Capítulo 36
Cuestión de familia
—Alma. ¿Qué es esto que sale de ti en el Diario de Sevilla?
Mi madre no grita. Nunca ha necesitado gritar para que una hija se le cuadre, y lo dice todo con esa voz baja y educada de quien dicta una sentencia y espera que el otro la firme.
—Es una tontería, mamá.
—¿Una tontería? —repitió—. ¿Te parece una tontería salir en el periódico? ¿Tú sabes la cara que se le ha quedado a tu padre?
Me levanté de la silla y me alejé tres pasos por la terraza. Ben se quedó donde estaba, con el café enfriándose y los ojos en mí, sin fingir que no estaba escuchando, porque a esas alturas ya no quedaba nada que fingir.
—No es lo que parece mamá —dije—. Te lo puedo explicar.
—Pues explícamelo.
—No por teléfono.
—Alma.
—Por teléfono, no, mamá —repetí, y me oí la voz mucho más dura de lo que quería.
Al otro lado se hizo un silencio que conocía de toda la vida, el que mi madre deja antes de decir lo que quiere de verdad.
—¿Es verdad lo que cuenta el periódico?
—¿El qué?
—Lo de los hombres. Que te pagan por acompañar a hombres.
Lo dijo despacio, midiendo cada palabra, y a mí se me subió a la boca un sabor a metal.
En cualquier lado, en la mesa de un despacho, en cualquier sitio donde hubiera que hablar de los hijos, mi madre llevaba veinte años contando que su hija trabajaba en un laboratorio.
De pronto leía en un periódico digital, que en realidad, no era así.
—Es verdad que he trabajado de eso —dije—. Llevo cinco años. No es lo que cuenta el titular, ni es lo que te estás imaginando, y sí, antes de que me lo preguntes, no me he acostado con nadie. Ni con un cliente ni con nadie. Pero no quiero que me interrogues por teléfono, mamá.
—¿Interrogarte? —Ahí sí se le notó el cambio de voz—. ¿Interrogarte porque soy tu madre?
—Me has llamado por el periódico, no por mí.
Silencio. Después, más bajo:
—Me he enterado por un periodista, Alma. Me he enterado por un periodista de lo que hace mi hija desde hace cinco años. ¿Tú te crees que eso no duele? —Se le quebró un poco—. No me avergüenza lo que has hecho, me avergüenza haberme enterado la última.
Me senté en el bordillo de la terraza, con el móvil pegado a la oreja y el río delante.
—Ven a casa —dijo—. Ahora mismo. Esto no se habla por teléfono y no voy a discutir contigo delante de nadie.
—Mamá…
—Ven.
—No.
—¿Cómo que no?
—Que no me apetece ir a que me déis un repaso. Ni a que papá me mire con la cara que pone cuando algo no le cuadra. Ya me han juzgado bastante.
—Alma, no te he llamado para juzgarte. Te he llamado porque eres mi hija.
Me quedé con el móvil pegado a la oreja, sin saber qué contestar, y en ese silencio oí a mi padre al fondo, preguntando desde otra habitación si ya me habían localizado.
—Ya te llamo —dije, y colgué antes de arrepentirme.
Dejé el móvil boca abajo sobre la mesa y me quedé con la vista en el agua.
—¿Tus padres viven en Los Remedios? —preguntó Ben.
Me giré.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Me contaste una vez que tu padre tenía el despacho en la avenida de la República Argentina. —Se levantó y sacó las llaves del coche—. Vamos.
—¿Que vamos dónde?
—A Los Remedios. —Me buscó los ojos—. Esto no se arregla por teléfono, Alma. Venga, que te voy a acercar.
—Ben, es mi familia. No es tu problema.
—Tú eres mi problema —dijo—. Es mejor que se lo aclares lo antes posible.
Me detuve un segundo en su cara. Luego cogí el bolso, me colgué la chaqueta y lo seguí.
Volvimos al coche, cruzamos el río por el puente de San Telmo y en dos minutos estábamos en Los Remedios. La avenida de la República Argentina, un domingo por la tarde, está más vacía que una oficina en agosto y ese silencio de barrio bueno que se toma la siesta muy en serio.
Ben aparcó en doble fila delante del portal, apagó el motor y se bajó del coche.
—Yo espero aquí —dijo.
—¿Aquí?
—Aquí. Esté el tiempo que esté. —Se apoyó en la puerta—. Sube tú. Es tu casa y es tu conversación. Yo estoy aquí abajo, por si sales antes de tiempo.
Nadie, en toda mi vida, me había esperado en una acera. Me bajé y llamé al portero automático con el dedo temblando.
—¿Sí? —Era la voz de mi madre, pero sin la voz de mi madre.
—Soy yo.
El portal se abrió.
La casa de mis padres huele, desde que tengo memoria, a cera, a jazmín y a papel viejo de expediente.
Mi madre me esperaba en el recibidor, con el pelo recogido y el pañuelo de siempre anudado al cuello, y no me dio dos besos ni me echó la bronca: me miró de arriba abajo, como se mira a alguien que vuelve de una guerra, y me dijo que pasara al salón.
Mi padre estaba de pie junto a la ventana, con las manos en los bolsillos. Sobre la mesa había una hoja impresa.
—Siéntate —dijo mi padre—. Cuéntamelo todo. Desde el principio, sin dejarte nada fuera y sin adornos, como en una declaración.
Me senté, y entonces, sin que nadie me lo pidiera, lo conté todo.
Conté lo de Duarte, que empezó pidiéndome una carpeta y acabó pidiéndome el laboratorio entero.
Conté las mediciones que saqué sin saber muy bien para quién las sacaba, las notas en la taquilla, los mensajes al móvil, la filtración, el despido y la caja de cartón en el vestíbulo.
Conté las tres semanas buscando trabajo con la sensación de sujetar una pared con las manos, y conté la denuncia de la noche anterior: el restaurante, el brazo de Carlos Rivero, la llegada de Ben y la policía entre las luces de Navidad.
Cuando terminé no habló nadie. Mi madre tenía las manos cruzadas encima de las rodillas y mi padre miraba la hoja impresa sin tocarla.
—¿Tienes los mensajes? —preguntó mi madre.
—Sí.
—¿Todos? ¿Con fecha y con hora?
—Creo que sí.
—¿Y el registro de accesos que dice ese compañero tuyo?
—Chen lo tiene.
—¿Denunciaste?
—Anoche.
—¿Con abogado?
—Con la policía.
Mi padre, que hasta entonces no había dicho una palabra, se giró desde la ventana.
—¿Y el despido? ¿Te lo dieron por escrito?
—De palabra. Recursos Humanos no me ha llamado en tres semanas.
Los dos se miraron.
Fue un segundo, nada más: mi madre levantó una ceja y mi padre bajó la barbilla un milímetro.
No hizo falta nada más. En mi casa, cuando mis padres se miran así, ya hay una estrategia, un plan y tres pasos siguientes; yo había visto esa mirada toda la vida, delante de un contrato, de una herencia y de un pleito de lindes. Nunca la había visto a mi favor.
—Nadie va a manchar el nombre de mi hija —dijo mi madre.
Luego se levantó, me puso una mano en la cabeza un segundo y volvió a sentarse, porque en mi familia el cariño también se da por escrito.
Mi padre cogió la hoja impresa, la dobló por la mitad con mucho cuidado y la tiró a la papelera.
—Eso mañana está olvidado —dijo—. Lo que no va a estar olvidado es el chantaje.
Me sequé la cara con la manga, porque me di cuenta de que llevaba un rato llorando y no me había enterado.
—Hay algo más —dije.
—¿Más? —preguntó mi madre.
—Ben está abajo. En la calle. Me ha traído él.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Ben? ¿Tu jefe?
—Mi exjefe. —Respiré—. Está afectado igual que yo. Es el de la foto del jardín.
Ahí sí que se miraron otra vez, y esta vez duró más, y a mí me dio la impresión de que mi madre acababa de hacer una cuenta y de que el resultado le había gustado.
—Llámale —dijo.
—¿Qué?
—Que le llames y que suba. —Se levantó y se alisó la falda—. Tenemos la solución para todo esto, y para eso lo necesitamos a él.
—Mamá, no sé si es el momento de que conozcáis a…
—Alma. —Me miró desde la puerta del salón con esa cara que con solo mirarla ya saber que, digas lo que digas, vas a hacer lo que ella quiere—.
Si ese hombre se ha quedado esperando en la calle mientras tú subías a dar la cara, no es tu jefe, es otra cosa.
Si va a estar en tu vida, más vale que empiece por conocer a tu familia.
Se fue hacia la cocina diciendo cosas al aire, con la misma tranquilidad de quien acaba de recibir a un invitado a cenar y no a una catástrofe.
Me asomé a la ventana del salón. Abajo, apoyado en el coche y con las manos en los bolsillos, Ben miraba hacia el edificio, y al verme en el cristal levantó una mano.
Abrí la ventana de par en par.
—¡Ben!
En la avenida, una señora que paseaba un perro levantó la cabeza, la vecina del cuarto asomó por su ventana y Ben, en la calle, se giró hacia mí con una sonrisa.
—¡Que subas! ¡Que mi madre dice que hay solución!
Ben se rió, le dijo algo a la vecina que no llegué a oír y entró en el portal.
Cerré la ventana. En el salón, mi padre ya tenía abierto un cuaderno de tapa negra y un bolígrafo, y mi madre, desde la cocina, preguntaba en voz alta si al americano le gustaba el café solo o con leche.