Mi jefe no sabe quién soy (Urbanización Simón Verde 2) Capítulo 38
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Capítulo 38

La contra

Aquella noche salimos de Los Remedios pasada la una, y no porque mi padre tuviera mucho que escribir, sino porque era incapaz de escribir poco.

El burofax lo dictó en voz alta, sentado otra vez con el cuaderno abierto, y mi madre le corregía cada línea desde el sillón como quien corrige a un alumno que sabe más que ella y escribe peor.

—“Les requiero para que se abstengan de difundir cualquier imagen o dato relativo a mi representada…”

—Pon “les exijo”.

—Exigir en un burofax es de pleitistas, requerir es de señores. Si les exiges, ya están contestando antes de leerlo.

Antes de que nos fuéramos repartió el trabajo: a mi madre, el burofax a primera hora y el nombre del periodista que firmaba el artículo; al penalista del despacho, la denuncia y el informe del detective; y a mí me tocó el lunes a las nueve, con el laboralista que llevaba los asuntos de la casa, presentar la papeleta de conciliación en el CMAC.

A Ben le tocaron los papeles de GenLab, que era lo único que no se podía pedir por teléfono.

Mi madre le puso a mi padre el bolígrafo en la mano y le dijo, bajito, que se acabara la bebida.

Mi padre acompañó a Ben hasta la puerta, y yo me quedé en el salón fingiendo que no oía.

—Mañana el que sale en el periódico vas a ser tú —le dijo—. ¿Estás preparado?

—He estado en portadas.

—En portadas de dinero. Esto es otra cosa. —Una pausa—. A mi hija la va a señalar medio Sevilla por lo que hacía. A ti te van a señalar por lo que eres, y tú, si esto se pone feo, coges un avión y estás en Nueva York antes de cenar. Eso no te lo discuto, solo te pido una cosa.

—Dígame.

—Que no la dejes sola el día que se lo digan a la cara.

Volvimos a Simón Verde en su coche, con la calefacción alta, la radio apagada y el limpiaparabrisas quitando una llovizna tonta que no acababa de decidirse.

—¿Tienes miedo? —me preguntó al pasar Mairena.

—Sí. —No me costó nada decirlo—. Mañana a las ocho de la mañana va a desayunar medio país con mi cara.

—Con la tuya y con la mía.

—Eso es lo único que me consuela.

Me cogió la mano por encima del freno de mano y no me la soltó hasta la puerta de casa.

Me desperté a las seis y media, y a las siete menos veinte ya tenía el móvil en la mano, que es la peor hora que existe para mirar un móvil.

A las siete y cuarto salió.

Esta vez no era un recorte borroso al lado de una foto de gala.

Era la foto entera, grande, con el jardín, los setos y dos siluetas que se reconocían a la legua: yo con el vestido largo y el pelo liso, Ben con la camisa blanca, los dos tan juntos que no hacía falta ninguna explicación. Debajo, una línea:

La investigadora y el delegado de GenLab, la noche de la gala benéfica.

Ni “amigos”, ni “acompañantes”, ni nada que dejara una puerta abierta.

En una hora la noticia saltó de la sección de gente a la de empresas, y ahí se acabó mi problema personal y empezó otra cosa. Una acompañante en un escándalo es un cotilleo. Un consejero delegado en un escándalo, con una farmacéutica que cotiza, es dinero.

El móvil no paró. Vanesa, la primera, que a las siete y veinte de un lunes no llama: grita.

—¿Has visto la foto?

—La he visto.

—¡Es preciosa, miarma! ¡Salís los dos que parece el cartel de una película! Lo malo es el pie de foto, que parece el de una demanda.

La portera del garaje, la segunda, para avisarme de que había una furgoneta de una tele aparcada en la rotonda de la entrada, esperando a que saliera alguien con cara de conocida.

En el grupo de vecinos de Simón Verde, que hasta entonces solo servía para avisar de que se había escapado un perro y para discutir por las plazas de garaje, alguien había reenviado el enlace a las siete y media, sin un solo comentario. Eso, entre vecinos, es peor que hablar.

La tercera llamada fue Chen, y esa no era para mí.

Ben lo puso en altavoz sobre la encimera de la cocina.

—Ya no va de la foto —dijo Chen, y le noté la voz más rápida que de costumbre.

—¿De qué va?

—De la cotización. GenLab ha caído un cuatro por ciento desde la apertura y no hay ninguna noticia que lo explique. —Se quedó un segundo—. Bueno, sí la hay. La hay desde las siete y cuarto. Es la excusa perfecta para que el que lleva una semana comprando, compre hoy más barato.

—¿Y el consejo?

—El consejo se ha reunido esta mañana sin avisarme a mí y sin avisarte a ti. Quieren una junta extraordinaria esta semana. —Pausa—. Alguien ha pedido que te apartes mientras se aclara todo.

Ben no contestó y siguió con los ojos en el móvil.

A las nueve, mientras eso pasaba en el teléfono, mi padre y yo estábamos en la cola del CMAC con el laboralista del despacho, un hombre bajito con la carpeta debajo del brazo que no había dicho tres frases en todo el camino pero que llevaba veinte años ganándole pleitos a las empresas.

Presentamos la papeleta, sellaron el papel y nos dieron la copia.

El reloj, a partir de ahí, dejaba de correr.

—Ya está —dijo mi padre en la puerta, con el frío de la mañana en la cara—. Desde hoy ya no eres la que se esconde. Eres la que reclama, que no es lo mismo.

A las nueve y dos minutos, en el despacho, mi madre le dio a enviar a un burofax que cabía en una cuartilla y que valía, según ella, más que un discurso.

Vanesa, por su lado, ya tenía el nombre del que redactó el artículo y dos compañeros de redacción dispuestos a preguntarse por qué un digital de sociedad publicaba una foto prohibida, y a las once la web del Diario de Sevilla lo llevaba en portada con la palabra GenLab en el titular.

Ben pasó la mañana en la terraza con el portátil y el teléfono, hablando con Chen y con los abogados de Nueva York, y a mediodía le subí un café. Tenía la cara de un consejo de administración.

—¿Qué tal?

—Raro. —Cerró el portátil—. En mi empresa hay gente discutiendo si le conviene a su delegado tener novia. —Me miró—. Por primera vez en mi vida acabo de entender que eso no es asunto de nadie.

Novia…

A las doce me llamó mi madre para darme una noticia y no para preguntarme si había comido, que en ella ya es un cambio.

—Han contestado.

—¿Quién?

—El digital. Me ha llamado una chica muy educada, que es lo que hacen siempre, mandan a la que no firma. Dice que no sabían que la foto estuviera hecha dentro de una propiedad privada y que van a retirar el pie de foto.

—¿Y la foto?

—La foto la mantienen. —Un silencio corto—. Por ahora, pero se lo han pensado, Alma. Se lo han pensado, y eso, en un periódico, ya es algo.

Por la tarde fuimos al despacho del penalista, un señor mayor con un despacho de los de antes, lleno de libros y de polvo, en una planta baja con la persiana a media altura.

Nos recibió de pie, con la denuncia de la comisaría encima de la mesa y el informe del detective al lado, y me hizo sentarme enfrente de él.

—Vamos a ver, Alma. —Se caló las gafas—. Tú no vienes a que yo te defienda de nada. Tú vienes a que yo acuse a dos personas: al que te mandaba los mensajes y al que ha pagado las fotos.

—No sé quién ha pagado las fotos.

—Yo tampoco. Todavía. —Levantó el informe—. Pero sé por dónde se paga, y en cuanto el juez pida los movimientos, lo vamos a saber. Lo que necesito de ti es una cosa: que me lo cuentes todo, también lo que te da vergüenza. Lo que no me cuentes a mí lo va a contar tu cara en el juicio.

—¿Y eso sirve para algo? —pregunté—. Al final van a seguir pensando que era una acompañante.

—Que lo piensen, que lo piensen todo lo que quieran. —Cerró la carpeta—. Pero el día del juicio van a tener que decir en voz alta, delante de un juez, que a una acompañante se la puede extorsionar y que extorsionarla es un delito, y eso, hija mía, en este país hace falta que se diga.

—Eso me gusta.

—A mí también. Por eso lo he puesto en el escrito.

Al caer la tarde llegó el informe del detective, un correo de tres folios que Ben me leyó en voz alta en la cocina mientras el café se nos quedaba frío.

La gala tenía doscientos invitados, tres fotógrafos acreditados y todos en la puerta. Nadie con cámara había pasado del cordón, y el jardín de la foto estaba dentro, detrás de la casa, al otro lado de la piscina, en un rincón al que no se llega desde la calle ni con el mejor teleobjetivo del mundo.

—Eso quiere decir —dijo Ben, y se paró.

—Que quien hizo la foto estaba dentro. —Lo dije yo antes que él—. En la fiesta.

Nos quedamos los dos callados, con el informe encima de la encimera y la foto del jardín abierta en el móvil. La miré otra vez, la de los dos, la de la noche de la gala, y por primera vez desde que la había visto no me fijé en nosotros.

—Ben.

—Dime.

—¿Quién sabía que estábamos en ese jardín?

La lista de los doscientos invitados llegó a las once y media de la noche, en un correo del detective con dos adjuntos, y nos la pasamos mirando en la cocina de Ben hasta la una sin sacarle ningún sentido.

Doscientos nombres, y detrás de muchos de ellos un “y acompañante” que es la forma más elegante que tiene una lista de decirte que no sirve para nada.

—¿Y cómo sabemos quién vino con quién? —pregunté.

—No lo sabemos. —Ben pasó el dedo por la pantalla—. Por eso hay doscientos nombres y cuatrocientas caras.

Estaban los de siempre. El abogado viudo de los relojes, al que yo había entretenido media noche hablando de maquinarias suizas, dos consejeros de una caja de ahorros, un torero retirado, la dueña de una clínica, y al final, en una letra pequeña que el detective había subrayado en amarillo, una línea que no era un invitado: “Fotografía de la casa: J. M. Palacios.”

—Ahí está —dijo Ben—. Tres fotógrafos en la puerta y uno dentro. El de la casa, el que hace el álbum y las fotos para la prensa. Ese sí podía cruzar el jardín sin que nadie le preguntara nada.

Me quedé con el nombre a la vista y pensé en lo fácil que había sido todo para el que lo montó, y en lo poco que me había costado a mí, cinco años, aprender a no mirar nunca a la cámara.