Capítulo 34
Sin máscaras
La comisaría olía a mojado, a café de máquina y a papel viejo, ese olor de edificio antiguo que pretende albergar lo moderno. Nos sentaron en un banco de plástico, debajo de un fluorescente que parpadeaba cada dos por tres, y esperamos.
Esperamos mucho. En las películas, una entra en una comisaría y a los dos minutos le toman declaración; en la vida real, una se sienta, ve pasar a gente con cara de haber dormido mal y aguanta a que a alguien le toque su turno.
El detective habló con un agente bajito y bigotudo que llevaba toda la noche de guardia que no tenía ninguna prisa. Le entregó un pen con la grabación, le explicó todo lo que había pasado con detalle. Parecía que sabía lo que hacía por cómo lo describía y por las palabras que usaba.
—Ella es la afectada —dijo al final, señalándome con la barbilla.
El agente me miró a mí y luego a Ben, que estaba de pie a mi lado con la chaqueta otra vez puesta y la camisa mojada pegada al pecho.
Me pasaron a una sala pequeña, con una mesa, dos sillas y una cámara en un rincón. La declaración fue larga y, por momentos, humillante.
—¿Qué relación tenía con el agresor? —preguntó, con el bolígrafo levantado.
Lo pensé un segundo.
—Es un cliente.
Escribió “cliente” sin levantar la ceja, sin pedirme que se lo explicara, sin mirarme raro. No sé por qué, pero que un funcionario con sueño escribiera mi vida entera en una casilla sin juzgarme fue lo más humano que me había pasado en tres semanas.
Conté lo del restaurante, que me agarró y lo del golpe.
Conté lo del jardín, porque el agente insistió en saber de dónde venía el enfado, y me costó decirlo, porque para explicar por qué Carlos se había vuelto loco tenía que contar que Ben y yo, aquella noche, casi nos habíamos besado.
Al decirlo en voz alta, delante de un policía y con Ben a dos metros, me puse roja hasta las cejas.
Ben no dijo nada. Solo me puso la mano en la espalda, muy quieta, y la dejó ahí las dos horas que duró todo.
Cuando salimos, el pasillo daba a un patio, y vimos que seguía lloviendo. Me vi de refilón en el reflejo de uno de los cristales de las ventanas. Vi que mi pelo, que me había planchado media hora antes de salir a cenar, había vuelto a su estado natural, rizado. Me quedé mirándome un segundo.
Ben apareció detrás de mí en el reflejo.
—Vámonos a casa —dijo.
En el coche, la lluvia golpeaba el techo con su ritmo característico y los cristales empezaron a empañarse.
—Ben, antes de que arranques —le corté el movimiento de la mano antes de que le diera al botón de arranque del coche—. Tengo que decirte una cosa, y si no la digo ahora no la voy a decir nunca.
Se quedó quieto, con los ojos en el parabrisas y las manos sobre el volante, y yo aproveché ese silencio.
—Lo siento —dije—. Siento haberte mentido, siento haber sido una tonta, siento haberlo arriesgado todo.
Todo, Ben: el trabajo, la casa, y a ti. Lo lamento de verdad, y no te lo digo para que me perdones, te lo digo porque llevo tres semanas dándole vueltas a esta frase y todavía no he encontrado una manera mejor de decirla.
Se giró despacio hacia mí.
—Alma…
—Déjame terminar, por favor. —Respiré todo lo hondo que pude—. Sí. Estoy enamorada de ti. Llevo meses estándolo, desde que me salvaste de la caída al río.
No dijo nada. Seguía con las manos en el volante y los ojos al frente, así que continué, porque si me callaba en aquel punto no iba a volver a empezar.
—No sabía que nuestros caminos se volverían a encontrar de otra forma, y he tenido que hacer como que no te conocía de antes mientras te tenía al lado cada día.
En el laboratorio, en las reuniones, en el ascensor.
A un metro. Sin poder mirarte, sin poder tocarte, sin poder decirte nada.
—Se me rompió un poco la voz—. ¿Tú sabes lo que es eso?
¿Tener a la persona que quieres al lado y no poder hacer nada?
—Alma.
—Déjame. —Le puse la mano en el brazo y él no la apartó—. Yo no lo sabía hasta que lo he vivido. He pasado un miedo horrible, y no solo por Duarte. Por ti. Por perderte sin haberte tenido.
Estuvo un rato sin decir nada. El limpiaparabrisas iba y venía por delante de nosotros.
—Mónica es producto de una necesidad. Una necesidad oculta: mantener el mismo nivel de vida que llevaba con mis padres, demostrarles que de la ciencia se puede vivir muy bien.
—Hice una pausa—. En realidad me estaba mintiendo a mí misma.
Tampoco te voy a negar que es un trabajo fácil y que se paga bien.
Esperé a que dijera algo y no lo hizo.
—El problema es que la gente no identifica bien este trabajo.
Piensan que por ser una chica de compañía eres una puta, que tienes que acostarte con él.
La agencia no se dedica a eso. Somos como unas azafatas que ayudan a la gente más tímida a relacionarse, a socializar, a ganar oportunidades.
Lo que pasa es que algunas se meten en esto para cazar a un marido rico que las mantenga, cueste lo que cueste.
Yo no paso por ahí. —Lo miré—. Por eso lo mantuve en secreto.
Tardó en contestar. La lluvia seguía sonando.
—Yo me he sentido traicionado —dijo al fin con un tono cansado—.
Cuando me enteré, no pensé que me hubieras mentido para protegerte.
Pensé que todo había formado parte de un juego, que la mujer de la que me había enamorado era un personaje y que el tonto de la función era yo.
También lo he pasado mal, Alma. Peor de lo que te imaginas.
He estado tres semanas durmiendo fatal, trabajando peor y diciéndome que tú no eras real.
—Lo siento.
—Ya sé que lo sientes. —Cerró los ojos un segundo y los volvió a abrir—. He intentado olvidarte. Te juro que lo he hecho. Te vi en la gala, con ese vestido y esa cara de no haberme hecho nada, y no pude. No puedo más. No puedo seguir haciendo como que no existes.
Me sujetó la cara con las dos manos y me besó.
Fue un beso de verdad. Le devolví el beso con las manos en su cara y así estuvimos, un buen rato, en un coche parado delante de una comisaría, con la radio apagada, mojados.
Cuando nos separamos, los dos teníamos la respiración agitada.
—Vamos a casa —dijo otra vez, con la voz rota.
—Eso ya lo has dicho.
Arrancó.
El trayecto hasta Simón Verde lo hicimos casi en silencio, con mi mano sobre la suya, encima del cambio de marchas, con esa vergüenza dulce de los que no se atreven a soltarse.
Seguía lloviendo cuando aparcamos, y desde el aparcamiento hasta los portales hay cien metros de acera, y esos cien metros los hicimos parándonos cada tres pasos.
No caminábamos porque nos besábamos a cada paso, bajo una farola, apoyados en la columna del portal, con el agua cayéndome por la cara y el pelo suelto rizado.
Llegamos a mi puerta y me detuve. Saqué las llaves del bolso, las miré y me quedé con ellas en la mano, porque una parte de mí, la que llevaba cinco años calculando riesgos, todavía no se fiaba.
Ben me tapó las llaves con la palma de la mano, me dio la vuelta con cuidado y me besó otra vez contra la puerta.
—No —dijo, entre beso y beso—. No puedo, te lo digo en serio.
—¿Y qué quieres?
—Que vengas a la mía. —Me apoyó la frente en la frente.
Su casa olía a él, a su colonia. No tardó ni un segundo en cerrar la puerta porque en cuanto oí el clic me cogió de la cintura y me besó de nuevo.
Me llevó caminando de espaldas por el pasillo sin dejar de besarme, y yo le fui empujando la chaqueta por los hombros, muerta de frío y sin ganas de que se separara ni un centímetro.
La chaqueta que él me había puesto en la comisaría se me cayó al suelo por el camino y ninguno de los dos se agachó a por ella.
—Déjame verte —dijo, y me giró hasta la lámpara del salón.
Yo, que llevaba toda la noche siendo Mónica para un desconocido, me di cuenta de que delante de él no me importaba nada ser Alma.
Me buscó la cremallera del vestido, la bajó despacio y me besó el hombro desnudo, deslizando el tejido del camino sin quitármelo del todo. Después retrocedió un paso y me miró de arriba a bajo tanto rato que estuve a punto de taparme con las manos.
—No —dijo—. No te tapes nunca conmigo.
Me quitó los tacones, uno detrás del otro, y los dejó caer con dos golpes secos sobre la madera.
Diez centímetros menos. Ya no quedaba nada de Mónica en aquella casa.
Entonces lo besé yo a él. Le tiré del cinturón, le desabroché el botón del pantalón y bajé la mano sin pedir permiso, y le oí soltar todo el aire de golpe contra mi cuello.
Estaba duro en mi mano, y él gimió bajito, y esa reacción, después de que él tuviera la iniciativa, me dio un poder que no conocía.
—Espera —dijo, con los dientes apretados—. Espérate.
—¿Por qué?
—Porque llevo tres semanas pensando en esto y no quiero que se acabe de pie en un pasillo.
Me cogió de la mano y me llevó a la habitación, y caímos en la cama los dos a la vez, él encima y yo debajo, y ya no hubo más pausas.
Me terminó de quitar el vestido, despacio, sin dejar de mirarme, y lo tiró al suelo.
Me quedé debajo de él en ropa interior y con la piel de gallina, y él se entretuvo en quitarme lo que quedaba con una paciencia que por momentos me desesperaba.
Su boca bajó por mi cuello, por el escote, por el vientre, sin saltarse nada, y sus manos me recorrieron por partes: los hombros, la cintura, los muslos.
Cuando su mano llegó donde llevaba meses deseando que llegara, me mordí el labio para no hacer ruido y no lo conseguí.
—No te calles —dijo contra mi oído—. Aquí no hay nadie.
Me acarició por dentro, despacio primero y después más deprisa, subiendo el ritmo justo cuando yo pensaba que ya no podía ir más rápido, y yo me agarré a las sábanas con una mano y a su nuca con la otra, con las caderas buscándole sin que yo lo decidiera.
Nunca me había sentido tan despierta en toda mi vida.
Le bajé el pantalón hasta donde pude y le devolví con la boca y con las manos todo lo que me estaba haciendo. Él gimió, con una mano agarrada a mi pelo, y noté como temblaba.
Se estiró hacia la mesita, sacó un preservativo del cajón y lo vi ponérselo medio a oscuras, con la frente pegada a la mía, y en esos dos segundos lo quise más de lo que lo había querido en toda la noche.
Después se colocó entre mis piernas, me levantó una rodilla y me buscó una última vez con la mirada.
—Alma.
Entró despacio, y el primer empujón nos arrancó la respiración a los dos.
Empezó suave, con las manos en mis caderas y fue subiendo, y yo subí con él, diciéndole cosas que no recuerdo y que él me contestaba sin palabras, con un gemido cada vez más corto.
La cama se movía debajo de nosotros y me daba igual que se moviera, me daba igual la vecina de abajo, me daba igual todo lo que no fuera el peso de su cuerpo encima del mío.
Cuando noté que iba a llegar, se lo dije con la voz rota y él aceleró, y yo me rompí primero, con las dos manos en su nuca y una palabra que se me quedó a medias en la boca.
Él llegó dos embestidas después, con la cara metida en mi cuello y mi nombre repetido dos veces, y se quedó ahí, dentro de mí, mientras los dos intentábamos recuperar el aire.
Nos quedamos quietos. La lluvia continuaba fuera y la habitación estaba casi a oscuras, con la luz de la calle colándose por la rendija de la cortina.
—¿Te ha gustado? —le pregunté, con la voz pastosa, medio en broma.
—No te hagas la graciosa —dijo, y me mordió el hombro sin fuerza—. Que me vas a matar.
Alargó el brazo por encima de mí, cogió la manta del respaldo y nos tapó a los dos, y yo me dejé, con el pelo hecho un desastre sobre su pecho.
Por primera vez en cinco años no había dos mujeres dentro de mí. Había una sola, cansada y feliz, con el hombre que quería respirando despacio bajo su oreja.