Mi jefe provocador (Jefes Insoportables 6) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

HAILEY

Si consigo este trabajo, le compro las zapatillas a Mía.

Si no lo consigo, vamos a comer arroz con lentejas durante las próximas tres semanas y le explico que las Nike que quiere pueden esperar hasta Navidad.

Me recoloco en el sofá de cuero de la sala de espera de The Legacy Manhattan e intento no parecer tan desesperada como estoy.

El truco está en sentarse derecha, mantener las manos quietas y fingir que te entrevistas para trabajos que casi seguro no vas a conseguir por puro deporte, no porque tu cuenta bancaria esté llorando y tu hermana de once años haya mencionado que necesita unas zapatillas exactamente catorce veces en los últimos cuatro días.

Catorce. Las he contado.

La sala de espera parece sacada del folleto de un hotel de cinco estrellas en plena Quinta Avenida: sofás de cuero beis que costarán más que tres meses de mi alquiler, mesitas de cristal sin una sola marca de dedos, flores frescas en jarrones que deben de cambiar cada día.

Hay una pintura enorme en la pared que parece cara pero que no entiendo, y el aire huele a ese tipo de perfume ambiental que solo usan los sitios donde la gente gana en un mes lo que yo gano en un año.

Es bonito. Intimidante. Y me recuerda por qué necesito este trabajo.

Porque la alternativa es seguir encadenando turnos dobles de camarera en el diner de Queens, llegar a casa a las dos de la madrugada oliendo a grasa y café rancio, y despertarme cuatro horas después para preparar el desayuno de Mía antes de que se vaya al colegio.

Y no es que me queje, porque hay gente que está mucho peor, pero dios, estaría bien poder dormir más de cinco horas seguidas de vez en cuando.

La puerta del despacho al otro lado de la sala se abre y aparece una mujer rubia de unos treinta y tantos años, con un vestido azul marino impecable y una sonrisa profesional de las que parecen de verdad.

Lleva una carpeta bajo el brazo y tiene una barriguita pequeña que indica que está embarazada de unos cuatro o cinco meses.

—¿Hailey Taylor? —pregunta.

—Sí. —Me levanto demasiado rápido y casi tropiezo con mi propio bolso—. Soy yo. Hola.

Genial. Empezamos bien.

Ella no parece darse cuenta, o es lo bastante educada para fingir lo contrario.

—Encantada de conocerte. Soy Claire Mason, secretaria ejecutiva del señor Harris. —Me tiende la mano y se la estrecho, procurando que el apretón sea firme pero sin ansia—. Pasa, por favor.

La sigo hasta un despacho pequeño pero luminoso, con vistas a la ciudad y una mesa de escritorio de madera oscura que está ordenadísima. Todo en este sitio está ordenadísimo. Es como si el desorden estuviera prohibido por contrato.

Claire señala una silla frente a su escritorio y yo me siento, cruzo las piernas y me coloco el bolso en el regazo.

Llevo mi único traje decente, el negro de Zara que compré hace dos años en rebajas y que he cuidado como si fuera de Chanel.

Los zapatos son de H&M pero los he limpiado hasta que brillan.

El pelo lo llevo recogido en un moño bajo, profesional, sin un mechón fuera de sitio.

Parezco alguien que tiene su vida controlada. Esa es la idea.

Claire se sienta al otro lado del escritorio, abre la carpeta y echa un vistazo a lo que supongo que es mi currículum.

Seguro que es el currículum más aburrido que ha visto en su vida: tres años de camarera, dos de recepcionista en un hotel de mala muerte en Brooklyn, un año de auxiliar administrativa en una empresa que quebró seis meses después de que me contrataran.

Nada impresionante. Nada que pida a gritos «contrátame para trabajar en un hotel de lujo».

Pero aquí estoy, porque la desesperación te empuja a presentarte a trabajos que te quedan grandes.

—Bueno, Hailey —dice Claire, levantando la vista con una sonrisa—.

Gracias por venir. Déjame que te explique un poco la situación.

Estoy embarazada, como habrás notado, y voy a irme de baja por maternidad en unas semanas.

Los señores Harris me han pedido que busque a una sustituta que pueda encargarse de las funciones de secretaria ejecutiva mientras estoy fuera.

—Entiendo. —Asiento con la espalda muy recta—. ¿Y cuáles serían exactamente esas funciones?

—Gestión de agenda, coordinación de reuniones, atender llamadas, organizar viajes, preparar informes, en resumen, todo lo que necesite el nuevo director del hotel.

—Claire se reclina en su silla y me observa con atención—.

Es un puesto exigente. El señor Harris tiene una agenda muy apretada y necesita a una persona organizada, eficiente y que no se hunda bajo presión.

—Puedo con eso. —Y no estoy mintiendo. He criado a una niña sola durante siete años mientras compaginaba tres trabajos a la vez. Si eso no es aguantar bajo presión, no sé qué lo es—. Soy muy organizada y el estrés no me puede.

Claire sonríe, como si acabara de oír algo que le gusta.

—Eso es bueno. Porque el señor Drake Harris es…

—Hace una pausa, como si le costara dar con las palabras—.

Es encantador. Muy encantador. Pero también puede ser un poco…

impredecible. Necesito a alguien que tenga carácter.

Alguien que pueda decirle que no cuando sea necesario y que no se deje deslumbrar por su encanto.

Ah. Es uno de esos .

He trabajado con hombres así antes. Tipos guapos que creen que una sonrisa y un cumplido bien colocado son suficientes para que hagas lo que quieran. No funciona conmigo. Aprendí hace mucho tiempo que el encanto no paga las facturas y que las promesas vacías no llenan la nevera.

—No me deslumbro fácilmente —digo, y es la mayor verdad que he dicho en toda la semana—. Si me dice que haga algo que no tiene sentido, se lo diré. Con respeto, por supuesto.

Claire se ríe, y esta vez la sonrisa le sale sola.

—Estupendo. Eso es justo lo que necesito oír. —Vuelve a mirar mi currículum—. Veo que has trabajado en varios hoteles antes. Cuéntame un poco sobre esa experiencia.

Y allá vamos. La parte de la entrevista en la que tengo que convertir «he limpiado habitaciones y he atendido a clientes borrachos a las tres de la madrugada» en algo que suene impresionante.

—Trabajé como recepcionista en un hotel en Brooklyn durante dos años —digo, manteniendo la voz firme—.

Me encargaba de hacer el check-in y el check-out de los huéspedes, gestionar reservas, resolver problemas y quejas, y coordinar con el resto del personal.

Aprendí a mantener la calma incluso cuando los clientes se volvían… digamos, complicados.

—¿Complicados? —Claire levanta una ceja, divertida.

—Borrachos. Groseros. Exigentes. A veces las tres cosas a la vez. —Me encojo de hombros—. Pero siempre conseguí que se fueran contentos. O al menos sin montar un escándalo.

Claire asiente, satisfecha.

—Eso es importante. En un hotel de lujo como este, los huéspedes tienen expectativas muy altas y es fundamental saber gestionarlas. —Cierra la carpeta y me mira a los ojos—. Cuéntame, Hailey. ¿Por qué quieres este trabajo?

Porque necesito el dinero. Porque mi hermana de once años necesita unas zapatillas nuevas, ropa que ya se le queda pequeña y libros para el colegio.

Porque llevo siete años criándola sola desde que nuestros padres decidieron que ser adultos responsables era demasiado trabajo y se largaron.

Porque estoy agotada de trabajar tres turnos al día y no llegar nunca a fin de mes.

Porque quiero una oportunidad, una sola oportunidad, de tener algo estable y decente para las dos.

Pero no puedo decir nada de eso.

—Porque creo que es una buena oportunidad para crecer profesionalmente —digo, con la respuesta ensayada que he practicado frente al espejo esta mañana—.

The Legacy tiene una reputación impecable y trabajar aquí sería un paso importante en mi carrera.

Además, disfruto trabajando en entornos exigentes donde puedo demostrar lo que valgo.

Claire me observa durante un momento, y juraría que no se ha tragado la respuesta ensayada. Pero asiente, y no parece decepcionada.

—Me gusta tu actitud —dice—. Y tu experiencia, aunque no sea en hoteles de cinco estrellas, demuestra que sabes trabajar duro. Eso es más valioso de lo que mucha gente cree.

Noto un calorcillo de esperanza en el pecho. No es un sí, pero tampoco es un no.

—Gracias —digo, y lo digo en serio.

Claire se levanta y yo la imito: cojo el bolso y me aliso la falda.

—Voy a repasar el resto de candidaturas y te responderé en unos días —dice, rodeando el escritorio para acompañarme hasta la puerta—. Pero quiero que sepas que me has gustado mucho, Hailey. Tienes algo que muchas de las otras candidatas no tienen.

—¿El qué? —pregunto antes de poder detenerme.

Ella sonríe.

—Carácter. Y eso es, ni más ni menos, lo que necesita el señor Harris.

Me acompaña de vuelta a la sala de espera y me tiende la mano.

—Gracias por venir. Espero poder decirte algo pronto.

—Gracias a usted. —Le estrecho la mano con toda la gratitud y la profesionalidad de la que soy capaz—. Ha sido un placer conocerla.

Salgo del despacho y camino por el pasillo hacia los ascensores, procurando no parecer ni demasiado emocionada ni demasiado desesperada. Es difícil encontrar el equilibrio cuando lo que te pide el cuerpo es volver corriendo y suplicar.

El hotel es impresionante. No puedo evitar mirarlo todo mientras espero el ascensor: los techos altos con arañas de cristal, las paredes forradas de madera oscura, las alfombras tan gruesas que absorben el sonido de mis pasos.

Hay un enorme ramo de flores frescas en una mesa de mármol, y un empleado con uniforme impecable pasa a mi lado y me sonríe con amabilidad.

Todo aquí grita dinero. Poder. Seguridad.

Y yo estoy aquí con un traje de Zara y zapatos de H&M, intentando convencer a alguien de que merezco trabajar en un sitio así.

El ascensor llega y entro y pulso el botón de la planta baja. Las puertas se cierran y me apoyo contra la pared y cierro los ojos un segundo.

¿Cómo será? No es la primera vez que me lo pregunto. ¿Cómo será tener dinero? ¿No tener que calcular cada centavo antes de comprar cualquier cosa? ¿No tener responsabilidades que te aplasten? ¿Sentirte poderosa y segura, sabiendo que si algo sale mal tienes un colchón que te protege?

No lo sé. Puede que nunca lo sepa.

Porque yo nací en Queens, en un apartamento de dos habitaciones con goteras en el techo y vecinos que gritaban a todas horas.

Crecí viendo a mi padre prometer que iba a cambiar, que iba a dejar de engañar a mi madre, que esta vez iba en serio.

Mentiras. Siempre mentiras. Y luego se largó con su última amante cuando yo tenía veinte años y Mía cuatro, y nunca volvió.

Mi madre aguantó seis meses más antes de derrumbarse. Una mañana me desperté y encontré una nota en la mesa de la cocina: «No puedo más. Lo siento». Y se fue. Se fue sin más, y nos dejó a Mía y a mí solas.

Así que aprendí muy pronto que nadie va a venir a salvarte.

Que la única forma de salir adelante es currar mucho, mantener la cabeza baja y no confiar en las promesas de nadie.

Sobre todo, en las promesas de hombres guapos y encantadores que te miran con esa sonrisa que dice «puedo darte el mundo» cuando en realidad solo quieren algo de ti: que abras las piernas.

Las puertas del ascensor se abren en la planta baja, salgo y cruzo el vestíbulo hacia la salida. Fuera hace fresco. Me subo el cuello del abrigo y empiezo a caminar hacia la parada del metro.

El móvil vibra en mi bolso y lo saco. Es un mensaje de Mía. Le compré un teléfono hace unos meses para poder comunicarnos cuando yo estoy trabajando y ella se queda con Karen.

«¿Cómo ha ido? ¿Te han dado el trabajo? ¿Puedo invitar a Sophie a dormir el viernes?»

Sonrío a pesar de todo. Mi hermana, siempre pragmática. Siempre directa al grano.

«Ha ido bien. Aún no lo sé. Y sí, Sophie puede venir.»

La respuesta llega en segundos.

«¡GENIAL! Te quiero. Nos vemos luego.»

Guardo el móvil y sigo caminando, con las manos en los bolsillos y la cabeza a mil. Si consigo este trabajo, todo cambia. Tendría un sueldo decente, estabilidad, beneficios. Podría comprarle a Mía las zapatillas que quiere, dejar de trabajar tres turnos y, por una vez en mi vida, respirar.

Pero no puedo hacerme ilusiones. He aprendido a no hacerlo. Las ilusiones son peligrosas cuando vives al límite, porque cuando se rompen, el golpe es peor.

Así que voy a volver a casa, preparar la cena, ayudar a Mía con los deberes y esperar. Y si me llaman, genial. Y si no, buscaré otra cosa.

Porque eso he hecho siempre: seguir adelante.

Bajo las escaleras del metro, me meto en el vagón y encuentro un asiento libre cerca de la puerta. El tren arranca y por la ventana veo pasar las luces de la ciudad.

Cierro los ojos, apoyo la cabeza contra el cristal y dejo que el traqueteo del tren me calme. Solo quedan unos días. Claire ha dicho que me respondería en unos días.

Puedo esperar unos días.

He sobrevivido a cosas peores.