Mi jefe no sabe quién soy (Urbanización Simón Verde 2) Capítulo 44
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Capítulo 44

Todo en su sitio

La sentencia se recurrió, porque siempre se recurre, y el tribunal tardó un mes en decir que estaba bien puesta. El día que se hizo firme, todo lo que llevaba meses torcido se colocó en su sitio en menos de una semana, con esa facilidad que tienen las cosas cuando ya nadie las empuja.

Carlos Rivero ingresó en prisión una mañana de marzo, sin traje y sin anillo.

Los periódicos sacaron una foto suya de archivo, de una gala, con una copa en la mano, y yo me quedé mirándola un rato, sin rabia, buscando en esa cara al hombre que había estado comprando mi vida durante tanto tiempo, pero no lo encontré, porque los que hacen estas cosas no llevan cara de nada.

Duarte me mandó una carta desde la cárcel.

Dos folios escritos a mano, con buena letra, pidiéndome perdón por todo.

Contaba que el sobre había llegado a su casa un martes, con el nombre de su hijo escrito a mano encima, y que desde entonces no había vuelto a dormir de un tirón.

En la última página había una frase que me sé de memoria: “Tú tenías a alguien que vino a buscarte. Yo no”.

La leí entera, despacio, pero no le contesté, y la guardé en el cajón de las cosas que no se tiran, porque el perdón se da o no se da, pero no se devuelve.

GenLab siguió. La junta nueva confirmó a Ben por mayoría, la comisión de seguimiento se disolvió con dos líneas y las acciones, que se habían quedado en un cuatro por ciento en un día, subió un cuarenta en tres meses.

Chen, que dice que eso le da exactamente igual, lo miraba todas las mañanas a las nueve.

Mi lunes llegó a finales de marzo, y entré por la puerta principal.

El guarda me miró el carné igual que mira el de todo el mundo y me dijo “buenos días” sin levantar la vista. Le di las gracias, que es lo que se le dice a esa frase cuando llevas meses soñando con volver a oírla.

Subí al laboratorio por las escaleras y allí estaba todo: los dos agitadores, el congelador con su ruido de siempre, la pizarra con las muestras de la semana y mi silla con la pegatina desgastada del respaldo. Mi mesa.

El laboratorio estaba vacío cuando llegué, con la luz de la campana encendida y las pantallas de los ordenadores en negro. Me quedé de pie en la puerta un segundo, con el bolso colgado del hombro, como quien vuelve a su casa después de un viaje y no reconoce los muebles.

Lo primero que vi fue el corcho, al lado de la pizarra de las muestras, y en el corcho el folio.

Era un folio con el membrete de GenLab y dos párrafos escritos por Recursos Humanos, con el sello azul de registro en una esquina.

Yo lo había pedido la mañana del CMAC, sentada en una silla de plástico con mi padre al lado, y me lo habían concedido como se conceden las cosas que estorban: deprisa y en voz baja.

Decía que mi cese se había producido sin causa, que no existía ninguna investigación contra mí y que la dirección lamentaba los hechos.

Debajo, con bolígrafo azul y una letra que no era de nadie de la oficina, alguien había escrito cuatro palabras: “Bienvenida a casa, Alma.”

Nunca supe quién las escribió. Pregunté dos veces, una a Chen y otra a la técnica de cultivos, y los dos me contestaron lo mismo, que ellos no habían sido, mirándose los zapatos. Así que lo dejé estar. Hay cosas en un laboratorio que se firman sin nombre.

A las nueve menos cuarto empezó a llegar la gente. Primero el chico de la campana, que abrió la puerta con el carné en la boca y el café en la mano y se quedó parado en el umbral.

—Buenos días.

—Buenos días.

Se fue a su sitio sin decir nada más, dejó el café, encendió el ordenador y se puso a trabajar.

Después llegó la técnica de la sala de al lado, que me saludó desde el pasillo y siguió de largo.

Luego llegaron los otros cinco, y todos hicieron lo mismo: me dieron los buenos días, cada uno a su manera, y ninguno me preguntó nada.

Nadie me miró con la cara que se le pone a una ladrona, y nadie se me acercó con la cara que se le pone a una enferma.

A las nueve y media el chico de la campana se levantó, fue a la máquina del café, volvió con dos vasos y me dejó uno en la esquina de la mesa.

—Está malo.

—Ya lo sé.

—Es el de siempre.

—Pues por eso lo quiero.

Se volvió a su sitio sin sonreír, y yo me quedé con el vaso en la mano, mirando el folio del corcho y la pizarra de las muestras, y entendí que mi vuelta había durado veinte minutos y que a partir de ahí ya no había nada que contar.

A las diez ya tenía los guantes puestos y una pipeta en la mano.

A la una me llamaron Ben, Chen y Vladimir, que esperaban con un dosier encima de la mesa.

Lo abrió Vladimir, me lo giró y me lo puso delante sin decir nada, y yo tardé un rato en entender qué estaba mirando: era el Proyecto Estrella, con el equipo que yo había elegido, con los datos que yo había salvado y, arriba, en grande, debajo del logotipo, mi apellido.

—¿Vuelvo al mismo proyecto?

—Es suyo. —Se encogió de hombros—. Siempre ha sido suyo. Lo único que ha cambiado es que ahora falta una persona.

Esa semana hice también la otra cosa, la que no era de trabajo.

Saqué del armario del fondo la caja donde tenía lo de Mónica.

Los vestidos largos, los tacones, el neceser de maquillaje…

Lo puse todo encima de la cama y me quedé mirándolo, y no sentí ni rabia ni vergüenza ni ganas de tirarlo por la ventana.

Sentí lo que se siente cuando se jubila alguien que trabajó bien.

Solo guardé una cosa, el vestido rojo, el del primer día. Lo demás lo metí en bolsas para donar. Luego, llamé a Vanesa, que era la única que entendía lo que acababa de hacer.

—Se ha jubilado.

—¿Quién? —Se quedó muda un segundo—. ¿A qué te refieres, alma de cántaro?

—Mónica. Ya no seré Mónica nunca más.

Mis padres vinieron a comer el domingo. Mi padre trajo el periódico del día de la sentencia y lo recortó con unas tijeras de cocina, con mucho cuidado, y lo pegó en el cuaderno negro, en la página de los asuntos importantes, entre una escritura y un pleito antiguo.

—¿Y esto por qué?

—Porque el cuaderno es para lo que uno gana. —Cerró las tapas y se lo guardó debajo del brazo—. Esto lo has ganado tú.

En abril, sin que ninguno decidiera nada, mi piso empezó a quedarse vacío por partes.

Primero fue un libro que apareció en el salón de Ben, luego un cepillo de dientes que se mudó solo, una cafetera que dejó de usarse en mi casa sin que nadie lo notara…

Los dos pisos empezaron a ser el mismo por la vía de las cosas pequeñas, que es la única vía por la que se juntan de verdad dos casas.

Una noche, con la pizza de siempre y con una película en la televisión, Ben miró por la ventana, hacia el salón que llevaba meses siendo el salón de una vecina.

—Hay una cosa que tengo ganas de hacer—dijo.

—¿Qué cosa?

—El sábado. —Se levantó y se fue hacia la puerta—, te voy a llevar a un sitio.

—¿A dónde?

—A uno que estoy seguro que te va a gustar.