Capítulo 35
La foto
Me desperté en una cama que no era la mía, con un brazo ajeno cruzado por la cintura y con la sensación, más rara todavía que una resaca, de que llevaba años durmiendo mal sin enterarme.
Era domingo. Se notaba en la luz, que entraba débil y anaranjada por la rendija de la cortina, y se notaba en el silencio: en Simón Verde, los domingos solo se oyen los aspersores del campo de golf y, muy de vez en cuando, un perro que ladra.
Me quedé quieta, repasando la noche para asegurarme de que no me la había inventado. El coche, la comisaría, el beso contra la puerta, la cama… Todo estaba donde tenía que estar.
Ben respiraba despacio a mi espalda, con el pelo rubio hecho un desastre sobre la almohada. La mujer precavida que llevo dentro me susurró que me levantara, cogiera la ropa del suelo y cruzara los tres metros que separan su puerta de la mía antes de que él se despertara, pero no le hice ni caso.
Se despertó con la mano, buscándome entre las sábanas antes de abrir los ojos. Cuando me encontró, sonrió sin mirarme.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Te quedas a desayunar o piensas escaparte como una ladrona?
—Estoy valorándolo.
—No lo valores, quédate.
Me levanté con la sábana por los hombros, recogí del suelo lo primero que encontré —su camisa blanca, la de la terraza, la de la gala, la de siempre— y me la puse.
Me llegaba casi a las rodillas. Él me miró desde la cama con una cara que no le había visto nunca, medio dormida y medio enamorada, y por primera vez en meses no sentí ninguna necesidad de esconder nada.
Ben se levantó e hizo café. Me senté en el taburete y miré por la ventana.
Su terraza da prácticamente a la mía; desde su salón se ve mi salón, y desde mi salón se ve el suyo.
Llevábamos meses encendiendo la luz a la misma hora en dos ventanas frente a frente sin saber que estábamos mirándonos los dos.
—¿Qué miras?
—Mi casa. —Di un sorbo—. Desde aquí se ve muy bien lo tonta que he sido.
—Desde aquí se ve muy bien tu ventana, que es lo que miraba yo.
Me quedé sin respuesta, y me alegré de tener la taza para taparme la cara.
—¿Y ahora qué? —pregunté al rato.
—Ahora desayunamos.
—Ben, en serio. Estoy sin trabajo, con un mes de alquiler y con la cara de una señora que ha salido en un periódico. Necesito un plan.
Dejó la taza en el fregadero y se apoyó en la encimera, mirándome.
—El plan es que recuperes tu trabajo —dijo—. Chen lleva dos semanas con el registro de accesos. Hay una entrada firmada con tu usuario la madrugada del jueves, y tú a esa hora estabas en tu casa. Eso, bien llevado, no es una sospecha: es una prueba.
—¿Y si no sirve de nada?
—Entonces hacemos otro plan. Pero mientras tanto, y perdona que te lo diga, no pienso dejarte pagar el alquiler de ese piso como Mónica ni un mes más.
—No.
—¿No?
—No me vas a mantener, Ben. No lo digo por orgullo, lo digo porque el día que esto salga mal quiero poder salir por la puerta de mi casa, no por la de la tuya. Llevo cinco años pagándome ese piso con un trabajo que, ahora mismo, ni puedo nombrar delante de un policía. Déjame conservar eso.
Se quedó callado un segundo, con la taza en la mano y los ojos en mí.
—Está bien —dijo—. Pero el orgullo no te va a pagar la compra.
—El orgullo y la nómina, que la voy a recuperar.
—Eso me gusta más.
—¿Sabes qué es lo que quiero hoy? —le dije—. Quiero un domingo normal contigo, sin planes, sin Vanesa, sin Duarte y sin nada. Coger el coche, bajar a Sevilla, comer tapas por ahí y olvidarme del pasado.
Ben sonrió, y se le iluminó la cara.
Crucé el rellano con su camisa puesta, abrí mi puerta y volví diez minutos después con unos vaqueros, un jersey de lana y el pelo suelto, sin plancha y sin nada. Ben me miró de arriba abajo desde la puerta del salón.
—¿Qué?
—Nada. Que llevo meses viéndote entrar en el laboratorio con las gafas puestas y el pelo recogido, y ahora entiendo por qué nunca te dejabas el pelo suelto.
—¿Por qué?
—Porque no te habría podido tomar en serio ni un día.
Bajamos a Sevilla en su coche, aparcamos en la calle Arjona y echamos a andar hacia el centro sin ninguna prisa.
Hacía ese frío de diciembre que en Sevilla no se ve pero se nota, un frío de abrigo abierto y manos en los bolsillos.
La ciudad estaba llena de gente con bolsas, con niños y con esa cara de estar cumpliendo con las compras de Navidad como quien cumple una condena.
Dimos con el Bar El Comercio, en la calle Lineros, y nos metimos dentro por una razón muy sencilla: olía a churros desde la esquina.
Nos pusimos de pie, en la barra, con un chocolate tan espeso que casi había que masticarlo y una ración de churros que se acabó antes de que a mí me diera tiempo a decir la primera tontería del día.
—Esto no es desayuno —dijo Ben, mirando la última punta de churro como se mira un cuadro—. Esto es un deporte.
—Bienvenido a Sevilla. Aquí desayunar es una afición.
Salimos a la calle Sierpes con el estómago caliente y nos dejamos llevar por la marea de gente hasta la Plaza Nueva, donde en diciembre ponen los puestos de castañas y boniatos asados y huele toda la plaza a leña y a azúcar quemada.
Compramos un cucurucho de castañas solo para tener las manos calientes y nos lo comimos a medias, andando, tirando las cáscaras en cualquier parte con la impunidad de quien no tiene jefe un domingo.
Por la calle Sierpes nos paramos en La Campana, que lleva ahí desde 1885 vendiendo yemas y pestiños, y Ben quiso comprarle algo a Chen.
—¿Le gustan los pestiños?
—No tengo ni idea, pero es lo que se compra aquí, ¿no?
—Compra lo que te apetezca, Ben.
Al final compró media docena, para él, y se comió dos antes de llegar a la esquina.
Seguimos andando hacia la Plaza del Salvador y, entre el bullicio, alguien me cogió de la mano. No fue un gesto de película: fue una mano que se mete en la tuya sin decir nada, para que los dos sigamos el mismo camino, y a mí me dio un vuelco ridículo el corazón por una tontería de nada.
—¿Te pasa algo? —preguntó él.
—No… Nada… Que hacía mucho que no venía a Sevilla por gusto.
Entramos en El Rinconcillo, en la calle Gerona, la taberna más vieja de la ciudad, que abrió en 1670 y donde el camarero todavía te apunta la cuenta con tiza en el mármol de la barra.
Nos tomamos una caña, una tapa de espinacas con garbanzos y un montadito de lomo con pimientos, y yo le conté a Ben cosas que no había contado nunca en voz alta: que de pequeña mi madre me llevaba a esa misma barra, que mi padre quería que estudiara Derecho y que yo le salí con una bata blanca, que en mi casa se hablaba de pisos y de fincas y yo solo pensaba en probetas.
—Mírame —dije—. Vestida de Mónica, sin trabajo, con la cara en un periódico y comiendo tapas un domingo con mi jefe.
—Tu ex jefe.
Ben pagó y no me dejó ni mirar la cuenta, y yo simplemente lo dejé.
Bajamos hacia el río por Reyes Católicos, pasamos por delante de la Puerta de Jerez y llegamos al Paseo de Colón con la Torre del Oro delante, dorada de verdad, con ese color que le da el sol bajo de diciembre. Cruzamos el Puente de Isabel II, el de Triana, y a mitad del puente me paré.
—¿Qué haces?
—Nada. Que la primera vez que salí de casa disfrazada de Mónica crucé este mismo puente y pensé que, si me veía alguien conocido, mi vida se acababa.
—¿Y se acabó?
—No. Empezó a complicarse, que no es lo mismo.
Seguimos hasta el Mercado de Triana, dimos una vuelta entre los puestos con la calma de quien no tiene nada que comprar, y acabamos sentados en una terraza de la calle Betis, al sol, con dos cafés que se nos quedaron fríos porque nos pasamos media hora hablando de tonterías.
Aquello fue, sin duda, el rato más feliz que había tenido en tres semanas, y por eso mismo, cuando sonó el móvil, lo primero que sentí fue fastidio.
Era Vanesa. No quería cogerle el teléfono porque me prometí que iba a disfrutar del día con Ben, pero luego volvió a llamar, y después recibí un whatsapp de Vanesa, y otro, y otro, todos seguidos, como quien llama a la puerta aporreando.
Alma, coge el teléfono.
Alma, en serio.
¿Dónde estás?
Decidí llamarla.
—Vanesa, ¿que es lo que quieres?
—¿Estás sentada?
—Estoy en una terraza, sí.
—Pues agárrate al respaldo, miarma, porque voy a mandarte un enlace y quiero que me lo abras ya.
Me llegó el mensaje antes de que colgara. Era una noticias un correo digital de tirada nacional con un titular que me dejó sin aire:
La investigadora que llevaba una doble vida: de los laboratorios de GenLab a las cenas de lujo de los grandes inversores.
Debajo, la foto.
Era de la gala. Yo, con el vestido largo y el pelo liso, bajando de un coche con Carlos Rivero detrás, cogida del brazo. Al lado, en pequeño, un recorte borroso, casi de móvil, con dos siluetas en un jardín, muy juntas, entre setos.
Me detuve con el café a medio camino y miré la pantalla.
—¿Alma? —dijo Ben—. ¿Alma, qué pasa?
Le di el teléfono sin decir nada.
Ben lo leyó dos veces, muy despacio, con una mano en la barbilla y la mandíbula apretada. Cuando terminó me devolvió el móvil y se quedó muy quieto.
—¿Quién ha publicado esto? —preguntó.
—Puede que fueran los fotógrafos de la gala.
—En esa gala no había prensa. Los que estaban fuera no podían pasar del cordón. Está claro que por la calidad de las fotos se han tenido que hacer desde dentro. —Ben cogió su teléfono—. No hay duda, Duarte o Carlos. Han sido ellos.
—Carlos, o quien le esté pagando a Carlos las facturas. Ahora mismo da un poco igual.
Vanesa seguía en mi oído, hablando a toda velocidad, y me iba contando lo que ya estaba viendo yo mientras se extendía por el móvil: que el digital la había subido a las nueve, que Diario de Sevilla la acababa de recoger en su edición digital, que El Correo de Andalucía iba por el mismo camino y que mañana lunes la columna de Gente del ABC de Sevilla, la de papel, la que lee todo el mundo que tiene más de sesenta años, la iba a sacar con foto y todo. Con foto y con nombre.
En Sevilla, para enterarte de lo que pasa en tu ciudad no hace falta la radio: te enteras por el grupo del barrio, por el portero del garaje y por la vecina que va a misa de doce.
Que una noticia salga en el ABC de papel significaba que, para cuando yo llegara a mi casa, mi madre ya la sabría y medio Aljarafe estaría comentando mi vida en las colas del mercado.
—Alma. —Vanesa se había quedado muy seria—. Alma, ¿estás ahí?
—Dime.
—¿Y qué vas a hacer?
—Nada todavía. Te llamaré en un rato.
Colgué, dejé el móvil boca abajo sobre la mesa y me di cuenta de que me temblaban las manos, no por miedo a salir en la prensa, sino porque en el titular había una palabra que no se podía desmentir con una foto: mi profesión.
—Me van a quitar el título —dije—.Me van a decir que una investigadora no puede ser esto y para cualquier laboratorio en el que yo quiera trabajar mañana ya no soy una científica: soy un titular.
Ben no me consoló con una frase bonita. Cogió su móvil, marcó un número y esperó con la vista puesta en el río.
—Chen. Soy Ben. No, no estoy en casa. —Pausa—. Ya lo he visto. Dime que tú también lo has visto.
—Te pongo en altavoz, que está Alma conmigo.
—Hola, Alma. —La voz de Chen sonaba más cansada que otras veces—. Antes de que preguntes: no, no he sido yo, y no, no ha salido nada de la empresa. Esa foto la ha vendido alguien de fuera.
—¿Y lo del registro de accesos?
—Sigue en pie. El informe no se toca hasta el martes y hay un juez que va a querer verlo, pero eso es otra guerra. —Se quedó callado un segundo—. Ben, hay una cosa más y no me gusta nada. Llevan toda la semana comprando acciones de GenLab.
—¿Cuántas?
—Poco a poco, por debajo del cinco por ciento, que es justo donde ya hay que declarar. Es lo que se hace cuando no quieres que se note hasta que es tarde. GenLab cotiza en BME Growth; en ese mercado se mueve poco papel, así que con cuatro duros se mueve mucho el precio.
—¿Sabemos quién?
—Un vehículo de inversión con sede en Luxemburgo. Detrás hay un par de sociedades. Nada que ponga un nombre. Todavía.
—Es Carlos —dije, y los dos se callaron a la vez.
—Es Carlos, o es el que le presta el dinero —dijo Chen—. Pero mientras no lo demostremos, eso no se lo podemos contar a nadie, y mucho menos a un periódico, sobre todo ahora, que estáis los dos en el escaparate.
Colgó. Ben se quedó de pie junto a la barandilla de la terraza, mirando el río con una calma que no se creía ni él.
—¿Qué piensas? —le pregunté.
—Pienso que esto no va de negocios. —Se giró hacia mí—. Si solo quisiera la empresa, ya la tendría. Quiere hacerte daño para hacerme daño a mí, y le da igual que tú pagues la mitad.
—Entonces hacemos lo contrario de lo que espera de nosotros.
—¿Y qué espera?
—Que me esconda. —Me levanté y me puse a su lado—.
Que me dé vergüenza, que no salga a la calle, que pida perdón por haber trabajado de algo que no es un delito.
Pues no, Ben. Yo no me escondo. Voy a recuperar mi trabajo, voy a contar todo lo que me hicieron en esa empresa y a ese hombre le va a salir caro cada foto.
Ben me miró, con el pelo rubio moviéndose con el viento del río, y luego hizo algo que no me esperaba: se rió.
—Menos mal —dijo—. Porque yo tampoco pienso esconderme.
Recibí otra llamada. Esta vez el nombre que salió en la pantalla no tenía nada que ver con periódicos, ni con inversores, ni con GenLab, y sin embargo era la llamada que más miedo me daba de todas.
Mamá.
Miré la pantalla, luego a Ben y pensé, medio segundo, en dejarlo sonar. Al final lo cogí, porque ya estaba harta de esconderme incluso de mi propia casa.
—Hola, mamá.
—Alma. —Mi madre no pregunta cuando ya sabe la respuesta; sentencia—. ¿Qué es esto que sale de ti en el Diario de Sevilla?