Mi jefe no sabe quién soy (Urbanización Simón Verde 2) Capítulo 37
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Capítulo 37

El cuaderno negro

Ben subió con las manos vacías y con la cara de un hombre que acaba de caer en la cuenta, a mitad de camino, de que va a conocer a los padres de alma sin haber pasado antes por ninguna tienda.

Le abrí yo. Le miré las manos, se las miró él y las levantó, culpable.

—Vengo sin nada. En Sevilla eso es un delito.

—No es un delito, es una temeridad. —Me aparté para que entrara—. Mi madre lleva media tarde preguntando si el americano toma el café solo o con leche.

—¿Y qué le has dicho?

—Que solo, y que no confunda solo con callado, porque eso lo vas a tener que poner tú.

Entró en el recibidor, miró las paredes, los cuadros y el plato de las llaves, y se pasó una mano por el pelo, que es lo que hace un hombre cuando va a pedir algo y no sabe a quién. Mi madre salió de la cocina con el delantal puesto y lo estudió desde la puerta como una escritura antes de firmarla.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes, señora, soy Ben —dijo mientras le tendía la mano.

—María. —Le esquivó la mano y le plantó dos besos en las mejillas.

Mi padre estaba en el salón, de pie, con el cuaderno negro en la mano. En mi casa no había cuaderno de tapas negras para la lista de la compra: el cuaderno negro era para los “asuntos”. Verlo abierto un domingo encima de la mesa era, en mi familia, lo que en otras casas es sacar el rosario.

—Ben. —Mi padre le dio la mano, se la apretó y le buscó los ojos—. Siéntate.

Nos sentamos los cuatro. Mi madre sirvió el café sin preguntar. Solo.

—¿Cómo sabía que lo tomo solo? —dijo Ben, con la taza a medio camino.

—Porque me lo ha dicho mi hija, y porque un hombre que sube a dar la cara un domingo no le echa leche al café.

Mi padre abrió el cuaderno por la primera hoja y lo miró.

—Mi hija dice que eres tú el de la foto del jardín.

—Sí, señor.

—¿Y que el mismo que la ha chantajeado a ella la tiene tomada contigo?

—Eso parece.

—Pues cuéntamelo tú, desde el principio.

Ben se lo contó. Le contó en diez minutos que yo no le había oído nunca: Carlos Rivero, el dinero que quería meter en GenLab, la puerta que Ben le cerró, la gala, el jardín. Lo contó sin defenderse, parándose a buscar la palabra justa en español y encontrándola casi siempre.

Cuando terminó, mi madre, que había escuchado desde el sillón con las manos cruzadas, hizo la única pregunta que no venía de abogada.

—¿Y tú qué quieres de mi hija?

—Mamá.

—Que conteste.

Ben la miró sin esconderse.

—Quiero estar con ella, y quiero que el día que salga en un periódico sea por un descubrimiento suyo, no por mí.

Mi madre no dijo nada. Se levantó, recogió las tazas y volvió a sentarse, que en mi casa es la forma de dar un aprobado.

Mi padre abrió el cuaderno por una hoja con tres rayas y las fue señalando con el bolígrafo.

—Yo no llevo laboral ni llevo penal —dijo—. Llevo treinta años de pleitos y sé a quién hay que llamar. Vamos a hacer tres cosas y ninguna de las tres es defendernos.

—¿Y qué vamos a hacer, entonces? —pregunté.

—Atacar. —Levantó la vista—. Hasta hoy, todo el mundo habla de lo que hacías tú. Desde el lunes se va a hablar de lo que te hicieron a ti. Ese es todo el plan.

Hizo la primera raya.

—Uno. El trabajo. ¿Firmaste algo el día que te echaron?

—Nada.

—¿Carta, finiquito, un papel?

—Nada. Recursos Humanos no ha vuelto a llamar.

—Entonces no te han despedido —dijo, y apuntó—. Te han dejado en la calle sin papeles, que para un juez es peor. En cuanto al plazo, desde el cese tienes veinte días hábiles para reclamar y ya llevas tres semanas.

—¿Cuánto me queda?

—Los justos. El lunes a primera hora presentamos la papeleta de conciliación en el CMAC, que eso para el reloj, y esa misma semana estamos en el Juzgado de lo Social, en la Ciudad de la Justicia.

—¿Y con qué me presento? —dije.

Mi padre dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Ahí está lo bueno. No te echaron por lo que hacías: te echaron por lo que sabías.

En cuanto se cuente que te pusieron en la calle después de pedirte papeles del laboratorio, ese despido deja de ser improcedente y pasa a ser nulo, y un despido nulo no se indemniza: se anula. Te tienen que readmitir.

Segunda raya.

—Dos, lo que de verdad importa. Los mensajes del móvil. ¿Los tienes?

—Todos, con fecha y con hora.

—Extorsión, amenazas y revelación de secretos. —Cerró el puño encima de la mesa, despacio—. Eso no es un escándalo de revista, hija, es un delito del Código Penal. Tú no eres la acusada, eres la víctima. ¿Tú sabes lo que cambia eso?

—No.

—Todo. El lunes se sienta el penalista con tu denuncia y con el informe de tu compañero, y saldrá esposado quien tiene que salir.

Mi madre, que había escuchado todo sin decir nada, cogió el cuaderno, lo giró hacia ella y trazó la tercera raya con el bolígrafo de mi padre.

—Del periódico me encargo yo —dijo, y nadie la contradijo—.

Han publicado la vida privada de mi hija con nombre, con foto y con la profesión, y eso es denunciable por la ley de protección de datos.

Les mandamos un burofax, pedimos rectificación y, como repitan, los llevamos al juzgado.

Que se lo piensen dos veces antes de publicar nada.

—¿Tú conoces a alguien en esa redacción? —preguntó mi padre.

—Vanesa —dije—. Estudia Periodismo y está moviendo hilos. Sabe cómo se hacen estas cosas.

—Pues dile que siga —dijo mi madre—, y que nos pase el nombre del que ha redactado esta basura.

—Yo tengo los abogados de la empresa en Nueva York —dijo Ben—. Podemos…

—Podéis, y me parece muy bien —lo cortó mi padre sin levantar la voz—. Pero esto se juega en Sevilla y con las reglas de Sevilla. Aquí se gana despacio.

Ben se quedó un segundo con la frase en el aire.

—Usted manda.

—Eso me gusta más. —Mi padre dejó el bolígrafo encima de la hoja—. Ahora necesito dos cosas tuyas: el registro de accesos del laboratorio, el que dice el compañero de mi hija, y el informe del detective al que le pagáis. Si vamos a acusar, vamos a acusar con papeles.

—Eso lo tengo en dos llamadas. —Ben sacó el móvil, marcó un número y le contestaron al segundo tono, un domingo por la tarde—. Chen. Soy Ben. Necesito el registro de accesos de Alma y el informe de Duarte, hoy mismo. Sí, hoy… Bien… Te paso la dirección.

Colgó y se guardó el móvil, y yo me entretuve viendo a mi padre pasar la hoja del cuaderno y a mi madre recoger las tazas, y caí en una cosa.

Llevaba cinco años escondiéndolo todo por miedo a la cara que pondrían mis padres, y la cara que estaban poniendo era la de dos abogados a los que acaban de darles el caso del año.

—Yo no quería que os enterarais así —dije.

—Pues nos hemos enterado así, y ahora, en vez de darle vueltas, vamos a cenar, que es la hora.

El puchero llevaba desde por la mañana en el fuego lento, como lleva el puchero en todas las casas de Sevilla un domingo de diciembre, y olía la casa entera a garbanzos y a hueso.

Mi madre sirvió cuatro platos sin preguntar y le puso a Ben el doble que a los demás, que es como se dice en mi familia que alguien te cae bien.

—Esto no es un restaurante —le advirtió.

—Menos mal —dijo Ben, mirando el plato—. En los restaurantes siempre me quedo con hambre.

Comimos sin hablar del pleito, que también es cosa de abogados: dejar descansar el asunto entre plato y plato.

Mi padre le preguntó a Ben por su familia y resultó que la madre de Ben había nacido en Triana, y a partir de ahí mi madre no volvió a mirarlo como a un cliente de paso.

Yo, por primera vez en tres semanas, comí con hambre.

El móvil de Ben sonó encima del mantel a la hora del postre. Miró la pantalla, se levantó y se fue al hueco de la escalera, y habló bajo, de espaldas a nosotros. Cuando volvió traía una cara que no le había visto ni la noche del restaurante.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Era el detective. —Se quedó de pie, con el móvil en la mano—. El fotógrafo que vendió la foto de la gala ha cobrado otra vez. Le han pagado por adelantado.

—¿Por adelantado, para qué? —preguntó mi padre.

Ben me miró a mí, y luego a él, y lo soltó de una vez.

—Para mañana. Va a salir la foto del jardín, la han vendido esta tarde.

En la cocina se oyó el puchero borboteando. Mi padre se levantó de la mesa.

—Entonces no empezamos el lunes —dijo—. Empezamos ahora.