Capítulo 40
Lo que sabía Duarte
El penalista me llamó el miércoles a las once de la noche y me dio las instrucciones de lo que debía de hacer, despacio y por partes.
—Vas a ir, porque tienes que ir, pero tranquila que no irás sola.
El detective irá contigo a diez metros de distancia.
En la calle habrá dos policías con la orden de detención de Duarte por extorsión.
Tú solo tienes que hacer una cosa: escuchar, y si dice algo que sirva, repetirlo en voz alta para que quede grabado.
—¿Y si no quiere hablar?
—Va a hablar. —Una pausa—. Un hombre que llama a la mujer a la que lleva tres semanas amenazando lo hace por alguna intención. Puede que le tenga miedo ir a la cárcel.
Ben se fue a Madrid de madrugada.
—Puedo cambiar el vuelo.
—No vas a cambiar nada. —Le até la corbata, que es una cosa que hago fatal y que a él le hace una gracia enorme—. Tienes que ir a Madrid.
—Si te pasa algo…
—No me pasará nada. Gracias a dios tengo a mis padres que nos están ayudando muchísimo. —Le di un tirón a la corbata—. Vete tranquilo. Tú debes hacer lo que tienes que hacer.
Me sonó el teléfono a la una de la mañana. Aunque era tarde, Vanesa sabía que iba a estar despierta.
—¿Vas a ir sola a ver a ese?
—No voy sola. Voy con el detective y con agentes del Cuerpo Nacional de Policía.
—Pues ni así. Alma, ese hombre te ha mandado amenazas por escrito.
—No creo que sea para tanto. Seguiré con el plan.
A las once de la mañana, el apeadero de San Bernardo era un andén largo, gris y casi vacío, con dos máquinas de billetes, un banco de hierro y un cartel que anunciaba que el próximo tren a Utrera salía en veinte minutos.
Solo había una señora mayor con un carrito de la compra y un chico con cascos que no levantó la vista del móvil en todo el rato.
El detective se sentó en el banco de hierro con un periódico. Yo me quedé de pie junto a la máquina de billetes, con el bolso colgado del hombro y el corazón en un puño.
Esperé doce minutos que se me hicieron eternos.
La señora del carrito me miró dos veces, como se mira a quien espera a alguien que no llega, y en la segunda me dijo, sin que yo le preguntara nada, que el tren de Utrera siempre venía tarde y que ella llevaba cuarenta años cogiéndolo y cuarenta años llegando tarde a todo.
Le di las gracias. Hay cosas que solo se dicen en los andenes.
Mientras esperaba me vino a la cabeza el primer mensaje que me había mandado, el de aquel viernes por la noche, el que me dejó tres días sin dormir: “Sé lo que haces los fines de semana”.
Lo recordé palabra por palabra, con la misma punzada de entonces, y me di cuenta de que el hombre que lo había escrito estaba a punto de subir a aquel andén convertido en un pobre diablo con sudadera y tres días de barba.
La vida da unas vueltas que a veces dan hasta lástima.
Duarte llegó con diez minutos de retraso, andando despacio por el andén. En cuanto me vio se quedó quieto, como se queda quieto un animal que ha olido algo.
—Has venido.
—Has dicho que viniera.
—Veo que has traído compañía. —Miró por encima de mi hombro, hacia el banco de hierro.
—Es el que te va a salvar el pellejo o el que te lo va a quitar, según lo que cuentes.
Duarte se rió sin ninguna gana.
—Yo no quería esto, Alma. Te lo juro, yo no quería esto.
—Me mandaste tres mensajes.
—Porque me los mandaron a mí primero. —Se pasó la mano por la cara—. A mí me llegó un sobre, sin remite, sin nombre, con una cosa que yo hice hace años y que no te voy a contar, y decía: “O me ayudas o esto lo lee tu mujer.”
Lo miré y dejé de tenerle miedo a Duarte.
—¿Quién te mandó el sobre?
—No lo sé. Eso es lo que llevo todo este tiempo intentando averiguar. Al principio pensé que eras tú, que tú y el americano me estabais tendiendo una trampa. Luego entendí la verdad: el que me pagaba quería dos cosas, el producto parado y Ben fuera de la empresa.
—¿Tienes hijos? —le pregunté.
—Un niño de cinco años. —Se le rompió un poco la voz—. Ese sobre me lo mandaron a mi casa. Ahora dime tú que no habrías hecho lo mismo.
No le contesté, porque la verdad era que no lo sabía.
—¿Y las fotos?
—El fotógrafo de la gala. Me dieron su número, le pagué en efectivo y le dije lo que tenía que hacer por teléfono. Nunca he visto la cara del que me lo mandaba todo.
—¿Nunca?
Duarte se lo pensó. Se lo pensó lo suficiente para que yo supiera que la respuesta era que sí.
—Una vez.
—Cuéntamelo.
—Fue una vez en un aparcamiento, de noche. Me citó para darme el dinero de las fotos y bajó del coche a firmarme un papel. Dos segundos. Un hombre mayor, de traje, con un anillo. Ni siquiera me saludó.
—¿Lo reconocerías?
—Lo tengo grabado.
—¿El qué?
—Todo. —Duarte se miró las manos—. Me compré un móvil barato y lo grabé todo, desde el primer día, no porque sea listo sino porque tenía miedo, y desde que entendí que me iban a usar y a tirar como se tira un pañuelo, el miedo es lo único que me ha mantenido entero.
Al final del andén aparecieron los policías. Duarte los vio antes que yo, porque se le puso la cara blanca. Pensé que iba a salir corriendo, pero no lo hizo.
—Dame el móvil —dije.
Me lo puso en la mano boca abajo. Era un teléfono viejo, de teclas, estaba caliente de llevarlo pegado al cuerpo.
—Que se apañe el juez con él —dijo—. Yo ya no puedo con esto.
Lo detuvieron sin llamar la atención, sin esposas, con la mano en el hombro. Dos policías iban delante y uno detrás. Cuando pasó a mi lado, Duarte se paró un segundo.
—Alma.
—Dime.
—El hombre del anillo. Ese es el que lo ha hecho todo.
Se lo llevaron andando por el andén. La señora del carrito los miraba con la boca abierta y el chico de los cascos se puso a grabar con el móvil, que es lo que hace hoy en día todo el mundo.
El detective se me acercó con el periódico debajo del brazo y miró el teléfono de teclas que tenía en la mano.
—¿Y eso?
—Según Duarte, aquí están las pruebas del culpable de todo.
El detective habló por teléfono dos minutos, con la voz baja, y luego se giró hacia mí.
—Se lo daremos a Jefatura. El móvil debe ser precintado y mañana lo tendrá el juez. Con lo que hay ahí dentro, este hombre no vuelve a su casa en una temporada.
—¿Y el que le ordenaba?
—Ese ya sabe que su mano derecha ha caído. —Se guardó el periódico debajo del brazo—. Cuando un hombre así se entera de algo, hace dos cosas: la primera es esconderse, y la segunda, que es la peor, es buscarse otra mano.
Saqué mi móvil para contarle a Ben cómo había ido la mañana, y me encontré con tres llamadas perdidas suyas.
Le di a llamar, pero salió el buzón. Volví a llamar, pero seguía saltando el buzón de voz.
Me quedé de pie en el andén pensando en que, seguramente, el que había orquestado todo esto estaba en Madrid, sentado en una mesa junto al hombre que amaba.