Capítulo 38 #3
En cinco años había estado a un metro de aquel hombre dos veces: una en un jardín, con un vestido largo, y otra en un ascensor, con una bata y una carpeta en la mano.
Ben salió a las doce y veinticinco, sin prisa, ajustándose la chaqueta, y cruzó la acera andando despacio, con las manos en los bolsillos, como un hombre al que acaban de decir su precio.
Se sentó, cerró la puerta y se quedó un rato con las manos sobre el volante sin arrancar. El limpiaparabrisas quitaba el agua y volvía a ponerla.
—¿Quieres saberlo?
—Cuéntamelo entero. —Le puse la mano en la rodilla—. Si me lo cuentas a trozos, me paso la noche adivinando.
Me lo contó todo.
—Estaba de pie cuando he entrado, con la camisa fuera del pantalón y un whisky en la mano. No me ha dado la mano al entrar y no me ha llamado señor Weller ni una vez. Me ha dicho que me siente.
—Siéntate, Ben. ¿Whisky?
—¿Me has hecho subir a las once y media para ofrecerme un whisky?
—Te he hecho subir para verte la cara. —Se ha sentado enfrente, sin dejar de mirarme—. Quería comprobar una cosa: si un hombre al que le están hundiendo la empresa por la mañana conserva los ojos de un hombre que aguanta. Los conservas.
—Me ha preguntado si me acuerdo de la puerta que le cerré hace dos años. Le he dicho que sí. Me ha dicho que él se acuerda todos los días. —Después ha soltado la frase que había preparado.
—Dime.
—Ha dicho una cosa que se me ha quedado grabada: “el día que te canses de esta guerra, mi puerta está abierta”. Ha levantado la mano al decirlo y ha añadido que no me estaba ofreciendo nada, que solo quería que yo lo supiera.
—¿Y tú?
—Le he dicho que yo no vendo.
—¿Y él?
—Nada. Ha sonreído, ha dejado el vaso en la mesa y ha hablado del tiempo, porque la habitación era suya y el whisky también. Al final ha dicho lo que había venido a decir.
—¿El qué?
—El jueves hay junta —me ha dicho—, y yo no estaré.
Se quedó un momento con la vista en el limpiaparabrisas.
—No estaré, ha dicho eso, y me ha dado más miedo que todo lo demás. Un señor que manda a los suyos a la junta y se queda en el palco. Esa es la frase que me llevo.
—¿Dijo algo de mí?
—Una frase. Una sola. —Se sacó del bolsillo un papel doblado, con las esquinas mojadas—. Me la he apuntado antes de salir, porque no quería equivocarme al repetirla.
La leyó mirando el papel, sin mirarme, y la frase era esta: “Dígale a Alma que se cuide. Lleva cinco años trabajando de noche y yo conozco a casi todos los que salen de noche en esta ciudad”.
Se me quedó el aire quieto en la garganta, y no por la amenaza. Por el nombre. Yo no le había dicho mi nombre a aquel hombre, y él se lo había leído en una tarjeta de plástico, en un pasillo con moqueta, pocas semanas antes. Ahora lo decía en una habitación de hotel como quien recita una dirección.
—¿Y tú qué has hecho?
—Le he dicho que de ti no hablábamos. —Guardó el papel—. Él ha dicho que muy bien, que él de las señoras no habla nunca.
—Me está amenazando.
—No. Peor. —Ben arrancó—. Te está diciendo que te tiene fichada y que el día que le haga falta te va a usar como me ha usado a mí. Eso no lo denuncia nadie, porque es una frase en una habitación de hotel a la que no ha subido nadie más.
—Ha dicho una cosa más, y esa no me la he apuntado porque no se me va a olvidar.
—Ben se paró en un semáforo—. Me ha dicho que si creo que ha pagado a alguien, que ponga una denuncia.
Que las denuncias hay que probarlas, y que una denuncia sin pruebas es la manera más cara que existe de decir en voz alta que has perdido.
—O sea, que no ha pagado a nadie.
—A nadie. Nunca. Lo ha dicho tres veces con la misma cara.
—En la puerta me ha dado la mano.
—¿Y tú?
—No se la he dado. —Ben miró el retrovisor—. Ha dejado la mano en el aire dos segundos, y esos dos segundos han sido lo mejor de la noche.
—¿Le has grabado algo?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque un hombre como ese no dice nada delante de un móvil, y porque yo no tengo edad para hacer de detective. También porque no se me ocurrió. —Soltamos los dos una risa corta, con el agua en los cristales—. Elige la razón que más te guste.
—Ninguna.
Yo pensaba en la cantidad de veces que en aquel mes alguien había grabado a alguien.
El fotógrafo había grabado un jardín, un periódico había grabado una gala y medio Sevilla había grabado la furgoneta de la tele desde la rotonda de mi urbanización.
En toda esta historia, los únicos que no grabábamos nada éramos los que teníamos razón.
—Ben.
—Dime.
—Podías haberle tirado el whisky a la camisa.
—Me lo he pensado dos veces.
—¿Y por qué no?
—Porque el hielo estaba bueno.
Volvimos por la Palmera con la radio muy bajita y no hablamos hasta Simón Verde.
Aparcamos delante de su portal a la una y veinte y nos quedamos dentro del coche, con el motor apagado y la lluvia en el techo, porque ninguno de los dos tenía ganas de entrar en una casa y hacer como que aquella noche había terminado.
—¿Te ha dado miedo? —le pregunté.
—Una vez. —Miraba por la ventanilla hacia su ventana encendida—. Cuando ha dicho tu nombre. Lo demás era un señor con un whisky contándome cosas que yo ya sabía.
—Yo no he entrado en esa habitación y estoy temblando.
—Yo llevo temblando desde el ascensor.
Esa fue toda la victoria de aquella noche: que el hombre que lo sabía todo había tenido que recibir a Ben a medianoche para no decirle nada que se pudiera repetir.
Subimos a su cocina y nos quedamos hasta las tres con las luces apagadas y un café hecho a deshoras, cada uno pensando lo suyo, que es lo que hacen las parejas cuando hay una cosa que no se arregla con palabras.
Me dormí tarde, con una frase dándome vueltas: “El jueves hay junta, yo no estaré”.
Un hombre que pagaba sin firmar, que mandaba a otros a las juntas y que no necesitaba pisar la habitación.
Llevábamos semanas hablando de un enemigo sin cara, y aquella noche el enemigo ya tenía nombre, manos, anillo y un whisky a medias en una mesa de hotel.
Con eso me quedé dormida, que no es mucho, pero era más de lo que teníamos el lunes.