Capítulo 38 #2
Aquel nombre no me dejó dormir. Ya en la cama, con la luz apagada y la ventana de mi casa enfrente, me puse a reconstruir la noche de la gala minuto a minuto, que es lo que hace una cuando no puede dormir: buscar el detalle que se le pasó.
El jardín, los setos, la copa en la mano de Ben, el ruido de la fiesta al otro lado del cristal, y una cosa más, una que había borrado por vergüenza y que volvía ahora con una claridad insoportable: mientras hablábamos, en el seto de la derecha, entre las hojas, había habido un brillo.
Un brillo pequeño, redondo y quieto, como el de una lente.
Se lo dije a Ben a oscuras y él se quedó un rato callado.
—Un flash no era porque lo habría visto.
—No era un flash —dije—. Era la luz de una pantalla.
El martes a mediodía me llamó el laboralista. GenLab había movido ficha, y la había movido como mueven las empresas, por detrás.
—Quieren llegar a un acuerdo —dijo—. Te ofrecen el despido improcedente, treinta y tres días por año, y un papelito de confidencialidad. Firmas, cobras y a otra cosa.
—¿Y lo del despido nulo?
—Eso es justo lo que no quieren, por eso pagan. —Una pausa—. Tú decides, pero te lo digo claro: el que ofrece dinero es el que sabe que va a perder.
—No quiero dinero.
—Ya sé que no quieres dinero.
—Quiero mi trabajo y quiero que alguien diga por escrito que no hice nada malo.
—Eso se llama readmisión y no se firma en un papelito. —Se rió—. Sabes lo que quieres, y eso me gusta.
Al colgar me quedé un rato con el móvil en la mano. Era la primera vez en tres semanas que alguien de GenLab me hablaba de dinero, y caí en una cosa que no había pensado hasta ese momento: si querían comprar mi silencio, era porque mi silencio valía algo, y si valía algo, era porque tenía razón.
A las dos me llamó mi madre, que ya llevaba su propio frente como lleva todo, con la agenda pequeña y el bolígrafo.
—He hablado con un compañero del Colegio que lleva temas de prensa —dijo—, y me ha contado una cosa que te conviene saber. Mientras el periódico no se invente nada, es dificilísimo ganarle. Hay que dejar que se equivoque solo.
—¿Y eso cómo se hace?
—Dándole cuerda. Tú habla con la periodista esa que dice Vanesa y cuéntale todo lo que quieras contar, y si el otro lado miente por escrito, ya tenemos la mitad del pleito ganado.
Por la tarde supe, por el penalista, que el juez había pedido los datos del número que me había estado mandando los mensajes.
No hacía falta ser muy listo para saber lo que iba a salir, pero salió mejor de lo que esperábamos: el número era de prepago, comprado en efectivo, imposible de rastrear por el titular y facilísimo de rastrear por las antenas.
Las tres noches en que me llegaron los mensajes, aquel teléfono y el móvil de una sola persona habían dado la misma antena, a la misma hora, en la misma zona de Sevilla.
—Ya tenemos el quién —dijo el penalista—. Ahora hay que tener el por qué.
Esa misma tarde Vanesa vino a casa con una carpeta y una idea.
—Se ha acabado el digital de sociedad —dijo, sentándose en el sofá con la confianza de quien vive allí—. Hay una periodista en Sevilla que escribe sobre empresas. Es seria, tiene fuentes y quiere tu versión. No un titular, una entrevista.
—¿Y qué le cuento? ¿Que de noche me pagaban por sonreír?
—Le cuentas la verdad de lo que te ha pasado. Que una empresa te chantajeó para que robaras en tu propio laboratorio, que te echaron por no hacerlo y que un inversor ha pagado para que salieras en el periódico con la etiqueta puesta. —Me miró—. Tú no eres el escándalo, Alma, eres la noticia.
Me di cuenta de que tenía las manos quietas sobre la carpeta. Llevaba tres semanas con las manos temblando y allí, en el sofá, con la carpeta de Vanesa delante, no me temblaban.
—Llámala —dije—. Dime cuándo.
Esa noche cenamos de cualquier manera en la cocina de Ben y él me dijo una cosa que llevaba todo el día pensando.
—La junta de GenLab es el jueves, en Madrid. Chen cree que tengo que ir.
—Pues ve.
—Te dejo sola el día que más falta te hago.
—No estoy sola, Ben. —Señalé con la cabeza hacia el ventanal, hacia el Aljarafe y hacia Los Remedios, al otro lado de la ciudad—. Tengo un bufete entero de mi parte y una periodista esperando. Vete a Madrid y defiéndete, que es lo que sabes hacer. Aquí ya me defiendo yo.
Me miró un rato, con una cara que pone solo cuando le gano una discusión, y no me dio la razón, que es su manera de dármela.
Esa tarde el detective dio con J. M. Palacios en un bajo de Nervión que era estudio, casa y almacén al mismo tiempo, con las ventanas tapadas con papel y dos focos puestos de cualquier manera.
Ben y yo esperamos en el coche, porque el detective fue claro antes de bajarse: ustedes no entran, yo hablo y ustedes miran desde lejos.
Esperamos una hora larga. Cuando salió, traía el móvil en la mano y una cara que no le había visto ni la noche de la denuncia.
—Confiesa sin que se lo pida —dijo, subiéndose al asiento de delante—.
Es un chaval que hace bodas y comuniones y en las galas se saca un sobresueldo.
Le pagaron en efectivo por una cosa muy concreta: estar en el jardín hasta las doce y media y no separar la cámara de una mujer que coincide con tu descripción. La del vestido largo.
—¿Quién le pagó?
—Un hombre. En efectivo, sin nombre y sin recibo. —Pausó—. Pero el chaval hizo una cosa de chaval: le mandó el presupuesto por WhatsApp y guardó el contacto.
—¿Y el número?
—El número desde el que le escribió es el mismo desde el que te mandaron los mensajes a ti. El mismo, Alma.
Nos quedamos los tres callados, dentro de un coche aparcado en una calle de Nervión, con la radio puesta muy bajita.
—Es el mismo —dije.
Le pedí el móvil al detective y ahí estaban las cuatro o cinco fotos que el chaval le había enseñado. En un rincón, medio borroso, se veía el seto de la gala.
Sonó mi móvil antes de que pudiera devolverle el teléfono. Era Vanesa.
—Alma.
—Dime.
—Esto no lo he visto yo, me lo acaba de contar Chen.
Duarte no ha ido a trabajar hoy, y no ha ido porque no ha podido: la policía ha estado esta tarde en su casa con una orden.
Por lo visto la casa está vacía. Ropa, maletas, cepillo de dientes, nada.
Se ha ido, Alma. —Una pausa—. Creo que el que te mandaba los mensajes ha desaparecido.
Me quedé con el móvil pegado a la oreja y pensé una cosa que no dije en voz alta: que en la misma tarde habíamos encontrado al que me hizo la foto y qué casualidad que el chantajista de Duarte se había esfumado.
—¿Alma? ¿Estás ahí?
—Estoy.
—¿Y qué hacemos?
Miré a Ben, luego la foto del seto y pensé en Duarte.
—No vamos a hacer nada, de momento —dije.
Llegamos a Simón Verde pasadas las once, y el móvil de Ben sonó a las once y media, con un número que no tenía guardado y que miró dos veces antes de cogerlo.
—Weller.
Escuchó un rato con la taza a medio camino de la boca y la vista fija en un punto de la pared, y yo, desde el taburete de la cocina, entendí que aquella llamada no venía de la empresa.
—¿Desde cuándo está en Sevilla? —dijo—. ¿A qué hora?
Colgó y se quedó con el teléfono en la mano, mirando la pantalla apagada.
—Carlos Rivero —dijo—. Está en el Alfonso XIII y quiere verme.
La frase tenía dos mitades y las dos me tocaban: el nombre del hombre del que Chen llevaba semanas hablando y el hotel de la gala.
—¿Y qué le has dicho?
—Que voy.
—Voy contigo.
—Alma.
—Voy contigo y te espero en el coche. —Cogí el abrigo del respaldo—. No discutas conmigo a las once y media de la noche, que los dos sabemos cómo acaba eso.
Llovía con esa lluvia de diciembre que en Sevilla no moja a nadie hasta que moja, y no me di cuenta de que llevaba las dos manos agarradas al volante hasta que Ben me puso la suya encima en el semáforo de la Plaza de Cuba.
—¿Tienes miedo?
—Tengo frío y miedo. —Miré la carretera.
El Alfonso XIII estaba encendido como la noche de junio, con los focos en la fachada y las palmeras brillantes de agua, y delante de la puerta había un coche negro con el motor en marcha y un hombre dentro.
Me acordé del coche parado delante de mi portal, con las luces apagadas y el motor encendido, y no pude asegurar que fuera el mismo, y esa duda, que en otras manos sería una tontería, a mí me dejó el estómago del revés.
Ben aparcó dos portales más allá, en una zona de carga y descarga, y se bajó del coche sin abrigo.
—Te espero aquí.
—Voy contigo.
—No vas a entrar.
—Ya lo sé. —Me apeé—. Voy hasta la puerta, para ver la puerta.
Crucé los ocho metros de acera detrás de él, pasé por debajo del toldo y me quedé al lado de un botones de noche con gabardina que me preguntó si esperaba a alguien. Le dije que a mi novio, y la palabra me salió sin pensarla, y me gustó oírme decirla en la puerta de aquel hotel.
Ben entró por el hall con el agua en el pelo. Yo volví al coche, cerré con llave y esperé cuarenta minutos.
Conté los coches que bajaban hacia el Prado y conté los balcones encendidos de la primera planta, buscando la habitación donde estaban los dos, que era la tontería más grande que se me ha ocurrido en la vida y, a la vez, la única manera de estar dentro de aquella conversación sin estar.
La primera vez que entré por esa puerta llevaba un vestido que no era mío y un nombre que tampoco. Ahora esperaba en la calle, con un abrigo de tres inviernos y mi nombre verdadero en el DNI del bolso.
A las doce y diez salió un matrimonio mayor con un paraguas. La señora me miró dos veces desde el bordillo y me deseó que no me mojara, y se fue del brazo de su marido hacia la parada de los taxis.
A las doce y cuarto apareció en la puerta de cristal una figura que no era Ben.
Era un hombre de traje, con el pelo muy corto, que se quedó justo en el borde de la luz hablando con el de la puerta, sin llegar a pisar la calle, y que volvió a entrar sin girar la cabeza.
No le vi la cara. Vi los hombros, las manos quietas a los lados del cuerpo y la postura del que manda sin levantar la voz.