Mi jefe no sabe quién soy (Urbanización Simón Verde 2) Capítulo 42
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Capítulo 42

Santa Justa

Desde la ventanilla del AVE, antes de que el tren frenara, ya se veían. Cinco cámaras, tres micros y un grupo de gente con abrigos oscuros esperando en el andén, con esa paciencia de los que llevan allí desde antes de que salga el sol.

Conté las cámaras dos veces, que es lo que hago cuando no me creo lo que veo.

—¿Las ves? —le pregunté a Ben.

—Las veo. —Se ajustó el nudo de la corbata—. Vanesa te ha escrito, ¿no?

—Tres veces. Dice que hay prensa en el andén y que ella está en la cafetería.

—Entonces ya está todo el mundo. —Se levantó a coger el abrigo del portaequipajes—. Alma, escúchame. Van a preguntar por Mónica y por el laboratorio. No tienes que contestar nada. Yo hablo por la empresa y por nosotros.

—No. —Me levanté—. Al margen llevo cinco años. Si me preguntan, contesto una cosa, corta y verdadera, y me callo.

Ben me miró un segundo y me dedicó media sonrisa.

—Vale.

El tren paró, la puerta se abrió y en cuanto dejamos la cinta que nos conducía hacia la salida se encendió todo: los flashes, los nombres, las manos levantando teléfonos y el ruido de mucha gente hablando a la vez…

—¡Ben! ¡Ben, una declaración!

—¿Es verdad que hay un complot dentro de GenLab?

—¿Se ha detenido a un empleado por extorsión?

—¿Es cierto que hay una investigación con un producto farmacéutico?

—¿Van a retirar el producto del mercado?

Ben levantó una mano, sin prisa, y todos se callaron como se calla un patio de colegio cuando entra el director.

—Voy a decir una cosa. —Habló despacio, con esa voz que pone cuando quiere que le entiendan y no cuando quiere que le aplaudan—.

En GenLab ha habido un intento de difamar a la empresa, a mí y a la investigadora que ha estado a punto de perder su trabajo por hacer bien el suyo.

Es verdad que hay una investigación sobre un producto nuestro, y ese producto está donde tiene que estar: en el laboratorio.

Lo que ha pasado aquí no es ciencia. Hay un solo responsable, tiene nombre y todo está en manos de un juez.

—¿Quién es el responsable? —gritó alguien del fondo.

—Cuando la justicia termine se aclarará todo. Hasta entonces, esta empresa sigue trabajando y esta ciudad sigue teniendo un laboratorio del que sentirse orgullosa.

Desde el fondo, una chica con la grabadora en alto preguntó lo que todos llevaban media hora queriendo preguntar.

—¿Y usted es la investigadora? ¿Es usted Mónica?

Me quedé un segundo con el aire quieto en el pecho. Ben me apretó la mano.

—Soy investigadora de GenLab, eso es todo —dije.

No dije nada más, y no me hizo falta. La chica bajó la grabadora, alguien del fondo dijo “gracias” y Ben echó a andar con la mano en mi espalda, abriendo camino.

Vanesa nos esperaba al final del andén, con un café en cada mano y la cara de quien acaba de ganar una apuesta.

—Miarma. —Me dio el café y me abrazó tan fuerte que casi me tira—. Has estado perfecta. El café está malísimo, pero es lo que hay.

Detrás estaba el detective con otro café en la mano, con la misma cara de no haberse movido de aquel andén en tres semanas.

—¿Y usted qué hace aquí? —le pregunté.

—He venido a verlos. —Se encogió de hombros—. También a ver cómo salía esto. Un hombre que trabaja semanas en un caso acaba cogiéndole cariño a la gente que defiende.

En el coche, con Vanesa al volante y Ben detrás, las manos me seguían temblando.

—¿Estás bien? —me preguntó Ben.

—Estoy rara. —Miré por la ventanilla, hacia Sevilla, que aparecía a lo lejos con su luz de mediodía—. Es la primera vez en cinco años que alguien dice “investigadora” y “Mónica” en la misma frase y no se me cae el mundo.

—Hoy no había ninguna Mónica en ese andén.

—Ya lo sé. —Me miré las manos—. Por eso me tiemblan.

Esa noche nos sentamos en mi sofá, en Simón Verde, con la pizza de siempre y las noticias puestas, y nos vimos salir del AVE en la pantalla.

—No te pareces nada —dijo Vanesa, con la boca llena.

—Ya lo sé.

—No, en serio. —Señaló la pantalla—. Es verdad que la tele engorda, estas rara, diferente… no pareces tú.

Cuando se fueron todos y ya estaba recogiendolo todo, sonó el móvil. Era el penalista.

A buenas horas me llama…

—Alma, hay fecha.

—¿Qué fecha?

—La del juicio. —Se oyó pasar una hoja—. Trae abogados de Madrid, así que va a ser un día largo. Duerme estas semanas, que en febrero vas a tener que estar muy despierta.

Colgué y busqué la ventana de enfrente, la de Ben, encendida a la misma hora que siempre. Meses llevaba yo mirando aquella ventana sin saber que él miraba la mía. Esa noche, por primera vez, no era la ventana de un vecino.