Capítulo 41
El director
El detective se llevó a Jefatura el móvil de Duarte a la una y media, precintado en una bolsa de plástico con una etiqueta que llevaba mi nombre escrito con rotulador, y a las dos y cuarto yo estaba en Santa Justa comprando un billete de AVE a Madrid.
Llamé a mi madre desde el andén y le dije la verdad, que es lo que hago desde el domingo y ya no pienso dejar de hacer.
—Me voy a Madrid.
—¿A qué?
—A acompañar a Ben.
Mi madre se calló un segundo.
—¿Tienes dónde dormir?
—Supongo que dormiré en el mismo sitio que él.
El AVE salió a las tres y llegó a Madrid con retraso, por una avería cerca de Despeñaperros.
Me pasé las dos horas y pico mirando por la ventanilla un paisaje que no veía, con el móvil en la mano y el corazón a dos velocidades: una por el hombre que estaba en Madrid y otra por el que se había ido esposado aquella mañana.
A mitad de camino me llamó el penalista, y me contó las buenas noticias.
—El juez ha hecho transcribir el móvil entero. Hay cuatro conversaciones que valen su peso en oro, pero con una me basta. —Se oyó pasar una hoja—. Alma, ¿estás sentada?
—Dime.
—En esa grabación, Duarte le pregunta al hombre del anillo de quién es el dinero, y el otro contesta que es Carlos Rivero.
—Carlos Rivero. —Lo repitió despacio, como se leen las sentencias.
El inversor, el de la gala, es que le mandó el sobre a Duarte. Todas nuestras sospechas se habían confirmado, pero ahora con pruebas.
Fijé la vista en el asiento de delante, con el teléfono pegado a la oreja y el AVE corriendo por la Mancha, y sentí alivio. Ya no era una sospecha de Chen, ni una corazonada. Era una grabación que ya estaba en manos de un juez.
—¿Y ahora? —pregunté.
—Ahora ya no hay misterio. —Se oyó una silla—. Mañana pido que se investigue todo lo que hay alrededor de ese nombre.
Llegué a Atocha, a las seis. Llamé a Chen y le pregunté dónde estaban, y Chen, que nunca levanta la voz, me dijo que la junta seguía, que iba por el punto cuarto y que allí no había comido nadie aún.
—¿Dónde es?
Me dio una dirección del paseo de la Castellana y colgué antes de que se arrepintiera.
Era un edificio de oficinas de los que parecen todos iguales, con una placa de latón en la entrada y un guarda de seguridad que me miró de arriba abajo cuando le dije que esperaba a alguien.
—Puede esperar aquí —dijo señalando unas sillas del vestíbulo.
—Muchas gracias.
Me senté debajo de un cuadro abstracto enorme, y esperé una hora y veinte minutos con el bolso en las rodillas.
A las ocho y diez se abrió la puerta del ascensor y empezaron a salir hombres de traje con cara de haber discutido.
Salían de uno en uno, en silencio, mirándose los zapatos, y ninguno me miró a mí.
Al final salió Ben, con la corbata deshecha y la camisa arrugada, hablando por teléfono, y Chen detrás.
Ben se paró en seco cuando me vio. Se le quedó el teléfono a medio camino de la oreja.
—¿Qué haces aquí?
Chen se me acercó con la corbata en la mano y me dio dos besos con la misma educación de siempre.
—Lo ha hecho bien —me susurró mirando hacia Ben—. Se ha comido la sala él solo.
Lo llevé a cenar al primer sitio que vimos porque llevaba nueve horas sin comer y porque a un hombre que acaba de ganar una votación por los pelos hay que darle algo caliente antes de preguntarle nada.
—¿Cómo ha ido? —le pregunté, cuando ya no le quedaba nada en el plato.
—He aguantado. —Dejó el tenedor—. Por tres votos. La cuestión previa para que me apartara no ha salido, pero me han puesto una comisión de seguimiento encima y una junta nueva en treinta días.
—¿Y las cosas se van a aclarar?
—Sí. Pero no como ellos creen. —Me miró, y luego apartó la vista—. Ha pasado una cosa, Alma.
—¿El qué?
—En el turno de ruegos y preguntas, un consejero ha preguntado si la empresa estaba preparada para “cuando salgan las demás”. Las demás, dijo. Se refería a que hay más fotografías. ¿Tú sabes por qué un consejero de GenLab sabe que hay más fotos?
—Porque se lo ha dicho quien las tiene.
—En mi consejo hay alguien que habla con el que me quiere fuera, y el que me quiere fuera es el mismo que le pagó al fotógrafo de la gala. —Bajó la voz.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque es la forma más barata que hay de comprar una empresa. La hundes, bajan las acciones y te adueñas de ella por cuatro perras.
Bajé la vista al mantel y entendí que todo era una historia sobre una empresa, y yo había sido el cebo, la palanca y, de paso, la que se quedó sin trabajo.
—Ya no hay que buscar a nadie —dije.
—¿A qué te refieres?
Ben dejó el tenedor.
—Ya tiene el juez una prueba de quién es el que ha comenzado esta campaña para hundirnos —hice una pausa—. Duarte vio una vez al que le pagaba. Un hombre mayor, de traje, con un anillo, y lo grabó con un móvil de veinte euros sin que el otro se enterara.
—¿Y dónde está ese móvil ahora?
—En manos de un juez desde esta mañana. —Miré el techo—. Dentro de la grabación, Duarte le pregunta de quién es el dinero y el otro contesta: Rivero, Carlos Rivero.
—Carlos Rivero. —Se le quedó la voz quieta.
Ben se pasó una mano por la cara, se quedó callado un rato mirando el techo.
Salimos del restaurante a las once y media, y Madrid estaba en esa hora en la que los bares bajan la persiana y las calles se quedan para los que vuelven a casa.
Hacía un frío seco que en Sevilla no se conoce, un frío de chaqueta cerrada y manos en los bolsillos, y echamos a andar hacia el hotel, que estaba a cuatro calles, sin decir nada.
En la tercera calle paré.
—Ben.
—Dime.
—El hombre que me llevó a la gala es el mismo que le pagó al fotógrafo.
Se quedó quieto en mitad de la acera, con las manos en los bolsillos y el vaho saliéndole de la boca.
—Repítemelo.
—Carlos Rivero me contrató para una cena benéfica, me sentó a su izquierda, me presentó a los inversores que le interesaban y me llamó Mónica delante de doscientas personas. —Le solté el brazo—. Yo fui su acompañante esa noche, Ben. Él estaba a unos metros cuando tú me sujetaste en el jardín.
Ben se pasó las dos manos por la cara, despacio, y se quedó mirando el escaparate de una farmacia cerrada.
—Ese hombre me vio contigo, pagó la foto, pagó el sobre de Duarte y lleva un mes moviendo mi consejo para quedarse con mi empresa. —Se rió, pero sin ninguna gana—. Todo el invierno buscando al que me quería fuera por los despachos de Nueva York, y lo tenía en mi propio consejo.
—Está en tu consejo, y estaba en la gala. —Se me quedó la frase a medias—. Los dos sitios se conocen.
Seguimos andando. El móvil le sonó en el bolsillo y esta vez sí lo cogió.
—Chen. —Escuchó un rato, con la cara de concentración de quien hace cuentas—. ¿Cuándo? … ¿Y el consejo lo sabe? … De acuerdo. Mañana hablamos.
Colgó y se quedó un momento con el teléfono en la mano.
—El móvil de Duarte ya está en el juzgado y el nombre de la grabación está en el escrito del fiscal. Chen lo acaba de saber por un abogado de la empresa. —Me miró—, y el consejero que preguntó por las fotos ha llamado esta tarde a la oficina para saber si yo seguía en Madrid.
—¿Y qué vas a hacer?
—Mañana vuelvo a Sevilla y hablo con quien me pongan delante. —Se metió las manos en los bolsillos—. A ti, si te preguntan, te toca lo tuyo.
—Vanesa dice que va a haber cámaras en el andén.
—Vanesa tiene razón siempre. —Se me quedó mirando—. ¿Lo llevas pensado?
—Una frase.
—¿Cuál?
—Que soy investigadora de GenLab y que de lo demás habla un juez.
Ben se lo pensó un segundo y asintió.
—Es buena. —Bajó la voz—. Yo voy a decir tu nombre.
—¿Qué?
—Que voy a decir tu nombre delante de esas cámaras. Se acabó el esconderse. Si el que empezó todo esto quería publicidad, va a tener publicidad.
El hotel era un edificio antiguo con la recepción de mármol y una señora que nos dio la llave sin levantar la vista del cuaderno. Subimos en un ascensor pequeñísimo y en el pasillo, delante de la puerta, nos quedamos los dos un momento sin entrar.
—¿Te importa que duerma aquí? —preguntó—. Puedo pedir otra habitación.
—Ben, llevo once horas de viaje y cinco años escondiéndome. —Abrí la puerta—. Me importa lo contrario.
Dormimos juntos con la luz de la calle entrando por la rendija de la cortina y la calefacción alta, y no pasó nada más, y fue una de las mejores noches de todo aquel invierno: dos personas agotadas, con la ropa arrugada, contándose en voz baja las tonterías del día, y nada más.
Me desperté a las seis y cuarto con la sensación de que alguien me había quitado un peso del pecho.
Ben dormía con un brazo por encima de la colcha y el móvil en la mesilla, apagado, que es la única cosa que le he visto hacer por decisión propia.
Me quedé un rato mirándolo y pensé que, de todo lo que nos había caído encima aquel invierno, lo único que no había salido mal era él.
A las siete y media bajamos con las maletas. En la puerta del hotel había un quiosco abierto, compramos el periódico de Madrid y en la página de economía venía el nombre de GenLab en un titular de dos líneas. Ben lo leyó de pie, en la acera, con la maleta en una mano.
—¿Y ahora?
—Ahora, a Atocha. —Dobló el periódico por la mitad y se lo guardó—. Vamos a casa.