Capítulo 43
El juicio
El juicio empezó un martes de febrero a las diez de la mañana en la Ciudad de la Justicia y duró tres días, que en las películas son dos horas y en la vida son una eternidad.
Los juicios no se parecen a las películas. No hay abogados que griten “¡protesto!” ni un señor con peluca que pida silencio. Hay una sala con una moqueta fea, unas luces de hospital y un juez con toga que lee papeles durante horas mientras los demás escuchamos como quien oye llover.
Mi padre me lo había avisado el domingo, en su despacho, con su cuaderno negro abierto por la mitad.
—El día del juicio no vas a hacer nada, Alma. Vas a estar sentada, vas a contestar lo que te pregunten, corto y claro, y no vas a mirar al acusado ni una vez. Eso es cosa del juez, no tuya.
—¿Y si me mira él?
—Que mire. —Cerró el cuaderno—. Mirar no es un delito.
—¿Y si me preguntan por lo de Mónica?
—Te van a preguntar por lo de Mónica, y lo vas a contestar una vez, entera y sin pedir perdón a nadie. —Se levantó y me puso la mano en el hombro—. Un juicio no lo gana el que más habla, hija. Lo gana el que no tiene nada que esconder.
Llegamos a las nueve y veinte y ya había cola en la puerta de la sala. Vanesa la primera, con un cuaderno y un bolígrafo que se iba a gastar en dos días, y mis padres detrás, los dos con abrigo de domingo, porque en mi familia a un juicio se va arreglado.
El pasillo era ancho y gris y estaba lleno de gente esperando.
Una mujer joven con un bebé dormido en el carrito, dos chicos que discutían en voz baja por un contrato, un señor mayor que le repetía la misma frase a un abogado de mirada cansada: “yo no firmé nada”.
Yo me quedé mirando el suelo, que es lo que hago cuando alguien dice que no ha firmado nada.
El fiscal pasó a nuestro lado con dos carpetas, una bolsa de plástico y las gafas en la mano, y mi padre se giró para seguirlo con la vista hasta que se metió por una puerta.
—Va bien cargado.
—¿Eso es buena señal?
—Eso es que ha trabajado. —Se arregló el nudo de la corbata—. Los que no trabajan llegan con un folio.
Nos sentamos en el segundo banco. La sala tenía las paredes color hueso, una moqueta granate gastada por los pasillos y una bandera al fondo que no miraba nadie. A la derecha, detrás de una mesa larga, estaba la acusación; a la izquierda, la defensa, con tres abogados y una carpeta por cabeza.
A las diez menos cinco se abrió la puerta lateral y entró Carlos Rivero.
Lo vi de refilón, porque yo miraba al frente con las manos en el regazo.
Traje gris, el pelo muy corto, la espalda recta, y en la mano derecha el anillo.
Saludó a sus abogados con la cabeza y no volvió a moverse en todo el día.
Alguien me cogió la mano por debajo del banco. Era mi padre, que no me miró y no me dijo nada, y que me soltó en cuanto el juez entró en la sala.
—En pie.
Nos levantamos todos a la vez, y en ese momento entendí que aquello iba en serio, que llevaba todo el invierno contándolo en cocinas y en sofás y que a partir de ahí lo iba a contar un juez.
El primer día se fue en lectura de papeles: los correos, números, el rastro del dinero… Yo me quedé con una idea que casi me dio risa: todo aquel montaje de tres semanas, con fotos, con sobres y con consejeros, en el fondo había sido una operación de contabilidad.
Sobre las once y media llamaron a Ben, y a Ben lo pusieron de pie delante de la mesa.
Explicó qué era GenLab, qué era el Proyecto Estrella y cuánto le importaba a un inversor que esa patente llegara o no al mercado.
Lo explicó con las palabras del trabajo, que son las que peor se entienden en un juzgado, y el juez le hizo repetir tres veces lo de la participación en el capital.
Se lo repitió tres veces sin perder la paciencia, con esa calma que pone cuando está explicando una cosa que en Nueva York se entiende a la primera.
Después el abogado de Rivero le preguntó si él había contratado a un detective para vigilar a una empleada.
—Sí.
—¿Y le parece normal?
—Me parece necesario. —Ben lo miró de frente—. A mi empresa le estaban parando el producto y en mi laboratorio había alguien pagando por eso. Yo no sabía quién pagaba y no iba a esperar sentado a que acabaran.
—¿Y su relación con la señorita? —El abogado levantó un papel—. ¿Era una relación de trabajo?
Se quedó la sala en silencio y a mí se me puso el corazón en la boca.
—Es mi pareja —dijo Ben—, y también era mi empleada, y eso lo hice mal, y lo he pagado.
Lo he pagado…
—¿Y me quiere decir que la protegió para no perderla?
—No. —Ben se quedó un segundo mirando al abogado—. Lo que le quiero decir es que la perdí igual, y que el que la puso en la calle no era yo.
Mi madre me apretó la rodilla por debajo del banco. Yo no dije nada. En un juicio se llora cuando te toca, y allí no me tocaba.
El segundo día declararon los testigos. Declaró el fotógrafo, con la cara de un chaval que se arrepiente de haber cobrado doscientos euros, el detective, que habló tres minutos y no se equivocó ni una vez y un policía con la voz cansada.
A las once de la mañana me llamaron a mí.
Me levanté con las manos frías y me senté donde me dijeron, con la grabadora delante y la sala entera a la espalda. El fiscal fue el primero.
—Usted trabaja en el laboratorio de GenLab.
—Sí.
—Desde hace cinco años.
—Seis en febrero.
—¿Y además, desde hace varios años, ha trabajado en cenas y eventos como acompañante, con el nombre de Mónica?
Mi madre había dejado de escribir. Vanesa había dejado de moverse. Mi padre tenía el cuaderno negro abierto encima de las rodillas y el bolígrafo quieto.
—Sí.
—¿Por qué?
Me quedé un segundo con la pregunta en la boca. La había contestado mil veces en voz baja, de madrugada, para mí sola, y ninguna de esas respuestas me servía allí.
—Porque el sueldo de investigadora no me llegaba para pagar la cuota de mi casa y el otro trabajo sí.
—Levanté la vista por primera vez—. Los vestidos y los tacones de los fines de semana pagaban mi piso.
No hay ningún misterio detrás de eso: hay una casa, una nómina corta y una carrera que en este país se paga mal.
El fiscal no dijo nada y se sentó.
Después vino el abogado de Rivero, que era el momento que llevaba semanas temiendo. Sacó la revista, la abrió por la página, la levantó para que la viera la sala y dijo la palabra “acompañante” como quien dice una cosa sucia.
—¿Usted le contó a su empresa que tenía esta actividad?
—No.
—¿Y le parece honesto trabajar en un laboratorio que cotiza en bolsa y no contárselo a su jefe?
—A mi jefe se lo conté —dije—. A la empresa no.
—¿Y por qué no a la empresa?
—Porque a la empresa no le interesaba mi nómina, le interesaba mi silencio.
—Me sorprendió oírme decirlo con la voz firme—.
De eso, si le parece, hablamos de lo que pasó después: yo dije que no a lo que me pidieron, me dejaron en la calle sin papeles y a las tres semanas estaba en un periódico con nombre y con foto.
Saque usted sus conclusiones, que para eso le pagan.
Le sostuve la mirada. El abogado se quedó un momento con la carpeta en la mano y optó por preguntarme por las fechas, que es lo que hacen cuando ya han perdido.
El juez me dijo que podía retirarme y me levanté.
Al cruzar la sala, con la sala entera mirándome, pensé una cosa que no había pensado en todo el invierno: que no me estaba juzgando nadie por lo que hacía de noche, que me estaban juzgando por no haberlo contado antes, y que de eso no era culpable nadie más que los que pagaban.
Al final declaró Duarte.
Dijo toda la verdad, sin adornos y sin pedir perdón a nadie, con la voz de un hombre que ha decidido dejar de mentir porque ya no le sirve de nada.
Contó lo del sobre, que también estuvo chantajeado él y su familia, el fotógrafo…
Cuando el abogado de Rivero le preguntó por qué no se había negado, Duarte miró al juez y dijo lo que llevaba un año pensando.
—Porque tengo un hijo de cinco años, señoría. Cualquiera en mi lugar habría hecho lo mismo.
No era una excusa. Era la verdad, y en un juicio la verdad a veces entra por donde nadie la espera.
Pero el momento que no se me va a olvidar nunca llegó el tercer día, a las once y veinte de la mañana, cuando el fiscal pidió que se pusiera la grabación del móvil de Duarte.
Con mi madre sentada a mi derecha y mi padre a mi izquierda, se oyó la voz de Duarte preguntando lo que llevaba un año preguntando.
—¿Y de quién es el dinero?
—Rivero, Carlos Rivero —contestó la otra voz.
En la sala no se oyó ni una mosca. Yo no miré al acusado, porque mi padre me lo había pedido, y porque no hacía falta.
Conocía esa voz de una noche de gala, la de un hombre que se había girado hacia mí con una copa en la mano y me había dicho delante de doscientas personas que yo era la caña por haber acertado una pregunta de biología.
La misma voz, cordial y tranquila, la misma manera de decir mi nombre de mentira.
Mónica, eres la caña.
Se me llenaron los ojos y no lloré, porque en el bolso llevaba un pañuelo de mi madre y porque llorar allí no le servía a nadie.
El abogado de Rivero lo intentó otra vez en el informe final, que para eso le pagaban.
Dijo que la denuncia venía de una empleada a la que se había apartado del laboratorio, que la testigo se había construido un personaje y que un hombre con veinte años de empresa no podía caer por la palabra de una acompañante.
El fiscal, un señor pequeño con gafas que hablaba bajito, se levantó y dijo una sola frase.
—Señoría, aquí no se juzga a una mujer, se juzga a un hombre que la usó para hundir una empresa. Si el señor letrado quiere seguir por ahí, le recuerdo que la intimidad de las personas también está en el Código Penal.
Yo esperaba un discurso, algo largo, y no lo hubo, y no hizo falta. Después el juez le preguntó al acusado si quería decir algo antes de que el juicio quedara visto para sentencia.
Carlos Rivero se levantó despacio, se arregló el puño de la camisa y habló dos minutos con una voz educada que a mí me puso la piel de gallina.
Dijo que él era un empresario, que su trabajo consistía en comprar empresas y hacerlas valer más, que no había mandado un mensaje a nadie en su vida y que todo lo que había contado allí el señor Duarte era la palabra de un hombre acorralado.
No levantó la voz ni una vez. Cuando terminó, se sentó, se arregló otra vez el puño de la camisa y se quedó quieto.
Yo no lo miré. No miré al acusado ni una sola vez en tres días, y no me arrepiento, porque en el fondo ya sabía lo que iba a encontrar: una cara normal.
Mi madre me cogió la mano por debajo de la mesa, sin que se notara, como se coge la mano de una hija que ya no es una niña.
La sentencia se leyó un jueves por la tarde y duró cuarenta minutos que se me hicieron cuarenta años.
Nos hicieron poner en pie otra vez y el secretario leía tan deprisa que las palabras se le pisaban unas a otras.
No la entendí del todo, porque estaba escrita en ese idioma que hablan los jueces, pero mi padre me la fue traduciendo al oído, frase a frase, y al final me quedé con dos cifras:
Carlos Rivero: cinco años y medio de prisión por extorsión, amenazas, revelación de secretos y un delito contra la intimidad, más una indemnización y unas costas que le iban a doler más que la cárcel.
Duarte: un año y medio, con el atenuante de haber colaborado y de haber sido extorsionado él primero.
Cuando salimos al pasillo, Vanesa, que había aguantado los tres días sin perderse una sesión, me abrazó y me dijo que se iba a tomar tres cervezas y que la primera era por mí.
Ben me esperaba al final del pasillo, apoyado en la pared con el abrigo en el brazo.
—¿Ya está?
—Ya está.
—Todavía no —dijo—. Falta una cosa, y esa sí que la tienes que hacer tú.
—¿Cuál?
—Volver el lunes a GenLab por la puerta principal.
Salimos a la calle, y hacía un sol de febrero que no pegaba nada con lo que se había dicho ahí dentro.
Mi madre se puso las gafas de sol, mi padre se ajustó la corbata y echamos a andar hacia el aparcamiento con la naturalidad de un día cualquiera, que es exactamente lo que era para todo el mundo menos para nosotros.