cerca de la barra y me acerco para darle un abrazo.
—Gracias por esta noche. Has sido increíble.
—De nada. —Sonríe—. Lo has bordado, Drake. Estoy orgullosa de ti.
Esas palabras me calientan el pecho. Hannah siempre ha creído en mí, incluso cuando yo no creía en mí mismo.
—Te debo una cena.
—Me debes varias. Pero te las voy a cobrar todas juntas. —Se ríe y me da un beso en la mejilla—. Cuida de mi marido cascarrabias de camino a casa.
Me dirijo hacia el guardarropa para recoger mi abrigo, y cuando llego al mostrador, la chica detrás de él me sonríe de una forma que no tiene nada de profesional.
Es joven, pelo oscuro recogido en una coleta, ojos grandes y expresivos. Guapa. Dulce. Mi tipo exacto hace un mes.
—Aquí tiene, señor Harris. —Me tiende el abrigo, y cuando lo cojo, deja que sus dedos rocen los míos más de lo necesario—. Espero que haya disfrutado de la noche.
—Mucho. Gracias.
—Si alguna vez necesita… cualquier cosa. —Hace una pausa significativa—. Trabajo aquí la mayoría de las noches. Me llamo Emma.
Ofrecimiento número tres.
La miro, con su sonrisa tímida y sus ojos esperanzados, y siento lo mismo que las dos veces anteriores. Libertad. Control. La certeza absoluta de que no necesito esto para sentirme entero.
—Eres muy amable, Emma. —Me pongo el abrigo y le sonrío, sincero—. Pero voy a tener que rechazar la oferta. Cuídate.
Salgo del guardarropa como si acabara de escalar el Everest.
Tres rechazos en una noche. Tres oportunidades de volver a mis viejos hábitos, de llenar el vacío con cuerpos ajenos que se van antes de empezar a importar. Y las tres las he dejado pasar sin dudarlo ni un segundo.
Soy oficialmente un hombre nuevo.
Royce me está esperando en el vestíbulo, con las manos en los bolsillos y la cara de alivio que se le pone al salir de los eventos sociales.
—¿Listo? —pregunta.
—Más que listo.
Salimos a la calle y empezamos a caminar hacia donde hemos aparcado. Hace fresco y el aire huele a noche y a ciudad. Caminamos en silencio durante un minuto, y luego Royce se detiene y me mira.
—¿Estás enfermo? —pregunta.
—¿Qué? No. ¿Por qué?
—Porque te he visto rechazar a varias mujeres esta noche. —Me observa con la intensidad de quien intenta resolver un enigma—. Eso no es normal en ti.
Me echo a reír, porque tiene toda la razón. No es normal. O no era normal. Pero ahora sí.
—Soy un hombre mejorado —digo, subiéndome el cuello del abrigo—. Te lo dije. He visto la luz. Me voy a meter a monje.
Royce me mira como si acabara de anunciar que me voy a mudar a la Luna.
—No te lo crees ni tú.
—Jamás he estado tan seguro de nada en mi vida.
—Y lo digo muy en serio—. Mira, Royce. He pasado años tapando un vacío con alcohol y con mujeres que no significaban nada, intentando sentir algo que nunca llegaba.
Esta noche me he dado cuenta de que no necesito esa mierda. No la quiero. Me siento mejor sin ella.
Royce se queda callado un buen rato y me examina como quien evalúa una inversión de riesgo.
—No puedo creerme lo mucho que has cambiado —dice al fin, y su voz suena casi a orgullo.
—Yo tampoco. —Sonrío—. Pero ¿sabes qué es lo mejor de todo, Royce? Que me siento libre. Por primera vez en mi vida, me siento jodidamente libre.
Royce asiente despacio, y luego hace algo que no esperaba: sonríe. No es una sonrisa grande, porque es Royce y no hace esas cosas, pero es real.
—Me alegro por ti —dice—. De verdad.
—Gracias. —Le doy una palmada en el hombro—. Y gracias por confiar en mí. Por darme esta oportunidad. No te voy a decepcionar.
—Lo sé.
Seguimos caminando hacia el coche, y siento que todo está donde tiene que estar. Tengo un propósito. Tengo un plan. Y tengo la determinación de demostrarle a todo el mundo, empezando por mí mismo, que Drake Harris es mucho más que un ligón con buena pinta.
Tres rechazos. Una noche redonda. Y la sensación de que mi vida, por fin, va por buen camino.
Soy un hombre nuevo.
Y esta vez va en serio.