Mi jefe no sabe quién soy (Urbanización Simón Verde 2) Capítulo 39
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Capítulo 39

Mi nombre

El miércoles, a las ocho de la mañana, sentada en el taburete de la cocina de Ben con un café y el pelo recogido de cualquier manera, le dije que no.

—Podría llamar a Chen y en cinco minutos tendrías tu despacho, tu tarjeta y una disculpa por escrito —dijo él, y lo dijo sin malas intenciones.

—Ya lo sé, pero no quiero que lo hagas.

—¿Y por qué?

—Porque no me estás haciendo un favor, Ben. Me estás haciendo el único regalo que me hacía falta. —Dejé la taza—. Si vuelvo a mi mesa por la puerta que abres tú, GenLab me devuelve el sitio y no me devuelve mi reputación.

Mi padre me recogió a las nueve y media, con corbata y con el cuaderno negro en el bolsillo del abrigo, que era su forma de decir que iba a la guerra.

En el coche, de camino, me dio la única clase de derecho laboral que me ha dado en la vida, y me la dio en cuatro minutos y sin quitar los ojos de la carretera.

—Escúchame bien. Este acto no lo ganaremos hoy sino el día que ellos sepan que lo vamos a pleitear y que lo van a perder. Todo lo que digas ahí dentro va a ir a un papel, y todo lo que digas tiene que ser verdad, porque tu verdad es la mejor prueba que tenemos. ¿Entendido?

—Entendido.

—Una cosa más. Si te tiembla la voz, que te tiemble. Que se note que estás en tu derecho aunque estés muerta de miedo.

A las diez estábamos en el CMAC, mi padre, el laboralista y yo, esperando en un pasillo con luz de fluorescente y sillas de plástico azul donde cabía media Sevilla peleándose por su trabajo.

En la puerta de al lado un chico joven le explicaba a su abogada, en voz baja, que él no había robado nada, y yo pensé que aquella frase la debían de decir cien veces al día en aquel pasillo.

La abogada de GenLab llegó la última, con un abrigo caro, las uñas pintadas y la carpeta más ordenada de la sala. Se sentó enfrente, nos saludó a los tres con la cabeza y empezó por donde empiezan todas.

—Nuestra propuesta es la de siempre en estos casos. Despido improcedente, treinta y tres días por año, salarios de tramitación y un acuerdo de confidencialidad. Es una propuesta generosa.

El laboralista no levantó la vista del papel.

—Treinta y tres días por año en un contrato de dos años son cuatro perras, y confidencialidad quiere decir que mi clienta no puede contar por qué la echaron. No.

—Entonces no hay acuerdo.

—Entonces no hay acuerdo —dijo mi padre, y por primera vez levantó la voz, no mucho, lo justo para que se notara que él no estaba allí para negociar dinero.

El laboralista y la abogada se miraron un segundo, y el letrado del CMAC, que había visto esa escena mil veces, se puso a ordenar unos papeles que no necesitaban ningún orden.

—Antes de que se levante el acto, una cosa —dijo mi padre, y sacó del abrigo el cuaderno negro sin abrirlo, que era su manera de decir que ya lo tenía todo escrito—.

¿Su cliente sabe que hay una denuncia por extorsión contra un empleado suyo, que ese empleado ha desaparecido esta semana y que un juez ha pedido los datos de un teléfono que dio la misma antena que el suyo tres noches seguidas?

La abogada no contestó.

—Mi hija no ha venido a que le paguen un despido.

Ha venido a que le devuelvan su puesto y a que su expediente diga la verdad.

—Levantó el cuaderno cerrado y lo dejó caer sobre la mesa—.

Eso, o el lunes tengo delante de la sede a la prensa de empresas, que no es la que lee su jefe, es la que leen sus accionistas.

La abogada salió al pasillo con el móvil. Volvió a los cinco minutos con otra cara.

—Mi cliente está dispuesto a readmitir a la señorita —consultó el papel— con efectos inmediatos, a abonarle los salarios de tramitación y a emitir un certificado en el que conste que el despido se produjo sin causa.

—Una nota al personal —dije.

—¿Perdón?

—Una comunicación interna, a todo el laboratorio. Que diga que mi despido fue un error y que no hay ninguna investigación contra mí. Si me devuelven el sitio, quiero poder volver a sentarme en mi mesa sin que nadie me mire con la cara que se le pone a una ladrona.

La abogada me miró por encima de las gafas y volvió a coger el teléfono.

—Eso no estaba en el acuerdo —dijo.

—Ya lo sé. Por eso lo pido.

El letrado del CMAC leyó la avenencia en voz alta, con esa voz plana de quien lee doscientas al día, y cuando terminó nos dio a firmar.

En la puerta, mi padre me puso la mano en el hombro un segundo y no dijo nada, pero ese gesto me dijo más que en toda la semana.

Llamé a Vanesa desde la acera.

—¿Ya está?

—Ya está. Readmitida y con nota al personal. No pienso pisar ese laboratorio hasta que un juez diga quién pagó las fotos.

—¡Miarma! —Gritó, y tuve que separar el móvil de la oreja—. ¿Y qué vas a hacer el día que vuelvas a tu mesa?

—Lo mismo que hacía antes, pero con la cabeza alta.

—Eso, con la bata, se te va a notar.

Llamé a mi madre desde el coche, y no le conté el acuerdo entero, porque a mi madre las buenas noticias hay que dárselas por partes.

—¿Se ha firmado?

—Se ha firmado. Con readmisión y con nota al personal.

—¿Y tu reputación?

—También. —Por primera vez en toda la semana oí a mi madre reírse por el teléfono, que es un sonido que conmigo no gasta ni en las bodas.

A media tarde me senté con la periodista de empresas en una cafetería cerca de la Plaza Nueva. Traía una grabadora pequeña y sin prisa, y me dejó hablar cuarenta minutos sin interrumpirme, que es lo que hacen los que buscan los detalles.

—Voy a escribir que una investigadora fue chantajeada para falsear unos resultados, que se negó, que la echaron por eso y que un inversor pagó para desacreditarla. —Cerró el cuaderno—. ¿Te parece bien?

—¿Y no vas a escribir de lo otro? ¿De lo de acompañar?

—Una línea, al final y sin adjetivos. —Me miró—. Lo otro no es la noticia, Alma. Lo otro es la excusa que usaron contigo.

Salí de allí con una sensación rara, la de quien acaba de contar en voz alta algo que llevaba cinco años diciéndose a sí misma en voz baja.

Por la tarde, mientras Ben hacía la maleta para irse a Madrid, yo le daba instrucciones sobre dónde guardaba él las cosas que yo ya consideraba mías, dejamos la maleta abierta en el suelo del salón y nos sentamos en el sofá a no hacer nada, que es lo que hace una pareja cuando sabe que uno de los dos se va y no quiere decirlo.

—¿Cuándo vuelves?

—El viernes, si me dejan volver.

—¿Y si no te dejan?

—Volveré.

Sonó mi móvil. Un número desconocido, largo, de los que ves y piensas que te van a vender algo.

Lo cogí por costumbre y me arrepentí antes de decir hola.

—¿Alma? —dijo una voz que reconocí al instante.

—Duarte.

—No cuelgues. —Se oía mal, con eco, con la respiración de alguien que lleva mucho rato andando—. Sé que me estáis buscando, y te llamo para que me encuentres tú antes que ellos.

—¿Antes que quién?

Silencio. Después, muy bajo:

—Ante que shhhhrrr.

—Duarte, ¿dónde estás? No te escucho bien. ¿Qué has dicho?

—Alma… shhhhh… Si de verdad quieres… shhh… saber lo que han hecho con tu laboratorio, mañana… srrrhhhh… once, en el apeadero de San Bernardo, y ven con quien quieras, pero ven.

Colgó sin despedirse.

Me quedé con el móvil en la mano y la maleta de Ben abierta en mitad del salón.